martes, 30 de abril de 2013



SAN JOSE OBRERO:

 UN ESPECTÁCULO DE SANTIDAD

Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda

Fiesta instituida por Pío XII el 1 de mayo de 1955, para que -como dijo el mismo Pío XII a los obreros reunidos aquel día en la Plaza de San Pedro - "el humilde obrero de Nazaret, además de encarnar delante de Dios y de la Iglesia la dignidad del obrero manual, sea también el próvido guardián de vosotros y de vuestras familias".
 



San José, descendiente de reyes, entre los que se cuenta David, el más famoso y popular de los héroes de Israel, pertenece también a otra dinastía, que permaneciendo a través de los siglos, se extiende por todo el mundo. Es la de aquellos hombres que con su trabajo manual van haciendo realidad lo que antes era sólo pura idea, y de los que el cuerpo social no puede prescindir en absoluto. Pues si bien es cierto que a la sociedad le son necesarios los intelectuales para idear, no lo es menos que, para realizar, le son del todo imprescindibles los obreros. De lo contrario, ¿cómo podría disfrutar la colectividad del bienestar, si le faltasen manos para ejecutar lo que la cabeza ha pensado? Y los obreros son estas manos que, aun a través de servicios humildes, influyen grandemente en el desarrollo de la vida social. Indudablemente que José también dejaría sentir, en la vida de su pequeña ciudad, la benéfica influencia social de su trabajo.

            Sólo Nazaret -la ciudad humilde y desacreditada, hasta el punto que la gente se preguntaba: "¿De Nazaret puede salir alguna cosa buena?"- es la que podría explicarnos toda la trascendencia de la labor desarrollada por José en su pequeño taller de carpintero, mientras Jesús, a su lado, "crecía en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres".

            En efecto, allí, en aquel pequeño poblado situado en las últimas estribaciones de los montes de Galilea, residió aquella familia excelsa, cuando pasado ya el peligro había podido volver de su destierro en Egipto. Y allí es donde José, viviendo en parte en un taller de carpintero y en parte en una casita semi excavada en la ladera del monte, desarrolla su función de cabeza de familia. Como todo obrero, debe mantener a los suyos con el trabajo de sus manos: toda su fortuna está radicada en su brazo, y la reputación de que goza está integrada por su probidad ejemplar y por el prestigio alcanzado en el ejercicio de su oficio.

            Es este oficio el que le hace ocupar un lugar imprescindible en el pueblo, y a través del mismo influye en la vida de aquella pequeña comunidad. Todos le conocen y a él deben acudir cuando necesitan que la madera sea transformada en objetos útiles para sus necesidades. Seguramente que su vida no sería fácil; las herramientas, con toda su tosquedad primitiva, exigirían de José una destreza capaz de superar todas las deficiencias de medios técnicos; sus manos encallecidas estarían acostumbradas al trabajo rudo y a los golpes, imposibles de evitar a veces. Habiendo de alternar constantemente con la gente por quien trabajaba, tendría un trato sencillo, asequible para todos. Su taller se nos antoja que debía de ser un punto de reunión para los hombres -al menos algunos- de Nazaret, que al terminar la jornada se encontrarían allí para charlar de sus cosas.

            José, el varón justo, está totalmente compenetrado con sus conciudadanos. Éstos aprecian, en su justo valor, a aquel carpintero sencillo y eficiente. Aun después de muerto, cuando Jesús ya se ha lanzado a predicar la Buena Nueva, le recordarán con afecto: "¿Acaso no es éste el hijo de José, el carpintero?", se preguntaban los que habían oído a Jesús, maravillados de su sabiduría. Y, efectivamente, era el mismo Jesús; pero José ya no estaba allí. Él ya había cumplido su misión, dando al mundo su testimonio de buen obrero. Por eso la Iglesia ha querido ofrecer a todos los obreros este espectáculo de santidad, proclamándole solemnemente Patrón de los mismos, para que en adelante el casto esposo de María, el trabajador humilde, silencioso y justo de Nazaret, sea para todos los obreros del mundo, especial protector ante Dios, y escudo para tutela y defensa en las penalidades y en los riesgos del trabajo.

lunes, 25 de marzo de 2013




TRES EXPRESIONES DE FE REALIZADOS EN LA ULTIMA CENA

Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda
 
 

            Sin reserva alguna, al contemplar todo lo acontecido durante la realización de última cena de Jesucristo junto a sus apóstoles podemos afirmar categóricamente que cada momento de su desarrollo es una expresión de Fe, un arrebato de Amor por parte de Jesús hacia su pueblo y un ejemplo a seguir en nuestra condición de discípulos. Claramente la Institución del sacramento de la Eucaristía, el Sacerdocio y mandamiento del Amor son sacramentos que sostienen y dan perpetuidad a nuestra fe como seguidores de Cristo.

            La Eucaristía legado de Fe y Amor:

            Los evangelistas, todos a una, destacan el relato de la última cena, celebrada por Jesús horas antes de su prisión y entrega. En el trascurso de la misma, el Señor hizo algo extraordinario y misterioso. (Mt.26,17-29; Mc. 14,12-25; Lc.22,1-20; Jn 13).

            El evangelista San Juan empieza su relato con esta indicación: “ Antes de la fiesta de pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”(Jn.13,1).

            San Lucas, a su vez, recoge las palabras de Jesús al sentarse a la mesa: “Con ansia he deseado comer esta pascua con vosotros antes de padecer, porque os digo que ya no comeré más hasta que halle su cumplimiento en el reino de Dios” (Lc.22,15).

            La actitud y los gestos de Jesús muestran claramente que Él sabe adónde va. Quiere cumplir la voluntad del Padre. El siervo está a punto para el sacrificio. La cena pascual estaba encuadrada por cuatro copas de vino rituales, de las cuales la tercera, llamada “copa de bendición” era la más importante. Pasaba de mano en mano. Comían el cordero asado, los panes ázimos y unas hierbas amargas. Todo tenía su significado profundo relacionado con la historia de la liberación del pueblo, que recordaba durante el banquete. La bendición y acción de gracias eran entonadas con el salmo 112 al 114, los cuales expresan la Gloria de Dios, a Dios como el único Dios verdadero, y el Himno pascual.

 

            Jesús se atuvo al ritual perpetuado. Más al realizarlo introdujo una novedad importante: “ Tomó pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: esto es mi cuerpo, que va a ser entregado por vosotros. Hacer esto en memoria mía. De igual modo tomó, después de cenar, el cáliz, diciendo: Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que va a ser derramada por vosotros” (Lc.22,19-20)

            La acción de Jesucristo cambiaba profundamente el significado de la cena pascual. El rito judío alcanzaba con ella su plenitud y daba paso a un nuevo régimen de relaciones entre Dios y los hombres.  Para nosotros, la Cena del Señor es recuerdo vivo de aquella última celebrada por Jesús en la tierra, en la que instituyó el sacramento de la Eucaristía, por el cual da a comer a los suyos su cuerpo y su sangre, entregados al sacrificio para la redención de todos los hombres.

            Jesucristo, ha dejado a su Iglesia el sacramento de su cuerpo y sangre como el centro y culmen. Así nos lo afirma San Agustín: “ La Eucaristía es misterio de amor, símbolo de unidad, vínculo de caridad”.

            El sacerdocio y el Mandamiento del Amor.

            Jesús, el Mesías verdadero (Mt. 11,2-6) es el apóstol y Sumo sacerdote de nuestra confesión (Heb. 3,1); es decir, nosotros confesamos que Jesucristo es sacerdote. Misterio este que ha sido revelado por Dios y nos es asegurado por el testimonio de la Iglesia. (LG. 5,10,21). Mediador entre Dios y el pueblo, el sacerdote ejerce su oficio como ministro del altar. En el altar se depositan las ofrendas, en el altar se consumen las víctimas, sustrayéndolas así al dominio del hombre para entregarlas a Dios. El cual responde a la entrega con bendición y sus gracias abundantes. (Lev.1,7).

            El ministerio sacerdotal está ordenado, fundamentalmente, al sacrificio, acto central del culto divino. “ Porque todo sumo sacerdote, tomado entre los hombres, está puesto a favor de los hombres, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados”(Heb.5,1). Todas las funciones salvíficas de Jesucristo están centradas en su sacerdocio. La encarnación, la muerte y la glorificación del Hijo de Dios son tres etapas de un mismo acontecimiento toda ella sacerdotal. Jesucristo es sacerdote desde siempre y para siempre El sacerdote de la nueva alianza es único. El Sumo Sacerdote de la alianza nueva, Jesucristo, realizó de una vez para siempre su sacrificio, ofreciéndose a sí mismo sobre el altar de la cruz como rescate por todos. (heb.7,27. Gal.1,4. 1Tim.2,6). En la plegaria Eucarística, que se hace conforme al canon romano, el sacerdote, en presencia de la Víctima santa, ora al padre en estos términos: “ Te ofrecemos Dios de Gloria y majestad, de los mismos dones que nos has dado, el sacrificio puro, inmaculado y santo; pan de vida eterna y cáliz de eterna salvación. Dirige tu mirada serena y bondadosa sobre esta ofrenda; acéptala como aceptaste los dones del justo Abel, el sacrificio de Abrahan, nuestro padre en la fe, y la oblación pura de tu sumo sacerdote Melquisedec”.

            La inocencia, la mansedumbre, la humildad y la obediencia de Jesucristo hacen de su entrega sacerdotal el único sacrificio agradable. Gracias a Él, suben al cielo todas las alabanzas y oraciones y descienden todas las bendiciones, cuando un hombre consagrado al sacerdocio y actuando “in persona Cristi” celebra a diario la Sagrada Eucaristía.

            “Que todos sean uno..Yo en ellos y tu en mí para que sean perfectamente uno y el mundo crea que tú me has enviado”. (Jn. 17,21-23). Tal es la suprema aspiración de Jesús respecto a los hombres. Fruto de toda obra personal de Jesús es el Amor y la unidad, signo definitivo de la verdad de Dios- Sin unidad, Amor y servicio, lo demás signos de cualquier cristiano y su obra apostólica carecen de eficacia. En último tpermino, la vida del rebaño está condicionada por el cumplimiento del mandamiento nuevo de Jesús. La unidad es fruto del amor. (Jn.13,34; 1Jn. 2,8).

                       

COMTEMPLAR CON FE AL CRISTO CRUCIFICADO

Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda
 
 

            Ante un Mesías destinado al fracaso y a la muerte, se escandalizaron los oyentes de Jesús. Cristo Crucificado siempre será “escándalo y locura”. A los mismos discípulos resultaba inaceptable este nefasto destino de su Maestro. (Mt. 9,32; Mt.16,22; Lc-9,45). Pero precisamente este Cristo es “fuerza y sabiduría de Dios” (1Cor. 1,23-24).

            Para la razón humana, la paradoja es indescifrable: El Siervo de Dios ha de alcanzar su victoria por caminos de silencio, expiación y dolor (Is.53).  Para los hombres el tiempo es don de Dios. Don que hemos de emplear en su servicio, realizando al mundo nuestra propia salvación de acuerdo a la voluntad del Creador. (Ecl. 13; Col. 4,5). Lo fue también para Jesucristo, hombre nacido de la Virgen.. Él es el Hijo (Mt.11,27; Jn. 1,18) eternamente abierto a la voluntad del Padre, se hizo hombre para salvar a los hombres, conforme al plan y designios de Dios. Metido en el tiempo para “ser probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado”(Heb. 4,15) no tiene otro alimento que hacer la voluntad del que lo ha enviado y llevar a acabo su obra. (Jn.4,34)

Jesús, en el diálogo constante con su Padre, jamás perdió de vista su misión al encontrarse a diario con los hombres. Las reiteradas alusiones a su hora lo ponen de manifiesto (Jn.2,24; 4,23;7,2-9).

Jesús, cuando se despedía de los suyos para ir a la muerte, Jesús sintetiza toda su carrera en esta forma: “Salí del Padre y he venido al mundo, ahora dejo el mundo y voy al Padre” Jn.16,28). Esta salida (Lc.9,31) este pasar de este mundo al Padre es la acción de total entrega de Cristo en la misión redentora a favor de los hombres; (Jn.13,1). Este momento sublime de su entrega absoluta incluye su pasión y muerte junto con su resurrección y ascensión al cielo. Es el misterio pascual por el que Jesucristo “realizó la obra de la redención humana y la perfecta glorificación de Dios” (SC. 5).

La hora de Jesús es la de su entrega al sacrificio para la redención de todos (Mt,20,28; Jn.7,30). Es la hora de la glorificación de Dios. Jesús lo sabía. Por eso, al entregarse, oró de esta manera: “Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique a ti”…(Jn. 17,1-5). Jesús nació para morir, esta afirmación tiene en su caso un sentido especial y único. En relación con “su hora”, podemos afirmar que todos los momentos de su vida en el mundo estuvieron marcados con el signo de la muerte. Esta viva conciencia de su destino imprimió a su existencia temporal un marcado acento de dolor. En verdad Jesús fue el primero en “llevar la cruz de cada día”(Lc.9,23). Ello explica al mismo tiempo, la admirable unidad que resplandece en su vida. Jesús vivió su vida en plenitud. Sus días fueron plenos. Discurrían bajo la mirada del Padre, de manera profundamente humana (lc.2,52; Jn. 5,19-20).

Contemplar con fe al crucificado nos exige renovar nuestra fe, actualizar nuestra gracia y reactivar el compromiso apostólico de morir cada día a nosotros mismos. El sufrimiento educa al hombre. En la angustia el creyente recuerda a Dios y solicita su asistencia (Jue. 3,7-11; 6,1-10). Es también el dolor signo de predilección. Amigos e instrumentos de Dios acrisolados por el sufrimiento, a imagen del varón de dolores encarnados en Cristo crucificado.

Jesucristo, murió una sola vez para llevarnos a Dios, el justo por los injustos (1Pe 3,18). Como mediador entre Dios y los hombres, llevó a cabo su obra y la perfeccionó por medio del sufrimiento (Heb. 5,8-9). En lugar del gozo que se le proponía, soportó la cruz, sin miedo a la ignominia. Así, abrazado con el dolor, con su amor  lo trasformó, convirtiéndose para nosotros en precio de redención y gloria.

La vida cristiana es comunidad de vida con Jesucristo y participación en sus sufrimientos. “Vivir en Cristo” significa padecer con Cristo para ser con Él glorificado (Rm.8,16-17). Para el discípulo, cuya suerte no puede ser mejor que la de su Maestro (Mt.10,24-25; Jn.15,20), el dolor sigue siendo instrumento de purificación y de expiación por los pecados, llamada constante a la fidelidad. Más por su incorporación al cuerpo de Cristo, sus sufrimientos alcanzan valor de redención. (Col.1,24). De esta manera, lo que fue signo de ira y exigencia de justicia, por obra de Jesucristo se ha convertido para el hombre en motivo de consuelo y bienaventuranza evangélica. En medio de las tristezas del mundo presente, el dolor cristiano es signo de amor y esperanza. (Mt,5,1-12).



MARIA, JUNTO A LA CRUZ DE JESÚS.

UN MODELO INSIGNE DE FE ANTE EL DOLOR DEL CRUCIFICADO

Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda
 
 
 
 

 

            Por dos veces durante el año litúrgico, la Iglesia conmemora los dolores de la Santísima Virgen María el cual lo ubicamos durante la semana de Pasión y el 15 de septiembre bajo la advocación de Nuestra Señora de los Dolores. La profecía de Simeón: “ Y a ti una espada te atravesará el alma” (Lc. 15,35), se actualiza en el recuerdo y la contemplación de la Virgen a los pies del crucificado. Esta imagen de la Virgen a los pies de Cristo crucificado, y la expresión de su firmeza ante tan inmenso dolor, atrajeron poderosamente durante la edad media la piedad del pueblo cristiano; lo cual tiene hoy también un contenido reflexivo en la piedad de hombre actual. María padeció con Jesucristo. Esta su “compasión” toca de cerca al misterio del redentor.

            En los comienzos del misterio profético hizo Jesús su primer signo en Caná de Galilea(Jn.2,1-11). María estaba allí. Su intervención fue decisiva para el milagro. Más la respuesta del Hijo tenía un alcance misterioso: “Mujer, ¿qué tengo yo contigo” Aún no ha llegado mi hora.

            María debió meditar en su corazón esta palabra. Y supo obrar en consecuencia. Desde su discreto ocultamiento durante toda la vida pública de Jesús siguió al Maestro en actitud de humilde discípula, siempre en espera de la nueva llamada del Señor. Y, definitivamente, llegada la hora de Jesús, ella fiel a la cita, otra vez estaba allí. “Junto a la cruz de Jesús estaban su madre….” De nuevo ahora, como en las bodas de Caná, se oyó llamar: “Mujer”. La palabra mujer, guardada con especial fidelidad por el discípulo amado de Jesús, nos facilita el acceso al misterio de la colaboración de María a la obra de Jesucristo en el horizonte del plan divino de la salvación.

            La Virgen María se consagró totalmente a si misma, como la esclava del DSeñor, a la persona y a la obra de su Hijo, sirviendo al misterio de la redención bajo Él y con Él por la gracia del Dios onmipotente. No se mantuvo en  actitud pasiva, no; cooperó activamente a la salvación de los hombres “por la libre fe y por su obediencia” (LG.56). Para esa cooperación, fue educada por Dios al ritmo de los acontecimientos, que ella vivió con plena actitud de Fe y entrega de corazón. Ya desde los primeros pasos de su Hijo – la huida a Egipto, la presentación en el templo, la perdida de Jesús a los doce años, la crucifixión de Jesús- , María se iniciaba en el doloroso aprendizaje. La observación del evangelista San Lucas es luminosa y nos hacen contemplar el temple de María como un modelo de Fe ante el dolor humano: “María por su parte, guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón”. (Lc. 2,19).

            María mujer de Fe, en íntima unión con el “único Mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús” (1Tim.2,5), María ha sido constituida por Dios mediadora de salvación. En tal oficio, su quehacer está subordinado siempre al único Salvador, nuestro Señor Jesucristo (LG. 62).

            Al contemplar el momento de la crucifixión, nos relatan los evangelios: “Y uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza”…En este costado abierto vio San Agustín “la puerta de la vida de donde manaron los sacramentos de la Iglesia”. La Iglesia ha brotado del costado de Cristo. María ideal de la Iglesia, también siendo ella la Madre del Redentor, se nos presenta como modelo de fe en las distintas circunstancias de nuestras vidas.

            Del ccostado de Adán dormido formó Dios a Eva, “madre de todos los vivientes”. María salió también del costado del nuevo Adán, que dormía el sueño de la muerte. Para ser madre de todos los hijos de Dios que viven en Cristo Jesús. Hay en todo esto una maravilla de gracia y de belleza: Sí Jesús es “el fruto bendito de tu vientre”, María es fruto perfecto de la obra redentora de Jesús. Redimida por Jesucristo, es su colaboradora en la obra de la redención.

 

martes, 19 de febrero de 2013


  ENTREGA ACTIVA Y ABANDONO TRANQUILO

Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda






 

          Solo una realidad debe espantarnos en nuestro camino de crecimiento interior: el alejarnos conscientemente del plan salvador de Dios.  Realidad que puede ser ocasionada por el incumplimiento de algún mandato de Dios o por no saber aceptar el desafío que supone todo lo que Dios espera de cada uno de sus hijos.

 
          Podemos describir la paradoja de la vida de todo cristiano católico como una realidad de guerra y de paz continuas; lucha y renuncia; acción y abandono amoroso; en este estado de ánimo existe siempre una inmensa paz; el dinamismo cristiano se puede equilibrar con una serenidad inaccesible, desde cualquier otro planteamiento.  En nuestra vida moral, todo depende de cada uno de nosotros; somos los árbitros plenamente responsables de nuestras acciones y obligaciones para con Dios, los hermanos y nosotros mismos.

           Cuando logramos entender, en nuestra entrega apostólica, la centralidad de las siguientes palabras del libro de los Hechos de los apóstoles: “En Él vivimos, nos movemos y existimos” (Hech 17, 28), resurge en nosotros el sentido de quién y para quién se realiza nuestra entrega activa, la noción clara de lo que Dios ha designado para nosotros como trabajo de apostolado. Desde esta razón ineludible de nuestra acción, no existe nada enteramente fuera de Él. Dios que ha comenzado en nosotros su buena obra, utilizándonos  como instrumentos, siempre sabrá llevar a feliz término el bien iniciado. Él mismo, al llamarnos, nos capacita para la misión y la acción. Dios nunca será cruel: al designarnos a alguna obra apostólica, nos dará las capacidades necesarias para llevarla a plena realización.

 
          Un medio eficaz de mantenernos en vida de Gracia es nuestra participación activa en la vida sacramental. Son los sacramentos los que mantienen indudablemente la vida de Dios en el creyente, especialmente la Eucaristía frecuente, alimento proporcionado al espíritu y a la acción de cada católico. Sin embargo, no son solo los sacramentos los que tienen semejante eficacia; todo instante de la vida nos ofrece un tiempo para estar en comunión con el deseo salvador de Dios. Cada momento de nuestras vidas es una oportunidad irrepetible de experimentar nuestra cercanía a la experiencia de Jesús encarnado, la cual se encuentra escondida bajo las apariencias de nuevas y continuas circunstancias existenciales. Y, quien sabe descubrir esta oportunidad maravillosa de la manifestación de Dios, saca de cada ocasión un momento cercano a Él.

          Debemos luchar continuamente por el triunfo de Jesús en nuestras vidas; lo cual podremos alcanzar solo ejercitando nuestra capacidad de abandono a la acción de la Providencia, como un niño lo hace en brazos de su madre, con la certeza indefectible de que, siempre y en todas partes, terminaremos cumpliendo solamente su voluntad. La disposición al abandono no nos dispensa de las posibles dificultades, del sacrificio heroico, de la capacidad de renuncia, de la sicología de elección, porque es precisamente Dios quien desea y sostiene nuestra posibilidad de entrega y Él no escatimó sufrimientos ni a su hijo predilecto, pero lo acompañó hasta el último suspiro en la cruz: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Cf. Lc 23, 46).

           El que vence ciertamente en la historia, ha vencido y vencerá siempre, es Jesús quien, obediente al Padre, aceptó su voluntad, “…Padre, si es posible, aparta de mí este cáliz… Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya (Cf Mc 14,36), pero venció a la muerte.  A nosotros nos corresponde estar generosamente con Él en todas las acciones que podamos emprender para la extensión del Reino. Hacer en cada instante una oración continua de “Hágase en mi según tu Palabra” (Lc 1, 38)  y “Santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino” (Mt 6, 10) nos ofrecerá siempre un consuelo indescriptible en nuestra acción apostólica y dedicación a las cosas de Dios.

           La obra es de Dios y Él siempre saldrá victorioso.  Nosotros solamente estamos unidos a Él, como miembros vivos de su Cuerpo. Esta innegociable paz en nuestra acción y entrega elimina toda ansia y esconde el secreto más propicio para el don de nosotros mismos y perseverancia en lo que, a cada uno, el mismo Dios nos ha encargado de hacer en su Iglesia.

           Nunca olvidemos que a Dios no le interesa la prontitud de nuestra respuesta, si no la perseverancia a lo largo del tiempo.

jueves, 24 de enero de 2013






EL MISTERIO DEL DOLOR CRISTIANO

Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda




            Ante el hombre y sus problemas actuales, los Padres del concilio Vaticano II se preguntaban: “Cuál es el sentido del dolor, del mal y de la muerte, que, a pesar de tan grandes progresos, subsisten todavía?” (GS 10). Es la pregunta que se han hecho  los hombres de todos los tiempos, sin encontrar a ella respuesta satisfactoria.
            Solución complicada a este problema –siempre a la luz de la fe- se nos da en el misterio de Cristo. “En Cristo y por Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte que, fuera del Evangelio nos aplasta”.
            Bajo la influencia del Espíritu de Dios, los sabios de Israel se plantearon el problema del sufrimiento del justo en relación con la justicia divina y su providencia sobre el mundo. Todavía en caso de los más alejados de la experiencia de Dios, el dolor puede entenderse como fruto de una vida y castigo de las malas acciones. Mas, tratándose de los justos, de los inocentes, de los niños….
            El libro de Job, muchos salmos (22 35 37 38 69) y un pasaje notable de la Sabiduría son testimonio de ello. En presencia del misterio inexplicable, nos invitan a permanecer en la fidelidad a Dios.
            La sagrada Escritura, por demás, nos enseña que la causa radical de todo sufrimiento humano está en el pecado del hombre (Gn 3,16-19; Rom. 5,12). En los libros del Antiguo Testamento encontramos una serie de datos iluminadores del problema.
            Apoyados en el testimonio de la Palabra de Dios podemos hacer las siguientes afirmaciones:
            Dios castiga a los pecadores con el sufrimiento y la desgracia (Gn.4,11; 11,1-9; Num. 12,1-10) Por medio del dolor los llama a la conversión (2Sam 11,12; 1Re.21. Mac.7,32-38.Sab. 11-12)
            El sufrimiento educa al hombre. En la angustia, el creyente recuerda a Dios y solicita su ayuda.(Jue. 3,7-11; 6,1-10: Job.33,12-30; Sal 32, Is. 63,10-11).
            En virtud de la solidaridad, el castigo del pecado r-padres, reyes, sacerdotes- se traduce en sufrimiento para toda una familia o para un pueblo entero. ( Gn.9,25-25; 49,3-7; Ex.32,21; 2Sam. 21,1). Esto no contradice la responsabilidad personal ante Dios. (Ez.18).
            Es también el dolor signo de predilección. Amigos e instrumentos de Dios acrisolados por el sufrimiento fueron Abraham (Gn.22,1-19) José (Gn.37-39) Moisés (Ex 2,11-15), Jeremías (Jer.36-38) y otros muchos personajes bíblicos.
            La revelación definitiva del misterio del dolor se nos ha hecho en Jesucristo, prefigurado por el Siervo de Yahvé. “El Señor descargó sobre él la culpa de todos nosotros..Por sus desdichas justificará mi siervo a muchos y las culpas de ellos Él soportará” (Is.53,6-11). Sus padecimientos sentidos de expiación, son instrumentos de redención.
            La vida cristiana es comunidad de vida con Jesucristo y participación en sus sufrimientos. “Vivir en Cristo significa padecer con Cristo para ser con Él glorificado. (Rom. 8,16-17; 2Cor 1,15, Gál.2,18-20; Flp 1,29-30).
            Para el discípulo, cuya suerte no puede ser mejor que la de su Maestro (Mt.10,24-25; Jn. 15,20), el dolor sigue siendo instrumento de purificación y de expiación por los pecados, llamada constante a la fidelidad. Más por su incorporación al cuerpo de Cristo, sus sufrimientos alcanzan valor de redención. (Col.1, 24).
            El cristiano sabe que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que ha de manifestarse en nosotros.(Rom.8,18). “ En efecto, la leve tribulación de un momento nos produce, sobre toda medida, un pesado caudal de gloria eterna”.(2Cor.4,17).
De esta manera lo que fue signo de ira y exigencia de justicia, por obra de Jesucristo se ha convertido para el hombre en motivo de consuelo y en bienaventuranza evangélica.(Mt.5,10-12; Gál.6,14; 1Pe.4,12-16). En medio de las tristezas del mundo presente, el dolor cristiano es signo de amor y esperanza. ( Mt.5,1-12; Hech. 5,4; Rom. 5,3-5. 2Pe.1,


martes, 11 de diciembre de 2012




 

EL HOMBRE NO PUEDE VIVIR SIN ESPERANZA

Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda
 
 

            El adviento nos lleva a contemplar el misterio desde la entrada de Dios en la historia hasta su final. Los diferentes aspectos del misterio se remiten unos a otros y se fusionan en una admirable unidad. El misterio de la Encarnación, siendo un momento importante en la historia de la salvación, realmente demuestra su sentido pleno en la Redención del género humano. La encarnación de Dios, el Dios hecho hombre, misterio revelado a la humanidad es el mismo Dios que se dona a la humanidad.

            El adviento evoca, ante todo, la dimensión histórico-sacramental de la salvación. El Dios del adviento es el Dios de la historia, el Dios que vino en plenitud para salvar al hombre en Jesús de Nazaret, en quien se revela el rostro del Padre.

            La dimensión histórica de la revelación recuerda la concretez de la plena salvación del hombre, de todo el hombre, de todos los hombres y, por tanto, la relación intrínseca entre evangelización y promoción humana.

            El adviento es el tiempo litúrgico en que se evidencia con fuerza la dimensión escatológica del misterio cristiano. Dios nos ha destinado a la salvación, si bien se trata de una herencia que se revela sólo al final de los tiempos. La historia es el lugar donde se actúan las promesas de Dios y está orientada hacia el día del Señor. Cristo vino en nuestra carne, se manifestó y reveló resucitado después de la muerte a los apóstoles y a los testigos escogidos por Dios y aparecerá gloriosamente al final de los tiempos.

            Durante su peregrinación terrena la iglesia vive incesantemente la tensión del ya sí de la salvación plenamente cumplida en Cristo y el todavía no de su actuación en nosotros y de toda la manifestación con el retorno glorioso del Señor como juez y salvador.

            El adviento nos recuerda al mismo tiempo la dimensión misionera de la Iglesia y de todo cristiano por el advenimiento del reino.

            Durante este tiempo la comunidad cristiana está llamada a vivir determinadas actitudes esenciales a la expresión evangélica de la vida: la vigilante y gozosa espera, la espera y la conversión.

            La actitud de espera caracteriza a la Iglesia y al cristiano ya que el Dios de la revelación es el Dios de la promesa, que en Cristo ha mostrado su absoluta fidelidad al hombre. La Iglesia vive esta espera en actitud vigilante y gozoza, por eso clama: “Maranatha: Ven, Señor Jesús”.

            El adviento celebra, pues, al Dios de la esperanza (Rom 15,13) y vive la gozosa esperanza (Rom 8,24-25) el cántico que desde este primer domingo caracteriza al adviento es el salmo 24: “ A ti, Señor, levanto mi alma; Dios mío, en ti confío”.

            El desafío de éste nuevo adviento, e inspirado por el Año de la Fe, nos ubica ante la  propuesta evangelizadora: ¿Cómo vivir y anunciar la esperanza al hombre de nuestro tiempo? ¿Qué podemos esperar nosotros hoy, y qué podemos ofrecer a un mundo inmerso en una cultura de la muerte como decía el Beato Juan pablo II, es aquella palabras de su exhortación apostólica Ecclesia in Ámerica de enero de 1999 y Ecclesis in Europa de mayo del 2003?

            La esperanza crece cuando se comparte y tanto más se da a los otros, cuando más se vive en función de animar a los demás con el aliento que uno recibe de Dios: “ El nos alienta en nuestras luchas hasta el punto de poder nosotros alentar a los demás en cualquier lucha, repartiendo con ellos el ánimo   que nosotros recibimos de Dios”. (2Co 1,4). Por esta razón esencial deberíamos en nuestra vida cristiana y más aún en este nuevo adviento prohibirnos en nuestros encuentros, convivencias, reuniones familiares y laborales desprender ese tufo del descontento o del desaliento, y para que esto sea así, deberíamos estar prevenidos frente a nuestros pensamientos o sentimientos negativos que desembocan en la desconfianza, fomentando los positivos con el propósito firme de transmitirlos a los demás, Es el mejor servicio que podemos hacer.

            Ya que como lo han subrayado los Padres sinodales, sigue hoy diciendo el Papa: “El hombre no puede vivir sin esperanza; su vida, condenada a la insignificancia, se convertirá en insoportable”. Frecuentemente, quien tiene necesidad de esperanza piensa en poder saciarla con realidades efímeras y frágiles. De este modo la esperanza, reducida sólo a lo intramundano cerrado a la trascendencia, se contenta, por ejemplo, con el paraíso prometido la ciencia, la técnica, la tecnología, las redes sociales, con las diversas formas de mesianismos, con la finalidad de tipo hedonista, lograda a través del consumismo o aquella ilusoria y artificial que ofrece el mundo, hasta con ciertas modalidades de milenarismos, con el atractivo de las filosofías orientales, con la búsqueda de las nuevas formas esotéricas de espiritualidad o con las nuevas corrientes de la New Age.

            Que este nuevo adviento, nuestra espera de renacer en Cristo, nos active a ser lo que Cristo el SEÑOR quiere que lleguemos hacer, y por tanto a buscar siempre caminos nuevos de felicidad, venciendo el pesimismo por estar proyectados hacia la esperanza de Dios, que no defrauda….

            Que María, bajo la advocación de nuestra Señora de Coromoto, patrona de nuestra patria, nos acompañe en este tiempo de adviento para que desde su mirada aprendamos a ver el mundo, nuestra  vida y su realidad con ternura y esperanza, que Ella nos enseñe a descubrir, adorar y adherirnos a la persona de Cristo en el rostro del hermano. ¡María Madre de la esperanza, camina en este nuevo adviento con nosotros!