miércoles, 3 de agosto de 2016

EL RESPETO Y LA TOLERANCIA

Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda





Los valores son aquellos principios y cualidades humanas que, unidos a una serie de características del comportamiento humano, como creencias, moral o ética, nos permiten ser mejores personas cada día. Además nos dan la posibilidad de elegir entre distintas situaciones con la finalidad de escoger la mejor entre ellas, teniendo siempre en cuenta nuestras prioridades.
Para que una sociedad pueda funcionar de manera correcta es de gran importancia la enseñanza y práctica de valores fundamentales como respeto y tolerancia, ya que funcionan simultáneamente. Es decir, entendemos por respeto a considerar y aceptar que algo o alguien es digno y merece ser tratado como tal; para un correcto uso de este valor, debe ser reciproco; éste va de la mano con la tolerancia, la cual nos permite aceptar actitudes, opiniones o ideas de las demás personas, así no sean acordes con las nuestras. Si se practican ambos valores, podemos tener una sociedad en paz, es decir, en buen equilibrio y estabilidad.
Si queremos lograr una sociedad en paz, es necesario que los valores mencionados anteriormente, además de valores éticos y morales, sean enseñados tanto en hogares como en colegios y escuelas, desde temprana edad. Si a una persona se le inculcan valores desde muy pequeño crecerá como una persona de bien. Al contrario, si en una sociedad no se enseñan valores a los niños o jóvenes, crecerán con unos principios equivocados, actuando a favor de los antivalores, como el irrespeto, el egoísmo, la mentira, la intolerancia, que como consecuencia formaran una sociedad destructiva.
Actualmente vivimos en sociedades llenas de antivalores porque a pesar de que conozcamos perfectamente los valores no los colocamos en práctica. Todos los días podemos observar las distintas crisis sociales que se viven en el mundo, resaltando las guerras, que son símbolo del odio y la enemistad; el racismo, signo de la desigualdad; la delincuencia y la corrupción, imagen de la mentira y la envidia; todas consecuencias del irrespeto y falta de tolerancia de unos con otros.
A pesar de que debemos promulgar los valores para que nuestras sociedades no caigan en crisis, sino que al contrario podamos vivir en un ambiente de respeto y tolerancia, nos resulta difícil ya que en nuestro entorno se ha perdido la práctica de valores, debido a la falta de conciencia por parte de los ciudadanos. Si queremos lograr el cambio, éste debe empezar por nosotros mismos. Si actuamos de forma correcta de la mano a los valores seremos ejemplo para los demás de actuar de la misma forma.
Podemos concluir que el correcto uso de los valores, como el respeto y la tolerancia, además la ética y moral, son de gran importancia para nuestra sociedad, ya que nos permiten actuar correctamente. Es evidente destacar que no basta con conocer cuáles son los valores, sino con colocarlos en práctica y convertirlos en un hábito diario; de esta manera, podremos convivir en paz.


sábado, 16 de julio de 2016

DEVOCION A LA VIRGEN DEL CARMEN




Ntra. Sra. del Carmen La veneración a la Santísima Virgen en su advocación de Nuestra Señora del Monte Carmelo, más conocida como la Virgen del Carmen y cuya festividad se celebra cada 16 de julio, es una de las devociones más extendida en los fieles católicos del mundo entero quienes profesan con singular cariño a la Madre del Salvador bajo el título de esta advocación mariana.
 Significado de la palabra Carmelo
Carmelo es una palabra de origen hebreo que significa “jardín” o “viña de Dios”. Por lo tanto la Santísima Virgen es el jardín en que florece su amor maternal, y en donde cada pétalo es aroma de su profunda santidad, la cual nos perfuma y nos conduce hacia Dios fuente de vida y salvación.
 Historia de la devoción
La historia de la devoción nace conjuntamente con la fundación de la Orden Carmelita en Tierra Santa a finales del siglo XII, cuando un grupo de peregrinos se establecen en Palestina específicamente en el Monte Carmelo con la finalidad de estar en la tierra donde vivió el Redentor del mundo para seguir sus pasos, y vivir “en obsequio de Jesucristo”.
Aquellos eremitas quienes vivían junto a la fuente del profeta Elías, construyeron sus celdas y en medio de dichas celdas una capilla dedicada a la santísima Virgen a quienes llamaban la “Patrona y Señora del lugar”, demostrando con esto su amor a Ella y al mismo tiempo invocando su auxilio y comprometiéndose a ser fieles a su servicio. Por tales motivos aquellos ermitaños recibieron el título de “Hermanos de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo”.
Este grupo decidieron dar carácter legal a su forma de vida y recurrieron a San Alberto Patriarca de Jerusalén entre los años 1206 y 1214 con la finalidad que les redactara una fórmula de vida, el cual este santo patriarca elaboró y entregó a estos eremitas naciendo de esta manera la Orden del Carmen o Carmelita, orden religiosa que tiene su presencia en muchos países del mundo. Esta regla posteriormente tuvo su aprobación por los Papas Honorio III en 1226 y por Gregorio IX en 1229.
Con el paso de los años (se cree que fue en 1238 cuando comenzó el éxodo) los carmelitas tuvieron que trasladarse al continente europeo debido a las guerras que se suscitaban en Palestina, adaptándose por motivos de supervivencia a la realidad de Europa. Por tales motivos, acudieron al Papa Inocencio IV para que adaptara aquella fórmula de vida redactada por el Patriarca San Alberto de acuerdo a las exigencias del lugar. Aquel Sumo Pontífice la adaptó y la convirtió en regla definitiva para la Orden del Carmen el 01 de octubre de 1247 prevaleciendo hasta en la actualidad.
 El Escapulario
escapulario carmelita-Durante el año 1251 la Orden Carmelita estaba pasando por momentos de grandes dificultades y San Simón Stock, Superior General de la Orden en ese tiempo, acudió a María Santísima implorando su ayuda y de acuerdo a una antigua tradición la Reina del cielo entregó el Santo Escapulario el 16 de julio de ese año, como señal de protección y como parte del hábito que debe llevar todo carmelita y todo aquello que profese su amor la Madre de Dios bajo la advocación de Nuestra Señora del Carmen.
El Escapulario es la “prenda del cielo” como señala una canción carmelita: “Viva María, viva el Carmelo, viva el Escapulario prenda del cielo”; debido que la entregó la misma Madre del Redentor para todos sus hijos, por lo tanto es el signo de su maternal protección, es el instrumento de consagración y unión para con Ella de toda la familia carmelita: sacerdotes, monjas, frailes, religiosas, cofrades y todo fiel laico, y es también el signo de identificación como católico que debe ser fiel al Señor en todo momento aún en las contrariedades de la vida.
 Promesas a quienes lleven el Santo Escapulario
La Santísima Virgen hizo dos promesas a quienes usen el santo escapulario: la primera quien se la hizo a San Simón Stock es “quien muera usando el escapulario no sufrirá el fuego eterno", y la segunda según la tradición se la hizo al futuro Papa Juan XXII   refiere el librar del purgatorio y llevar al cielo el sábado después de la muerte a quienes hubiese llevado el escapulario.
Estas dos promesas no deben entenderse que el escapulario de María es un instrumento mágico que nos va a llevar al cielo en la hora de nuestra muerte sin poner de nuestra parte mientras estemos en el mundo terrenal. El usar el escapulario es signo de compromiso de vivir acorde al Evangelio, ser fiel a la voluntad del Señor, cumplir los mandamientos de Dios y de la Iglesia. Por lo tanto el consagrarnos a María por medio del escapulario significa que se debe vivir la fe católica y practicar los valores cristianos en cada instante de nuestra existencia.
Devoción a la Virgen del Carmen en Venezuela
La devoción a la Santísima Virgen María del Monte Carmelo está muy extendida en los corazones de los fieles creyentes en muchos países del mundo, y en Venezuela se tiene conocimiento que en el año 1620 existía en la ciudad de Cumaná un pequeño templo y un hospital bajo el nombre de Nuestra Señora del Carmen, por lo que es una devoción que se propagó desde dicha ciudad y por eso está muy arraigada en nuestro país.
Por tales motivos son muchos las calles, urbanizaciones y barrios en Venezuela que tienen una imagen de la Virgen del Carmen y tienen el nombre de Ella, son innumerables los hogares que tienen en sus entradas o en el interior de las mismas un cuadro o imagen de la Santísima Virgen bajo este título mariano, son muchos los templos y capillas dedicadas en honor a esta advocación, además de muchas mujeres llamarse Carmen y de innumerables hombres y mujeres que usan el escapulario. Es admirable como cada 16 de julio los templos dedicados ala Santísima Virgen del Carmen, están repletas de fieles que acuden a demostrar su amor y veneración.
Que la devoción a la Santísima Virgen del Carmen Nuestra Madre, nos haga ser fieles a Dios viviendo el Evangelio de Cristo, ser practicante de las virtudes cristianas, ser amante de la Palabra del Señor y de los Sacramentos que nos da su gracia salvadora. Que la flor del Carmelo nos proteja y con su amor maternal nos lleve a Dios.

Pbro. Ramón Reinaldo Bravo

Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda

REFLEXIÓN BÍBLICA ACERCA DEL DEMONIO DE LA DEPRESIÓN
(1 R. 19:1-18)


En el mundo occidental se está viviendo un fenómeno que aparece con inusitada frecuencia: la depresión, síndrome caracterizado por una tristeza profunda. La persona deprimida ve de color oscuro todas las cosas. Nada la motiva. Todo le es indiferente. Lo mismo le da vivir que morir. En los casos extremos, cuando la depresión adquiere un carácter marcadamente patológico, incluso la idea del suicidio se presenta como una posibilidad no descartable. En estos casos la ayuda del especialista es del todo aconsejable. Pero son muchos los casos en que, sin llegar a tales extremos, se cae en la indiferencia hacia todo; todo le es igual al deprimido. Su situación es comparable a la de alguien que cae en un pozo oscuro y profundo. ¿Hay alguna posibilidad de salir de él?
El profeta Elías nos ayuda a encontrar la respuesta (léase el capítulo 19 del primer libro de Reyes). El relato bíblico es sumamente aleccionador. Elías es uno de los más grandes profetas en uno de los periodos más difíciles de la historia de Israel. Aparece súbitamente, como un rayo en la oscuridad, como una flecha de Dios dirigida a la conciencia del rey Acab y de todo el pueblo de Israel. La situación del reino es deplorable. El pueblo está siendo seducido por el politeísmo; las divinidades paganas de Baal y Aserá, reguladoras de la fertilidad, atraen de modo creciente la fe de los israelitas. Elías combate la apostasía con todo su coraje. En un reto impresionante desafía a los sacerdotes de Baal a participar en una prueba decisiva en el monte Carmelo. El profeta de Yahveh triunfa clamorosamente, y el pueblo exclama: «Yahveh es el Dios! ¡Yahveh es el Dios!» (1 R. 18:20-40).
Lo acaecido desata las iras de la corte real (1 R. 19:1-2), y Elías, dominado por el temor, decide huir. Su valentía de pronto se convierte en depresión irreprimible. Brillante en muchos aspectos, Elías también tuvo sus puntos oscuros. Fue, como diría Santiago, «hombre de pasiones semejantes a las nuestras» (Stg. 5:17). Y de semejantes errores.
1. El error de olvidar la soberanía de Dios
El fugitivo Elías llega al desierto al Sur de Beerseba. Acurrucado a la sombra de un enebro, se compadece de sí mismo. «Se deseó la muerte y dijo: ¡Basta ya, Señor! Quítame la vida» (1 R. 19:4). Curiosa contradicción. Desea la muerte uno que huye de ella. Pero ¿quién era él para decir «Basta ya»? Nuestra vida y nuestra muerte está siempre en las manos de Dios. Sólo él sabe cuándo llega nuestra hora. Antes de esa hora, nada ni nadie podrá estorbar los planes que el Altísimo tiene para la vida de cada uno de sus hijos. Jezabel era poderosa y malvada; pero Dios era infinitamente más poderoso.
Nuestra mayor preocupación debiera ser siempre la misma que tuvo el Señor Jesucristo: «Me es necesario hacer las obras del que me envió, mientras dura el día» (Jn. 9:4). En ese quehacer hemos de perseverar, sin huidas ni deserciones. Todos los acontecimientos de nuestra vida están bajo el control del Todopoderoso. Y todos responden a una finalidad positiva, sabia y buena. Así pudo comprobarlo Elías tras sus experiencias en el desierto.
2. El error de infravalorar su obra
«No soy yo mejor que mis padres» dijo Elías, amargamente decepcionado. Así, en su fuero interno, anulaba los efectos de su espectacular victoria lograda en el monte Carmelo. Piensa que no ha tenido más éxito que sus predecesores. Pese al triunfo sobre los sacerdotes de Baal, la persecución desatada contra el profeta le hace pensar que el resultado final es un fracaso. ¿Qué sentido tenía ya su vida? Suele ser frecuente en el deprimido un sentimiento de baja autoestima injustificado.
Elías tenía durante su depresión una visión incompleta de su ministerio. Como consecuencia de su amonestación no vio la «conversión» del pueblo en masa, pero su labor contribuyó a robustecer la fe de una importante minoría que se mantendría fiel a Yahveh. También nosotros caemos en el mismo error. Valoramos nuestra obra por los resultados visibles, no por nuestra sumisión al propósito de Dios. Olvidamos que el Señor no nos pide éxito, sino fidelidad a él y a su dirección. En realidad nuestra obra no es nuestra; es de Dios; y él la dirige conforme a los dictados de su sabia voluntad.
Afortunadamente para Elías, mientras llamaba a la muerte, hizo acto de presencia el primo de la muerte: el sueño. «Echándose debajo del enebro, se quedó dormido» (1 R. 19:5). El sueño tiene excelentes efectos reparadores en el deprimido. Por eso Dios le hace dormir y le da de comer. Una vez repuesto, le manda caminar hasta Horeb (Sinaí), lugar de resonancias sagradas que evocaba el ministerio no siempre exitoso de Moisés. También él, Elías, allí encontró a Dios, que no le abandonaba. Sus errores no movieron a Dios a desecharlo como instrumento ineficaz.
3. El error de aislarse totalmente
«Se metió en una cueva» (1 R. 19:9). ¿Seguía temiendo que los solados de Acab le dieran alcance?
Si al anochecer se hubiese quedado fuera de la cueva, posiblemente la luna o las estrellas, la amplitud del espacio abierto y la brisa, habrían infundido serenidad a su espíritu. Pero no, Elías se mantuvo en el interior de la cueva, sin más compañía que la de su amargura y su frustración. En un estado de incontrolable ansiedad.
¿Y nosotros? ¿No pasamos gran parte de nuestra vida en alguna de nuestras «cuevas», inmersos en una sombría introspección, viendo fantasmas donde habríamos de ver ángeles, desastres inminentes donde está a punto de manifestarse la soberanía y el poder de Dios?
Pero el aislamiento nunca puede ser total. Dios siempre puede revelar de modo inconfundible su presencia alentadora. Tal fue la experiencia de Jacob en Betel. Y la de Moisés en el desierto. Ahora el Señor penetra en la soledad del profeta y le interpela con una pregunta que va a sacarlo de su ensimismamiento: «¿Qué haces aquí?» (1 R. 19:9). La pregunta ¿es una reprensión o una incitación a la reflexión? Posiblemente ambas. Elías se había distinguido por ser un hombre de acción valeroso e incansable; pero ahora ¿qué hacía? Hundir su cabeza en el pecho, deplorando su fracaso en su acción profética. No obstante, Dios, con su pregunta, quiere librarlo de su introspección. Quiere que su siervo vea su situación y su ministerio con nuevos ojos, pese a que aún quedan errores que Elías ha de abandonar.
4. El error de distorsionar los hechos
La declaración del versículo 10 («...los hijos de Israel han dejado tu pacto, han derribado tus altares y han matado a espada a tus profetas. Sólo yo he quedado, y me buscan para quitarme la vida») es una verdad a medias. Es cierto lo que Elías dice en las tres primeras frases, pero no la siguiente: «Yo solo he quedado». Esta aseveración no sólo es falsa; es también injusta. ¿No era nadie el intrépido Abdías que, arriesgando su vida, había escondido en cuevas a cien de los profetas de Yahveh cuando eran perseguidos por el idólatra Acab? (1 R. 18:13).
Es innoble exaltar nuestros méritos y virtudes subestimando los de personas próximas a nosotros. Olvidamos lo positivo de la obra de Dios en manos de nuestros hermanos. Y perdemos de vista la posibilidad de que incluso nuestras virtudes estén mezcladas con móviles poco santos. Jehú fue radical en su acción contra la idolatría imperante en Israel. Pero no cabe duda que su actuación tenía un móvil de presunción: «Ven conmigo y verás mi celo por Yahveh» (2 R. 10:16), al que se unía una exacerbada crueldad (2 R. 10:17). En el caso de Elías, ¿no se unía a su presunción un sentimiento de autocompasión desmesurada?
Siempre será saludable orar como el salmista y pedir a Dios: «¿Quién puede discernir sus propios errores? Líbrame de los que me son ocultos.» (Sal. 19:12).
5. El error de creer que Dios le estaba fallando
Las palabras de Elías en 1 R. 19:10 suenan a reproche, como si Dios hubiese perdido el control de la situación. ¿Por qué Dios no había destruido a Jezabel? ¿Por qué no había inflamado el celo del pueblo de modo que se hubiese amotinado y destronado a Acab? Cuando Israel, siglos antes, había estado en este lugar, tenía fresco en su mente el recuerdo de los prodigios obrados por Yahveh. No menos sorprendente era lo que Elias había visto en el monte Carmelo; pero él parece haberlo olvidado. Ve en él un Dios paralizado. El Dios de los ejércitos parecía en aquel momento el Dios de los silencios. Y de la inacción.

En ese momento crítico Dios da a Elías una gran lección: Yahveh no es sólo el Dios del poder y del juicio. Es también el Dios de gracia y de misericordia. Esta lección es admirablemente ilustrada por el Señor. Un viento «grande y poderoso, que rompía los montes y quebraba las peñas sopló sobre el monte Horeb, pero Yahveh no estaba en el viento. Tras el viento hubo un terremoto, pero Yahveh no estaba en el terremoto. Tras el terremoto, un fuego, pero Yahveh no estaba en el fuego. Y tras el fuego se oyó un silbido apacible y delicado.» (en el original hebreo, literalmente, «un sonido de suave silencio») (1 R. 19:11-12).
Dios había actuado en otras ocasiones con la fuerza del ciclón o de temible tempestad. Pero ahora lo que Elías necesitaba era «el silbo apacible», el susurro de una voz que calmara su espíritu atormentado y pusiera fin a las voces tristes de su alma sumida en la depresión. Era lo que muchos de nosotros necesitamos cuando la oscuridad nos envuelve y nuestro espíritu se hunde en el desaliento. Dios sabe cuándo ha de actuar con el furor de su justicia y cuándo ha de templar sus juicios con su misericordia (Éx. 34:6-7).
Y Dios no defrauda a Elías. No le falla. Por el contrario, amorosamente lo restaura y le abre la cautivadora perspectiva de un ministerio renovado, básico en la realización de sus planes divinos (1 R. 19:15-16).
Aprendamos las lecciones derivadas de los errores de Elías:
1. Dios es soberano, pese a los misterios de su providencia.
2. La obra que nos ha encomendado no quedará sin fruto.
3. La realidad de nuestras circunstancias oscuras no es tan terrible como nos parece.
4. Dios jamás nos falla.
5. Dios no es sólo Dios de juicio y poder; también lo es de gracia y misericordia.
 Salgamos de nuestras cuevas y volvamos a nuestro puesto de servicio en la familia,  en la sociedad. Sólo de ese modo seremos librados de la depresión para vivir en las alturas de la comunión con Dios y de servicio para su Reino.


martes, 24 de mayo de 2016




«Mi problema es empezar a orar»
Pbro. Angel Yvan Rodrofuez P



«No tengo nunca ganas de orar, no me apetece». «Yo quisiera orar, pero no puedo». «Siento una pereza intensa, es un sentimiento de reticencia, casi como de rebeldía”. Cuando pienso que he de orar se me hace una montaña y lo voy posponiendo. Encuentro tiempo para todo, para leer el periódico, para ver la televisión, para trabajar, incluso para el  apostolado, pero orar se me hace cuesta arriba».
En un sentido amplio este problema es común a todo creyente. Hay un componente de lucha por la tensión entre nuestra naturaleza espiritual y el hombre viejo. La oración es uno de los principales campos de batalla en el que se desarrolla la lucha de Romanos 7:19: «El bien que quiero no lo alcanzo, y el mal que no quiero, esto hago». El diablo sabe que la oración es una de las estrategias clave del creyente, su hálito vital. No deben sorprendernos sus esfuerzos ímprobos por boicotear esta actividad.
Hay también causas psicológicas que nos ayudan a entender este problema. Ciertos tipos de temperamento, por ejemplo los extravertidos, tienen una dificultad especial para ponerse a orar porque para ellos la oración supone un cambio total de atmósfera. Han de conseguir un ambiente que no les es natural: el recogimiento interior, una relación íntima, el expresar sentimientos. Todo ello hace que estas personas necesiten estímulos externos adecuados para la oración formal.
Asimismo la personalidad influye a la hora de ponerse a orar. Vemos esta dificultad más acentuada en dos situaciones:
Personalidades perfeccionistas. El perfeccionista tiene una tendencia natural a posponer las cosas. Quiere hacerlo todo tan bien que le cuesta empezar. Sólo cuando ya no hay más remedio encuentra la tensión psíquica necesaria para iniciar su tarea. Espiritualmente su nivel de auto exigencia es tan alto que, para él, nunca es el momento adecuado para orar. Así lo va retrasando hasta conseguir el marco idóneo para una oración excelente, lo cual obviamente casi nunca llega. Sin embargo, cuando logra estos momentos especiales puede orar largamente e incluso le cuesta terminar!
•Personalidades depresivas. Estas personas tienen notables dificultades con cualquier comienzo. Al depresivo le cuesta empezarlo todo. Desde que se despierta hasta que se acuesta, su vida es un batallar continuo contra los inicios. Son como los coches de motor frío; su problema es arrancar.
A veces la dificultad para iniciar la oración tiene raíces muy profundas. Además de la tendencia a posponer ya descrita, el creyente siente algo más intenso, casi como una rebeldía inexplicable. Es una resistencia para la que no encuentra causa lógica. La persona, por lo demás viva espiritualmente, quiere orar, tiene el deseo. La palabra «profunda» nos ayuda a entender este fenómeno que está arraigado en su biografía. Se trata de una reacción contra el deber, contra cualquier tarea que él sienta como una obligación. Un repaso cuidadoso de su infancia suele mostrar una educación rígida, severa, con obligaciones constantes y niveles de expectativa muy altos por parte de los padres. Luego, en la edad adulta, se produce el efecto contrario. Necesita sentirse libre, sin obligaciones, el extremo opuesto de lo que había vivido de niño. Es lo que Paul Tournier llama «la venganza de la naturaleza». Hay una verdadera alergia a cualquier tipo de obligación. Sólo pensar que «he de..., tengo que hacer algo», ya le produce una reacción negativa. Una forma de aliviar este problema es ayudarle a descubrir la oración como un placer y no tanto como un deber.
En ocasiones la situación se complica todavía más cuando ha habido problemas psicológicos en la relación con el padre. La rebeldía, consciente o inconsciente, contra el padre puede dificultar seriamente la fe en general y la vida de oración en particular. Esto es así porque no podemos desligar del todo los conceptos de Padre celestial y padre terrenal. En la medida en que estos creyentes maduran en su conocimiento de Dios, tales problemas se van aliviando, pero al principio de su vida cristiana pueden encontrar muchos paralelos entre la figura de su padre y la de Dios. Si la rebeldía o la frustración caracterizaron la relación con nuestros padres, será fácil desplazar parte de estos sentimientos hacia Dios. De ahí la necesidad de conocer bien el carácter de Dios mediante el estudio de la Biblia porque nos da una base objetiva y nos evita hacernos un concepto de Dios a nuestra imagen y semejanza. En especial, recomendamos el estudio de la figura de Jesús, quien es la «imagen del Dios invisible», como la mejor manera de evitar proyecciones psicológicas, es decir de mezclar nuestros sentimientos y reacciones hacia nuestros padres y hacia Dios.
Será necesario, por tanto, aclarar conceptos en colaboración con un consejero competente. El resentimiento contra los padres puede bloquear nuestra relación con Dios; por ello debemos eliminar todo vestigio de rencor u odio. Es aquí donde el Evangelio tiene un extraordinario valor terapéutico porque es un mensaje de perdón. Y el perdón es el bálsamo que puede cicatrizar las heridas más profundas. No puedes ser cristiano y seguir odiando a tus padres. Si has sido perdonado por Cristo, debes perdonar tú también, tal como nos enseña la oración modelo, el Padrenuestro. El perdón, la paz y la reconciliación no son sólo lecciones teóricas de la doctrina cristiana, sino ingredientes imprescindibles en nuestra conducta como discípulos.
Incidentalmente podemos decir que ahí radica una explicación, por lo menos en parte, de algunos casos de ateísmo. Cuanto más visceral y furibundo sea el ateísmo, tantas más posibilidades de que tenga raíces psicológicas, entroncadas en la biografía de la persona. Desde luego, estos condicionantes emocionales no le eximen de responsabilidad en su rechazo de Dios, pero a nosotros nos ayudan a entender su problemática y, por consiguiente, a encontrar puertas de entrada para una evangelización eficaz y personal.
¿Qué recomendaciones prácticas podemos dar para empezar a orar?
En primer lugar, nunca esperes a tener ganas o a encontrar el momento perfecto. De lo contrario, te pasarás semanas o meses sin una sola palabra de oración. La calidad de la oración no depende tanto de nosotros como de los méritos de Cristo. Con esta idea en mente, al planear tu tiempo de oración no te pongas metas altas: empieza por lo poco y lo sencillo. Es mejor orar cinco minutos cada día que una hora cada tres meses. Cuanto más altas sean las metas que te pongas, tantas más posibilidades de fracasar. Para el Señor es más importante «ser fiel en lo poco» (Mt. 25:21) que teorizar sobre grandes proyectos.
En segundo lugar, busca estímulos adecuados que te faciliten el comienzo de la oración. Veamos algunos ejemplos: a la persona depresiva le va a ser muy útil orar acompañado. La soledad es un enemigo de su carácter: «si alguien está conmigo no me cuesta; en la iglesia, en campamentos, puedo orar con mucha más facilidad». Desde luego, ello no siempre será posible, pero con frecuencia la compañía de un hermano puede ser de gran ayuda para ponerse a orar.
Otra sugerencia: intenta escribir tus oraciones.
 Un ejercicio práctico que recomiendo porque a mí mismo me ha hecho mucho bien es el siguiente: anota dos cosas buenas que te hayan ocurrido durante el día; puede ser una conversación, una noticia, un encuentro con alguien, alguna experiencia agradable, cualquier aspecto que tú hayas vivido como una bendición y que te ha hecho bien. Luego, haz lo mismo con dos motivos de preocupación o ansiedad: un problema, una carga, un disgusto etc. Ahora estás en condiciones de ponerte a orar brevemente. Primero, dale gracias a Dios y gózate por las dos bendiciones del día. Después, preséntale tus preocupaciones, descargando sobre él la ansiedad que te causan: «echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros» (1 P. 5:7). Este ejercicio puede durar desde cinco minutos hasta todo el tiempo que tú quieras, es muy flexible. Lo importante es tener una base sobre la cual dirigirse a Dios porque ello te estimula a iniciar la oración. Si lo haces con regularidad, descubrirás que en un año has alabado al Señor por cientos de bendiciones y habrás desarrollado el hábito vital de descansar en el Todopoderoso en multitud de problemas.





jueves, 26 de marzo de 2015




El encargo del Resucitado

Pbro. Ángel Yvan Rodríguez Pineda






 
 Mt.28,16-20                
En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea y subieron al monte en el que Jesús los había citado. Al ver a Jesús, se postraron, aunque algunos titubeaban.
Entonces, Jesús se acerco a ellos y les dijo: “Me ha sido dado todo el poder en el cielo y en la tierra. Vayan pues y enseñen a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del padre y del hijo y del espíritu Santo y enseñándolas a cumplir todo cuanto yo les he mandado y sepan que yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”


En esta escena final culmina todo el Evangelio de Mateo. El mensaje que él nos quiere anunciar con su Evangelio se resume aquí en pocas palabras es el mensaje de que el Resucitado está con nosotros, de que  anda con nosotros todos los caminos y de que la Iglesia debe proclamar a todo el mundo la Resurrección. La Iglesia es la continuidad del obrar de Jesús. En ella está presente el mismo Jesús elevado, pero el Resucitado no se deja abarcar, delimitar, poseer, manipular por la Iglesia. Al contrario, El es el Señor, es quien manda a los discípulos por todo el mundo para que conviertan a todos los hombres en seguidores de Jesús y para que sean bautizados en el nombre del Dios trinitario.

Los discípulos obedecen las palabras  de Jesús que les trasmitieron las mujeres. Se marcharon a Galilea. En el monte que les había nombrado Jesús, se postran delante del Resucitado y le venera, Mateo habla de las dudas de algunos discípulos para señalar que esto hoy no es diferente. El mensaje de la Resurrección es fascinante, pero, al mismo tiempo, se introduce furtivamente la duda de nuestros pensamientos: “¿Cómo se puede entender la Resurrección? ¿No es solo imaginación? ¿Podemos fiarnos de lo que vemos? también hoy vacilamos entre la fe y la duda. La fe necesita la duda para no abarcar a Dios, para no hacerse una idea demasiado rígida de Jesús y su Resurrección.

Jesús tiene todo el poder. Tiene el pleno poder de perdonar pecados y curar enfermos. Vendrá como Hijo del hombre en las nubes del cielo y demostrara su poder al mundo entero. Aunque aparentemente se haya roto este poder en la muerte, en la realidad Jesús como Hijo de Dios,  el Señor y el Rey del mundo. Por eso deben partir los discípulos y convertir a todos los hombres en discípulos y convertir a todos los hombres en discípulos de Jesús. Esto no se puede hacer a la fuerza, sino solo a través de la libertad de cada uno. Jesús nos encarga propagar su mensaje para que muchos se conviertan y se dejen  bautizar. Su mensaje se dirige a todos los hombres y pueblos, tanto a los judíos como a los griegos. Nadie está incluido. La obra de Jesús, aunque se desarrollo en un lugar determinado tiene consecuencias para el mundo entero, que debe ser tocado y transformado por la salvación de Jesús.


Son tres los pasos que Jesús pide a sus discípulos:  






El Primero: consiste en que El manda a sus discípulos para ganar nuevos adeptos. Deben predicar a Dios, con la misma convicción de Jesús y convencer a los demás como Él mismo. Deben dar testimonio de Jesús con su propia vida y con la confianza en Dios,  Con esa confianza que Jesús no solo nos ha proclamado, sino que nos la ha demostrado visiblemente con su vida y su muerte. Convertir a alguien en discípulo de Jesús significa para mi introducirle en la misma experiencia de Jesús. En el Evangelio de Mateo esto consiste en la experiencia de la confianza y la libertad de los hijos de Dios y la experiencia de la Iglesia, la nueva comunidad, a la cual Jesucristo glorificado y a la cual ha invitado a los hombres de todos los pueblos y culturas, de todas las religiones y confesiones.

El Segundo: Consiste en el bautizo en el nombre de Dios trinitario. Todo aquel que haya sido ganado para Jesús debe ser integrado en la vida de Dios. Se le bautizara en nombre de la Trinidad, lo cual quiere decir que es entregado en propiedad de la Trinidad. En el bautizo se le acoge en la comunión trinitaria y ellos experimentaran en Dios la verdadera dignidad de su condición humana, que consiste en ser hijos e hijas de Dios. A este segundo paso se le podría llamar la “dimensión mística del cristianismo”. Los discípulos deben introducir a los hombres en la experiencia de Dios, una experiencia que desde siempre estaba abierta para nosotros y hacia nosotros. No podemos hablar de Dios sin hablar al mismo tiempo del hombre, ni podemos entender al hombre sin verlo como quien esta acogido en la comunión del Dios trinitario.

El Tercero: Consiste en guardar los mandamientos. Para Mateo la dimensión ética siempre está unida a la fe. No basta con experimentar a Dios, con estar en Él, con sentir su cercanía sanadora, también forma parte de la fe el hecho de que estemos dispuestos a cumplir todo lo que Jesús nos ha mandado. Jesús no solo nos anuncio al Dios misericordioso, a quien oramos con confianza y en quien nos sentimos cobijados, sino quien también nos revelo la voluntad de Dios para nosotros y hoy nos invita a seguir esa voluntad con nuestra conducta. Así, en el último mandato de Jesús se hace patente otra vez la intención del Evangelio de Mateo: con la historia de la vida de Jesús quiere ganar adeptos para Cristo. Quiere invitarles a entrar  en comunión con la Iglesia y mediante el bautismo que se dejen llevar hasta el fondo  del amor de Dios trinitario- Según sus propias palabras, Jesús nos invita a cambiar nuestros comportamientos y a dar, con una actuación nueva, testimonio de su mensaje, que considera que el hombre está capacitado para nuevas posibilidades.


Mateo termina su Evangelio con la promesa de Jesús, él, retoma aquí la promesa de  YWAHW a Moisés en la zarza ardiendo: “Yo estoy contigo”. Jesús es el Emmanuel, el “Dios con nosotros”, tal como había sido anunciado por José antes de su  nacimiento. Jesús acompaña a sus mensajeros como el Resucitado y junto a ellos, viene a todos los pueblos. Por lo tanto, la Iglesia, el Resucitado quiere ir a los hombres y abrirles a la vida.

jueves, 19 de febrero de 2015

CUARESMA:
 UNA CAMINO DE RENOVACIÓN Y ESPERANZA


Pbro.Ángel Yván Rodriguez Pineda




Ante un mundo que divide y enfrenta a los hombres, un mundo que se está deshumanizando y crea soledad, nos urge abrirnos y convertirnos más a Dios. La cuaresma es tiempo privilegiado para escuchar la Palabra de Dios, no con oídos sordos sino con apertura de corazón que nos lleve a convertirnos mediante el sacramento de la reconciliación, la vida sacramental y la solidaridad con quienes nos rodean.
La cuaresma tiene una meta, un punto de llegada que es la Pascua; no hay cuaresma auténtica sin Pascua; esta cuaresma nos invita a centrar los ojos en Jesucristo y a seguirlo hasta la Pascua, es decir, hasta la entrega de la propia vida; por eso para los católicos la cuaresma es tiempo fuerte de oración, ayuno y limosna; oración, ayuno y limosna son signos que muestran nuestra conversión y seguimiento fiel de Jesucristo.
¿Qué encierra para el católico la oración, el ayuno y la limosna? ¿Qué entiende, enseña y vive la Iglesia desde sus orígenes?
1- Oración cristiana.
Orar es hablar, relacionarse, tratar con Dios al estilo de Cristo; de ahí el nombre de oración cristiana; hoy es palpable, en no pocos, no solo la falta de relación y trato con Dios sino hasta el olvido de Dios. Buscar y hacer la voluntad de Dios constituye el corazón de la oración cristiana; de allí la enseñanza de Cristo “hágase tu voluntad”.
En la oración acudimos a Dios porque lo necesitamos para realizarnos y para vencer el mal solos nunca lo lograremos; el egoísta y orgulloso nunca es feliz, nunca logra su realización, nunca proyecta amor. La oración cristiana sostiene y fecunda las actividades y la misma vida humana.
Es necesario ejercitarnos en la oración personal, familiar y comunitaria; no olvidemos que la auténtica oración cristiana siempre culmina en la oración litúrgica, en la vida sacramental.
2- Ayuno.
El ayuno cristiano está muy lejos del masoquismo y de la protesta; no es difícil hoy constatar “ayunos” como medio de protesta social: huelgas de hambre; también se acude al ayuno para mejorar la salud o estar en forma: dietas médicas, ejercicios físicos, etc.
El ayuno cristiano es mucho más que todo esto y su diferencia es clara; ayunar cristianamente es abstenerse de alimentos, sacrificarse y ejercitar el cuerpo para estar siempre disponible al amor de Dios, para ser más sensible a la vida de amor y de caridad, para abrirse más a Dios y a los demás. El ayuno cristiano siempre está en función de la caridad; si es auténtico, siempre se proyecta en el compartir y en la solidaridad. El ayuno cristiano siempre va unido a la oración; fortalece la oración, dispone el cuerpo al querer de Dios; por esto, en los tiempos fuertes y en situaciones apremiantes, la Iglesia pide unir el ayuno a la oración, por ejemplo, el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo; de aquí las palabras de Jesucristo: “Esta clase de demonios no puede salir con nada, sino con oración y ayuno” (Mc 9, 29).
Como el atleta que no deja de hacer ejercicio y entrena hasta vencer los obstáculos para lograr las metas propuestas, el creyente no deja de hacer penitencia hasta mantenerse unido a Dios y ser capaz de vencer el mal. El ayuno fortalece el espíritu, eleva a Dios, abre a Dios y a los demás, debilita las fuerzas del mal: egoísmo, sensualidad, inclinaciones al mal, pasiones.
3- Limosna.
La limosna, en la tradición cristiana, es expresión de caridad, de solidaridad, de fraternidad; es un medio que muestra tomar con seriedad el mandamiento del Señor: “amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mc 12, 31). No hemos de reducir la limosna a dar de lo que sobra sino compartir de aquello que necesitamos, dar-compartir “hasta donde nos duela”. Aquí se inserta el espíritu cristiano del ayuno: dar a los necesitados lo que no comemos o ahorramos; como decía San Agustín: “que nuestros ayunos alimenten a los que no tienen que comer”.
La limosna no se reduce solo a compartir lo material. Es necesario dar limosna también compartiendo nuestro tiempo, nuestras cualidades, capacidades, influencia en bien de los más necesitados; en este sentido urge la limosna de parte de padres de familia, maestros, servidores públicos, sacerdotes, jóvenes, en el campo de la salud y de la justicia.
La Conversión.
La ceniza es un signo penitencial; expresa la disponibilidad del creyente para enderezar la vida según Dios, la decisión de emprender el camino de conversión que pasa por el sacramento de la Reconciliación y la participación activa y consciente de la Eucaristía. La oración, el ayuno y la limosna son medios concretos que mueven y sostienen al creyente a seguir de cerca a Cristo hasta la Pascua, es decir, hasta darse como Él.

En este espíritu exhorto a los sacerdotes, religiosas y fieles laicos a que en todas las comunidades se revisen, purifiquen y fortalezcan las expresiones religiosas para que sean realmente expresión del auténtico sentido de la cuaresma por el cual fueron instituidos.

Pido a mis hermanos sacerdotes dedicar más tiempo al sacramento de la Confesión; además del tiempo fuerte programado en la semana, hacerlo también diario antes y después de la misa en cuanto sea posible; estoy seguro que los fieles lo irán aprovechando cada vez más. Dada la escasez de sacerdotes y las distancias, con el fin de acercar la misericordia y el perdón de Dios a los fieles que, habiendo caído en censuras y penas como la prevista en el canon 1398, solicitan arrepentidos el sacramento de la penitencia, en el espíritu del canon 508 concedo a todos los sacerdotes de la arquidiócesis la facultad para absolver de censuras y penas no declaradas ni reservadas a la Santa Sede, exclusivamente desde el miércoles de ceniza a la Vigilia Pascual. Es importante que los sacerdotes nos preparemos para este ministerio, cuidemos las condiciones para absolver en estos casos y ofrezcamos la orientación y penitencia medicinal adecuada.

martes, 27 de enero de 2015




LA ORACIÓN:
ALGO PRIORITARIO EN LA ESPIRITUALIDAD

Pbro. Angel Yván Rodríguez Pineda


Lucas 11:1-13
Hoy en día muchos cristiano, en lo que a espiritualidad se refiere, están vacíos y faltos de poder, insípidos y desprovistos del verdadero gozo que Dios ha provisto.
Romanos 15:13 nos dice: "Y el Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis en esperanza por el poder del Espíritu Santo".
La iglesia primitiva estaba llena del Espíritu Santo, llena del poder de Dios; entonces, ¿Por qué nosotros no podemos desear y tener esa misma llenura? ¿Acaso ya no creemos que Dios actúe con el mismo poder saturador, con el cual actuaba en los primeros creyentes?
La clave que tenemos que descubrir es el poder de la oración, eso nos permitirá ser llenos del Espíritu Santo (Lucas 11:13). Naturalmente que esta acción se complementa con la obediencia (1 Juan 3:22, 23; Hechos 5:32).
Ahora bien, hay que considerar que demasiados católicos tratan de obedecer los mandamientos con sus propias fuerzas, pero nunca lo logran porque se dejan vencer fácilmente. Se lucha desesperadamente para no caer en el mismo pecado, pero resulta un esfuerzo inútil, pues se sigue fracasando.
La alternativa es la oración. 1 Pedro 5:7 dice: "Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de nosotros". En los siguientes versículos (8,9) nos dice que tenemos que ser sobrios y vigilantes. La clave que él menciona es "velad", es decir, estar siempre alertas, constantes y fervientes en la oración. Fíjense en las promesas de Dios cuando oramos de todo corazón (2 Crónicas 7:14).
Por otra parte, se supone que los cristianos siempre tenemos una línea telefónica abierta con Dios, una línea que nunca es interrumpida. Pero la pregunta que surge es, ¿Por qué entonces muchos cristianos no oran? ¿Acaso consideran un ejercicio inútil porque no reciben respuestas? Lo más seguro es que no estamos siendo sinceros con Dios. El salmista nos aconseja (62:8): "Derramad delante de él vuestro corazón". Vemos que debe existir un matiz de sinceridad. Isaías 29:13 complementa este pensamiento al decir que Dios está cansado de que nos acerquemos a él sólo con palabras, cuando en verdad nuestro corazón está lejos de él.
Muchos creen que Dios sólo actúa en emergencias, pero Dios no puede ser manipulado por el hombre. Él sabe que si sólo da y la persona sólo recibe, jamás existirá una relación íntima y significativa. Él desea nuestra entrega absoluta, de corazón sincero y llenos del Espíritu Santo.
Miren lo que dice Santiago 4:3. A veces oramos mal, pidiendo lo que no nos hace falta; más bien, debemos buscar la voluntad de Dios y él contestará conforme a nuestra necesidad. Una clave más para asegurarnos de recibir lo que pedimos está en Lucas 18:7,8. Es la insistencia, la perseverancia hasta que él actúe. Entonces si él no nos contesta pronto, evaluemos nuestra vida para saber si realmente estamos andando bien con el Señor y si estamos pidiendo lo correcto.
Además, la oración nunca sirve únicamente para pedir algo a Dios, debemos enfocar también la adoración, las acciones de gracias, el perdón de nuestros pecados y muchas otras cosas más.
De ahí que el apóstol Pablo nos da un desafío en 1 Tesalonicenses 5:7, al decir: "Orad sin cesar". En Romanos 12:12 también dice: "Constantes en la oración".
Por otro lado en Hebreos 4:16 leemos: "Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro".
Tengamos siempre en mente a los grandes hombres de Dios, que fueron grandes por el poder de la oración, como es el caso de Daniel, David, Jesús y Pablo.
Mateo 6:5-15
Muchas veces hablamos de conceptos, necesidades y responsabilidades, pero muy pocas veces de cómo llevarlo a cabo, cómo ponerlo en práctica. Decimos que es importante orar, porque la oración es algo vital, es lo prioritario, pero lo cierto es que no sabemos cómo desarrollar este precioso ministerio.
Podemos afirmar que un gran porcentaje de cristianos entran en su lugar de oración, buscando la presencia de Dios, pero no saben qué hacer ni qué decir. Oran en voz alta, pero como no están acostumbrados a oír su voz cuando están a solas, resulta en algo incómodo y este tiempo precioso de oración se termina.
Recuerdo que un hermano testificó diciendo que fue a su lugar secreto de oración y que oró por todas las cosas que pudo recordar, estuvo en oración hasta que sintió que había estado orando como una hora, entonces se levantó y al mirar el reloj, descubrió que solamente había pasado diez minutos.
Quizá es el caso de muchos, ¿Saben qué descubrí con eso? Muy contados cristianos pueden estar una hora completa en oración, sin interrupción, allí en la presencia de Dios.
Hermanos, si nosotros no estamos orando, no podemos profesar amar a Dios, porque amar demanda dedicación de tiempo. Amar envuelve la expresión de afectos y alabanzas a Dios, permitiendo que él consuma nuestro tiempo. Quizá tomará algún tiempo desarrollar una verdadera relación de amor con Dios, pero puede ser una meta, porque hay que entender que ninguna cantidad de servicio puede tomar el lugar de oración.
Por propia experiencia sé que es más fácil predicar sobre la oración que orar, es más sencillo escribir sobre la oración que orar, es más simple hablar de la oración que orar. En síntesis, he encontrado que hacer cualquier cosa en mi vida cristiana me es más fácil que orar. Esto nos da una pista: el diablo odia la oración con una intensidad increíble, ¿Por qué? Porque en la oración estamos en compañerismo con Dios y recibimos fortaleza de Dios. En la oración nuestros espíritus se unen en comunión y establecemos una relación de amor con Dios. En consecuencia, el diablo luchará contra nuestra vida de oración más que ninguna otra cosa.
Ahora bien, enfoquemos algunos principios fundamentales:
1. La vida espiritual del creyente no crecerá ni estará por encima de su nivel de oración.
En otras palabras, en el mismo grado en que oremos estará nuestra vida espiritual. Quizá podremos tener momentos de avivamiento y consagración, pero después bajaremos al mismo nivel de nuestras oraciones.
2. Nuestro nivel de discipulado se equipara con nuestro nivel de oración.
Mucho se ha dado la impresión de que un discípulo de Jesús puede desarrollarse por medio de la lectura de un libro, tomando cursos por aquí y por allá, pero olvidándose de la vida de oración. Sin embargo, resulta que nuestro nivel de discipulado se equipara con nuestro nivel de oración.
3. La vida de oración de una comunidad, movimiento de apostolado es igual a la vida de oración de sus miembros.
¿Cómo puede una comunidad desarrollar un programa regular de oración entre gente que no ora, o que no le gusta orar? Podemos inventar métodos para orar, hacer cultos de oración, pero luego bajaremos al nivel de nuestras propias oraciones. Ningún programa de oración que la iglesia ofrece sustituye nuestra vida de oración personal.
4. Su visión de la oración determina la práctica de los principios bíblicos en su vida.
Hay en la Biblia tres casos de oración que me dejan siempre sorprendido:
El primero lo encontramos en el libro de Ezequiel, donde aparece Dios examinando la tierra y vio que la gente, los sacerdotes y los profetas estaban en pecado. Todo andaba mal y no parecía haber esperanza para la nación (Ezequiel 22:30). ¿Qué es lo que Dios buscaba? Buscaba a alguien quien se interpusiera entre la gente impía y rebelde y el Santo Dios. El Señor buscaba un hombre de oración y la respuesta fue: "Y no lo hallé" (Ezequiel 22:31a).
El segundo es en la vida de Abraham, con quien el Señor había hecho un pacto. Dios había escuchado el clamor contra Sodoma y Gomorra y dijo: "No haré nada contra aquellas ciudades hasta que no hable con Abraham". Entonces Abraham actúa con astucia proponiendo acciones a Dios y le dice: (Génesis 18:24-33). Vemos que un hombre de oración estaba intercediendo por dos ciudades, hizo lo imposible para que Dios no destruya Sodoma y Gomorra.
El tercer caso tiene que ver con una experiencia de Moisés. El Señor dijo: "¿Hasta cuándo he de aguantar a este pueblo? Los quitaré de en medio y empezaré de nuevo con otra gente". Moisés no contestó: "Señor, pienso que es la mejor idea que has tenido, me buscaré un lugar apropiado y desde allí observaré cómo los destruyes".
Moisés dijo: "Señor, no lo hagas, yo te pido que perdones a este pueblo por amor a mí". Luego Dios respondió: "Yo los he perdonado conforme a lo que tú has dicho". ¡Así de grandiosa es la oración! (Números 14).
Necesitamos ajustar nuestra idea a la grandeza de la oración. A veces pensamos que la oración es únicamente para quienes tienen tiempo de sobra, pero Dios se deleita en la oración de los justos y nos invita para que participemos en su soberanía por medio de la oración. Jeremías 33:3 dice: "Clama a mí y yo te responderé y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces".
5. La única manera de aprender y desarrollar una vida de oración es orando.
En Mateo 6 encontramos a Jesús enseñando sobre la oración. Él suponía que sus discípulos oraban, entonces les dijo: (Mateo 6:5-7). Jesús contesta tres preguntas básicas en este pasaje: cuándo orar, dónde orar y cómo orar.
¿Cuándo orar? Tiene que ser una parte regular de nuestras vidas. En Lucas 18:1 habla sobre la necesidad de orar siempre y no desmayar. ¿Dónde orar? "Entra en tu aposento", es decir un lugar privado de oración. No busquemos un lugar en medio del tráfico o mientras oímos música en alto volumen.
¿Cómo hacerlo? (Mateo 6:9-13). Su intensión no fue que usáramos esta oración para repetirla sin ningún sentido, sino para que tengamos un modelo. Lo primero que Jesús dijo fue: "Padre nuestro". Esto indica nuestra relación con Dios y con los hermanos en Cristo, (necesidad de estar en paz con todos).
"Santificado sea tu nombre". Muestra la necesidad de alabarle y adorarle. Versículo 10, desear su venida y que mientras tanto reconozcamos su señorío, su grandeza y su poder. Versículo 11, recién en este momento empieza la lista de peticiones; muchos creemos que la oración solamente sirve para pedir, pero no es así. Versículo 12, la necesidad del perdón, en la misma medida en que nosotros la hacemos, asimismo debemos pedirla al Señor. Versículo 13a., la necesidad de protección. Versículo 13b., muestra que una oración debe comenzar y terminar con alabanza y acciones de gracias.
En conclusión, la oración funciona, algo ocurre cuando empezamos a orar, cuando comenzamos a tomar en cuenta a Dios. Detengámonos un momento y digamos, ¿Estoy teniendo una vida regular de oración? Si no lo estoy teniendo, entonces pongámonos como meta y comprobaremos cómo Dios contesta nuestras oraciones.