lunes, 15 de septiembre de 2014



FAMILIA:

 COMUNIDAD IDEAL PARA EL CRECIMIENTO DE LA FE EN CRISTO

P.Ángel Yván Rodríguez Pineda




            La  realidad familiar es justamente donde se inician y se dan los primeros pasos decisivos del itinerario del amor fiel y fecundo sin el cual el nacimiento y el crecimiento de la sociedad y de toda la humanidad en justicia, solidaridad y en paz se hace inviable y sin el cual la misma Iglesia no logra edificarse y consolidarse, día a día, como la comunidad de fe en Jesucristo Redentor del hombre, fundada y sostenida por Él. Es lo que esperamos y queremos cuando afirmamos junto a la Doctrina Social que la familia es la célula básica o primaria de la sociedad y de la comunidad política; es decir es célula esencial para el desarrollo del tejido sobrenatural del Nuevo Pueblo de Dios que es la Iglesia, Cuerpo de Cristo.
            Ser testimonio del Evangelio de la alegría con obras y palabras en nuestro tiempo es tarea y urgencia primordial de la familia cristiana. Sin su testimonio, sobre todo en esta hora crucial de toda la humanidad, la evangelización del mundo empalidecería y languidecería hasta su desaparición efectiva. Son muchos los tristes y doloridos que encontramos a nuestro alrededor. ¿ Estaremos presenciando y viviendo un nuevo predominio social de la cultura de la tristeza? El papa Francisco, nos pone en alerta al inicio de su Exhortación Apostólica Evangelium Gauidium ante la inminencia de ese peligro: “  El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta del consumismo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada” (EG,2). No hay otro lugar de la experiencia y de la existencia humana donde se puede encontrar quien pueda consolar, aliviar, ayudar eficazmente y alentar animosamente a los enfermos crónicos, a los termínales, a los que han quedado sin trabajo, a los sin esperanzas, a los jóvenes destruidos por la droga y los vicios… que no sea en el ambiente cercano, acogedor, amoroso y comprensivo de la familia.
            Naturalmente, de la familia en la que la fidelidad mutua, vivida y mantenida con la fuerza del amor cristiano ofrece brazos abiertos, casa, hogar. En esta dura y persistente crisis, por la que atraviesan las familias de nuestra sociedad; la familia cristiana constituida desde del testimonio de fe, debe demostrar que si vale la pena seguir dando ejemplo que toda familia es un deseo de Dios, una vocación ofrecida por el mismo a bien de la humanidad.
            Si siempre ha sido necesaria la luz y la fuerza de la fe para comprender, aceptar cordialmente y vivir gozosamente el valor de la familia constituida sobre el matrimonio indisoluble como la “íntima comunidad de vida y amor conyugal fundada por el Creador” (Vat II, GS 42), cuanto más lo es hoy en la agobiante atmósfera intelectual y mediática, que nos envuelve, tan contaminada por una visión radicalmente secularizada e increyente del mundo y del hombre.
 La luz y esa fuerza de la gracia de una fe madura en  la familia la hace invencible y capaz de sobreponerse y superar cualquier desafío de pecado social imperante en muestra sociedad. Esta fe viva esta al alcance de la familia cristiana cuando en la escucha de la Palabra de Dios, en la oración compartida y en la acción de gracias eucarística se abre a la gracia de la presencia y del ejemplo de la familia de Nazaret. Que nuestras familias cristianas, no tengan miedo de seguir manteniendo abierto lo más íntimo de sus hogares al don del Evangelio de la Sagrada familia, al amor de María y José. Que sea el mismo amor de María y José el que sostenga, aliente y santifique el amor de esposos y de padres  de familia. De familias santas y enamoradas de Cristo surgen las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, como a su vez apóstoles que nutren la vida laical de la Iglesia.



            

martes, 19 de agosto de 2014




¿ES POSIBLE EL SÍ PARA SIEMPRE EN EL MATRIMONIO?

Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda
 
 

            Al hacer consciente que la vida matrimonial es un gran proyecto, creado y bendecido por Dios; es oportuno que reflexionemos como tarea cotidiana en la vida conyugal los siguientes aspectos:

            El valor del tiempo: Es necesario que los matrimonios se detengan por un instante a reflexionar durante la vida que tiempo le dedican a cultivar los elementos esenciales de la vida compartida. Existen muchos factores distractores que “roban” a las parejas matrimoniales el tiempo necesario y vital para fomentar la vida conyugal. Es necesario que los que conforman el vínculo matrimonial estén atentos a que ni las circunstancias vitales del día a día, ni los amigos, ni el trabajo excesivo, las tentaciones vanas son excusas valederas para romper el tiempo necesario para convivir y compartir la vida.

            La disciplina: En la medida que la vida conyugal se desarrolla y fortalece, cada cónyuges debe ir descubriendo que ya no eres tú solo (a) el que existe, si no que desde que se estableció el vínculo matrimonial alguien más forma parte de tu proyecto de vida. Si no hay disciplina en la vida matrimonial el establecimiento del “nosotros conyugal” puede caer en el descuido y porque no decir en el olvido. Disciplina implica tiempo y atención constante para tu cónyuge, para tus hijos, para la edificación en común y el logro de metas trazadas en común.

            Dedicación: Interesarse por el proyecto común emprendido en el matrimonio. Dedicarle atención a las necesidades humanas y espirituales del otro, no es perder el tiempo, al contrario hacerlo parte importante de una decisión de vida en común. Si la pareja cree necesario capacitarse a través de terapias conyugales, talleres de crecimiento humano y espiritual, hazlo. Tú vida matrimonial es la carreara y opción de vida más importante que tienes entre manos.

            Protección: Es necesario proteger a tu matrimonio de todos los peligros que lo acechan: infidelidades, engaños, gastos excesivos y todo aquello a lo que es vulnerable. Nunca olvides que tu matrimonio es tu mejor obra de arte, que nada ni nadie puede lastimar.

            Fortaleza: Es necesario que el matrimonio sea fortalecido con ciertos refuerzos que le permitan seguir adelante con esa obra de arte que a ambos le enorgullece. Es necesario reforzarlo con detalles de cuidado, amor, alegrías, entrega. Quienes se esfuerzan por rejuvenecer día a día su vínculo matrimonial al pasar el tiempo se darán cuenta que valió la pena dedicarle esfuerzo y constancia.

            Rehabilitación: Algunas realidades matrimoniales con el tiempo, se pueden ver atrofiadas, es necesario rehabilitarlo. Quizás es volver a ese Amor primero y preguntarse: ¿ Qué le gustaba a ella (el) antes de casarse, o de recién casado? ¿Qué detalle le puede  gustar ahora? ¿Dónde podríamos pasar un buen rato juntos?... Cuando una pareja matrimonial se ocupa de su rehabilitación, ni el tiempo cansa ni la relación de desgasta.

            Creatividad: La monotonía cansa y la rutina arruina los planes. Toda pareja debe luchar por cambiar siempre para bien. Es bueno siempre preguntarse qué podemos hacer para lograr mejores resultados de la vida en común. Qué necesito hacer para consolidar la vida libremente escogida como vocación de vida.

            Ilusión y Pasión: Dos constitutivos esenciales en la felicidad de la vida matrimonial. Es oportuno en la sana vida matrimonial saber qué es lo que en la vida compartida les ilusiona y apasiona. Aquello que nada ni nadie les robe la ilusión y pasión en el vínculo establecido debe ser el norte del proyecto de vida en común. Cuando existe la ilusión y la pasión bien vividas en el matrimonio, es un sello emblemático, un testimonio encarnado que sirve de estandarte ante las distintas ideologías que hoy declaran la muerte al vínculo matrimonial entre un hombre y una mujer.

            La oración en común: La oración de los dos es el camino para que Dios esté presente en la vida matrimonial. Él es el gran invitado. Él es que le da sentido y les conduce a la plena realización y a la felicidad. Un matrimonio que contiene a Dios tiene la certeza de su vocación. Con Él, se podrá realizar  con mayor facilidad el proyecto de Dios para el matrimonio y la familia.

            Santificación mutua: Dice la Sagrada Escritura: Mateo 19,6:
“Por consiguiente, ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”. El fin de toda unión conyugal es procurar la santificación, lo cual requiere la plena conciencia que las acciones, ocupaciones y responsabilidades matrimoniales  son la causa ordinaria del camino de santidad matrimonial. Ha de ser un milagro de Dios, que un hombre y una mujer opción de manera libre y consciente el vivir bajo un mismo techo, el comer en una misma mesa y el dormir en una misma cama para toda la vida. El matrimonio que no tiene como meta la santificación cristiana, será una buena y perfecta comunidad de vida, pero carecerá del fin esencial de su propia santificación.

 

martes, 29 de julio de 2014




 

«Mi problema es empezar a orar»

 Pbro. Ángel Yvan Rodríguez Pineda

 
No tengo nunca ganas de orar, no me apetece». «Yo quisiera orar, pero no puedo». «Siento una pereza intensa, es un sentimiento de reticencia, casi como de rebeldía. Cuando pienso que he de orar se me hace una montaña y lo voy posponiendo. Encuentro tiempo para todo, para leer el periódico, para ver la televisión, para trabajar, incluso para leer la Biblia o para hacer estudios bíblicos, pero orar se me hace cuesta arriba».

En un sentido amplio este problema es común a todo creyente. Hay un componente de lucha por la tensión entre nuestra naturaleza espiritual y el viejo hombre. La oración es uno de los principales campos de batalla en el que se desarrolla la lucha de Romanos 7:19: «El bien que quiero no lo alcanzo, y el mal que no quiero, esto hago». El maligno sabe que la oración es una de las estrategias clave del creyente, su hálito vital. No deben sorprendernos sus esfuerzos ímprobos por boicotear esta actividad. Ello explica que muchos de nosotros sintamos, con frecuencia, como una fuerza misteriosa que nos arrastra a no orar. Recordemos las realidades de Efesios 6:12: nuestra lucha tiene que ver con poderes invisibles. Hay, por tanto, en último término, una razón espiritual detrás de la dificultad para empezar a orar: el pecado, nuestra naturaleza caída. La liberación definitiva y total de estas ataduras sólo ocurrirá cuando, disfrutando de un cuerpo transfigurado, no quede ningún vestigio del estado pasado, el pecado.

Hay también causas psicológicas que nos ayudan a entender este problema. Ciertos tipos de temperamento, por ejemplo los extrovertidos, tienen una dificultad especial para ponerse a orar porque para ellos la oración supone un cambio total de atmósfera. Han de conseguir un ambiente que no les es natural: el recogimiento interior, una relación íntima, el expresar sentimientos. Todo ello hace que estas personas necesiten estímulos externos adecuados para la oración formal.

Asimismo la personalidad influye a la hora de ponerse a orar. Vemos esta dificultad más acentuada en dos situaciones:

Personalidades perfeccionistas:

 El perfeccionista tiene una tendencia natural a posponer las cosas. Quiere hacerlo todo tan bien que le cuesta empezar. Sólo cuando ya no hay más remedio encuentra la tensión psíquica necesaria para iniciar su tarea. Espiritualmente su nivel de auto exigencia es tan alto que, para él, nunca es el momento adecuado para orar. Así lo va retrasando hasta conseguir el marco idóneo para una oración excelente, lo cual obviamente casi nunca llega. Sin embargo, cuando logra estos momentos especiales puede orar largamente e incluso le cuesta terminar!

•Personalidades depresivas:

 Estas personas tienen notables dificultades con cualquier comienzo. Al depresivo le cuesta empezarlo todo. Desde que se despierta hasta que se acuesta, su vida es un batallar continuo contra los inicios. Son como los coches de motor frío; su problema es arrancar.

A veces la dificultad para iniciar la oración tiene raíces muy profundas. Además de la tendencia a posponer ya descrita, el creyente siente algo más intenso, casi como una rebeldía inexplicable. Es una resistencia para la que no encuentra causa lógica. La persona, por lo demás viva espiritualmente, quiere orar, tiene el deseo. La palabra «profunda» nos ayuda a entender este fenómeno que está arraigado en su biografía. Se trata de una reacción contra el deber, contra cualquier tarea que él sienta como una obligación. Un repaso cuidadoso de su infancia suele mostrar una educación rígida, severa, con obligaciones constantes y niveles de expectativa muy altos por parte de los padres. Luego, en la edad adulta, se produce el efecto contrario. Necesita sentirse libre, sin obligaciones, el extremo opuesto de lo que había vivido de niño. Una forma de aliviar este problema es ayudarle a descubrir la oración como un placer y no tanto como un deber.

En ocasiones la situación se complica todavía más cuando ha habido problemas psicológicos en la relación con el padre. La rebeldía, consciente o inconsciente, contra el padre puede dificultar seriamente la fe en general y la vida de oración en particular. Esto es así porque no podemos desligar del todo los conceptos de Padre celestial y padre terrenal. En la medida en que estos creyentes maduran en su conocimiento de Dios, tales problemas se van aliviando, pero al principio de su vida cristiana pueden encontrar muchos paralelos entre la figura de su padre y la de Dios. Si la rebeldía o la frustración caracterizaron la relación con nuestros padres, será fácil desplazar parte de estos sentimientos hacia Dios. De ahí la necesidad de conocer bien el carácter de Dios mediante la formación bíblica, magisterial y espiritual.
 
¿Qué recomendaciones prácticas podemos dar para empezar a orar?

En primer lugar, nunca esperes a tener ganas o a encontrar el momento perfecto. De lo contrario, te pasarás semanas o meses sin una sola palabra de oración. La calidad de la oración no depende tanto de nosotros como de los méritos de Cristo. Con esta idea en mente, al planear tu tiempo de oración no te pongas metas altas: empieza por lo poco y lo sencillo. Es mejor orar cinco minutos cada día que una hora cada tres meses. Cuanto más altas sean las metas que te pongas, tantas más posibilidades de fracasar. Para el Señor es más importante «ser fiel en lo poco» (Mt. 25:21) que teorizar sobre grandes proyectos.
 
En segundo lugar, busca estímulos adecuados que te faciliten el comienzo de la oración. Veamos algunos ejemplos: a la persona depresiva le va a ser muy útil orar acompañado. La soledad es un enemigo de su carácter: «si alguien está conmigo no me cuesta. Desde luego, ello no siempre será posible, pero con frecuencia la compañía de un hermano puede ser de gran ayuda para ponerse a orar.
 Otra sugerencia: intenta escribir tus oraciones. Un ejercicio práctico que recomiendo porque a mí mismo me ha hecho mucho bien es el siguiente: anota dos cosas buenas que te hayan ocurrido durante el día; puede ser una conversación, una noticia, un encuentro con alguien, alguna experiencia agradable, cualquier aspecto que tú hayas vivido como una bendición y que te ha hecho bien. Luego, haz lo mismo con dos motivos de preocupación o ansiedad: un problema, una carga, un disgusto etc. Ahora estás en condiciones de ponerte a orar brevemente. Primero, dale gracias a Dios y  por las dos bendiciones del día. Después, preséntale tus preocupaciones, descargando sobre él la ansiedad que te causan: «echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros» (1 P. 5:7). Este ejercicio puede durar desde cinco minutos hasta todo el tiempo que tú quieras, es muy flexible. Lo importante es tener una base sobre la cual dirigirse a Dios porque ello te estimula a iniciar la oración.

miércoles, 25 de junio de 2014


AL GOZO POR LA OBEDIENCIA

Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda
 
 
 
 

La primera reacción al leer este encabezamiento quizás sea de sorpresa: «¿cómo puede la obediencia ser una fuente de alegría?» se preguntará el lector. De siempre el ser humano ha pensado exactamente lo contrario: la libertad sí que es una fuente de gozo, pero la obediencia lleva a la opresión y a la frustración. Estamos, por tanto, ante una de aquellas gloriosas paradojas del Evangelio que contradicen la mente natural para mostrarnos la profundidad del poder transformador del amor de Cristo.

Obediencia de corazón y obediencia por obligación

El amor de Cristo es la clave de nuestro tema y la explicación a esta paradoja. «El amor de Cristo nos constriñe» (2 Co. 5:14-15). El motivo por el cual obedecemos va a determinar nuestras actitudes y nuestros sentimientos. La obediencia del creyente nace como respuesta natural al inmenso amor del Señor Jesús. No es, por tanto, una obediencia impuesta a la que uno se somete porque no hay otro remedio, sino una obediencia voluntaria que emana del amor. Cuando uno ama, busca agradar en todo a la persona amada; así lo vemos en la relación de matrimonio. El apóstol Pablo se refirió a esta actitud precisamente como una obediencia de corazón: «...habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados» (Ro. 6:17). La obediencia que sale del corazón es voluntaria y produce un gran gozo porque se basa en el amor. Por el contrario, hay una obediencia que no sale del corazón porque no ama a su destinatario y genera un pesado sentido de sumisión y hasta de amargura. Éste es el problema del legalismo en el que puede caer el creyente cuando su fe es una religión pero no una relación de amor.

Aquí estamos ante uno de los aspectos más singulares del Evangelio: Dios no obliga a nadie a creer. Siguiendo con la ilustración del amor conyugal, Cristo no nos fuerza, sino que nos seduce con su amor. Tal fue la experiencia de Jeremías cuando obedeció al llamamiento divino y lo describió con estas hermosas palabras: «Me sedujiste, oh Señor, y fui seducido; más fuerte fuiste que yo y me venciste» (Jer. 20:7). Por esta razón, Pablo -y todo creyente puede hacer lo mismo- se congratula de llamarse siervo -esclavo- de Jesucristo: es una obediencia que genera gozo porque ama a su Señor.

El gozo: por qué y dónde encontrarlo

El gozo es un sentimiento al que todos los seres humanos aspiramos, a la par que rehuimos su antónimo: la tristeza. Todos nacemos ya con la necesidad de gozarnos. ¿Por qué? Ello es una consecuencia de la imagen de Dios en el hombre. Nuestro Creador es capaz de experimentar tanto el gozo como la tristeza y fue su voluntad que los seres humanos disfrutaran también de este sentimiento. La capacidad para sentir alegría es un recuerdo del sello divino sobre nuestra personalidad. De hecho, los animales no pueden alegrarse de la misma forma que el ser humano.

En numerosas ocasiones la Palabra de Dios nos exhorta al gozo y la alegría. Se nos invita a «gozar de la vida, de la esposa», etc. Tanto los Salmos como los llamados libros sapienciales (Proverbios, Eclesiastés) están repletos de alusiones a la alegría. Y también en el Nuevo Testamento, como veremos, este sentimiento forma parte de la experiencia del cristiano hasta el punto de que el gozo es un elemento esencial del fruto del Espíritu. Cristo vino para darnos no una vida mediocre, vacía o triste sino una «vida en abundancia» (Jn. 10:10). De la misma forma el Padre «nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos» (1 Ti. 6:17).

¿Dónde encontrar el gozo? Todos buscamos las fuentes de satisfacción en los más diversos campos de la actividad humana: culturales, políticos, religiosos. Así procuramos llenar nuestro tiempo de ocio con eventos a los que asistimos de modo activo o pasivo, como actores o como meros espectadores.

Sucede, sin embargo, que estas fuentes de alegría con frecuencia están secas o proporcionan una satisfacción muy efímera, por lo que se convierten en causa de desilusión, aburrimiento, y en no pocos casos en tedio y tristeza. Por tal razón, muchas personas ven en este mundo tan sólo un valle de lágrimas, en el que todo carece de sentido. ¡Todo es vanidad! Ese es el motivo por el que multitud de personas caen en el más deprimente pesimismo. Muchos hoy se preguntan: ¿hay motivos para la esperanza? Un sí rotundo es la respuesta de los cristianos que se toman en serio las enseñanzas del Señor Jesucristo. Su certeza nace de creer y experimentar en su propia vida que Cristo es un manantial de donde fluye un gozo supremo.

Las palabras de Cristo, fuente de gozo y poder

Uno de los rasgos más llamativos de la persona de Jesús es su humanidad. El apóstol Juan, que compartió con el Maestro horas de honda amistad, recogió de él enseñanzas preciosas que ponen al descubierto una de las facetas más radiantes de su carácter: su amor. «Nadie tiene mayor amor que éste: que ponga su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos...» (Jn. 15:13-15). Y de este amor brota un gozo inaudito: «Estas cosas os he hablado para que mi gozo esté en vosotros y vuestro gozo sea cumplido» (Jn. 15:11). El gozo de Jesús era el emanado del conocimiento del Padre y del cumplimiento de su voluntad, es decir de la obediencia. De este modo se anticipaba a la imitación de sus seguidores y con su ejemplo señalaba el camino de forma diáfana.

La obra de Cristo en sus discípulos se llevaría a cabo no sólo por esta vía de la instrucción y del ejemplo, sino ante todo por la acción del Espíritu Santo, como nos lo muestran los escritos del Nuevo Testamento, especialmente el de los Hechos y los de las epístolas. El testimonio apostólico se enlazaría con la enseñanza de Cristo y la experiencia de la Iglesia apostólica de todos los tiempos. Su historia registra ejemplos de fe y dudas, padecimientos difícilmente soportables y ejemplos de valentía de mártires innumerables que han sido blanco de las burlas de incrédulos y perseguidores. Pero estos mártires, lejos de desfallecer bajo el peso de la tristeza y el temor, han tenido experiencias de gozo triunfal, tal como les dijo su Maestro y Señor: «Vosotros ahora tenéis tristeza, pero os volveré a ver y se gozará vuestro corazón y nadie os quitará vuestro gozo» (Jn. 16:22).

Ello es así porque el gozo va íntimamente asociado al poder de Cristo. Ya lo anticipó Nehemías cuando declaró con vigor al pueblo: «El gozo del Señor es vuestra fuerza» (Neh. 8:10). Es cierto que el creyente sufre en verdad muchos de las penalidades que aquejan al no cristiano, pero también es verdad que del Señor recibe las fuerzas para confiar en él y seguir sirviéndole con alegría (2 Co. 12:1-10). No menos alentadoras son las palabras de Pedro cuando declara en su primera carta que somos «guardados por el poder de Dios mediante la fe para alcanzar la salvación (...) en lo cual vosotros os alegráis, aunque si es necesario tengáis que ser afligidos en diversas pruebas» (1 P. 1:5-6).

La obediencia, garantía del gozo, requiere un esfuerzo

Hemos visto hasta ahora cómo la bendición de la alegría no es otorgada al creyente incondicionalmente sino que va ligada a la obediencia. Ésta se convierte así en la garantía del gozo. Pero, además, el «estar gozoso» es en sí mismo un acto de obediencia. Las exhortaciones de Pablo al respecto suelen ir en el modo imperativo, es un ruego a obedecer: «Estad siempre gozosos» (1 Ts. 5:16), «Regocijaos en el Señor siempre...» (Fil. 4:4). Hay, por tanto un elemento de esfuerzo por nuestra parte incompatible con la pasividad y la autocomplacencia. Sin duda la seguridad de nuestra salvación es una fuente perenne de gozo, un gozo espontáneo. Pero, en otro sentido el gozo es algo a cultivar, como una planta que hay que regar, tal como ocurre con las otras partes del fruto del Espíritu.

La paz, consecuencia del gozo

Es llamativa, y sintomática al mismo tiempo, la cercanía con la que el gozo y la paz aparecen en el Nuevo Testamento. Tanto en el texto por excelencia sobre el gozo (Fil. 4:4-7) como en el pasaje clave del fruto del Espíritu: «amor, gozo, paz...» (Gá. 5:22-24), ambos están íntimamente vinculados. Una relación tan estrecha no nos debe sorprender por cuanto el gozo auténtico del Espíritu es también fuente de una paz profunda. Cuando contemplamos nuestro estado actual en Cristo y experimentamos que «nada ni nadie nos puede separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús», la paz y el gozo fluyen de forma abundante. Todo creyente se identifica con la reacción de los magos de Oriente quienes «al ver la estrella se regocijaron con muy grande gozo» (Mt. 2:10). La estrella, señal inequívoca del nacimiento de Jesús, nos recuerda la gloriosa esperanza, presente y futura, que tenemos en Cristo

viernes, 16 de mayo de 2014


La amarga prueba de la sequía espiritual

Pbro. Angel Yván Rodríguez Pineda
 

Varias metáforas bíblicas nos ilustran la naturaleza de la experiencia cristiana presentándola como una vida exuberante y fructífera.

 El salmista afirmó que el creyente es «como árbol plantado junto a arroyo de aguas, que da su fruto a su tiempo y su hoja no cae» (Sal. 1:3); y los profetas lo confirmaron (Jer. 17:8; Ez. 47:1; Ez. 47:7; Ez. 47:12; Zac. 14:8). El Señor Jesucristo, refiriéndose a sus seguidores, dijo: «El que cree en mí..., de su interior correrán ríos de agua viva» (Jn. 7:38). Y en el último libro de la Escritura se nos presenta la nueva Jerusalén regada por «un río limpio de agua de vida... en medio de la calle de la ciudad, a uno y otro lado del río, estaba el árbol de la vida... y las hojas del árbol eran para la sanidad de las naciones» (Ap. 22:1-2).

 Todo nos da a entender que la fe nos une a Dios en comunión vivificante. Y en esa comunión hallamos paz, gozo, esperanza, vigor y una invitación a su servicio que da sentido pleno a nuestra vida. Cuando vivimos esta experiencia entendemos el significado espiritual del agua y damos gracias a Dios por sus efectos.

 Pero no siempre vivimos «junto a arroyos de aguas», pues no siempre nuestra comunión con Dios es lo que debiera ser. De vez en cuando (¿o con frecuencia?) pasamos por la experiencia de la sequía espiritual. David expresó esta situación con un lamento angustioso: «Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, en tierra seca y árida donde no hay aguas» (Sal. 63:1). Si terrible es una sequía física pertinaz, más lo es la sequía espiritual.

I. Cómo se manifiesta

En los periodos de sequía el creyente es víctima de la apatía y de una cierta insensibilidad.

 Lee la Biblia, pero ésta no le dice nada; la encuentra árida (¿proyección de su propia aridez interior?), carente de mensaje para su alma.

 Ora, pero la oración ha perdido fervor. Ha degenerado en rutina fría; se tiene la impresión de que no sube más allá del techo; no se espera que tenga efectos objetivos, y subjetivamente resulta ineficaz.

 La asistencia a los cultos de la iglesia se convierte en una carga, pues no encuentra en ellos nada que le estimule.

 La comunión con los hermanos más bien le molesta. Aunque le amen, él sólo ve sus defectos; a veces los tiene a todos por hipócritas. No se siente a gusto a su lado.

 Se produce un debilitamiento en la lucha contra el pecado y las influencias mundanas, así como un retraimiento ante oportunidades de dar testimonio de su fe.

 Consecuencia global: un sentimiento amargo de desolación interior. Un vacío insoportable.

II. Causas de la sequía

Pueden ser de muy diferente índole:

1. Espirituales

Su origen se debe a veces a problemas de fe: influencia del racionalismo, dificultades para aceptar lo sobrenatural, para comprender los misterios de Dios; el escabroso problema del sufrimiento en el mundo, o dificultades en el examen de ciertos pasajes bíblicos.

 Otras veces la causa puede ser el pecado. David, después de haber cometido su doble pecado de adulterio y homicidio, confesó: «Se volvió mi verdor en sequedades de estío» (Sal. 32:4). A menos que tras la comisión del pecado nos volvamos arrepentidos a Dios implorando su perdón, nuestra sensibilidad espiritual se secará inevitablemente; y, con la sensibilidad, el vigor de la fe.

La mediocridad de nuestro cristianismo es también no pocas veces causa de sequía espiritual. Como los antiguos habitantes de Asia, llamados laodicenses, no somos fríos ni calientes (Ap. 3:15-16). Nos dejamos influir más por el espíritu del mundo que por el Espíritu Santo. No nos tomamos suficientemente en serio las implicaciones éticas y de compromiso de nuestra fe. A muchos creyentes se nos podría aplicar el texto de una inscripción que puede leerse en la catedral de Lübeck (Alemania): «Me llamáis SEñOR y no me obedecéis. Me llamáis LUZ y no me veis. Me llamáis CAMINO y no me seguís.» De un cristianismo así ¿puede esperarse una experiencia de plenitud espiritual? ¿Nos sorprenderá que en vez de ser como el árbol plantado junto a arroyos de aguas vaguemos insatisfechos por un desierto?

2. Existenciales

Problemas personales o familiares, enfermedades, pérdidas graves o tribulaciones de diverso tipo. Si no se superan mediante la fe, confiando plenamente en la soberanía sabia y bondadosa de nuestro Padre celestial, la sequía es casi inevitable.

3. Psíquicas

Con bastante frecuencia la sequía no tiene causas espirituales ni existenciales. Son simplemente psíquicas o psicofísicas. Una persona psíquicamente lábil o de carácter depresivo no debe sorprenderse con desaliento si alguna vez su fe parece debilitarse y le domina el desánimo. Factores tan comunes como el estrés, falta de sueño prolongada, molestias físicas persistentes como el dolor crónico o incluso alteraciones digestivas pueden secar el alma de un creyente fiel.

 Naturalmente esta experiencia no debe preocupar demasiado. Es pasajera. Sobre la oscuridad enervante prevalecerá pronto de nuevo la luz.

III. Cómo reaccionar

Cuando sobreviene la sequía del alma la reacción puede ser muy negativa, pero también puede ser saludablemente positiva. En el primer caso se corre el peligro de abandonar la fe que se ha profesado antes, quizá durante años. Semejante decisión equivale a un suicidio espiritual. En la reacción positiva el creyente decide perseverar en su vida cristiana a pesar de todo (dudas, problemas de fe, experiencias torturadoras, decepciones, etc.). Y hace bien. En cualquier momento, inesperadamente, la sequía puede cesar. Dios puede enviar en el momento oportuno una lluvia vivificadora mediante una lectura, un culto, una conversación, un acto de servicio cristiano, un pensamiento inspirado por el Espíritu Santo, una manifestación clara del cuidado amoroso de Dios o simplemente haciendo desaparecer las causas, espirituales, físicas o psíquicas, que habían originado el tiempo seco.

 La reacción positiva tiene dos manifestaciones:

1. Confianza en Dios

Pablo nos asegura que «el que comenzó en vosotros la buena obra la perfeccionará hasta el día de Jesucristo» (Fil. 1:6). No menos inspiradoras son las palabras de Jeremías: «Bendito el varón que confía en el Señor, porque será como el árbol plantado junto a las aguas... y no teme la venida del calor, sino que su follaje está frondoso, y en el año de sequía no se inquietará ni dejará de dar fruto» (Jer. 17:7-8). ¡Promesa reconfortante! - Difícil de creer, quizá pensarán algunos. ¿Cómo es posible que se cumpla en plena aridez del espíritu?

 Debemos discernir entre nuestra apreciación subjetiva de una situación (lo que yo pienso, lo que siento) y la realidad objetiva que sólo Dios conoce de modo perfecto. Nosotros a menudo vemos, como Don Quijote, gigantes donde sólo hay molinos de viento. Haríamos bien en recordar el principio señalado por el apóstol: «Por fe andamos, no por vista» (2 Co. 5:7). Ni por sentimientos. La fe se apoya no en sensaciones sino en la realidad de todo lo que Dios es y hace. Mi sequía no agota los depósitos de la gracia de Dios. Ni su amor. Ni su poder renovador. «él transforma el desierto en estanques de aguas, y la tierra seca en manantiales» (Sal. 107:35).

2. Resistencia a toda costa

«Resistid al diablo y de vosotros huirá» (Stg. 4:7). En la Torre de Constanza (Francia), donde creyentes hugonotes sufrieron y murieron por su fe, todavía hoy puede leerse una palabra impresionante grabada en una piedra: «Resistez» (resistid). Y aquellos héroes de la fe resistieron a pesar de sus sufrimientos. Deberíamos nosotros hoy ser imitadores de su entereza perseverante. La resistencia debemos mantenerla sin abandonar ninguna de nuestras defensas: lectura de la Biblia, oración, asistencia a los cultos, conducta cristiana, compromiso en una vida de servicio.

 A la par que resistimos, haremos bien en unirnos al canto de aquel bello himno: «Tentado, no cedas; ceder es pecar. Te será más fácil luchando triunfar». Y esto sin hacer demasiado caso de los periodos de sequía. Si amamos al Señor, pasaran. Y volverán los días en que diremos con Isaías: «He aquí Dios es mi salvación; confiaré y no temeré, porque mi fortaleza y mi canción es el Señor, quien ha venido a ser mi salvación» (Is. 12:2). Si es así, «con gozo sacaremos aguas de las fuentes de la salvación» (Is. 12:3).

martes, 15 de abril de 2014



La gloria de la resurrección

 

Pbro. Angel Yván Rodríguez P.
 

 

 

En el Credo Apostólico aparecen dos impresionantes frases relativas a Jesucristo: «Padeció bajo el poder de Poncio Pilato; fue crucificado, muerto y sepultado». Así se expresa, condensadamente, toda la crudeza de la humillación de Cristo. Si tales frases fuesen las últimas del credo, la confesión de fe cristiana sería un enigma nebuloso. El final del ministerio de Jesús podría interpretarse como una tragedia desconsoladora, como el derrumbe de un cúmulo de esperanzas gloriosas. Y como un misterio torturador. La carrera del Maestro admirado, santo, obrador de milagros, compasivo, revelador del Padre, dominador de las fuerzas demoníacas, anunciador y promotor del Reino de Dios ¿había de morir como un vulgar malhechor? Su grandeza indiscutible ¿había de concluir en la oscuridad fría de un sepulcro? El que había salvado a otros de la muerte ¿no podía salvarse a sí mismo? Las fuerzas del Reino ¿no podían acabar con todos los poderes enemigos? La fe y las esperanzas de los discípulos ¿habían de concluir en el más cruel de los desengaños? ¡Cuánta amargura rezuman las palabras de los discípulos de Emaús cuando regresaban de Jerusalén a su aldea: «Nosotros esperábamos que él sería el que redimiera a Israel» (Lc. 24:21)! Pero después de lo acontecido ¿qué podían esperar?

De igual modo, ¿qué esperanza podría tener hoy un cristiano si hubiese de creer en un Cristo «muerto y sepultado»? ¿Quién ensalzaría su gloria? Sólo podría pensarse en lo patético de su tragedia. Y quienes todavía mantuviesen su adhesión al Crucificado serían, en palabras del apóstol Pablo, «los más dignos de conmiseración de todos los hombres» (1 Co. 15:19). Pero el Credo no se cierra con la palabra «sepultado». Añade: «Resucitó de entre los muertos, ascendió a los cielos y está sentado a la diestra de Dios...». Con estas frases destaca lo más trascendental en la historia de la salvación. Inseparable del mensaje de la cruz, y juntamente con él, la proclamación de la exaltación de Jesús constituye el eje del Evangelio. En esa proclamación sobresalen cuatro puntos esplendorosos: la resurrección de Jesús, su ascensión a los cielos, su sesión a la diestra de Dios y su futura venida en gloria. De estas cuatro realidades gloriosas nos centraremos en la primera: la resurrección de Cristo.

La resurrección de Cristo, el milagro de mayor trascendencia

Obviamente nos hallamos ante un milagro, el más grande en la experiencia de Jesús. Como el resto de sus milagros, ha sido blanco de la crítica histórica, radicalmente positivista. Asumiendo la negación de todo milagro propugnada por D. Strauss, se han ido sucediendo las más inverosímiles teorías: que Jesús no llegó a morir realmente, sino que sufrió un desmayo del que se recuperó en la quietud silenciosa del sepulcro; que los discípulos habían robado el cuerpo; que habían sufrido una alucinación a causa de su excitación emocional, etc., etc. Cualquier inciso apologético nos parece aquí innecesario. Basta decir que cualquiera de las objeciones que suelen oponerse a la veracidad histórica de la resurrección de Cristo, si se examina sin prejuicios, es mucho menos creíble que lo narrado por los evangelistas. Frente a todas ellas se alza un hecho innegable: cuando el cuerpo de Jesús fue sepultado los discípulos estaban moralmente destrozados. Sus creencias sobre el carácter mesiánico de Jesús se conmovían. ¿Era verdaderamente el «Ungido» o habrían de esperar a otro, como un día pensó Juan el Bautista? A la incomprensión y la duda se unía en ellos el temor. El grupo de los más fieles se reuniría en una casa para llorar su dolor y su frustración; pero con las puertas cerradas (Jn. 20:19). Sus mentes y sus corazones estaban literalmente asolados. Se había secado su esperanza. ¿Y este puñado de seguidores habría sido capaz de enfrentarse a la hostilidad del Sanedrín si Jesús hubiera seguido muerto? ¿Arriesgarían su vida por defender una mentira? ¿Quién puede creerlo?

La resurrección de Cristo, fundamento de la iglesia y de la fe

De no haber mediado la resurrección de Jesús, la Iglesia cristiana jamás habría existido. Pero las apariciones del Cristo resucitado cambiaron radicalmente la situación. Con la resurrección de su Señor resucitó la fe de ellos. Ahora veían sin ningún género de dudas que no se habían equivocado en su esperanza, que era verdad lo que el Señor les había dicho acerca de su muerte y resurrección (Mt. 16:21; Mt. 17:22-23; Mr. 8:31; Mr. 9:31). Alborozados, con gozo incontenible, se dirían unos a otros: «Ha resucitado el Señor verdaderamente» (Lc. 24:34). A partir de ese momento serían testigos activos del gran milagro y lo anunciarían a los cuatro vientos proclamando el Evangelio.

Este hecho vino a ser el fundamento sobre el cual descansa y se consolida la fe cristiana. Fue lo más destacado en la primera predicación el día de Pentecostés (Hch. 2:24, 29-33). Siguió siéndolo a partir de aquel momento (Hch. 3:15; Hch. 4:10; Hch. 5:30; Hch. 10:40; Hch. 13:30, 33, 37) y mantuvo su prominencia en las cartas apostólicas. Para Pablo la fe sólo tenía sentido cuando se apoyaba en «Aquel que levantó de los muertos a Jesús, nuestro Señor» (Ro. 4:24). En su primera carta a los Corintios resume el Evangelio de modo magistral: «Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras» (1 Co. 15:3-4). Y tal importancia da a la resurrección que, de no haber tenido lugar, la fe cristiana sería un fiasco: «Si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, y vana es también vuestra fe» (1 Co. 15:14). Tanto es así que en los primeros tiempos del cristianismo, según atinada observación de C.S. Lewis, «predicar el cristianismo significaba principalmente predicar la resurrección». De modo que quienes habían oído sólo fragmentos de la enseñanza de Pablo en Atenas tuvieron la impresión de que hablaba de dos nuevos dioses: Jesús y Anástasis («resurrección» en griego). Si el mensaje de la cruz había sido para los griegos «locura» (1 Co. 1:18), el de la resurrección había de parecerles el mayor de los absurdos. Pese a todo, el gran evento había tenido lugar y vino a ser la roca sobre la que se alzó toda la estructura de la fe cristiana. La base de esta estructura no fue -no es- una simple doctrina, una inferencia intelectual o un anhelo vital. Fue un evento glorioso, del que muchos hombres y mujeres fueron testigos, demostrativo de que «Dios no es Dios de muertos, sino de vivos» (Mt. 22:32 y par.).

La resurrección de Cristo, garantía de nuestra esperanza

Digamos finalmente que la resurrección de Cristo garantiza la resurrección futura a vida eterna de cuantos creen en él. En una de sus primeras cartas (1 Tesalonicenses) ya se refirió Pablo a esta doctrina (1 Ts. 4:14, 16) reafirmando lo que había enseñado el Señor mismo (Jn. 5:29; Jn. 6:39, 40, 44, 54; Jn. 11:25). Pero la enseñanza más recia sobre este tema la hallamos en el monumental capítulo 15 de su carta a los Corintios. En este texto el apóstol desarrolla una sólida argumentación para demostrar que Cristo resucitó de los muertos, refutando así el error de quienes afirmaban que «no hay resurrección de muertos» (1 Co. 15:12); pero en su conclusión (1 Co. 15:20) enlaza la resurrección del Señor con la de sus redimidos, que tendrá lugar en su segunda venida. Cristo resucitado es «primicias de los que durmieron».

William Barclay recuerda que la fiesta de la pascua (cuando Jesús resucitó) era también la fiesta de las primicias, la cual coincidía con la época en que la cebada era segada (Lv. 23:10-11). Aquel primer fruto era el principio de la cosecha que había de seguir, es decir, la resurrección de sus santos que ya habían fallecido. Para reforzar esta afirmación Pablo introduce un paralelo antitético entre Adán y Cristo: «Así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados» (1 Co. 15:22). Lo uno es tan cierto como lo otro. Todos los que están «en Adán», es decir, todos cuantos viven en su naturaleza caída, alejados de Dios, mueren. Todos los que están «en Cristo» serán resucitados para vida eterna o transformados (1 Ts. 4:16-17). Esta perspectiva ha sido siempre motivo de consuelo y estímulo para el pueblo cristiano (1 Ts. 4:18). Y ha dado mayor brillo a la gloria del Resucitado. Así parece haberlo entendido Pablo cuando escribía: «Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria» (Col. 3:4). Un eco maravilloso de lo dicho por el Señor Jesucristo mismo: «Porque yo vivo, vosotros también viviréis.» (Jn. 14:19).

El resplandor de la gloria de la resurrección alumbra nuestra vida presente y se proyecta hacia un futuro pletórico de esperanza «sabiendo que Aquel que resucitó al Señor Jesús, a nosotros también nos resucitará con Jesús y nos presentará juntamente con vosotros» (2 Co. 4:14). Por ello los cristianos en todo el mundo recordamos la Semana Santa con espíritu de reflexión, de confesión y de gratitud, pero sobretodo con el mismo «gran gozo» de María Magdalena y la otra María al descubrir la tumba vacía y escuchar la voz del ángel afirmar rotunda: «No está aquí pues ha resucitado» (Mt. 28:6, 8).

 




Las demandas de la cruz

Pbro. Ángel Yván Rodríguez P.
 
 
 
 
 
 

Son muchas las iglesias que al llegar a la llamada «Semana Santa» celebran la crucifixión del Señor Jesucristo al final de su vida en la tierra. Por inaudita que parezca, esa celebración no es una barbaridad; es la exaltación del Hijo de Dios, quien se entregó a sí mismo en propiciación por nuestros pecados. Mediante la cruz se abre la puerta a la salvación de quienes por su arrepentimiento y su fe, son incorporados al pueblo de Dios. Es comprensible la concentración cristocéntrica en la obra divina de la salvación. De ahí que los escritores del Nuevo Testamento, prácticamente en su totalidad, se refirieran explícitamente a la crucifixión de Jesús como fundamento de nuestra salvación.

Como ejemplo, podemos citar al apóstol Pablo, quien escribió: «Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí, y lo que ahora vivo en la carne lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gá. 2:20). Y en otra de sus cartas afirmó con vehemente radicalidad: «Yo resolví entre vosotros no saber cosa alguna que no sea Jesucristo, y éste crucificado» (1 Co. 2:2).

El propio Señor Jesucristo declaró a sus discípulos que «debía ir a Jerusalén y padecer muchas cosas de sus adversarios y ser muerto» (Mt. 16:21, Mt. 20:17-18). Él había venido al mundo «no para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos» (Mt. 20:28). Esta afirmación tuvo confirmación solemne al compartir con sus discípulos el pan y el vino en la cena que él mismo había instituido (1 Co. 11:23-25).

Ahora bien, para el discípulo de Cristo el mensaje de la cruz entraña un cuádruple llamamiento:

Una llamada a la reconciliación y la comunión con Dios

En el Nuevo Testamento la palabra más usada para traducir la experiencia de la conversión es «metanoia», que significa «cambio de mente». Este cambio exige una convicción de pecado profunda y una confesión del mismo, lo que incluye reconocimiento de la naturaleza dañada por el pecado. Esto hace que nos reconozcamos culpables delante de Dios, no sólo por lo que hemos hecho, sino por lo que somos. Lo que la cruz de Cristo demanda de nosotros no es una cosmética espiritual que nos haga honorables a ojos de nuestros semejantes, sino una espiritualidad radical equivalente a una nueva creación (2 Co. 5:17). Lo que se nos pide es que imitemos a Cristo y nos convirtamos en luz del mundo y sal de la tierra (Mt. 5:13-16).

Un par de parábolas bíblicas nos ilustran bien el significado del arrepentimiento y la fe en la conversión. Ambas son tan conocidas como iluminadoras y ambas producen en nosotros convicción y confesión de pecado como principio de una vida nueva en relación santa con Dios, Padre misericordioso.

No puede ser más clara y enternecedora la parábola del hijo pródigo (Lc. 15:11-32). En ella se relata el desvarío de un joven que abandona el hogar paterno y se hunde en una vida de disipación y miseria, pero que reflexiona, confiesa su pecado y vuelve arrepentido a la casa paterna con una confesión conmovedora. Dice a su padre: «He pecado contra el cielo y contra ti; no soy digno de ser llamado tu hijo, pero hazme como uno de tus jornaleros» (Lc. 15:21). En la emotiva respuesta de su progenitor, el hijo no oye ningún reproche, ningún sermón. Sólo palabras de bienvenida y aceptación. Para padre e hijo el regreso de éste se ha tornado en fiesta. El hijo perdido ha sido hallado; había estado muerto y ha revivido. Una gran fiesta ha marcado el comienzo de la más grande de las experiencias: la salvación.

Parábola del fariseo y el publicano (Lc. 18:9-14). El primero era prototipo de una falsa religiosidad. No buscaba la gloria de Dios,sino su propio ensalzamiento, la inflación de su vanidad.
Por el contrario, el publicano -odiado cobrador de impuestos para el erario de Roma- no se sentía merecedor de nada. Consciente de sus faltas y del aborrecimiento de los judíos más ortodoxos, «no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: Dios,sé propicio a mí, pecador».
Para Jesús, el juicio sobre aquellos dos hombres era claro: «Os digo que aquel hombre (el publicano) descendió a su casa justificado más bien que aquél, porque cualquiera que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido».

Una llamada a la entrega plena

La cruz de Cristo implica una demanda de entrega plena por parte del creyente que decide seguir a Jesús. Pablo fue consecuente también con este compromiso: «El amor de Cristo nos constriñe, habiendo llegado a esta conclusión: que si uno murió por todos luego todos murieron. Y por todos murió, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos» (2 Co. 5:14-15).

Esa entrega implica reconocimiento y aceptación plena del señorío de Cristo. Es hermoso poder decir al Señor lo que le dijo Pablo el día de su conversión: «Señor, ¿qué quieres que haga?» (Hch. 9:6). O hacer nuestras las palabras del distinguido líder moravo Conde de Zinzendorf: «Sólo tengo una pasión, y ésta es él, únicamente él».

La entrega del creyente para servir a su Salvador es un gran privilegio derivado de su redención. Constituye un cambio de dueño. Recordemos las palabras de Pablo en su primera carta a los Corintios: «¿No sabéis que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios» (1 Co. 6:19-20). ¿O acaso servimos a Dios a medias? ¿No estaremos pretendiendo seguir siendo señores de nuestra vida a la par que hacemos de Cristo nuestro siervo? ¡Qué absurdo! ¡Y qué indignidad!

Una llamada a la identificación con Cristo

«Si alguno está en Cristo, es una nueva creación; las cosas viejas pasaron y todas son hechas nuevas» (2 Co. 5:17). Con Cristo morimos y con Cristo resucitamos. La comunión con él exige una renuncia a toda forma de desobediencia. En Cristo y con él, el creyente está llamado a vivir una vida de discipulado sin reservas. Son inadmisibles los términos medios en los que nos gusta instalarnos. «Ningún siervo puede servir a dos señores» (Lc. 16:13).

Aun los pecados más sutiles -egoísmo, orgullo, vanagloria, envidia, rencor- acarrean el desagrado del Señor. Contra ellos hemos de luchar sin desfallecimiento si realmente le tenemos a él por Señor. Nuestra fidelidad al Cristo provocará la hostilidad del mundo, pues vivimos en una sociedad abiertamente anticristiana, lo cual nos obliga a luchar contra nuestras propias tendencias pecaminosas.

En nuestra pugna contra toda suerte de fuerzas enemigas más de una vez resbalaremos y caeremos, pero en la cruz de Cristo encontraremos siempre el poder para ser «más que vencedores» (Ro. 8:37).

Una llamada a evangelizar

Aun antes de asumir la cruz, Jesús fue consciente de que una parte esencial de su obra -la formación de la Iglesia- no la iba a realizar solo. Llamó a doce de sus discípulos y los envió a predicar el reino de Dios (Lc. 9:1-6). Después de su muerte y su resurrección, les encomendó la «gran comisión» (Mt. 28:19). La iglesia apostólica pronto vino a ser testimonio vivo de Cristo, lo que acarreó persecución e incluso muerte violenta. Impresiona el testimonio de Esteban, seguido del de Pablo, al que pronto siguieron otros que tuvieron el mismo fin que estos primeros discípulos.

Una vez convertido a Cristo, Pablo vino a ser uno de los paladines de la obra misionera. Con lógica convincente razonó la necesidad de aceptar el reto misionero: «¿Cómo predicarán si no han sido enviados?», para citar a continuación el bello y estimulante texto de Isaías: «Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas!» (Ro. 10:15). Bajo la dirección del Espíritu Santo y en circunstancias sumamente adversas tuvo lugar en aquel tiempo una gran expansión misionera en numerosos lugares del imperio romano. No debe de ser casualidad que los periodos más florecientes en la historia de la Iglesia cristiana han sido aquellos en que la obra misionera ha sido atendida con diligencia.

¡Dichosa la iglesia local que instruye a sus miembros en la gloriosa tarea de proclamar el más glorioso de los mensajes! ¡Y bienaventurado el creyente que responde dignamente a las demandas de la cruz!