miércoles, 5 de septiembre de 2018



NOS URGE SEMBRAR Y VIVIR
 LA ESPERANZA CRISTIANA

Pbro. Ángel Yvan Rodríguez Pineda



            Profetas de la esperanza, del sentido. Esto significa transparentar, proyectar y reflejar una actitud positiva ante el mundo y ante las personas, lo que no debe confundirse con un optimismo trivial.
            La esperanza se refiere a lo que no hemos podido ni podremos conseguir por nosotros mismos, pero que se nos perfila e insinúa en nuestros esfuerzos cotidianos por cambiar el mundo, y que conocemos también por revelación.
            Cimentados en Cristo, no hay ninguna razón para ser desesperanzados. Podemos ser pesimistas en relación con los resultados que obtendremos de nuestros esfuerzos, o a la calidad de nuestro accionar, pero no podemos dudar de la acción de Dios en el mundo a través nuestro esfuerzo diario.
            Se trata de una actitud cristiana básica: creer en la multiplicación de los panes, en la pesca milagrosa, en la curación del paralítico. Así, se puede vivir la vida como pescadores, como niños o como paralíticos, sin desesperar, sino más bien perseverando, aportando lo propio con constancia y gratuidad, ofreciéndolo para ser multiplicado y diseminado.
            La esperanza nos mueve a la acción. No es la acción en sí misma la que amamos, sino la acción transformada por Dios. Así, nos sorprendemos de lo que pescamos o de lo que somos capaces de distribuir, y nos dan más deseos de tirar las redes cada día.
            Ante los graves problemas que nos toca presenciar o vivir, respondemos con esperanza activa. Nos preguntamos cómo podemos ayudar, y aun ante situaciones extremas, no dudamos que en algo podemos ayudar y que algo quiere Dios que hagamos nosotros para permitir que El se manifieste.
            Esta esperanza activa es, a mi juicio, una de los frentes más importantes de nuestras energías apostólicas. Pero, de nuevo, la esperanza brota de la contemplación y de la unión con Cristo. Si flaquea nuestra esperanza flaquea nuestra acción, y generalmente es porque hemos perdido el sentido, porque nos hemos alejado de los caminos de Galilea, de la calzada de Emaus, del pesebre de Belén, de las peregrinaciones a Jerusalén y de las sinagogas villas y castillos que frecuentaba Nuestro Señor.