Mostrando entradas con la etiqueta Espiritualidad de Adviento. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Espiritualidad de Adviento. Mostrar todas las entradas

jueves, 6 de diciembre de 2018



Creatividad solidaria en el Adviento


Pbro. Ángel Yvan Rodríguez P
«Entonces llegaron unos hombres que llevaban en una camilla a un paralítico. Procuraron entrar para ponerlo delante de Jesús, pero no pudieron a causa de la multitud. Así que subieron a la azotea y, separando las tejas, lo bajaron en la camilla hasta ponerlo en medio de la gente, frente a Jesús». Lucas 5.18–19
 La necesidad es la madre de la inventiva, reza el viejo proverbio. Inventiva, por cierto, es lo que sobra en estas tierras de tantas necesidades. Las personas que viven en condiciones de pobreza, inventan mil maneras de sobrevivir con míseros ingresos; las madres, cabeza de familia, idean soluciones extraordinarias para sostener a sus hijos e hijas… y la lista continúa, y es extensa, de originalidades sobrehumanas. En el texto de hoy nos encontramos frente a un grupo de hombres que usó su inventiva para acercar a su amigo paralítico a Jesús, fuente de la vida. Es la creatividad por solidaridad; esa que tanta falta nos hace. La solidaridad no es un patrimonio exclusivo de los ricos (grandes donantes); es un valor humano que nos moviliza a tomar acciones en favor de alguien en particular o grupo de personas necesitadas. Y tanto pueden lograr los ricos (y deben hacerlo) como las demás personas sin importar su condición social o económica. Las grandes trasformaciones humanas que favorecen el desarrollo de los pueblos vienen de la mano de quienes,  con creatividad y decisión, actúan para beneficiar al prójimo, como aquel grupo que sube «a la azotea y, separando las tejas», cambian la historia de su amigo.
Para seguir pensando:
«Vamos a andar, vamos a andar, Hijos con hijos del cielo, ¡busquemos juntos la paz! Las iglesias son sepulcros si no proclaman verdad Si no cierran las heridas y si no enseñan a andar».
Oración:
 Cada año, alrededor de todo el mundo, mueren más de siete millones de niños y niñas menores de cinco años; eso equivale a la muerte de novecientos infantes por hora. Pidamos a Dios que nos dé creatividad para revertir en vida la historia de muerte de los niños y niñas de esa edad que viven en los países más pobres. Oremos para que renazca en todos nosotros la solidaridad.

lunes, 26 de noviembre de 2018


ENTRE LO SENCILLO ANDA DIOS


Pbro. Ángel Yvan Rodríguez P

«A los seis meses, Dios envió al ángel Gabriel a Nazaret, pueblo de Galilea, a visitar a una joven virgen comprometida para casarse con un hombre que se llamaba José, descendiente de David. La virgen se llamaba María». Lucas 1.26–27.

             La escena trascurre entre la mayor sencillez posible; nada extraordinario a la simple y común apariencia humana: un pueblo cualquiera de la vieja Galilea, una mujer joven (una de las tantas que vivían en Nazaret) y un noviazgo entre la joven y uno de los carpinteros del pueblo. Con este telón de fondo ocurre lo extraordinario (lo que está más allá de lo cotidiano): un ángel anuncia el nacimiento del Hijo del Altísimo
            Por cierto, todas las escenas de la Navidad son protagonizadas por gente común; ocurren en lugares periféricos sin destacada resonancia cultural o política. El Hijo del hombre no nace en los palacios del rey, ni en los alrededores del gran templo. El nacimiento de Jesús no se respalda por una sofisticada campaña publicitaria, ni por técnica alguna de esas que abundan hoy en los medios religiosos. Ni vestidos llamativos, ni lugares reconocidos, ni gente famosa. Así decidió Dios hacerse un ser humano y así desarrolló su plan de redención. Dios anda entre lo sencillo y a la gente sencilla la convierte en instrumentos de su Reino. Lección para tener en cuenta en medio de nuestros afanes de mercadeo eclesiástico y festividades adelantadas.
            Para seguir pensando:
«El niño de Belén, el joven desconocido de Nazaret, el predicador rechazado, el hombre desnudo en la cruz, él pide mi atención completa. La tarea de nuestra salvación se lleva a cabo en medio de un mundo que continúa gritando y abrumándonos con sus demandas y promesas. Pero la promesa se esconde en la rama que saldrá del tronco, una rama a la que nadie le presta atención».
Henry Nouwen
Oración:
Para que el Espíritu nos haga personas agradecidas que podamos descubrir las señales de la gracia de Dios en los sucesos más cotidianos y sencillos de esta vida.

lunes, 9 de diciembre de 2013




Desfile de Navidad
PERSONAJES BÍBLICOS QUE NOS AYUDAN A LA VENIDA DEL MESÍAS



Pbro. Angel Yván Rodriguez Pineda








El curso implacable del tiempo nos sitúa una vez más ante el magno acontecimiento del nacimiento de Jesús. ¿Qué decir sobre el mismo que no se haya dicho ya? Renunciando a todo intento de originalidad por nuestra parte, nos limitamos a convocar a seis personajes, los más destacados por su protagonismo en la encarnación del Hijo de Dios. Los situaremos imaginariamente en un escenario virtual. Con tal carácter vendrán a ser representantes de todo el pueblo cristiano en una marcha todavía inacabada. En él estamos llamados a participar nosotros hoy, haciendo nuestra la bendición que entraña el advenimiento de Cristo al mundo. Las seis figuras bíblicas que «desfilan» en los primeros capítulos de los Evangelios de Mateo y Lucas, en experiencia singular, destacan la gloria incomparable del Hijo de Dios que asume naturaleza humana. Y cada uno de ellos muestra una faceta radiante de la experiencia cristiana.
Zacarías: El sacerdote-profeta anunciador de la salvación mesiánica (Lc. 1:67-79)
El sacerdote Zacarías había sido favorecido con el anuncio milagroso de su hijo Juan (el Bautista), quien sería precursor del Mesías. Por revelación divina, entiende que el nacimiento de tal Mesías es el de un poderoso Salvador (Lc. 1:69). Este acontecimiento es el cumplimiento de lo prometido por Dios a los «padres» del antiguo Israel y confirmado mediante pacto (Lc. 1:72-74). La salvación que el Ungido divino traería al mundo no se limitaría a una liberación física de inveterados enemigos (Lc. 1:74). Lo más glorioso sería que «librados de nuestros enemigos, sin temor le serviríamos en santidad y en justicia delante de él todos nuestros días». ¡Todo un sistema de vida acorde con los principios del Reino de Dios!
Y Zacarías resume su mensaje profético con palabras dignas de ser inscritas en una pancarta altamente significativa. El Cristo de Dios viene «para que brille su luz sobre los que están en tinieblas y en sombra de muerte». Zacarías explica lo esencial de su mensaje con palabas que revelan el contenido de la salvación: el perdón de los pecados (Lc. 1:77), «la santidad de vida y rectitud de conducta» (Lc. 1:75), luz para los que están en tinieblas. Y para nuestros pies, guía que nos conduzca por camino de paz» (Lc. 1:79).
Con razón el ángel declaró a los pastores de Belén: «Os doy noticias de gran gozo: os ha nacido hoy en la ciudad de David un Salvador, Cristo el Señor» (Lc. 2:11). ¿Podía haber motivo más justificado para regocijarse?

José, hijo de David: La fe supera a la razón (Mt. 1:18-25)

Para José no había lugar a dudas. La doncella con la que estaba desposado (María) había concebido y esperaba el nacimiento de un hijo. ¡Mayúsculo problema! La única explicación razonable era que María había tenido una relación ilícita con otro hombre. José, que respetaba y amaba a la virgen de Nazaret, no queriendo denunciarla -esta decisión la habría expuesto a muerte por lapidación-, «resolvió dejarla secretamente» (Mt. 1:19). Según toda lógica, no había disyuntiva a la decisión de José. Podemos imaginarnos la perplejidad, la angustia agónica de aquel justo varón. Pero Dios estaba obrando de modo sobrenatural: la concepción del niño alojado en el seno de María era fruto del Espíritu Santo (Mt. 1:20).
La experiencia de José nos enseña que la razón humana tiene unos límites. Quien no tiene límites es Dios, infinito en recursos para cumplir sus propósitos, lo entiendan los hombres o no-

María: «He aquí la sierva del Señor» (Lc. 1:38)

El incomparable cántico conocido como el Magnificat de María es una expresión de fe, gozo y sumisión a los propósitos divinos. Cuando el ángel acaba de afirmar que «ninguna cosa es imposible para Dios» (Lc. 1:37), María declara: «He aquí la sierva del Señor: hágase conmigo conforme a tu palabra» (Lc. 1:38), frase que se completa con el texto del cántico: «Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador» (Lc. 1:47). El cántico es también una exaltación de la gracia soberana de Dios. Se ve María como un ser débil, insignificante, comparable en su condición a una esclava sobre la cual ha puesto Dios sus ojos con complacencia. (Lc. 1:48). El Dios que en su justicia «deshizo los planes de los orgullosos y derribó a los reyes de sus tronos» es «el que puso en alto a los humildes» (Lc. 1:51-53). María agradece lo que Dios le está concediendo, y se siente feliz; así lo expresa: «pues he aquí que desde ahora me tendrán por dichosa todas las generaciones» (Lc. 1:48). A sus propios ojos era muy poca cosa; pero se le concede el gran privilegio de ser la madre del Hijo de Dios.
En el Reino de Dios, todo lo concerniente a ensalzamiento por obra del Altísimo viene precedido del anonadamiento de quienes han de ser sus siervos. El que se ensalza a sí mismo carece de sabiduría espiritual; sólo el humilde es honrado por el Señor y encumbrado al privilegio insuperable de estar a su servicio. Esto con frecuencia implica renovada entrega y doloroso sacrificio, pero también entra en el plan divino. A María le fue dicho: «Mira, este niño está destinado a hacer que muchos en Israel caigan y muchos se levanten. Será un signo de contradicción (...). Todo esto va a ser para ti como una espada que te atraviese el alma» (Lc. 2:34-35). La crucifixión del amadísismo Hijo revelaría lo acertado de aquella espada.
¡Cuántas lecciones admirables nos enseña María! Si queremos ser co-participes de su dicha, hemos de pagar el precio: humildad, fe, amor, abnegación, entrega; cueste lo que cueste.

Los pastores de Belén: Testigos maravillados de lo visto y oído (Lc. 2:8-20)
Plácidamente aquella noche habían estado guardando sus rebaños en las cercanías de Belén cuando súbitamente hizo su aparición el ángel del Señor que les comunicó el gran acontecimiento: el Salvador acababa de nacer. También habían visto la multitud de ángeles que habían alabado a Dios con la exclamacción que resonaría en el mundo entero a lo largo de los siglos: «¡Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!». Maravillados por la experiencia que acababan de vivir, deciden sin titubeos ir a Belén para comprobar la veracidad de lo que habían visto y oído los pastores. Éstos «regresaron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto» (Lc. 2:20). A partir de aquel momento, los pastores se convirtieron en testigos del «Verbo que se hizo carne y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como la del unigénito del Padre» (Jn. 1:14).
Si algo necesita hoy la Iglesia cristiana es la presencia de testigos de Cristo. No tanto testigos de nuestras experiencias como de la obra que Cristo realizó para nuestra salvación. Infinitamente más importante que lo experimentado por los salvados es lo que hizo y dijo el Salvador.
La profetisa Ana: Evangelista infatigable (Lc. 2:36-38)
Es uno de los testigos a los que hemos aludido. El texto bíblico no nos da muchos detalles de lo que hizo, pero hay en ella facetas de su vida realmente aleccionadoras. Mujer viuda hondamente piadosa, a sus 84 años es un ejemplo admirable de perseverancia: «Nunca salía del templo, sino que servía día y noche al Señor, con ayunos y oraciones» (Lc. 2:37). Ejemplo admirable.
No es difícil ver creyentes que en tiempos pasados de su vida cristiana fueron ejemplo notable de celo, dedicación, servicio abnegado, entusiasmo santo; pero con el paso de los años, quizás a causa de desengaños, de dudas no superadas o simplemente de fatiga física, han ido decayendo. Dichoso el creyente que, con Pablo, puede decir: «Nuestro hombre exterior se va desgastando, pero el interior se renueva de día en día» (2 Co. 4:16).

Sin duda, el momento más luminoso en la vida de Ana es el vivido en el templo con motivo de la presentación del hijo de María, momento en que comenzo a dar gracias a Dios y a hablar del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén (Lc. 2:38).
Hoy la celebración de la Navidad es una excelente ocasión para que todos los creyentes testifiquemos de Cristo dando a conocer su naturaleza divino-humana, su carácter, sus palabras pletóricas de sabiduría divina, sus obras de poder y bondad, su muerte expiatoria en la cruz para limpiarnos de todo pecado, su resurrección gloriosa, fundamento de nuestra esperanza eterna. Nadie a nuestro alrededor debería ignorar el significado de la Navidad. Todo ser humano debería enfrentarse seriamente con Jesucristo, con lo que Cristo ofrece y lo que demanda. En la decisión de seguirle radica la suprema dignificación de toda persona.
Simeón: El varón justo y devoto (Lc. 2:25-35)
Poco se sabe de este hombre aparte de lo que se indica en el texto de Lucas; pero la parvedad biográfica respecto a él en nada empaña su lustre espiritual. Tres son los rasgos principales que lo caracterizan: a) Era justo y piadoso, es decir, recto en su conducta ante los hombres y fervoroso en su relación con Dios. b) El Espíritu Santo estaba sobre él de modo especial. c) Vivía en la esperanza mesiánica que animaba a los fieles de Israel. Fue por particular revelación del Espíritu Santo que Simeón tuvo conocimiento de su privilegio: «no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor» (Lc. 2:26). El anciano tiene la certidumbre de que ese momento precioso ha llegado. Por eso, cuando el niño en brazos de su madre es introducido en el templo para cumplir lo preceptuado en la ley mosaica, el anciano, con ternura y emoción inefable toma en sus brazos al niño para invocar sobre él la bendición divina. Este acontecimiento le inspira uno de los cánticos más bellos que se hallan en la Biblia. Conocido con el título de Nunc dimitis, está cargado de lirismo y emotividad: Simeón ha estado esperando la llegada del Mesías. Ahora el Mesías está ahí. Simeón ya puede morir en paz. Sus ojos han visto la salvación que Dios ha empezado a realizar (Lc. 2:29-32).
¡Dichoso el creyente que persevera hasta el fin en su fe y en su dedicación a Cristo! ¿Qué más bello que una vida consagrada al Salvador y una partida de este mundo «en paz»?

Reflexión final
Por la calzada de la revelación bíblica (el testimonio de dos evangelistas) hemos visto el «desfile de Navidad», es decir, la participación de hombres y mujeres temerosos de Dios que dejaron su huella de fe. A ellos debemos unirnos incorporándonos al «desfile» con gratitud y gozo en el corazón, un cántico en los labios y rectitud en nuestra conducta, proclamando la buena nueva de salvación a cuantos de algún modo estén cerca de nosotros, anunciando que «en el cumplimiento del tiempo Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, para que redimiese a los que están bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos» (Gá. 4:4-5).
Con esa disposición de ánimo, en nuestra celebración de la Navidad, digamos a los primeros protagonistas del desfile: «Con la ayuda de Dios, seguiremos con firmeza vuestras pisadas, camino marcado por vuestras huellas».
Gloria a Dios en las alturas

y en la tierra paz.

martes, 11 de diciembre de 2012




 

EL HOMBRE NO PUEDE VIVIR SIN ESPERANZA

Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda
 
 

            El adviento nos lleva a contemplar el misterio desde la entrada de Dios en la historia hasta su final. Los diferentes aspectos del misterio se remiten unos a otros y se fusionan en una admirable unidad. El misterio de la Encarnación, siendo un momento importante en la historia de la salvación, realmente demuestra su sentido pleno en la Redención del género humano. La encarnación de Dios, el Dios hecho hombre, misterio revelado a la humanidad es el mismo Dios que se dona a la humanidad.

            El adviento evoca, ante todo, la dimensión histórico-sacramental de la salvación. El Dios del adviento es el Dios de la historia, el Dios que vino en plenitud para salvar al hombre en Jesús de Nazaret, en quien se revela el rostro del Padre.

            La dimensión histórica de la revelación recuerda la concretez de la plena salvación del hombre, de todo el hombre, de todos los hombres y, por tanto, la relación intrínseca entre evangelización y promoción humana.

            El adviento es el tiempo litúrgico en que se evidencia con fuerza la dimensión escatológica del misterio cristiano. Dios nos ha destinado a la salvación, si bien se trata de una herencia que se revela sólo al final de los tiempos. La historia es el lugar donde se actúan las promesas de Dios y está orientada hacia el día del Señor. Cristo vino en nuestra carne, se manifestó y reveló resucitado después de la muerte a los apóstoles y a los testigos escogidos por Dios y aparecerá gloriosamente al final de los tiempos.

            Durante su peregrinación terrena la iglesia vive incesantemente la tensión del ya sí de la salvación plenamente cumplida en Cristo y el todavía no de su actuación en nosotros y de toda la manifestación con el retorno glorioso del Señor como juez y salvador.

            El adviento nos recuerda al mismo tiempo la dimensión misionera de la Iglesia y de todo cristiano por el advenimiento del reino.

            Durante este tiempo la comunidad cristiana está llamada a vivir determinadas actitudes esenciales a la expresión evangélica de la vida: la vigilante y gozosa espera, la espera y la conversión.

            La actitud de espera caracteriza a la Iglesia y al cristiano ya que el Dios de la revelación es el Dios de la promesa, que en Cristo ha mostrado su absoluta fidelidad al hombre. La Iglesia vive esta espera en actitud vigilante y gozoza, por eso clama: “Maranatha: Ven, Señor Jesús”.

            El adviento celebra, pues, al Dios de la esperanza (Rom 15,13) y vive la gozosa esperanza (Rom 8,24-25) el cántico que desde este primer domingo caracteriza al adviento es el salmo 24: “ A ti, Señor, levanto mi alma; Dios mío, en ti confío”.

            El desafío de éste nuevo adviento, e inspirado por el Año de la Fe, nos ubica ante la  propuesta evangelizadora: ¿Cómo vivir y anunciar la esperanza al hombre de nuestro tiempo? ¿Qué podemos esperar nosotros hoy, y qué podemos ofrecer a un mundo inmerso en una cultura de la muerte como decía el Beato Juan pablo II, es aquella palabras de su exhortación apostólica Ecclesia in Ámerica de enero de 1999 y Ecclesis in Europa de mayo del 2003?

            La esperanza crece cuando se comparte y tanto más se da a los otros, cuando más se vive en función de animar a los demás con el aliento que uno recibe de Dios: “ El nos alienta en nuestras luchas hasta el punto de poder nosotros alentar a los demás en cualquier lucha, repartiendo con ellos el ánimo   que nosotros recibimos de Dios”. (2Co 1,4). Por esta razón esencial deberíamos en nuestra vida cristiana y más aún en este nuevo adviento prohibirnos en nuestros encuentros, convivencias, reuniones familiares y laborales desprender ese tufo del descontento o del desaliento, y para que esto sea así, deberíamos estar prevenidos frente a nuestros pensamientos o sentimientos negativos que desembocan en la desconfianza, fomentando los positivos con el propósito firme de transmitirlos a los demás, Es el mejor servicio que podemos hacer.

            Ya que como lo han subrayado los Padres sinodales, sigue hoy diciendo el Papa: “El hombre no puede vivir sin esperanza; su vida, condenada a la insignificancia, se convertirá en insoportable”. Frecuentemente, quien tiene necesidad de esperanza piensa en poder saciarla con realidades efímeras y frágiles. De este modo la esperanza, reducida sólo a lo intramundano cerrado a la trascendencia, se contenta, por ejemplo, con el paraíso prometido la ciencia, la técnica, la tecnología, las redes sociales, con las diversas formas de mesianismos, con la finalidad de tipo hedonista, lograda a través del consumismo o aquella ilusoria y artificial que ofrece el mundo, hasta con ciertas modalidades de milenarismos, con el atractivo de las filosofías orientales, con la búsqueda de las nuevas formas esotéricas de espiritualidad o con las nuevas corrientes de la New Age.

            Que este nuevo adviento, nuestra espera de renacer en Cristo, nos active a ser lo que Cristo el SEÑOR quiere que lleguemos hacer, y por tanto a buscar siempre caminos nuevos de felicidad, venciendo el pesimismo por estar proyectados hacia la esperanza de Dios, que no defrauda….

            Que María, bajo la advocación de nuestra Señora de Coromoto, patrona de nuestra patria, nos acompañe en este tiempo de adviento para que desde su mirada aprendamos a ver el mundo, nuestra  vida y su realidad con ternura y esperanza, que Ella nos enseñe a descubrir, adorar y adherirnos a la persona de Cristo en el rostro del hermano. ¡María Madre de la esperanza, camina en este nuevo adviento con nosotros!

lunes, 19 de diciembre de 2011

¿Por qué Jesús se hace hijo de mujer?



¿POR QUÉ JESÚS SE HACE HIJO DE MUJER?

Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda



           
El apóstol San Pablo nos entrega, en su carta a los Gálatas, uno de los mejores fundamentos bíblicos de la Maternidad espiritual y universal de María. Cristo nace de Mujer. Cristo, el Hijo de Dios, nace súbdito de la ley. Al nacer de María, el Hijo de Dios se inserta en la historia de la Salvación. Es solidario con los judíos, es solidario con toda la raza humana. ¿Por qué se sujeta a la ley? Para “librarnos”. ¿Por qué se hace Hijo de Mujer? Para darnos la filiación de la divinidad. Para que seamos llamados “hijos de Dios”. ¡Y lo seamos! (1Jn 3,1). No somos esclavos, somos hijos; somos “herederos por gracia de Dios”. Cristo es el Señor, el nacido de Mujer. Cristo es el fruto de María. María ha gestado la Palabra de Dios en su seno;  por obra del mismo Espíritu María ha sido hecha Madre de Dios.

Cristo es el don de María. La promesa de Dios de darnos un Redentor se cumple en Cristo Jesús. Dios nos envía al Mesías y María nos lo entrega. En Belén, en Nazaret, en el Calvario. María nos dio al Mesías prometido y esperado. María lo gestó en su seno, pero continuó ejerciendo su oficio de Madre mientras “el niño crecía”. Jesús tuvo que ser criado y educado por su Madre. Sus cualidades humanas y su carácter se formaron influenciados por las virtudes de su Madre. La participación maternal en las virtudes del Señor ha debido de ser grande. Si los rasgos de la madre se reconocen en el hijo, los rasgos de Jesús nos llevaran a conocer los de María. La tarea de María, la Madre de Dios, fue continua. El Hijo de Dios, “nacido de mujer” recibió la formación humana de María, la Madre de Dios. Toda la actividad de María, todo su ser, redunda en beneficio de su hijo. Como Madre, adaptaba constantemente sus expresiones maternales a los pensamientos, deseos, sentimientos y obras de Cristo con respecto a nuestra salvación. 

La Mujer, de quien es Hijo este Hermano nuestro, es también nuestra Madre. Si somos hijos de Dios en Cristo, somos a la vez hijos de María en Cristo. En el designio de Dios, Jesús, era no sólo el Unigénito del Padre (Jn 3,16), sino también el Primogénito entre muchos Hermanos (Rm 8, 29). Él estaba destinado a ser la Cabeza del Cuerpo que es la Iglesia (Col.1, 18). María es, por eso mismo, la Madre de la Iglesia, la Madre del Cristo total.

La presencia de María al pie de la Cruz tiene un significado especial: es el momento en que, en medio de los dolores difícilmente imaginables, fuimos dados a luz por María. Somos, pues, en el sentido más hondo y comprometedor del término, “Hijos de María”. De nuestra filiación mariana se desprende, entre otras muchas cosas, lo siguiente: - como hijos debemos parecernos a nuestra Madre; -debemos copiar en nosotros los rasgos fundamentales que configuran la personalidad de nuestra Madre: Fe íntegra, esperanza sólida, caridad sincera; -debemos ser prolongación de María en la aceptación apostólica; - hacer, por nuestra forma de vivir, que el mundo conozca a Jesús.