jueves, 26 de marzo de 2015




El encargo del Resucitado

Pbro. Ángel Yvan Rodríguez Pineda






 
 Mt.28,16-20                
En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea y subieron al monte en el que Jesús los había citado. Al ver a Jesús, se postraron, aunque algunos titubeaban.
Entonces, Jesús se acerco a ellos y les dijo: “Me ha sido dado todo el poder en el cielo y en la tierra. Vayan pues y enseñen a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del padre y del hijo y del espíritu Santo y enseñándolas a cumplir todo cuanto yo les he mandado y sepan que yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”


En esta escena final culmina todo el Evangelio de Mateo. El mensaje que él nos quiere anunciar con su Evangelio se resume aquí en pocas palabras es el mensaje de que el Resucitado está con nosotros, de que  anda con nosotros todos los caminos y de que la Iglesia debe proclamar a todo el mundo la Resurrección. La Iglesia es la continuidad del obrar de Jesús. En ella está presente el mismo Jesús elevado, pero el Resucitado no se deja abarcar, delimitar, poseer, manipular por la Iglesia. Al contrario, El es el Señor, es quien manda a los discípulos por todo el mundo para que conviertan a todos los hombres en seguidores de Jesús y para que sean bautizados en el nombre del Dios trinitario.

Los discípulos obedecen las palabras  de Jesús que les trasmitieron las mujeres. Se marcharon a Galilea. En el monte que les había nombrado Jesús, se postran delante del Resucitado y le venera, Mateo habla de las dudas de algunos discípulos para señalar que esto hoy no es diferente. El mensaje de la Resurrección es fascinante, pero, al mismo tiempo, se introduce furtivamente la duda de nuestros pensamientos: “¿Cómo se puede entender la Resurrección? ¿No es solo imaginación? ¿Podemos fiarnos de lo que vemos? también hoy vacilamos entre la fe y la duda. La fe necesita la duda para no abarcar a Dios, para no hacerse una idea demasiado rígida de Jesús y su Resurrección.

Jesús tiene todo el poder. Tiene el pleno poder de perdonar pecados y curar enfermos. Vendrá como Hijo del hombre en las nubes del cielo y demostrara su poder al mundo entero. Aunque aparentemente se haya roto este poder en la muerte, en la realidad Jesús como Hijo de Dios,  el Señor y el Rey del mundo. Por eso deben partir los discípulos y convertir a todos los hombres en discípulos y convertir a todos los hombres en discípulos de Jesús. Esto no se puede hacer a la fuerza, sino solo a través de la libertad de cada uno. Jesús nos encarga propagar su mensaje para que muchos se conviertan y se dejen  bautizar. Su mensaje se dirige a todos los hombres y pueblos, tanto a los judíos como a los griegos. Nadie está incluido. La obra de Jesús, aunque se desarrollo en un lugar determinado tiene consecuencias para el mundo entero, que debe ser tocado y transformado por la salvación de Jesús.


Son tres los pasos que Jesús pide a sus discípulos:  






El Primero: consiste en que El manda a sus discípulos para ganar nuevos adeptos. Deben predicar a Dios, con la misma convicción de Jesús y convencer a los demás como Él mismo. Deben dar testimonio de Jesús con su propia vida y con la confianza en Dios,  Con esa confianza que Jesús no solo nos ha proclamado, sino que nos la ha demostrado visiblemente con su vida y su muerte. Convertir a alguien en discípulo de Jesús significa para mi introducirle en la misma experiencia de Jesús. En el Evangelio de Mateo esto consiste en la experiencia de la confianza y la libertad de los hijos de Dios y la experiencia de la Iglesia, la nueva comunidad, a la cual Jesucristo glorificado y a la cual ha invitado a los hombres de todos los pueblos y culturas, de todas las religiones y confesiones.

El Segundo: Consiste en el bautizo en el nombre de Dios trinitario. Todo aquel que haya sido ganado para Jesús debe ser integrado en la vida de Dios. Se le bautizara en nombre de la Trinidad, lo cual quiere decir que es entregado en propiedad de la Trinidad. En el bautizo se le acoge en la comunión trinitaria y ellos experimentaran en Dios la verdadera dignidad de su condición humana, que consiste en ser hijos e hijas de Dios. A este segundo paso se le podría llamar la “dimensión mística del cristianismo”. Los discípulos deben introducir a los hombres en la experiencia de Dios, una experiencia que desde siempre estaba abierta para nosotros y hacia nosotros. No podemos hablar de Dios sin hablar al mismo tiempo del hombre, ni podemos entender al hombre sin verlo como quien esta acogido en la comunión del Dios trinitario.

El Tercero: Consiste en guardar los mandamientos. Para Mateo la dimensión ética siempre está unida a la fe. No basta con experimentar a Dios, con estar en Él, con sentir su cercanía sanadora, también forma parte de la fe el hecho de que estemos dispuestos a cumplir todo lo que Jesús nos ha mandado. Jesús no solo nos anuncio al Dios misericordioso, a quien oramos con confianza y en quien nos sentimos cobijados, sino quien también nos revelo la voluntad de Dios para nosotros y hoy nos invita a seguir esa voluntad con nuestra conducta. Así, en el último mandato de Jesús se hace patente otra vez la intención del Evangelio de Mateo: con la historia de la vida de Jesús quiere ganar adeptos para Cristo. Quiere invitarles a entrar  en comunión con la Iglesia y mediante el bautismo que se dejen llevar hasta el fondo  del amor de Dios trinitario- Según sus propias palabras, Jesús nos invita a cambiar nuestros comportamientos y a dar, con una actuación nueva, testimonio de su mensaje, que considera que el hombre está capacitado para nuevas posibilidades.


Mateo termina su Evangelio con la promesa de Jesús, él, retoma aquí la promesa de  YWAHW a Moisés en la zarza ardiendo: “Yo estoy contigo”. Jesús es el Emmanuel, el “Dios con nosotros”, tal como había sido anunciado por José antes de su  nacimiento. Jesús acompaña a sus mensajeros como el Resucitado y junto a ellos, viene a todos los pueblos. Por lo tanto, la Iglesia, el Resucitado quiere ir a los hombres y abrirles a la vida.

jueves, 19 de febrero de 2015

CUARESMA:
 UNA CAMINO DE RENOVACIÓN Y ESPERANZA


Pbro.Ángel Yván Rodriguez Pineda




Ante un mundo que divide y enfrenta a los hombres, un mundo que se está deshumanizando y crea soledad, nos urge abrirnos y convertirnos más a Dios. La cuaresma es tiempo privilegiado para escuchar la Palabra de Dios, no con oídos sordos sino con apertura de corazón que nos lleve a convertirnos mediante el sacramento de la reconciliación, la vida sacramental y la solidaridad con quienes nos rodean.
La cuaresma tiene una meta, un punto de llegada que es la Pascua; no hay cuaresma auténtica sin Pascua; esta cuaresma nos invita a centrar los ojos en Jesucristo y a seguirlo hasta la Pascua, es decir, hasta la entrega de la propia vida; por eso para los católicos la cuaresma es tiempo fuerte de oración, ayuno y limosna; oración, ayuno y limosna son signos que muestran nuestra conversión y seguimiento fiel de Jesucristo.
¿Qué encierra para el católico la oración, el ayuno y la limosna? ¿Qué entiende, enseña y vive la Iglesia desde sus orígenes?
1- Oración cristiana.
Orar es hablar, relacionarse, tratar con Dios al estilo de Cristo; de ahí el nombre de oración cristiana; hoy es palpable, en no pocos, no solo la falta de relación y trato con Dios sino hasta el olvido de Dios. Buscar y hacer la voluntad de Dios constituye el corazón de la oración cristiana; de allí la enseñanza de Cristo “hágase tu voluntad”.
En la oración acudimos a Dios porque lo necesitamos para realizarnos y para vencer el mal solos nunca lo lograremos; el egoísta y orgulloso nunca es feliz, nunca logra su realización, nunca proyecta amor. La oración cristiana sostiene y fecunda las actividades y la misma vida humana.
Es necesario ejercitarnos en la oración personal, familiar y comunitaria; no olvidemos que la auténtica oración cristiana siempre culmina en la oración litúrgica, en la vida sacramental.
2- Ayuno.
El ayuno cristiano está muy lejos del masoquismo y de la protesta; no es difícil hoy constatar “ayunos” como medio de protesta social: huelgas de hambre; también se acude al ayuno para mejorar la salud o estar en forma: dietas médicas, ejercicios físicos, etc.
El ayuno cristiano es mucho más que todo esto y su diferencia es clara; ayunar cristianamente es abstenerse de alimentos, sacrificarse y ejercitar el cuerpo para estar siempre disponible al amor de Dios, para ser más sensible a la vida de amor y de caridad, para abrirse más a Dios y a los demás. El ayuno cristiano siempre está en función de la caridad; si es auténtico, siempre se proyecta en el compartir y en la solidaridad. El ayuno cristiano siempre va unido a la oración; fortalece la oración, dispone el cuerpo al querer de Dios; por esto, en los tiempos fuertes y en situaciones apremiantes, la Iglesia pide unir el ayuno a la oración, por ejemplo, el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo; de aquí las palabras de Jesucristo: “Esta clase de demonios no puede salir con nada, sino con oración y ayuno” (Mc 9, 29).
Como el atleta que no deja de hacer ejercicio y entrena hasta vencer los obstáculos para lograr las metas propuestas, el creyente no deja de hacer penitencia hasta mantenerse unido a Dios y ser capaz de vencer el mal. El ayuno fortalece el espíritu, eleva a Dios, abre a Dios y a los demás, debilita las fuerzas del mal: egoísmo, sensualidad, inclinaciones al mal, pasiones.
3- Limosna.
La limosna, en la tradición cristiana, es expresión de caridad, de solidaridad, de fraternidad; es un medio que muestra tomar con seriedad el mandamiento del Señor: “amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mc 12, 31). No hemos de reducir la limosna a dar de lo que sobra sino compartir de aquello que necesitamos, dar-compartir “hasta donde nos duela”. Aquí se inserta el espíritu cristiano del ayuno: dar a los necesitados lo que no comemos o ahorramos; como decía San Agustín: “que nuestros ayunos alimenten a los que no tienen que comer”.
La limosna no se reduce solo a compartir lo material. Es necesario dar limosna también compartiendo nuestro tiempo, nuestras cualidades, capacidades, influencia en bien de los más necesitados; en este sentido urge la limosna de parte de padres de familia, maestros, servidores públicos, sacerdotes, jóvenes, en el campo de la salud y de la justicia.
La Conversión.
La ceniza es un signo penitencial; expresa la disponibilidad del creyente para enderezar la vida según Dios, la decisión de emprender el camino de conversión que pasa por el sacramento de la Reconciliación y la participación activa y consciente de la Eucaristía. La oración, el ayuno y la limosna son medios concretos que mueven y sostienen al creyente a seguir de cerca a Cristo hasta la Pascua, es decir, hasta darse como Él.

En este espíritu exhorto a los sacerdotes, religiosas y fieles laicos a que en todas las comunidades se revisen, purifiquen y fortalezcan las expresiones religiosas para que sean realmente expresión del auténtico sentido de la cuaresma por el cual fueron instituidos.

Pido a mis hermanos sacerdotes dedicar más tiempo al sacramento de la Confesión; además del tiempo fuerte programado en la semana, hacerlo también diario antes y después de la misa en cuanto sea posible; estoy seguro que los fieles lo irán aprovechando cada vez más. Dada la escasez de sacerdotes y las distancias, con el fin de acercar la misericordia y el perdón de Dios a los fieles que, habiendo caído en censuras y penas como la prevista en el canon 1398, solicitan arrepentidos el sacramento de la penitencia, en el espíritu del canon 508 concedo a todos los sacerdotes de la arquidiócesis la facultad para absolver de censuras y penas no declaradas ni reservadas a la Santa Sede, exclusivamente desde el miércoles de ceniza a la Vigilia Pascual. Es importante que los sacerdotes nos preparemos para este ministerio, cuidemos las condiciones para absolver en estos casos y ofrezcamos la orientación y penitencia medicinal adecuada.

martes, 27 de enero de 2015




LA ORACIÓN:
ALGO PRIORITARIO EN LA ESPIRITUALIDAD

Pbro. Angel Yván Rodríguez Pineda


Lucas 11:1-13
Hoy en día muchos cristiano, en lo que a espiritualidad se refiere, están vacíos y faltos de poder, insípidos y desprovistos del verdadero gozo que Dios ha provisto.
Romanos 15:13 nos dice: "Y el Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis en esperanza por el poder del Espíritu Santo".
La iglesia primitiva estaba llena del Espíritu Santo, llena del poder de Dios; entonces, ¿Por qué nosotros no podemos desear y tener esa misma llenura? ¿Acaso ya no creemos que Dios actúe con el mismo poder saturador, con el cual actuaba en los primeros creyentes?
La clave que tenemos que descubrir es el poder de la oración, eso nos permitirá ser llenos del Espíritu Santo (Lucas 11:13). Naturalmente que esta acción se complementa con la obediencia (1 Juan 3:22, 23; Hechos 5:32).
Ahora bien, hay que considerar que demasiados católicos tratan de obedecer los mandamientos con sus propias fuerzas, pero nunca lo logran porque se dejan vencer fácilmente. Se lucha desesperadamente para no caer en el mismo pecado, pero resulta un esfuerzo inútil, pues se sigue fracasando.
La alternativa es la oración. 1 Pedro 5:7 dice: "Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de nosotros". En los siguientes versículos (8,9) nos dice que tenemos que ser sobrios y vigilantes. La clave que él menciona es "velad", es decir, estar siempre alertas, constantes y fervientes en la oración. Fíjense en las promesas de Dios cuando oramos de todo corazón (2 Crónicas 7:14).
Por otra parte, se supone que los cristianos siempre tenemos una línea telefónica abierta con Dios, una línea que nunca es interrumpida. Pero la pregunta que surge es, ¿Por qué entonces muchos cristianos no oran? ¿Acaso consideran un ejercicio inútil porque no reciben respuestas? Lo más seguro es que no estamos siendo sinceros con Dios. El salmista nos aconseja (62:8): "Derramad delante de él vuestro corazón". Vemos que debe existir un matiz de sinceridad. Isaías 29:13 complementa este pensamiento al decir que Dios está cansado de que nos acerquemos a él sólo con palabras, cuando en verdad nuestro corazón está lejos de él.
Muchos creen que Dios sólo actúa en emergencias, pero Dios no puede ser manipulado por el hombre. Él sabe que si sólo da y la persona sólo recibe, jamás existirá una relación íntima y significativa. Él desea nuestra entrega absoluta, de corazón sincero y llenos del Espíritu Santo.
Miren lo que dice Santiago 4:3. A veces oramos mal, pidiendo lo que no nos hace falta; más bien, debemos buscar la voluntad de Dios y él contestará conforme a nuestra necesidad. Una clave más para asegurarnos de recibir lo que pedimos está en Lucas 18:7,8. Es la insistencia, la perseverancia hasta que él actúe. Entonces si él no nos contesta pronto, evaluemos nuestra vida para saber si realmente estamos andando bien con el Señor y si estamos pidiendo lo correcto.
Además, la oración nunca sirve únicamente para pedir algo a Dios, debemos enfocar también la adoración, las acciones de gracias, el perdón de nuestros pecados y muchas otras cosas más.
De ahí que el apóstol Pablo nos da un desafío en 1 Tesalonicenses 5:7, al decir: "Orad sin cesar". En Romanos 12:12 también dice: "Constantes en la oración".
Por otro lado en Hebreos 4:16 leemos: "Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro".
Tengamos siempre en mente a los grandes hombres de Dios, que fueron grandes por el poder de la oración, como es el caso de Daniel, David, Jesús y Pablo.
Mateo 6:5-15
Muchas veces hablamos de conceptos, necesidades y responsabilidades, pero muy pocas veces de cómo llevarlo a cabo, cómo ponerlo en práctica. Decimos que es importante orar, porque la oración es algo vital, es lo prioritario, pero lo cierto es que no sabemos cómo desarrollar este precioso ministerio.
Podemos afirmar que un gran porcentaje de cristianos entran en su lugar de oración, buscando la presencia de Dios, pero no saben qué hacer ni qué decir. Oran en voz alta, pero como no están acostumbrados a oír su voz cuando están a solas, resulta en algo incómodo y este tiempo precioso de oración se termina.
Recuerdo que un hermano testificó diciendo que fue a su lugar secreto de oración y que oró por todas las cosas que pudo recordar, estuvo en oración hasta que sintió que había estado orando como una hora, entonces se levantó y al mirar el reloj, descubrió que solamente había pasado diez minutos.
Quizá es el caso de muchos, ¿Saben qué descubrí con eso? Muy contados cristianos pueden estar una hora completa en oración, sin interrupción, allí en la presencia de Dios.
Hermanos, si nosotros no estamos orando, no podemos profesar amar a Dios, porque amar demanda dedicación de tiempo. Amar envuelve la expresión de afectos y alabanzas a Dios, permitiendo que él consuma nuestro tiempo. Quizá tomará algún tiempo desarrollar una verdadera relación de amor con Dios, pero puede ser una meta, porque hay que entender que ninguna cantidad de servicio puede tomar el lugar de oración.
Por propia experiencia sé que es más fácil predicar sobre la oración que orar, es más sencillo escribir sobre la oración que orar, es más simple hablar de la oración que orar. En síntesis, he encontrado que hacer cualquier cosa en mi vida cristiana me es más fácil que orar. Esto nos da una pista: el diablo odia la oración con una intensidad increíble, ¿Por qué? Porque en la oración estamos en compañerismo con Dios y recibimos fortaleza de Dios. En la oración nuestros espíritus se unen en comunión y establecemos una relación de amor con Dios. En consecuencia, el diablo luchará contra nuestra vida de oración más que ninguna otra cosa.
Ahora bien, enfoquemos algunos principios fundamentales:
1. La vida espiritual del creyente no crecerá ni estará por encima de su nivel de oración.
En otras palabras, en el mismo grado en que oremos estará nuestra vida espiritual. Quizá podremos tener momentos de avivamiento y consagración, pero después bajaremos al mismo nivel de nuestras oraciones.
2. Nuestro nivel de discipulado se equipara con nuestro nivel de oración.
Mucho se ha dado la impresión de que un discípulo de Jesús puede desarrollarse por medio de la lectura de un libro, tomando cursos por aquí y por allá, pero olvidándose de la vida de oración. Sin embargo, resulta que nuestro nivel de discipulado se equipara con nuestro nivel de oración.
3. La vida de oración de una comunidad, movimiento de apostolado es igual a la vida de oración de sus miembros.
¿Cómo puede una comunidad desarrollar un programa regular de oración entre gente que no ora, o que no le gusta orar? Podemos inventar métodos para orar, hacer cultos de oración, pero luego bajaremos al nivel de nuestras propias oraciones. Ningún programa de oración que la iglesia ofrece sustituye nuestra vida de oración personal.
4. Su visión de la oración determina la práctica de los principios bíblicos en su vida.
Hay en la Biblia tres casos de oración que me dejan siempre sorprendido:
El primero lo encontramos en el libro de Ezequiel, donde aparece Dios examinando la tierra y vio que la gente, los sacerdotes y los profetas estaban en pecado. Todo andaba mal y no parecía haber esperanza para la nación (Ezequiel 22:30). ¿Qué es lo que Dios buscaba? Buscaba a alguien quien se interpusiera entre la gente impía y rebelde y el Santo Dios. El Señor buscaba un hombre de oración y la respuesta fue: "Y no lo hallé" (Ezequiel 22:31a).
El segundo es en la vida de Abraham, con quien el Señor había hecho un pacto. Dios había escuchado el clamor contra Sodoma y Gomorra y dijo: "No haré nada contra aquellas ciudades hasta que no hable con Abraham". Entonces Abraham actúa con astucia proponiendo acciones a Dios y le dice: (Génesis 18:24-33). Vemos que un hombre de oración estaba intercediendo por dos ciudades, hizo lo imposible para que Dios no destruya Sodoma y Gomorra.
El tercer caso tiene que ver con una experiencia de Moisés. El Señor dijo: "¿Hasta cuándo he de aguantar a este pueblo? Los quitaré de en medio y empezaré de nuevo con otra gente". Moisés no contestó: "Señor, pienso que es la mejor idea que has tenido, me buscaré un lugar apropiado y desde allí observaré cómo los destruyes".
Moisés dijo: "Señor, no lo hagas, yo te pido que perdones a este pueblo por amor a mí". Luego Dios respondió: "Yo los he perdonado conforme a lo que tú has dicho". ¡Así de grandiosa es la oración! (Números 14).
Necesitamos ajustar nuestra idea a la grandeza de la oración. A veces pensamos que la oración es únicamente para quienes tienen tiempo de sobra, pero Dios se deleita en la oración de los justos y nos invita para que participemos en su soberanía por medio de la oración. Jeremías 33:3 dice: "Clama a mí y yo te responderé y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces".
5. La única manera de aprender y desarrollar una vida de oración es orando.
En Mateo 6 encontramos a Jesús enseñando sobre la oración. Él suponía que sus discípulos oraban, entonces les dijo: (Mateo 6:5-7). Jesús contesta tres preguntas básicas en este pasaje: cuándo orar, dónde orar y cómo orar.
¿Cuándo orar? Tiene que ser una parte regular de nuestras vidas. En Lucas 18:1 habla sobre la necesidad de orar siempre y no desmayar. ¿Dónde orar? "Entra en tu aposento", es decir un lugar privado de oración. No busquemos un lugar en medio del tráfico o mientras oímos música en alto volumen.
¿Cómo hacerlo? (Mateo 6:9-13). Su intensión no fue que usáramos esta oración para repetirla sin ningún sentido, sino para que tengamos un modelo. Lo primero que Jesús dijo fue: "Padre nuestro". Esto indica nuestra relación con Dios y con los hermanos en Cristo, (necesidad de estar en paz con todos).
"Santificado sea tu nombre". Muestra la necesidad de alabarle y adorarle. Versículo 10, desear su venida y que mientras tanto reconozcamos su señorío, su grandeza y su poder. Versículo 11, recién en este momento empieza la lista de peticiones; muchos creemos que la oración solamente sirve para pedir, pero no es así. Versículo 12, la necesidad del perdón, en la misma medida en que nosotros la hacemos, asimismo debemos pedirla al Señor. Versículo 13a., la necesidad de protección. Versículo 13b., muestra que una oración debe comenzar y terminar con alabanza y acciones de gracias.
En conclusión, la oración funciona, algo ocurre cuando empezamos a orar, cuando comenzamos a tomar en cuenta a Dios. Detengámonos un momento y digamos, ¿Estoy teniendo una vida regular de oración? Si no lo estoy teniendo, entonces pongámonos como meta y comprobaremos cómo Dios contesta nuestras oraciones.


jueves, 4 de diciembre de 2014




Navidad, tiempo de luz y esperanza

Pbro. Angel Yván Rodríguez Pineda





Las calles, las tiendas, las casas, todo se llena de luces por Navidad. ¿Cuál es el verdadero significado de tanta luz? Para muchos es sólo un reclamo comercial a fin de estimular el consumo, más ahora en una época de crisis económica. Para otros es un mero símbolo de una celebración dominada por el paganismo y el hedonismo en el que, a lo sumo, se celebra la «fiesta de la familia». Es triste comprobar cómo la inmensa mayoría de niños y jóvenes, pero también muchos adultos desconocen por completo el verdadero sentido de las luces navideñas. Para los cristianos la respuesta es clara: recordamos el nacimiento de «Aquel que es la luz del mundo» (Jn. 1:9), la luz por excelencia que alumbra las tinieblas de vidas vacías y sin sentido, la luz que acaba con la oscuridad y el dolor de tantas relaciones rotas, de tantas heridas por el egoísmo del corazón humano, de tantas infidelidades y miserias.
Esta luz simboliza, por tanto, esperanza, una esperanza resumida en el mensaje navideño por excelencia: «Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz...». Adviento es tiempo de esperanza, pero no es una mera esperanza humanista en que las cosas irán mejor en el mundo y en mi vida el año próximo, una esperanza que no va más allá del horizonte humano. Cristo, Aquel en quien no hay oscuridad alguna, nos ofrece vida abundante aquí y ahora (Jn. 10:10), pero la esperanza de la Navidad apunta sobre todo al futuro, tiene una dimensión que se remonta por encima de las circunstancias presentes y con los ojos de la fe contempla un paisaje pletórico de gozo y de consuelo.
Veamos algunos aspectos de este paisaje que constituyen las razones de nuestra esperanza. ¿Qué esperamos? El apóstol Pedro lo describe como una «herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros» (1 P. 1:4). A la luz de la enseñanza de Pablo (2 Co. 4:14-5:8) esta herencia contiene, entre otras, tres grandes realidades:
•La promesa de una reunión futura: el cielo como una gran fiesta
•La promesa de una casa futura: el cielo como una mansión («morada»)
•La promesa de una recompensa: la corona de gloria, de justicia y de vida

La promesa de una reunión futura: el cielo como una gran fiesta
«...sabiendo que el que resucitó al Señor Jesús, a nosotros también nos resucitará con Jesús y nos presentará juntamente con vosotros» (2 Co. 4:14).

«Después de esto miré, y he aquí una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas, que estaban delante del trono y en la presencia del Cordero» (Ap. 7:9).
La esencia del cielo estriba en una relación bidimensional: con Dios y con Cristo primero, pero también con nuestros hermanos y hermanas que componen la gran familia de Cristo. Nuestra vida en el cielo no será una experiencia individual. El contemplar esta dimensión comunitaria es uno de los ingredientes más preciosos de nuestra esperanza. En el Nuevo Testamento el cielo se describe como la gran reunión de todos los santos, todos los que creyeron en Jesucristo. Esa gran reunión será tan feliz y gozosa que se compara a un banquete de bodas. Sí, el banquete de bodas del Cordero: «Y el ángel me dijo: Escribe: Bienaventurados los que son llamados a la cena de las bodas del Cordero» (Ap. 19:9).
Por tanto, la Navidad es un recuerdo, un memorial, pero es sobre todo un anticipo de gloria, la aurora de una luz que alcanzará su cenit esplendoroso en el día del banquete de las Bodas del Cordero, el Hijo amado cuyo nacimiento recordamos estos días.
La promesa de una casa futura: el cielo como una mansión
«Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos. Y por esto también gemimos, deseando ser revestidos de aquella nuestra habitación celestial» (2 Co. 5:1-2).
San Pablo compara la vida en la tierra a una tienda de campaña; es frágil, puede deshacerse fácilmente. Sin embargo, muchas personas hoy viven de espaldas a esta realidad: pensamos que la muerte no nos ha de llegar nunca. ¡Cuán a menudo la muerte viene de forma inesperada, «como ladrón en la noche»! Ciertamente, nuestra vida en esta tierra es muy frágil, y nos pueden llamar a abandonar la «tienda» inesperadamente, en cualquier momento.
Esta morada sólida, eterna e incorruptible contrasta con la precariedad de nuestro frágil cuerpo que se «va desgastando de día en día». ¡Ciertamente es mejor vivir en una casa así que en una tienda de campaña! Por ello Pablo expresa su preferencia: «mas quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor» (2 Co. 5:8).
El propio Señor Jesús nos prometió esta morada futura en los cielos: «En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis» (Jn. 14:1-3). ¡Resulta difícil leer estas palabras sin emocionarse! Recordemos el contexto de tribulación en el que se pronunciaron: la muerte de Jesús estaba muy cerca. Nuestro Señor tenía en mente un propósito claro: consolar a sus discípulos y prepararlos para los tristes acontecimientos que se avecinaban. Jesús anticipa el duelo de sus amigos y fortalece su esperanza con la maravillosa promesa de las «moradas» o «mansiones» celestiales en la casa del Padre. Por ello les dice «no se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí» (Jn. 14:1). Un gran consuelo nos embarga cuando contemplamos esa nueva casa.






La resurrección de Jesús, garantía de nuestra esperanza

«Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente» (Jn. 11:25-26).
Ésta es una de las frases más trascendentales que Jesús pronunció. Él se convierte en la garantía de nuestra propia resurrección porque él mismo resucitó de los muertos. Notemos que la doble promesa de esta frase, «vivirá... no morirá», implica no sólo que sobreviviremos, sino que resucitaremos; no se trata de una mera inmortalidad del alma, sino de la resurrección del cuerpo.

El fundamento y la seguridad de nuestra esperanza descansan, por tanto, en la resurrección corporal de Cristo. Porque, en palabras de Pablo, «si Cristo no ha resucitado, vana es entonces nuestra fe» (1 Co. 15:17). Esta esperanza triple en una reunión, una mansión y una recompensa futuras iluminan cualquier sombra de dolor, llanto o clamor en estos días de Adviento y nos llevan a exclamar «...mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo» (1 Co. 15:55-56). Éste es el mejor regalo de la Navidad, no hay otro mayor.

miércoles, 12 de noviembre de 2014



SOSTENIDOS POR LA VIDA DE GRACIA

Pbro. Ángel Yván Rodriguez Pineda




Pocos vocablos tienen una variedad de significados tan amplia como el término «gracia». El Diccionario de la Real Academia de la Lengua nos da quince acepciones. Pero nuestro propósito no es analizar el sentido de las mismas, sino ahondar en el significado de la gracia de Dios tal como aparece en el término kharis del Nuevo Testamento. Nada más profundo, ni más enriquecedor.
            El concepto neotestamentario recoge el significado que el término hebreo hen tiene en el Antiguo Testamento: la ayuda que alguien fuerte proporciona a una persona atribulada o necesitada, incapaz de mejorar su condición a causa de la debilidad que le imponen su propia naturaleza o determinadas circunstancias. El Señor Jesucristo no habló mucho de la gracia de Dios, pero sus actos revelaban de modo inconfundible la condescendencia divina hacia el pobre, el afligido, el marginado, el condenado por sus pecados. Así que, cuando hablamos de la gracia no hemos de limitar nuestra interpretación del término en el sentido, tan generalizado, de «favor inmerecido». Ciertamente es favor inmerecido, pero se trata del más grande de los favores. Es el amor de Dios en acción mediante el ministerio redentor de su Hijo y de su Espíritu.
 Entresacamos algunos de los aspectos del tema que más pueden contribuir a nuestra edificación.

I. La gracia de Dios, fuente de nuestra salvación
Pablo expresó magistralmente esta verdad: «Por gracia sois salvos, por medio de la fe» (Ef. 2:8). ¿A qué salvación se refiere esa afirmación? Una respuesta adecuada sólo es posible si se parte de la condición humana en su situación actual. El pecado ha hecho de los hombres reos de condenación ante la justicia de Dios («por cuanto todos pecaron», Ro. 3:23). Aun viviendo en el sentido biológico, todos por naturaleza estamos «muertos en nuestros delitos y pecados» (Ef. 2:1). «Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos)» (Ef. 2:4-5). En virtud de la obra expiatoria de Cristo, Dios nos otorga una perfecta justificación, con lo que los efectos de nuestra pecaminosidad desaparecen (Ro. 3:23-26). «Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús» (Ro. 8:1).
            Conviene subrayar la palabra «ninguna». Muchas personas, cuando se habla de condenación, piensan en los tormentos del infierno. Y ciertamente Dios salva a sus redimidos de tan trágico destino. Pero eso no es todo. También quiere librarlos de la esclavitud moral de una vida dominada por el pecado (Ro. 6:11-14). La justificación debe ser seguida de la santificación. Es una maravilla que el creyente, que antes de su conversión había vivido esclavizado por sus tendencias al pecado, en comunión con Cristo y por el poder de su Espíritu «anda en novedad de vida» (Ro. 6:4). Salvado de la condenación eterna, no está condenado a vivir aún en la esclavitud de las inclinaciones propias de la naturaleza caída. «Ninguna condenación hay...» Y si antes estábamos condenados al temor y a la frustración, ahora, en Cristo podemos gozar de libertad, paz, esperanza y plenitud de vida (Jn. 7:38). Bien podemos cantar con gozo y gratitud.
II. La gracia de Dios, fuente de inspiración para la adoración
Ampliamos lo que acabamos de apuntar. El autor de la carta a los Hebreos, divinamente inspirado, escribió: «Nosotros, que recibimos un reino inconmovible, hemos de mantener la gracia y, mediante ella, ofrecer a Dios un culto que le sea grato, con religiosa piedad y reverencia» (Heb. 12:28, versión Biblia de Jerusalén).
 La gracia de Dios ha tenido en Cristo su más perfecta expresión. Y la más conmovedora: «Ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre siendo rico, para que vosotros con su pobreza fuerais enriquecidos.» (2 Co. 8:9). él, Hijo unigénito de Dios, empezó a empobrecerse con su encarnación, pero su «empobrecimiento» culminó en la humillación y los sufrimientos de la cruz (Fil. 2:5-8). Todo para nuestra salvación (Ro. 5:8-10). No debe sorprender que ante el Cordero inmolado, ahora coronado de gloria y majestad, el pueblo redimido eleve a él el incienso de sus oraciones y un «cántico nuevo» que ensalza su obra de redención (Ap. 5:8-10). La Iglesia todavía hoy canta enfervorizada: «Maravillosa gracia vino Jesús a dar; más alta que los cielos, más honda que la mar».
III. La gracia de Dios, secreto de la santificación
Ya en los días de Pablo había mentes retorcidas que desfiguraban cínicamente la doctrina de la gracia enseñada por el apóstol. él había escrito: «Cuando el pecado creció, sobreabundó la gracia»(Ro. 5:20), lo que había llevado a los distorsionadores a una conclusión inadmisible: «Perseveraremos en el pecado para que la gracia crezca» (Ro. 6:1). Pero la gracia que nos trajo el perdón de Dios y el don de la vida eterna también nos unió a Cristo, con cuya muerte y resurrección el creyente ha de estar plenamente identificado. Esta identificación hace incompatible la fe con el pecado (Ro. 6:2-4). La conclusión de Pablo es diametralmente opuesta a la de sus falsos intérpretes: «El pecado no se enseñoreará de vosotros, pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia» (Ro. 6:14).
            Algunos creyentes, consciente o inconscientemente, actúan bajo los efectos de una dicotomía teológica; la justificación -piensan- es obra de la gracia de Dios; la santificación es cosa mía; depende de mis esfuerzos. Falso. En la santificación el creyente tiene, sin duda, una participación, la de unirse al Espíritu en la lucha contra la carne (Gá. 5:16). Pero en último término la realidad de la gracia es lo decisivo, pues es lo que más poderosamente actúa en nuestra voluntad hacia una obediencia estimulada por la fe y la gratitud (Gá. 2:20).
IV. La gracia de Dios, principio del servicio cristiano
Nada hay más digno y hermoso que una vida dedicada al servicio de Cristo; no sólo la de grandes misioneros y predicadores, sino la de todo creyente, pues al alcance de todo cristiano hay algún modo de servir al Señor y algún talento que a tal fin se puede usar. El servicio auténtico debe ser respuesta al llamamiento de Dios, y la capacidad para el mismo es también gracia suya. Pablo era muy consciente de este hecho cuando, refiriéndose a la obra que había realizado, declaraba: «Por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos, aunque no yo, sino la gracia de Dios que está conmigo» (1 Co. 15:10). En la labor del siervo de Cristo no hay lugar para la jactancia; sólo caben la humildad, la gratitud, y la oración en demanda de fidelidad.
V. La gracia de Dios superando nuestra debilidad
El apóstol Pablo, por lo colosal de su obra, aparece a nuestros ojos como un gigante espiritual, dotado de un poder moral y espiritual codiciable. Pocos han alcanzado las alturas de espiritualidad a que él llegó. Pero no fue un «supersanto» o un héroe de leyenda. Como hombre, estuvo sujeto a debilidades de las que por sí mismo no se pudo librar. Su testimonio en 2 Co. 12:1-10 es sumamente aleccionador. No sabemos a ciencia cierta en qué consistía el aguijón que le atormentaba, pero sí que el Maligno lo usaba para humillarlo haciéndole muy consciente de su debilidad. Esta experiencia, al parecer, tenía efectos muy negativos en él, por lo que insistentemente había pedido al Señor que lo librara de tan horrible prueba. La respuesta del Señor no podía ser más alentadora: «Bástate mi gracia, porque mi poder en la debilidad se perfecciona» (2 Co. 12:9). Una vez más, ¡la gracia! Mediante ella el creyente puede superar sus limitaciones y sus debilidades; éstas no le serán un obstáculo en el camino de la santificación y del servicio. Más bien darán lugar a la manifestación de la misericordia y el poder o de Dios para que se cumplan sus propósitos en la vida de cada uno de sus hijos.


miércoles, 1 de octubre de 2014


   SUFRIMIENTO EN LA SAGRADA ESCRITURA

Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda







«Me complazco... en las aflicciones, en las angustias» 2Cor 12,10 eso escribir Pablo a los convertidos de Corinto. El cristiano no es un estoico que cante «la majestad de los sufrimientos humanos», sino discípulo del «jefe de nuestra fe» que «en lugar del gozo que se le proponía soportó la cruz» Heb 12,2. El cristiano mira todo sufrimiento a través de Jesucristo; en Moisés «que estimó el oprobio de Cristo como una riqueza superior a los tesoros de Egipto» Heb 11,26 reconoce la pasión del Señor.
¿Pero qué significados tiene el sufrimiento en Cristo? ¿Cómo el sufrimiento, tan frecuentemente maldición en el AT, se convierte en bienaventuranza en el NT? ¿Cómo puede Pablo «sobreabundar de gozo en todas las tribulaciones» 2Cor 7,4 8,2? ¿Será la fe insensibilidad o exaltación enfermiza?
ANTIGUO TESTAMENTO
I. LO SERIO DEL SUFRIMIENTO
La Biblia toma en serio el sufrimiento; no lo minimiza, lo compadece profundamente y ve en él un mal que no debiera haber.
1. Los gritos del sufrimiento.
Lutos, derrotas y calamidades hacen que se eleve en la Escritura un inmenso concierto de gritos y de quejas. Es tan frecuente el gemido en ella que dio origen a un género literario propio, la lamentación. Las más de las veces estos gritos se elevan a Dios. Cierto, el pueblo grita ante el faraón para obtener pan Gen 41,55, y los profetas gritan contra los tiranos. Pero los esclavos de Egipto gritan a Dios Ex 2,23s, los hijos de Israel gritan a Yahveh 14,10 Jue 3,9 y los salmos están llenos de estos gritos de aflicción. Esta letanía del sufrimiento se prolonga hasta el «gran clamor y hasta las lágrimas» de Cristo ante la muerte Heb 5,7.
2. El juicio pronunciado sobre el sufrimiento responde a esta rebelión de la sensibilidad: el sufrimiento es un mal que no debiera ser. Desde luego, se sabe que es universal: «El hombre nacido de la mujer tiene una vida breve repleta de miserias» Job 14,1 Eclo 40,1-9, pero uno no se resigna a ello. Se sostiene que sabiduría y salud van de la mano Prov 3,8 4,22 14,30, que la salud es un beneficio de Dios Eclo 34,20 por razón del cual se le alaba Eclo 17,27 y se le pide Job 5,8 8,5ss Sal 107,19. Diversos salmos son oraciones de enfermos que piden la curación Sal 6 38 41 88.
La Biblia no es dolorista; hace el elogio del médico Eclo 38; aguarda la era mesiánica como un tiempo de curación Is 33,24 y de resurrección 26,19 29,18 61,2. La curación es una de las obras de Yahveh 19,22 57,18 y del Mesías 53,4s. La serpiente de bronce Num 21,6-9 ¿no viene a ser una figura del Mesías Jn 3,14?
II. EL ESCÁNDALO DEL SUFRIMIENTO
La Biblia, profundamente sensible al sufrimiento, no puede, como tantas religiones en torno a ella, recurrir para explicarlo a querellas entre los diferentes dioses o a soluciones dualistas. Cierto que para los exilados de Babilonia, abrumados por sus calamidades «inmensas como el mar» Lam 2,13, era muy grande la tentación de creer que Yahveh había sido vencido por uno más fuerte; sin embargo, los profetas, para defender al verdadero Dios, no piensan en excusarlo, sino en sostener que el sufrimiento no se le escapa: «Yo hago la luz y creo las tinieblas, yo hago la felicidad y provoco la desgracia» Is 45,7 63,3-6. La tradición israelita no abandonará jamás el atrevido principio formulado por Amós: «¿Sucede alguna desgracia en una ciudad sin que Dios sea su autor?» Am 3,6 Ex 8,12-28 Is 7,18. Pero esta intransigencia desencadena reacciones tremendas: «¡No hay Dios!» Sal 10,4 14,1 concluye el impío ante el mal del mundo, o sólo un Dios «incapaz de conocimiento» 73,11; y la mujer de Job, consecuente: «¡Maldice a Dios!» Job 2,9.
Sin duda se sabe distinguir en el sufrimiento lo que comporta alguna explicación. Las heridas pueden ser producidas por agentes naturales Gen 34,25 Jos 5,8 2Sa 4,4, los achaques de la vejez son normales Gen 27,1 48,10. Hay en el universo poderes malignos, hostiles al hombre, los de la maldición y de Satán. El pecado acarrea la desgracia Prov 13,8 Is 3,11 Eclo 7,1, y se tiende a descubrir una falta como origen de toda desgracia Gen 12,17s 42,21 Jos 7,6-13: tal es la convicción de los amigos de Job. Como fuente de la desgracia que pesa sobre el mundo hay que señalar el primer pecado Gen 3,14-19.
Sin embargo, ninguno de estos agentes, ni la naturaleza, ni el azar Ex 21,13, ni la funesta fecundidad del pecado, ni la maldición Gen 3,14 2Sa 16,5 ni Satán mismo se sustraen al poder de Dios, de modo que fatalmente resulta implicado Dios. Los profetas no pueden comprender la felicidad de los impíos y la desgracia de los justos Jer 12,1-6 Hab 1,13 3,14-18, y los justos perseguidos se creen forzosamente olvidados Sal 13,2 31,13 44,10-18. Job entabla un proceso contra Dios y le intima a explicarse Job 13,22 23,7.
III. EL MISTERIO DEL SUFRIMIENTO
Profetas y sabios, deshechos por el sufrimiento, pero sostenidos por su fe, entran progresivamente «en el misterio» Sal 73,17. Descubren el valor purificador del sufrimiento, como el del fuego que separa el metal de sus escorias Jer 9,6 Sal 65,10, su valor educativo, el de una corrección paterna Dt 8,5 Prov 3,11s 2Par 32,26.31, y acaban por ver en la prontitud del castigo un como efecto de la benevolencia divina 2Mac 6,12-17 7,31-38. Aprenden a acoger en el sufrimiento la revelación de un designio divino que nos confunde Job 42,1-6 38,2. Antes que Job, José lo reconocía delante de sus hermanos Gen 50,20. Semejante designio puede explicar la muerte prematura del sabio, preservado así de pecar Sab 4,17-20. En este sentido el AT conoce ya una bienaventurada de la mujer estéril y del eunuco Sab 3,13s.
El sufrimiento, incluido por la fe en el designio de Dios, viene a ser una prueba de alto valor que Dios reserva a los servidores de quienes está orgulloso, Abraham Gen 22, Job Job 1,11 2,5, Tobías Tob 12,13 para enseñarles lo que vale Dios y lo que se puede sufrir por él. Así Jeremías pasa de la rebelión a una nueva conversión Jer 15,10-19.
Finalmente, el sufrimiento tiene valor de intercesión y de redención. Este valor aparece en la figura de Moisés, en su oración dolorosa Ex 17,11ss Num 11,1s y en el sacrificio que ofrece de su vida para salvar a un pueblo culpable 32,30-33. No obstante, Moisés y los profetas más probados por el sufrimiento, como Jeremías Jer 8,18.21 11,19 15,18, no son sino figuras del siervo de Yahveh.
El siervo conoce el sufrimiento bajo sus formas más tremendas, más escandalosas. Ejerció sobre él todos sus estragos, lo desfiguró, hasta el punto de no provocar ya ni siquiera compasión, sino horror y desprecio Is 52,14s 53,3; no es en él un accidente, un momento trágico, sino su existencia cotidiana y su signo distintivo: «hombre de dolores» 53,3; parece no poder explicarse sino por una falta monstruosa y por un castigo ejemplar del Dios santo 53,4. En realidad hay falta, y de proporciones increíbles, pero no precisamente en él: en nosotros, en todos nosotros 53,6. Él es inocente, lo cual es el colmo del escándalo.
Ahora bien, ahí está precisamente el misterio, «el logro del designio de Dios» 53,10. Inocente, «intercede por los pecadores» 53,12 ofreciendo a Dios no sólo la súplica del corazón, sino «su propia vida en expiación» 53,10, dejándose confundir entre los pecadores 53,12 para tomar sobre sí sus faltas. De este modo el escándalo supremo se convierte en la maravilla inaudita, en la «revelación del brazo de Yahveh» 53,1. Todo el sufrimiento y todo el pecado del mundo se han concentrado en él y, por haber él cargado con ellos en la obediencia, obtiene para todos la paz y la curación 53,5, el fin de nuestros sufrimientos.
NUEVO TESTAMENTO
I. JESÚS Y EL SUFRIMIENTO DE LOS HOMBRES
Jesús no puede ser testigo de un sufrimiento sin quedar profundamente conmovido, con una misericordia divina Mt 9,36 14,14 15,32 Lc 7,13 15,20; si hubiese estado allá, no habría muerto Lázaro: Marta y María se lo repiten Jn 11,21.32 y él mismo lo había dado a entender a los doce 11,14. Pero entonces, ante una emoción tan evidente —«¡cómo le amaba!»— ¿cómo explicar este escándalo?, «¿no podía hacer que este hombre no muriera?» 11,36s.
1. Jesucristo, vencedor del sufrimiento.
Las curaciones y las resurrecciones son signos de su misión mesiánica Mt 11,4 Lc 4,18s, preludios de la victoria definitiva. En los milagros realizados por los doce ve Jesús la derrota de Satán Lc 10,19. Cumple la profecía del siervo «cargado con nuestras enfermedades» Is 53,4 curándolas todas Mt 8,17. A sus discípulos les da el poder de curar en su nombre Mc 15,17, y la curación del tullido de la Puerta Hermosa testimonia la seguridad de la Iglesia naciente en este sentido Act 3,1-10.
2. Jesucristo dignifica el sufrimiento.
Sin embargo, Jesús no suprime en el mundo ni la muerte, que él ha venido, no obstante, a «reducir a la impotencia» Heb 3,14 ni el sufrimiento. Si bien se niega a establecer un nexo sistemático entre la enfermedad o el accidente y el pecado Lc 13,2ss Jn 9,3, deja, sin embargo, que la maldición del Edén produzca sus frutos. Es que él es capaz de cambiarlos en gozo; Jesús no suprime el sufrimiento, pero lo consuela Mt 5,5; no suprime las lágrimas, únicamente enjuga algunas a su paso Lc 7,13, en signo del gozo que unirá a Dios y a sus hijos el día en que «enjugue las lágrimas de todos los rostros» Is 25,8 Ap 7,17 21,4. El sufrimiento puede ser una bienaventuranza, pues prepara para acoger el reino, permite «revelar las obras de Dios» Jn 9,3, «la gloria de Dios» y la «del Hijo de Dios» 11,4.
II. LOS SUFRIMIENTOS DEL HIJO DEL HOMBRE
A pesar del escándalo de Pedro y de sus discípulos, Jesús les repite que «el Hijo del hombre debe sufrir mucho» Mc 8,31 9,31 10,33 p. Mucho antes de la pasión Jesús «tiene familiaridad con el sufrimiento» Is 53,3; sufre a causa de la multitud «incrédula y perversa» Mt 17,17 como «engendros de víboras» Mt 12,34 23,33, por ser desechado por los suyos Jn 1,11. Llora delante de Jerusalén Lc 19,41 Mt 23,37; se «turba» al recuerdo de la pasión Jn 12,27. Su sufrimiento resulta entonces una aflicción mortal, una «agonía», un combate en medio de la angustia y del miedo Mc 14,33s Lc 22,44. La pasión concentra todo el sufrimiento humano posible, desde la traición hasta el abandono por Dios Mt 27,46. Pero prueba en forma decisiva el amor de Cristo a su Padre Jn 14,30 y a sus amigos 15,13, es la revelación de su gloria de Hijo Jn 17,1 12,31s, reúne en torno a él «en la unidad a los hijos de Dios dispersos» 11,52, le hace capaz «de socorrer a los que se ven probados» Heb 2,18 y de identificarse con todos los que sufren Mt 25,35.40.
III. LOS SUFRIMIENTOS DE LOS DISCÍPULOS
Una ilusión amenaza a los cristianos con la victoria de pascua: se acabó la muerte, se acabó el sufrimiento; corren peligro de ver vacilar su fe, debido a las realidades trágicas de la existencia 1Tes 4,13. La resurrección no deroga las enseñanzas del Evangelio, sino que las confirma. El mensaje de las bienaventuranzas, la exigencia de la cruz cotidiana Lc 9,23 revisten toda su urgencia a la luz del destino del Señor. Si a su propia madre no se le ahorró el dolor Lc 2,35, si el Maestro «para entrar en su gloria» Lc 24,26 pasó tribulaciones y persecuciones, los discípulos han de seguir el mismo camino Jn 15,20 Mt 10,24, y la era mesiánica es un tiempo de tribulaciones Mt 24,8 Act 14,22 1Tim 4,1.
1. Sufrir con Cristo.
Así como, si el cristiano vive, «no es ya [él] quien vive, sino que Cristo vive en [él]» Gal 2,20, así también los sufrimientos del cristiano son «los sufrimientos de Cristo en [él]» 2Cor 1,5. El cristiano pertenece a Cristo por su cuerpo mismo y el sufrimiento configura con Cristo Flp 3,10. Así como Cristo, «con ser el Hijo, aprendió por sus padecimientos la obediencia» Heb 5,8, del mismo modo es preciso que nosotros «corramos al combate que se nos ofrece, puestos los ojos en el autor y consumador de nuestra fe... que soportó la cruz» Heb 12,1s. Cristo, que se hizo solidario de los que sufren, deja a los suyos la misma ley 1Cor 12,26 Rom 12,15 2Cor 1,7.
2. Para ser glorificados con Cristo.
Si «sufrimos con él», es «para ser también glorificados con él» Rom 8,17; «si llevamos en nuestro cuerpo siempre y en todas partes los sufrimientos de muerte de Jesús», es «a fin de que la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo» 2Cor 4,10. «El favor de Dios que se nos ha otorgado es no sólo creer en Cristo, sino sufrir por él» Flp 1,29. Del sufrimiento sobrellevado con Cristo no solamente nace «el peso eterno de gloria preparado por encima de toda medida» 2Cor 4,17 más allá de la muerte, sino también, ya desde ahora, el gozo. Gozo de los apóstoles que hacen en Jerusalén su primera experiencia y descubren «el gozo de ser juzgados dignos de sufrir ultrajes por el nombre» Act 5,41; llamamiento de Pedro al gozo de «participar en los sufrimientos de Cristo» para conocer la presencia del «Espíritu de Dios, del Espíritu de gloria» 1Pe 4,13s; gozó de Pablo «en los sufrimientos que soporta», por poder «completar en [su] carne lo que falta a las pruebas de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia» Col 1,24


“LA IGNORANCIA DE LA SAGRADA ESCRITURA HOY, ES IMPERDONABLE EN UN CATÓLICO”

SAN JUAN XXIII

lunes, 15 de septiembre de 2014



FAMILIA:

 COMUNIDAD IDEAL PARA EL CRECIMIENTO DE LA FE EN CRISTO

P.Ángel Yván Rodríguez Pineda




            La  realidad familiar es justamente donde se inician y se dan los primeros pasos decisivos del itinerario del amor fiel y fecundo sin el cual el nacimiento y el crecimiento de la sociedad y de toda la humanidad en justicia, solidaridad y en paz se hace inviable y sin el cual la misma Iglesia no logra edificarse y consolidarse, día a día, como la comunidad de fe en Jesucristo Redentor del hombre, fundada y sostenida por Él. Es lo que esperamos y queremos cuando afirmamos junto a la Doctrina Social que la familia es la célula básica o primaria de la sociedad y de la comunidad política; es decir es célula esencial para el desarrollo del tejido sobrenatural del Nuevo Pueblo de Dios que es la Iglesia, Cuerpo de Cristo.
            Ser testimonio del Evangelio de la alegría con obras y palabras en nuestro tiempo es tarea y urgencia primordial de la familia cristiana. Sin su testimonio, sobre todo en esta hora crucial de toda la humanidad, la evangelización del mundo empalidecería y languidecería hasta su desaparición efectiva. Son muchos los tristes y doloridos que encontramos a nuestro alrededor. ¿ Estaremos presenciando y viviendo un nuevo predominio social de la cultura de la tristeza? El papa Francisco, nos pone en alerta al inicio de su Exhortación Apostólica Evangelium Gauidium ante la inminencia de ese peligro: “  El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta del consumismo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada” (EG,2). No hay otro lugar de la experiencia y de la existencia humana donde se puede encontrar quien pueda consolar, aliviar, ayudar eficazmente y alentar animosamente a los enfermos crónicos, a los termínales, a los que han quedado sin trabajo, a los sin esperanzas, a los jóvenes destruidos por la droga y los vicios… que no sea en el ambiente cercano, acogedor, amoroso y comprensivo de la familia.
            Naturalmente, de la familia en la que la fidelidad mutua, vivida y mantenida con la fuerza del amor cristiano ofrece brazos abiertos, casa, hogar. En esta dura y persistente crisis, por la que atraviesan las familias de nuestra sociedad; la familia cristiana constituida desde del testimonio de fe, debe demostrar que si vale la pena seguir dando ejemplo que toda familia es un deseo de Dios, una vocación ofrecida por el mismo a bien de la humanidad.
            Si siempre ha sido necesaria la luz y la fuerza de la fe para comprender, aceptar cordialmente y vivir gozosamente el valor de la familia constituida sobre el matrimonio indisoluble como la “íntima comunidad de vida y amor conyugal fundada por el Creador” (Vat II, GS 42), cuanto más lo es hoy en la agobiante atmósfera intelectual y mediática, que nos envuelve, tan contaminada por una visión radicalmente secularizada e increyente del mundo y del hombre.
 La luz y esa fuerza de la gracia de una fe madura en  la familia la hace invencible y capaz de sobreponerse y superar cualquier desafío de pecado social imperante en muestra sociedad. Esta fe viva esta al alcance de la familia cristiana cuando en la escucha de la Palabra de Dios, en la oración compartida y en la acción de gracias eucarística se abre a la gracia de la presencia y del ejemplo de la familia de Nazaret. Que nuestras familias cristianas, no tengan miedo de seguir manteniendo abierto lo más íntimo de sus hogares al don del Evangelio de la Sagrada familia, al amor de María y José. Que sea el mismo amor de María y José el que sostenga, aliente y santifique el amor de esposos y de padres  de familia. De familias santas y enamoradas de Cristo surgen las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, como a su vez apóstoles que nutren la vida laical de la Iglesia.