martes, 9 de octubre de 2012






CONFORMIDAD CON LA VOLUNTAD DE DIOS
Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda



            La perfecta conformidad con la voluntad de Dios es uno de los principales medios de la santificación personal y comunitaria.  Para lograr, en el avance espiritual, el debido discernimiento de la voluntad de Dios debe existir en el cristiano el ejercicio de las virtudes tales como la diligencia, la constancia y la perseverancia absoluta en los propósitos establecidos. La mayor perfección espiritual, siempre será proporcional al esfuerzo ejercitado en la vida humana y espiritual.
            Alcanzar la conformidad humana con la voluntad de Dios es una acción amorosa, entera y entrañable sumisión a los designios que Dios permite, evita hacia el hombre, el mundo, el ambiente natural, nuestros deseos o aspiraciones.  Dicha conformidad no siempre es cómoda o comprensible, en algunas ocasiones es dolorosa, cruel o incomprensible; diatriba ésta que nos exige un abandono total en el discernimiento oportuno que nos propicia el Espíritu mismo de Dios. Discernir es decantar, captar y asumir el paso de Dios en cada acontecimiento; de no ser así, sería solo el ímpetu humano el que marca el rumbo de nuestros acontecimientos.
            Para poder comprender nuestra conformidad humana con la voluntad de Dios, debemos tener presente algunos principios que teológicamente nos pueden ayudar en el crecimiento espiritual. Mencionando algunos podemos citar:
ü  La voluntad de Dios es absoluta, es decir cuando Dios quiere algo sin ninguna condición la realiza por si misma y, cuando es bajo alguna condición, requiere que dicha condición sea acompañada con la oración, el sacrificio y la penitencia,
ü  La voluntad de Dios es ascendente: es cuando Dios quiere que alguna cosa, situación o circunstancia absolutamente considerada, se lleve a cabo bajo las determinaciones propicias que manifiesten su poder.
ü  La voluntad de signo y beneplácito,  es acto interno de la voluntad de Dios, aún no manifestado ni dado a conocer en el momento actual. De ella depende el porvenir todavía incierto para nosotros: sucesos futuros, alegrías y pruebas de breve o larga duración, hora y circunstancias de nuestra muerte. Es así como la voluntad significada en el ser humano constituye el dominio de la obediencia, y la voluntad de beneplácito pertenece al abandono en las manos de Dios.
Los principios descritos, nos iluminan a precisar que el deseo de Dios siempre estará signado por la procura del bien, correspondiéndole al ser humano saber discernir su disposición de captación y aceptación del mismo bajo la capacidad de abandono y acto generoso de amor. En pocas palabras, Dios siempre quiere positivamente lo que hace por si mismo, porque siempre se refiere al bien y siempre está ordenado a su mayor gloria. Por otra parte, Dios nunca quiere positivamente el mal, Dios nunca quiere el mal. Pero su infinita sabiduría sabe sobrevenir en mayor bien el mismo mal que procede del hombre. El mayor mal y el desorden del hombre exaltan la justicia divina de Dios y el cumplimiento de su deseo que es el bien. La justicia divina de Dios recae sobre el reincidente, el soberbio y el que en si mismo cree tener en sus manos los designios de su porvenir y el de la humanidad. ¡Qué mirada tan corta y miope la de aquel hombre que no teme al poder de Dios! Todo el que no teme a Dios, y permanece en su reincidencia y soberbia, no ha logrado discernir la incidencia humana, social o familiar de su depravado e insolente falta ante el poder de Dios.
            El cristiano que desea crecer y avanzar en su crecimiento humano y espiritual en conformidad a la voluntad de Dios, ha de estar diligentemente dispuesto a practicar el abandono en Dios y virtuosamente cumplir los preceptos de Dios, lo cuales le conducirán a la fidelidad de una vida de Gracia.
            Recordando los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola, sería oportuno en nuestros momentos de turbación ante la voluntad de Dios, hacer vida lo que él denominó “la santa indiferencia”, lo cual consiste en no dejarse turbar la quietud del alma por las cosas, las circunstancias o lo momentos de la vida, evitando así los extravíos de nuestros fines e ideales ante el desarrollo de la vida humana y la plenitud de la Gracia. No olvidemos que la santa indiferencia no significa quietismo, adaptación o dejar pasar de largo las cosas. Sino que recuperada la capacidad de discernimiento de lo acontecido, podemos mantener un discernimiento claro, justo y balanceado el por qué y el para qué todo sucede bajo la acción del Dios providente.


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