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martes, 15 de abril de 2014





Las demandas de la cruz

Pbro. Ángel Yván Rodríguez P.
 
 
 
 
 
 

Son muchas las iglesias que al llegar a la llamada «Semana Santa» celebran la crucifixión del Señor Jesucristo al final de su vida en la tierra. Por inaudita que parezca, esa celebración no es una barbaridad; es la exaltación del Hijo de Dios, quien se entregó a sí mismo en propiciación por nuestros pecados. Mediante la cruz se abre la puerta a la salvación de quienes por su arrepentimiento y su fe, son incorporados al pueblo de Dios. Es comprensible la concentración cristocéntrica en la obra divina de la salvación. De ahí que los escritores del Nuevo Testamento, prácticamente en su totalidad, se refirieran explícitamente a la crucifixión de Jesús como fundamento de nuestra salvación.

Como ejemplo, podemos citar al apóstol Pablo, quien escribió: «Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí, y lo que ahora vivo en la carne lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gá. 2:20). Y en otra de sus cartas afirmó con vehemente radicalidad: «Yo resolví entre vosotros no saber cosa alguna que no sea Jesucristo, y éste crucificado» (1 Co. 2:2).

El propio Señor Jesucristo declaró a sus discípulos que «debía ir a Jerusalén y padecer muchas cosas de sus adversarios y ser muerto» (Mt. 16:21, Mt. 20:17-18). Él había venido al mundo «no para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos» (Mt. 20:28). Esta afirmación tuvo confirmación solemne al compartir con sus discípulos el pan y el vino en la cena que él mismo había instituido (1 Co. 11:23-25).

Ahora bien, para el discípulo de Cristo el mensaje de la cruz entraña un cuádruple llamamiento:

Una llamada a la reconciliación y la comunión con Dios

En el Nuevo Testamento la palabra más usada para traducir la experiencia de la conversión es «metanoia», que significa «cambio de mente». Este cambio exige una convicción de pecado profunda y una confesión del mismo, lo que incluye reconocimiento de la naturaleza dañada por el pecado. Esto hace que nos reconozcamos culpables delante de Dios, no sólo por lo que hemos hecho, sino por lo que somos. Lo que la cruz de Cristo demanda de nosotros no es una cosmética espiritual que nos haga honorables a ojos de nuestros semejantes, sino una espiritualidad radical equivalente a una nueva creación (2 Co. 5:17). Lo que se nos pide es que imitemos a Cristo y nos convirtamos en luz del mundo y sal de la tierra (Mt. 5:13-16).

Un par de parábolas bíblicas nos ilustran bien el significado del arrepentimiento y la fe en la conversión. Ambas son tan conocidas como iluminadoras y ambas producen en nosotros convicción y confesión de pecado como principio de una vida nueva en relación santa con Dios, Padre misericordioso.

No puede ser más clara y enternecedora la parábola del hijo pródigo (Lc. 15:11-32). En ella se relata el desvarío de un joven que abandona el hogar paterno y se hunde en una vida de disipación y miseria, pero que reflexiona, confiesa su pecado y vuelve arrepentido a la casa paterna con una confesión conmovedora. Dice a su padre: «He pecado contra el cielo y contra ti; no soy digno de ser llamado tu hijo, pero hazme como uno de tus jornaleros» (Lc. 15:21). En la emotiva respuesta de su progenitor, el hijo no oye ningún reproche, ningún sermón. Sólo palabras de bienvenida y aceptación. Para padre e hijo el regreso de éste se ha tornado en fiesta. El hijo perdido ha sido hallado; había estado muerto y ha revivido. Una gran fiesta ha marcado el comienzo de la más grande de las experiencias: la salvación.

Parábola del fariseo y el publicano (Lc. 18:9-14). El primero era prototipo de una falsa religiosidad. No buscaba la gloria de Dios,sino su propio ensalzamiento, la inflación de su vanidad.
Por el contrario, el publicano -odiado cobrador de impuestos para el erario de Roma- no se sentía merecedor de nada. Consciente de sus faltas y del aborrecimiento de los judíos más ortodoxos, «no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: Dios,sé propicio a mí, pecador».
Para Jesús, el juicio sobre aquellos dos hombres era claro: «Os digo que aquel hombre (el publicano) descendió a su casa justificado más bien que aquél, porque cualquiera que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido».

Una llamada a la entrega plena

La cruz de Cristo implica una demanda de entrega plena por parte del creyente que decide seguir a Jesús. Pablo fue consecuente también con este compromiso: «El amor de Cristo nos constriñe, habiendo llegado a esta conclusión: que si uno murió por todos luego todos murieron. Y por todos murió, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos» (2 Co. 5:14-15).

Esa entrega implica reconocimiento y aceptación plena del señorío de Cristo. Es hermoso poder decir al Señor lo que le dijo Pablo el día de su conversión: «Señor, ¿qué quieres que haga?» (Hch. 9:6). O hacer nuestras las palabras del distinguido líder moravo Conde de Zinzendorf: «Sólo tengo una pasión, y ésta es él, únicamente él».

La entrega del creyente para servir a su Salvador es un gran privilegio derivado de su redención. Constituye un cambio de dueño. Recordemos las palabras de Pablo en su primera carta a los Corintios: «¿No sabéis que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios» (1 Co. 6:19-20). ¿O acaso servimos a Dios a medias? ¿No estaremos pretendiendo seguir siendo señores de nuestra vida a la par que hacemos de Cristo nuestro siervo? ¡Qué absurdo! ¡Y qué indignidad!

Una llamada a la identificación con Cristo

«Si alguno está en Cristo, es una nueva creación; las cosas viejas pasaron y todas son hechas nuevas» (2 Co. 5:17). Con Cristo morimos y con Cristo resucitamos. La comunión con él exige una renuncia a toda forma de desobediencia. En Cristo y con él, el creyente está llamado a vivir una vida de discipulado sin reservas. Son inadmisibles los términos medios en los que nos gusta instalarnos. «Ningún siervo puede servir a dos señores» (Lc. 16:13).

Aun los pecados más sutiles -egoísmo, orgullo, vanagloria, envidia, rencor- acarrean el desagrado del Señor. Contra ellos hemos de luchar sin desfallecimiento si realmente le tenemos a él por Señor. Nuestra fidelidad al Cristo provocará la hostilidad del mundo, pues vivimos en una sociedad abiertamente anticristiana, lo cual nos obliga a luchar contra nuestras propias tendencias pecaminosas.

En nuestra pugna contra toda suerte de fuerzas enemigas más de una vez resbalaremos y caeremos, pero en la cruz de Cristo encontraremos siempre el poder para ser «más que vencedores» (Ro. 8:37).

Una llamada a evangelizar

Aun antes de asumir la cruz, Jesús fue consciente de que una parte esencial de su obra -la formación de la Iglesia- no la iba a realizar solo. Llamó a doce de sus discípulos y los envió a predicar el reino de Dios (Lc. 9:1-6). Después de su muerte y su resurrección, les encomendó la «gran comisión» (Mt. 28:19). La iglesia apostólica pronto vino a ser testimonio vivo de Cristo, lo que acarreó persecución e incluso muerte violenta. Impresiona el testimonio de Esteban, seguido del de Pablo, al que pronto siguieron otros que tuvieron el mismo fin que estos primeros discípulos.

Una vez convertido a Cristo, Pablo vino a ser uno de los paladines de la obra misionera. Con lógica convincente razonó la necesidad de aceptar el reto misionero: «¿Cómo predicarán si no han sido enviados?», para citar a continuación el bello y estimulante texto de Isaías: «Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas!» (Ro. 10:15). Bajo la dirección del Espíritu Santo y en circunstancias sumamente adversas tuvo lugar en aquel tiempo una gran expansión misionera en numerosos lugares del imperio romano. No debe de ser casualidad que los periodos más florecientes en la historia de la Iglesia cristiana han sido aquellos en que la obra misionera ha sido atendida con diligencia.

¡Dichosa la iglesia local que instruye a sus miembros en la gloriosa tarea de proclamar el más glorioso de los mensajes! ¡Y bienaventurado el creyente que responde dignamente a las demandas de la cruz!

 

sábado, 12 de abril de 2014




“¿QUIÉN ES ÉSTE?”.

Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda

 
 

1. “¡Viva el Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Viva el Altísimo!” Así gritó la multitud enardecida al paso de Jesús montado en el burrito, rumbo a la ciudad de Jerusalén. Son aclamaciones de júbilo.

"La multitud extendió sus mantos por el camino”. Otros “cortaban ramas de los árboles y alfombraban la calzada”. Y la gente que iba delante y detrás de él gritaba: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!”

Y al entrar él en Jerusalén, toda la ciudad preguntaba alborotada: “¿Quién es éste?”. Y la gente que venía con él –dice san Mateo– decía:

–Es Jesús, el profeta de Nazaret de Galilea”.

Dice un poeta hablando de las palmeras: “Molinos verdes, molinos vegetales. Rosa de los vientos de la fama, sus verdes agujas están ahí, desde el principio de los siglos, sobre los esbeltos troncos cimbreantes, plegándose a todas las arbitrariedades de la gloria. Por su inviolada gracia separada del suelo, por su fácil inclinarse reverentemente, por su tendencia sumisa a curvarse en dosel, el mundo se fijó inmemorialmente en la hoja de la palmera para cargarla de enfáticas significaciones triunfales. Y por eso ella, insolente y presumida, consciente de su glorioso simbolismo, se abre, en estrella, sobre su altura inaccesible, como diciendo irónicamente que la gloria hoy sopla hacia acá y mañana hacia allá, en arbitraria rueda divergente".

2. Aquel día de Ramos en Jerusalén, la gloria triunfal sopló hacia Oriente, por donde Jesús venía en su pollina. Como hacía siglos había soplado hacia Judas Macabeo, que, victorioso y salpicado de sangre, entró en Jerusalén, “entre gritos de júbilo y ramos de palma, al son de la citara y de los címbalos”, como sopló otro día hacia Vespasiano, cuando, entre palmas, según Flavio Josefo, entró vencedor en Roma; o hacia Tito, cuando entró, pisando palmas, en Antioquia.

 
Así, sin fijeza ni seriedad, cumplía el signo de la fama humana, su destino incongruente y arbitrario de señalar todos los cuadrantes del viento: hoy, un tirano, mañana, un general; pasado, un profeta. Historia poco lúcida de las palmas triunfales de los hombres: un día, adulación al vencedor, otro día, consolidación del despojo; otro, vanidad de oro mustio bordado en el académico de uniforme.
 

 
 
 

 Pero un día las palmas se tendieron, como alfombra, a la entrada de Jerusalén, al paso de Jesús. ¿Fue aquella una hora para Jesús de júbilo y victoria? Más bien que allí empezó Jesús su camino de pasión, en las reconditeces de su pecho. Porque Él tenía que oír las sílabas trágicas del “Crucifícale”, mudamente enlazadas en las sílabas jubilosas del “Viva el Hijo de David”.

Las palmas reciben también la salpicadura del rojo bautismo e invierten su sentido. De signos ruidosos de la victoria visible y el triunfo material pasan a ser signos puros de las victorias internas, calladas y paradójicas, que tienen ante el mundo cara de derrotas: el martirio y la virginidad.

El tipo de mártir parece, ante los ojos, el extremo humano opuesto al tipo del vencedor que agasajaban las antiguas palmas triunfales: El mártir es el vencido, el escupido, el humillado, el quemado en parrillas. La virgen también parece, ante los ojos, la inversión de todo ruidoso triunfo vital: La virgen es la abandonada, la olvidada, la silenciosa, la despreciada de todo un mundo antiguo lleno de cultos de cosecha y de maternidad. Pero Jesús había venido a invertir las cosas. Él, muriendo, vence a la muerte; Él reina con cetro de caña.

3. Por eso Jesús sobre su pollina, avanzaría, un poco triste, por el camino que baja del monte de los Olivos, y entró en Jerusalén orlado, aquella tarde, de palmas en delirio. Porque Él sabía que las palmas del mundo, sobre la copa de la palmera, son una estrella redonda y divergente, perplejidad vegetal, que parece interrogar al viento: ¿Por aquí? ¿Por allí? (ya que suelen mecerse como juguetes del viento). Y Él soñaba con las legiones de sus mártires, de sus vírgenes, que, naciendo del pie de la Cruz como ríos de abnegación y sacrificio, habían de cruzar los siglos de la historia con un temblor de palmas en las manos; pero de palmas altas, erectas, verticales, con una firme y única dirección hacia el cielo: por aquí, por aquí... La eterna perplejidad de la palmera ha quedado resuelta y contestada por el testimonio de miles y miles de vírgenes y por el testimonio de miles y miles de mártires, a través de estos dos mil años de cristianismo

lunes, 25 de marzo de 2013




TRES EXPRESIONES DE FE REALIZADOS EN LA ULTIMA CENA

Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda
 
 

            Sin reserva alguna, al contemplar todo lo acontecido durante la realización de última cena de Jesucristo junto a sus apóstoles podemos afirmar categóricamente que cada momento de su desarrollo es una expresión de Fe, un arrebato de Amor por parte de Jesús hacia su pueblo y un ejemplo a seguir en nuestra condición de discípulos. Claramente la Institución del sacramento de la Eucaristía, el Sacerdocio y mandamiento del Amor son sacramentos que sostienen y dan perpetuidad a nuestra fe como seguidores de Cristo.

            La Eucaristía legado de Fe y Amor:

            Los evangelistas, todos a una, destacan el relato de la última cena, celebrada por Jesús horas antes de su prisión y entrega. En el trascurso de la misma, el Señor hizo algo extraordinario y misterioso. (Mt.26,17-29; Mc. 14,12-25; Lc.22,1-20; Jn 13).

            El evangelista San Juan empieza su relato con esta indicación: “ Antes de la fiesta de pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”(Jn.13,1).

            San Lucas, a su vez, recoge las palabras de Jesús al sentarse a la mesa: “Con ansia he deseado comer esta pascua con vosotros antes de padecer, porque os digo que ya no comeré más hasta que halle su cumplimiento en el reino de Dios” (Lc.22,15).

            La actitud y los gestos de Jesús muestran claramente que Él sabe adónde va. Quiere cumplir la voluntad del Padre. El siervo está a punto para el sacrificio. La cena pascual estaba encuadrada por cuatro copas de vino rituales, de las cuales la tercera, llamada “copa de bendición” era la más importante. Pasaba de mano en mano. Comían el cordero asado, los panes ázimos y unas hierbas amargas. Todo tenía su significado profundo relacionado con la historia de la liberación del pueblo, que recordaba durante el banquete. La bendición y acción de gracias eran entonadas con el salmo 112 al 114, los cuales expresan la Gloria de Dios, a Dios como el único Dios verdadero, y el Himno pascual.

 

            Jesús se atuvo al ritual perpetuado. Más al realizarlo introdujo una novedad importante: “ Tomó pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: esto es mi cuerpo, que va a ser entregado por vosotros. Hacer esto en memoria mía. De igual modo tomó, después de cenar, el cáliz, diciendo: Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que va a ser derramada por vosotros” (Lc.22,19-20)

            La acción de Jesucristo cambiaba profundamente el significado de la cena pascual. El rito judío alcanzaba con ella su plenitud y daba paso a un nuevo régimen de relaciones entre Dios y los hombres.  Para nosotros, la Cena del Señor es recuerdo vivo de aquella última celebrada por Jesús en la tierra, en la que instituyó el sacramento de la Eucaristía, por el cual da a comer a los suyos su cuerpo y su sangre, entregados al sacrificio para la redención de todos los hombres.

            Jesucristo, ha dejado a su Iglesia el sacramento de su cuerpo y sangre como el centro y culmen. Así nos lo afirma San Agustín: “ La Eucaristía es misterio de amor, símbolo de unidad, vínculo de caridad”.

            El sacerdocio y el Mandamiento del Amor.

            Jesús, el Mesías verdadero (Mt. 11,2-6) es el apóstol y Sumo sacerdote de nuestra confesión (Heb. 3,1); es decir, nosotros confesamos que Jesucristo es sacerdote. Misterio este que ha sido revelado por Dios y nos es asegurado por el testimonio de la Iglesia. (LG. 5,10,21). Mediador entre Dios y el pueblo, el sacerdote ejerce su oficio como ministro del altar. En el altar se depositan las ofrendas, en el altar se consumen las víctimas, sustrayéndolas así al dominio del hombre para entregarlas a Dios. El cual responde a la entrega con bendición y sus gracias abundantes. (Lev.1,7).

            El ministerio sacerdotal está ordenado, fundamentalmente, al sacrificio, acto central del culto divino. “ Porque todo sumo sacerdote, tomado entre los hombres, está puesto a favor de los hombres, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados”(Heb.5,1). Todas las funciones salvíficas de Jesucristo están centradas en su sacerdocio. La encarnación, la muerte y la glorificación del Hijo de Dios son tres etapas de un mismo acontecimiento toda ella sacerdotal. Jesucristo es sacerdote desde siempre y para siempre El sacerdote de la nueva alianza es único. El Sumo Sacerdote de la alianza nueva, Jesucristo, realizó de una vez para siempre su sacrificio, ofreciéndose a sí mismo sobre el altar de la cruz como rescate por todos. (heb.7,27. Gal.1,4. 1Tim.2,6). En la plegaria Eucarística, que se hace conforme al canon romano, el sacerdote, en presencia de la Víctima santa, ora al padre en estos términos: “ Te ofrecemos Dios de Gloria y majestad, de los mismos dones que nos has dado, el sacrificio puro, inmaculado y santo; pan de vida eterna y cáliz de eterna salvación. Dirige tu mirada serena y bondadosa sobre esta ofrenda; acéptala como aceptaste los dones del justo Abel, el sacrificio de Abrahan, nuestro padre en la fe, y la oblación pura de tu sumo sacerdote Melquisedec”.

            La inocencia, la mansedumbre, la humildad y la obediencia de Jesucristo hacen de su entrega sacerdotal el único sacrificio agradable. Gracias a Él, suben al cielo todas las alabanzas y oraciones y descienden todas las bendiciones, cuando un hombre consagrado al sacerdocio y actuando “in persona Cristi” celebra a diario la Sagrada Eucaristía.

            “Que todos sean uno..Yo en ellos y tu en mí para que sean perfectamente uno y el mundo crea que tú me has enviado”. (Jn. 17,21-23). Tal es la suprema aspiración de Jesús respecto a los hombres. Fruto de toda obra personal de Jesús es el Amor y la unidad, signo definitivo de la verdad de Dios- Sin unidad, Amor y servicio, lo demás signos de cualquier cristiano y su obra apostólica carecen de eficacia. En último tpermino, la vida del rebaño está condicionada por el cumplimiento del mandamiento nuevo de Jesús. La unidad es fruto del amor. (Jn.13,34; 1Jn. 2,8).

                       

COMTEMPLAR CON FE AL CRISTO CRUCIFICADO

Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda
 
 

            Ante un Mesías destinado al fracaso y a la muerte, se escandalizaron los oyentes de Jesús. Cristo Crucificado siempre será “escándalo y locura”. A los mismos discípulos resultaba inaceptable este nefasto destino de su Maestro. (Mt. 9,32; Mt.16,22; Lc-9,45). Pero precisamente este Cristo es “fuerza y sabiduría de Dios” (1Cor. 1,23-24).

            Para la razón humana, la paradoja es indescifrable: El Siervo de Dios ha de alcanzar su victoria por caminos de silencio, expiación y dolor (Is.53).  Para los hombres el tiempo es don de Dios. Don que hemos de emplear en su servicio, realizando al mundo nuestra propia salvación de acuerdo a la voluntad del Creador. (Ecl. 13; Col. 4,5). Lo fue también para Jesucristo, hombre nacido de la Virgen.. Él es el Hijo (Mt.11,27; Jn. 1,18) eternamente abierto a la voluntad del Padre, se hizo hombre para salvar a los hombres, conforme al plan y designios de Dios. Metido en el tiempo para “ser probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado”(Heb. 4,15) no tiene otro alimento que hacer la voluntad del que lo ha enviado y llevar a acabo su obra. (Jn.4,34)

Jesús, en el diálogo constante con su Padre, jamás perdió de vista su misión al encontrarse a diario con los hombres. Las reiteradas alusiones a su hora lo ponen de manifiesto (Jn.2,24; 4,23;7,2-9).

Jesús, cuando se despedía de los suyos para ir a la muerte, Jesús sintetiza toda su carrera en esta forma: “Salí del Padre y he venido al mundo, ahora dejo el mundo y voy al Padre” Jn.16,28). Esta salida (Lc.9,31) este pasar de este mundo al Padre es la acción de total entrega de Cristo en la misión redentora a favor de los hombres; (Jn.13,1). Este momento sublime de su entrega absoluta incluye su pasión y muerte junto con su resurrección y ascensión al cielo. Es el misterio pascual por el que Jesucristo “realizó la obra de la redención humana y la perfecta glorificación de Dios” (SC. 5).

La hora de Jesús es la de su entrega al sacrificio para la redención de todos (Mt,20,28; Jn.7,30). Es la hora de la glorificación de Dios. Jesús lo sabía. Por eso, al entregarse, oró de esta manera: “Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique a ti”…(Jn. 17,1-5). Jesús nació para morir, esta afirmación tiene en su caso un sentido especial y único. En relación con “su hora”, podemos afirmar que todos los momentos de su vida en el mundo estuvieron marcados con el signo de la muerte. Esta viva conciencia de su destino imprimió a su existencia temporal un marcado acento de dolor. En verdad Jesús fue el primero en “llevar la cruz de cada día”(Lc.9,23). Ello explica al mismo tiempo, la admirable unidad que resplandece en su vida. Jesús vivió su vida en plenitud. Sus días fueron plenos. Discurrían bajo la mirada del Padre, de manera profundamente humana (lc.2,52; Jn. 5,19-20).

Contemplar con fe al crucificado nos exige renovar nuestra fe, actualizar nuestra gracia y reactivar el compromiso apostólico de morir cada día a nosotros mismos. El sufrimiento educa al hombre. En la angustia el creyente recuerda a Dios y solicita su asistencia (Jue. 3,7-11; 6,1-10). Es también el dolor signo de predilección. Amigos e instrumentos de Dios acrisolados por el sufrimiento, a imagen del varón de dolores encarnados en Cristo crucificado.

Jesucristo, murió una sola vez para llevarnos a Dios, el justo por los injustos (1Pe 3,18). Como mediador entre Dios y los hombres, llevó a cabo su obra y la perfeccionó por medio del sufrimiento (Heb. 5,8-9). En lugar del gozo que se le proponía, soportó la cruz, sin miedo a la ignominia. Así, abrazado con el dolor, con su amor  lo trasformó, convirtiéndose para nosotros en precio de redención y gloria.

La vida cristiana es comunidad de vida con Jesucristo y participación en sus sufrimientos. “Vivir en Cristo” significa padecer con Cristo para ser con Él glorificado (Rm.8,16-17). Para el discípulo, cuya suerte no puede ser mejor que la de su Maestro (Mt.10,24-25; Jn.15,20), el dolor sigue siendo instrumento de purificación y de expiación por los pecados, llamada constante a la fidelidad. Más por su incorporación al cuerpo de Cristo, sus sufrimientos alcanzan valor de redención. (Col.1,24). De esta manera, lo que fue signo de ira y exigencia de justicia, por obra de Jesucristo se ha convertido para el hombre en motivo de consuelo y bienaventuranza evangélica. En medio de las tristezas del mundo presente, el dolor cristiano es signo de amor y esperanza. (Mt,5,1-12).

viernes, 15 de abril de 2011

EL SENTIDO QUE JESÚS DIO A SU PASIÓN Y SU MUERTE


EL SENTIDO QUE JESÚS DIO A SU PASIÓN Y SU MUERTE

Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda




Cristo se despojó de su rango”: Este fragmento de la carta a los Filipenses es el “Himno de la redención por Cristo”. (Flp 2,6-11). Himno de humillación y de exaltación. Doctrina para también tenerla en cuenta a la hora de reproducir en nuestra vida personal los rasgos de Cristo. Si, según San Pablo, debemos tener los mismos sentimientos de Jesús, debemos igualmente abrazar una vida humilde. “Jesús se humilló a sí mismo obedeciendo hasta la muerte”. Se humilló y se hizo como uno de nosotros; nos dio su enseñanza de caridad. Se hizo hombre para buscar al hombre. Se despojó de su rango para salvarlo. Esa es la clave de su renuncia. Lo debe ser también la nuestra. Cristo nos exige que renunciemos a nosotros mismos. Debemos hacerlo con sus mismos sentimientos. Si Él se humilla y se despoja por nosotros, nuestro camino debe ser el mismo que el suyo. También a nosotros nos toca dar la vida por los demás. En la humildad y en la obediencia encontraremos el camino de la transformación y glorificación.

“Dios lo levantó sobre todo”: La obediencia llevó a Jesús a la muerte. Lo llevó también a ser exaltado. Su nombre estará sobre todo nombre. Toda la creación le adorará. Su señorío será universal; pleno y sobre todo lo que existe. Para Él, el título de Señor; es un título divino. Toda la creación –cielo, tierra y abismo- se lo reconocerá. Con ese título, Jesús es exaltado. Ante Él, se doblará toda rodilla. De la más temible humillación será “elevado sobre todo”. Se da la paradoja suprema de todo el Misterio de Cristo: Dios se hace hombre y muere, para que el hombre viva; Dios convirtió la humillación de la Cruz en la mayor de las victorias: Cristo Jesús, Señor del Reino, toma posesión del Reino después de su glorificación.

“¡Jesucristo es Señor!”: Así lo proclama toda lengua. Es la confesión de la victoria de Cristo. Es la confesión cristiana: “Jesús es Señor”. Su trono está en el cielo; Señor y soberano universal. Su título de Señor es el mismo de Dios. El es “Señor de todos”. Como Yavé. El es el Rey de reyes y Señor de los señores. Él es el Señor absoluto. Él es, Señor de la Iglesia. Él es Dios. “¡Mi Señor y mi Dios!”. Eso es Jesucristo. “¡Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre!”

“La Pasión del Siervo”: Anunciada proféticamente la pasión del Mesías, la fue viviendo Cristo Jesús paso a paso. Los evangelistas, sin querer hacer una historia completa y exacta de estos hechos, se mantienen, en la redacción, fieles a las tradiciones originales. Quieren manifestarnos que en Jesús se cumplían las Escrituras. “El Hijo del Hombre tenía que padecer”. Por eso no presentan a un Mesías triunfador; al contrario, nos muestran a Jesús como Siervo Doliente. El siervo cargado de dolores. Allí está, en la narración de la escena, Cristo instituyendo la Eucaristía: un momento  antes anuncia la traición y señala al traidor. Fue el inicio del dolor. ¡Entregado por uno de los suyos! ¡Rechazado cuando quiso salvarle! Jesús no cosechó del corazón de aquel hombre el amor que había sembrado en él. No logró llevarlo por el camino del arrepentimiento a la salvación. La Pasión comenzaba con una traición. La Pasión comenzaba con la pérdida de una oveja. El Buen pastor no pudo cargarla en sus hombros.

“Jesús es condenado”: Getsemaní, la tristeza, la angustia, la oración, los discípulos perdidos, el beso del traidor y el prendimiento. ¡Qué herido dejaron  el corazón del Señor! “En aquel momento todos los discípulos lo abandonaron y huyeron”. Comenzaba el juicio más inicuo de la historia: Anás y Caifás, Herodes y Pilato, la representación más abyecta de la justicia humana. Todos los crímenes de todos los jueces de todas las épocas tuvieron allí su representación. El justo es condenado. Se pide la muerte para el Siervo de Dios. Subirá a la Cruz. Es el grito del pueblo: “Que lo crucifiquen”. Los jueces encontraron una comparsa dócil. Lo llevarán “como cordero al matadero”. “Sin defensa. Sin justicia, se lo llevaron”.

“La muerte del Siervo”: No hubo justicia. No hubo piedad. Sobre el madero de la Cruz fue clavado el cuerpo santo del Señor. Con la muerte de Cristo se alumbrará una nueva humanidad. Su sangre era el precio del rescate. Su muerte, garantía de nuestra vida eterna. Donde hubo esclavitud, Él puso libertad. Cambió el odio por amor. La venganza, en perdón. La muerte, en la vida. Nos hizo hijos de Dios. Cargó con nuestros pecados sobre sus hombros para que nos pudiéramos presentar limpios ante el padre de los cielos. Su muerte fue el acto con él que culminaba la reconciliación. Su sacrificio constituyó la gran purificación de la humanidad. El grano de trigo había caído en la tierra y comenzaba a germinar. A partir de entonces el sufrimiento y la muerte tendrían otro sentido nuevo para los seguidores de Jesús. El sentido que le dio Jesús a su Pasión y a su Muerte.