martes, 19 de febrero de 2013


  ENTREGA ACTIVA Y ABANDONO TRANQUILO

Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda






 

          Solo una realidad debe espantarnos en nuestro camino de crecimiento interior: el alejarnos conscientemente del plan salvador de Dios.  Realidad que puede ser ocasionada por el incumplimiento de algún mandato de Dios o por no saber aceptar el desafío que supone todo lo que Dios espera de cada uno de sus hijos.

 
          Podemos describir la paradoja de la vida de todo cristiano católico como una realidad de guerra y de paz continuas; lucha y renuncia; acción y abandono amoroso; en este estado de ánimo existe siempre una inmensa paz; el dinamismo cristiano se puede equilibrar con una serenidad inaccesible, desde cualquier otro planteamiento.  En nuestra vida moral, todo depende de cada uno de nosotros; somos los árbitros plenamente responsables de nuestras acciones y obligaciones para con Dios, los hermanos y nosotros mismos.

           Cuando logramos entender, en nuestra entrega apostólica, la centralidad de las siguientes palabras del libro de los Hechos de los apóstoles: “En Él vivimos, nos movemos y existimos” (Hech 17, 28), resurge en nosotros el sentido de quién y para quién se realiza nuestra entrega activa, la noción clara de lo que Dios ha designado para nosotros como trabajo de apostolado. Desde esta razón ineludible de nuestra acción, no existe nada enteramente fuera de Él. Dios que ha comenzado en nosotros su buena obra, utilizándonos  como instrumentos, siempre sabrá llevar a feliz término el bien iniciado. Él mismo, al llamarnos, nos capacita para la misión y la acción. Dios nunca será cruel: al designarnos a alguna obra apostólica, nos dará las capacidades necesarias para llevarla a plena realización.

 
          Un medio eficaz de mantenernos en vida de Gracia es nuestra participación activa en la vida sacramental. Son los sacramentos los que mantienen indudablemente la vida de Dios en el creyente, especialmente la Eucaristía frecuente, alimento proporcionado al espíritu y a la acción de cada católico. Sin embargo, no son solo los sacramentos los que tienen semejante eficacia; todo instante de la vida nos ofrece un tiempo para estar en comunión con el deseo salvador de Dios. Cada momento de nuestras vidas es una oportunidad irrepetible de experimentar nuestra cercanía a la experiencia de Jesús encarnado, la cual se encuentra escondida bajo las apariencias de nuevas y continuas circunstancias existenciales. Y, quien sabe descubrir esta oportunidad maravillosa de la manifestación de Dios, saca de cada ocasión un momento cercano a Él.

          Debemos luchar continuamente por el triunfo de Jesús en nuestras vidas; lo cual podremos alcanzar solo ejercitando nuestra capacidad de abandono a la acción de la Providencia, como un niño lo hace en brazos de su madre, con la certeza indefectible de que, siempre y en todas partes, terminaremos cumpliendo solamente su voluntad. La disposición al abandono no nos dispensa de las posibles dificultades, del sacrificio heroico, de la capacidad de renuncia, de la sicología de elección, porque es precisamente Dios quien desea y sostiene nuestra posibilidad de entrega y Él no escatimó sufrimientos ni a su hijo predilecto, pero lo acompañó hasta el último suspiro en la cruz: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Cf. Lc 23, 46).

           El que vence ciertamente en la historia, ha vencido y vencerá siempre, es Jesús quien, obediente al Padre, aceptó su voluntad, “…Padre, si es posible, aparta de mí este cáliz… Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Cf Mc 14,36), pero venció a la muerte.  A nosotros nos corresponde estar generosamente con Él en todas las acciones que podamos emprender para la extensión del Reino. Hacer en cada instante una oración continua de “Hágase en mi según tu Palabra” (Lc 1, 38)  y “Santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino” (Mt 6, 10) nos ofrecerá siempre un consuelo indescriptible en nuestra acción apostólica y dedicación a las cosas de Dios.

           La obra es de Dios y Él siempre saldrá victorioso.  Nosotros solamente estamos unidos a Él, como miembros vivos de su Cuerpo. Esta innegociable paz en nuestra acción y entrega elimina toda ansia y esconde el secreto más propicio para el don de nosotros mismos y perseverancia en lo que, a cada uno, el mismo Dios nos ha encargado de hacer en su Iglesia.

           Nunca olvidemos que a Dios no le interesa la prontitud de nuestra respuesta, si no la perseverancia a lo largo del tiempo.

jueves, 24 de enero de 2013






EL MISTERIO DEL DOLOR CRISTIANO

Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda




            Ante el hombre y sus problemas actuales, los Padres del concilio Vaticano II se preguntaban: “Cuál es el sentido del dolor, del mal y de la muerte, que, a pesar de tan grandes progresos, subsisten todavía?” (GS 10). Es la pregunta que se han hecho  los hombres de todos los tiempos, sin encontrar a ella respuesta satisfactoria.
            Solución complicada a este problema –siempre a la luz de la fe- se nos da en el misterio de Cristo. “En Cristo y por Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte que, fuera del Evangelio nos aplasta”.
            Bajo la influencia del Espíritu de Dios, los sabios de Israel se plantearon el problema del sufrimiento del justo en relación con la justicia divina y su providencia sobre el mundo. Todavía en caso de los más alejados de la experiencia de Dios, el dolor puede entenderse como fruto de una vida y castigo de las malas acciones. Mas, tratándose de los justos, de los inocentes, de los niños….
            El libro de Job, muchos salmos (22 35 37 38 69) y un pasaje notable de la Sabiduría son testimonio de ello. En presencia del misterio inexplicable, nos invitan a permanecer en la fidelidad a Dios.
            La sagrada Escritura, por demás, nos enseña que la causa radical de todo sufrimiento humano está en el pecado del hombre (Gn 3,16-19; Rom. 5,12). En los libros del Antiguo Testamento encontramos una serie de datos iluminadores del problema.
            Apoyados en el testimonio de la Palabra de Dios podemos hacer las siguientes afirmaciones:
            Dios castiga a los pecadores con el sufrimiento y la desgracia (Gn.4,11; 11,1-9; Num. 12,1-10) Por medio del dolor los llama a la conversión (2Sam 11,12; 1Re.21. Mac.7,32-38.Sab. 11-12)
            El sufrimiento educa al hombre. En la angustia, el creyente recuerda a Dios y solicita su ayuda.(Jue. 3,7-11; 6,1-10: Job.33,12-30; Sal 32, Is. 63,10-11).
            En virtud de la solidaridad, el castigo del pecado r-padres, reyes, sacerdotes- se traduce en sufrimiento para toda una familia o para un pueblo entero. ( Gn.9,25-25; 49,3-7; Ex.32,21; 2Sam. 21,1). Esto no contradice la responsabilidad personal ante Dios. (Ez.18).
            Es también el dolor signo de predilección. Amigos e instrumentos de Dios acrisolados por el sufrimiento fueron Abraham (Gn.22,1-19) José (Gn.37-39) Moisés (Ex 2,11-15), Jeremías (Jer.36-38) y otros muchos personajes bíblicos.
            La revelación definitiva del misterio del dolor se nos ha hecho en Jesucristo, prefigurado por el Siervo de Yahvé. “El Señor descargó sobre él la culpa de todos nosotros..Por sus desdichas justificará mi siervo a muchos y las culpas de ellos Él soportará” (Is.53,6-11). Sus padecimientos sentidos de expiación, son instrumentos de redención.
            La vida cristiana es comunidad de vida con Jesucristo y participación en sus sufrimientos. “Vivir en Cristo significa padecer con Cristo para ser con Él glorificado. (Rom. 8,16-17; 2Cor 1,15, Gál.2,18-20; Flp 1,29-30).
            Para el discípulo, cuya suerte no puede ser mejor que la de su Maestro (Mt.10,24-25; Jn. 15,20), el dolor sigue siendo instrumento de purificación y de expiación por los pecados, llamada constante a la fidelidad. Más por su incorporación al cuerpo de Cristo, sus sufrimientos alcanzan valor de redención. (Col.1, 24).
            El cristiano sabe que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que ha de manifestarse en nosotros.(Rom.8,18). “ En efecto, la leve tribulación de un momento nos produce, sobre toda medida, un pesado caudal de gloria eterna”.(2Cor.4,17).
De esta manera lo que fue signo de ira y exigencia de justicia, por obra de Jesucristo se ha convertido para el hombre en motivo de consuelo y en bienaventuranza evangélica.(Mt.5,10-12; Gál.6,14; 1Pe.4,12-16). En medio de las tristezas del mundo presente, el dolor cristiano es signo de amor y esperanza. ( Mt.5,1-12; Hech. 5,4; Rom. 5,3-5. 2Pe.1,


martes, 11 de diciembre de 2012




 

EL HOMBRE NO PUEDE VIVIR SIN ESPERANZA

Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda
 
 

            El adviento nos lleva a contemplar el misterio desde la entrada de Dios en la historia hasta su final. Los diferentes aspectos del misterio se remiten unos a otros y se fusionan en una admirable unidad. El misterio de la Encarnación, siendo un momento importante en la historia de la salvación, realmente demuestra su sentido pleno en la Redención del género humano. La encarnación de Dios, el Dios hecho hombre, misterio revelado a la humanidad es el mismo Dios que se dona a la humanidad.

            El adviento evoca, ante todo, la dimensión histórico-sacramental de la salvación. El Dios del adviento es el Dios de la historia, el Dios que vino en plenitud para salvar al hombre en Jesús de Nazaret, en quien se revela el rostro del Padre.

            La dimensión histórica de la revelación recuerda la concretez de la plena salvación del hombre, de todo el hombre, de todos los hombres y, por tanto, la relación intrínseca entre evangelización y promoción humana.

            El adviento es el tiempo litúrgico en que se evidencia con fuerza la dimensión escatológica del misterio cristiano. Dios nos ha destinado a la salvación, si bien se trata de una herencia que se revela sólo al final de los tiempos. La historia es el lugar donde se actúan las promesas de Dios y está orientada hacia el día del Señor. Cristo vino en nuestra carne, se manifestó y reveló resucitado después de la muerte a los apóstoles y a los testigos escogidos por Dios y aparecerá gloriosamente al final de los tiempos.

            Durante su peregrinación terrena la iglesia vive incesantemente la tensión del ya sí de la salvación plenamente cumplida en Cristo y el todavía no de su actuación en nosotros y de toda la manifestación con el retorno glorioso del Señor como juez y salvador.

            El adviento nos recuerda al mismo tiempo la dimensión misionera de la Iglesia y de todo cristiano por el advenimiento del reino.

            Durante este tiempo la comunidad cristiana está llamada a vivir determinadas actitudes esenciales a la expresión evangélica de la vida: la vigilante y gozosa espera, la espera y la conversión.

            La actitud de espera caracteriza a la Iglesia y al cristiano ya que el Dios de la revelación es el Dios de la promesa, que en Cristo ha mostrado su absoluta fidelidad al hombre. La Iglesia vive esta espera en actitud vigilante y gozoza, por eso clama: “Maranatha: Ven, Señor Jesús”.

            El adviento celebra, pues, al Dios de la esperanza (Rom 15,13) y vive la gozosa esperanza (Rom 8,24-25) el cántico que desde este primer domingo caracteriza al adviento es el salmo 24: “ A ti, Señor, levanto mi alma; Dios mío, en ti confío”.

            El desafío de éste nuevo adviento, e inspirado por el Año de la Fe, nos ubica ante la  propuesta evangelizadora: ¿Cómo vivir y anunciar la esperanza al hombre de nuestro tiempo? ¿Qué podemos esperar nosotros hoy, y qué podemos ofrecer a un mundo inmerso en una cultura de la muerte como decía el Beato Juan pablo II, es aquella palabras de su exhortación apostólica Ecclesia in Ámerica de enero de 1999 y Ecclesis in Europa de mayo del 2003?

            La esperanza crece cuando se comparte y tanto más se da a los otros, cuando más se vive en función de animar a los demás con el aliento que uno recibe de Dios: “ El nos alienta en nuestras luchas hasta el punto de poder nosotros alentar a los demás en cualquier lucha, repartiendo con ellos el ánimo   que nosotros recibimos de Dios”. (2Co 1,4). Por esta razón esencial deberíamos en nuestra vida cristiana y más aún en este nuevo adviento prohibirnos en nuestros encuentros, convivencias, reuniones familiares y laborales desprender ese tufo del descontento o del desaliento, y para que esto sea así, deberíamos estar prevenidos frente a nuestros pensamientos o sentimientos negativos que desembocan en la desconfianza, fomentando los positivos con el propósito firme de transmitirlos a los demás, Es el mejor servicio que podemos hacer.

            Ya que como lo han subrayado los Padres sinodales, sigue hoy diciendo el Papa: “El hombre no puede vivir sin esperanza; su vida, condenada a la insignificancia, se convertirá en insoportable”. Frecuentemente, quien tiene necesidad de esperanza piensa en poder saciarla con realidades efímeras y frágiles. De este modo la esperanza, reducida sólo a lo intramundano cerrado a la trascendencia, se contenta, por ejemplo, con el paraíso prometido la ciencia, la técnica, la tecnología, las redes sociales, con las diversas formas de mesianismos, con la finalidad de tipo hedonista, lograda a través del consumismo o aquella ilusoria y artificial que ofrece el mundo, hasta con ciertas modalidades de milenarismos, con el atractivo de las filosofías orientales, con la búsqueda de las nuevas formas esotéricas de espiritualidad o con las nuevas corrientes de la New Age.

            Que este nuevo adviento, nuestra espera de renacer en Cristo, nos active a ser lo que Cristo el SEÑOR quiere que lleguemos hacer, y por tanto a buscar siempre caminos nuevos de felicidad, venciendo el pesimismo por estar proyectados hacia la esperanza de Dios, que no defrauda….

            Que María, bajo la advocación de nuestra Señora de Coromoto, patrona de nuestra patria, nos acompañe en este tiempo de adviento para que desde su mirada aprendamos a ver el mundo, nuestra  vida y su realidad con ternura y esperanza, que Ella nos enseñe a descubrir, adorar y adherirnos a la persona de Cristo en el rostro del hermano. ¡María Madre de la esperanza, camina en este nuevo adviento con nosotros!

jueves, 22 de noviembre de 2012








CRISTO REY:

UN REINADO QUE SE ALCANZA POR LA BONDAD REDENTORA

Pbro: Ángel Yván Rodríguez Pineda






“Nos ha trasladado al Reino de su Hijo querido”. ( Col. 1,13 ). San Pablo nos descubre con extraordinaria claridad teológica la Persona del Rey mesiánico, la naturaleza de su reino. Un reino mesiánico rico y noble. Un reino de libertad, de gracia. Un Reino al cual nos traslada Dios desde nuestro bautismo. Un Reino que consiste en “ser  en Cristo”. Un Reino que se alcanza por la bondad paternal, redentora de Dios hacia los hombres. Un Reino que se alcanza por la Redención.
            Antes en la época del pecado, estábamos en las tinieblas. Ahí estábamos sujetos, encadenados al pecado. Sujetos a la muerte, estábamos bajo el poderío del mal. Y es el acto liberador de Dios quien rompe con esta esclavitud. Por su Amor, Dios, nos ha trasladado al Reino de su Hijo querido. El ha roto nuestras cadenas. Nos ha arrancado del imperio del mal y nos ha introducido en el mundo nuevo de su Hijo bienaventurado. Un mundo de amor, alegría, de gracia y luz, de vida.
            Cristo es la cabeza del Cuerpo: de la Iglesia, San Pablo nos presenta el primado señorial de Cristo. En un himno de gran hondura teológica. Cristo es el Rey de la creación. Cristo,  también, el Rey de la nueva creación. Es el primogénito, no en el orden temporal. Lo es en el orden de la causalidad, lo es en el orden sobrenatural. Cristo es modelo de la nueva creación. Prototipo. Cristo es la cabeza de la Iglesia. Si Cristo es el centro del misterio de la creación, es también el centro del misterio de la Iglesia. El cuerpo es la Iglesia, Cristo es su cabeza. Entre la cabeza y el cuerpo,  debe darse una necesaria unión. Es una relación indisoluble, De Cristo, “todo todo el cuerpo recibe unidad, cohesión” (Ef, 4,16). Cristo sustenta al cuerpo con los sacramentos, especialmente con el bautismo, la eucaristía. Jesucristo, cabeza de la Iglesia, fue resucitado por Dios de entre los muertos. También ha de llegar el día en  que los miembros de su cuerpo, los creyentes, serán resucitados de entre los muertos. Pero en verdad ya han sido “resucitados” en su bautismo porque han recibido en el mismo bautismo la vida divina de Cristo resucitado.
            En Él reside la plenitud: Cristo es primogénito. Cristo es cabeza. Cristo es plenitud. He aquí una profesión de fe. Apasionada, existencial. Lo esencial de la fe consiste en creer en la primacía de Cristo. No hay nadie que le aventaje en poder, en gloria.  Él está al frente, en el origen de la creación, de la humanidad regenerada. Cristo lo hace todo. Él es el jefe de los fieles que quieren seguirlo participando en la vida de la Iglesia. El señorío de Cristo no es alienante para la creación ni para la humanidad. Cristo ha reconciliado el cuerpo y el alma, la materia, el espíritu, la tierra y el cielo. Esta primacía de Cristo a la que le ha exaltado Dios está, pues, por encima de todas la cosas. En Él, reside la plenitud  de la fuerza de la salvación, de felicidad, de vida de Gracia. La Eucaristía, lugar de la presencia real de Cristo, cuando se celebra, realiza así ya la victoria del espíritu sobre la debilidad del pecado.
Hoy estarás conmigo  en el paraíso: La gran promesa de Jesús, a un hombre que va a morir. La promesa de la vida. La promesa de la felicidad. La promesa del premio consecuencia de la fe y la adhesión. En la cruz, para este ladrón, Jesús le anunciará la Buena Noticia, la Salvación eterna.: “hoy estarás conmigo en el Paraíso”. La esperanza de aquel hombre que murió junto a Jesús, es la esperanza de todas las generaciones hasta el final de los siglos. Junto a la muerte está la entrada a la gloria. Todo cristiano aspira estar con Él. Todos aspiramos a que Jesús nos abra de par en par, las puertas de su Reino. La oración de aquel hombre tiene hoy sentido en nuestros labios, porque reconocemos a Jesús por nuestro Rey.

lunes, 5 de noviembre de 2012






P.Yván Rodríguez Pineda
 
 
 

La modestia, igual que la mansedumbre, es una virtud muy" humilde, una virtud que el mundo desprecia, pero que es muy queri­da por el Corazón de Jesús. Sin ella, el alma sigue siendo imperfecta, por muy grandes que sean las cosas que haya podido empren­der por la gloria de Dios.

La modestia que nos propone san Pablo, la modestia tal y como se encuentra realiza­da en el alma cristiana totalmente entrega­da a la acción de los dones del Espíritu San­to, y de manera particular a los dones de Ciencia y de Consejo, es una disposición so­brenatural del alma que la inclina a tener en todo la justa medida, y así la defiende de caer en los excesos contrarios.

Somos muy dados a los excesos. Esto es consecuencia, o mejor, es manifestación de ese desequilibrio interior que el pecado ori­ginal produjo en nosotros.

¿Qué vemos en el mundo?... Violentos y débiles, avaros y pródigos, taciturnos y ha­bladores, tímidos y presuntuosos, personas deprimidas por la tristeza y otras exuberan­tes hasta el exceso, agitados e indolentes, apasionados y apáticos, gentes que nos atropellan  con su precipitación y otros que nos exasperan con su lentitud, lujuria desenfrenada y un puritanismo equivocado.

Así, vamos de un exceso al otro, y el que quiere corregirse de un defecto cae con fre­cuencia en el defecto opuesto; así de difícil es estar en el justo medio, que constituye a la virtud en su perfecto desarrollo.

Precisamente el papel de la modestia de la que aquí hablamos es enseñarnos a estar en el justo medio, en la justa medida de to­do, como lo haría nuestro Señor mismo o la Santísima Virgen María, si estuvieran en nuestro lugar. Por eso es como la virtud de las demás virtudes, es su perfección, es lo que las hace perfectas en su orden. Y por eso mismo no se encuentra plenamente de­sarrollada más que en las almas perfectas.

Veamos cómo debe ejercer su influjo en todos los ámbitos de nuestra actividad inte­rior y externa.

La modestia, fruto en nosotros de los do­nes del Espíritu Santo, nos inclinará muy en primer lugar a apreciar como conviene, es decir, sin minimizarlos y sin exagerarlos, los talentos, naturales y sobrenaturales, que Dios ha tenido a bien confiarnos en interés de su gloria y para el bien de la Iglesia; y a usar de ellos solamente con esa doble finalidad y en la medida en que la Providencia divina quiera servirse de noso­tros. El Todopoderoso no tiene necesidad de nuestra colaboración y, cualquiera que sea la obra a la que se digne asociarnos y el pa­pel que desee que cumplamos en el mundo, debemos recordar que solamente «somos servidores inútiles» (Lc.17,10)

La modestia moderará también nuestro deseo de conocer, de curiosidad. En efecto, hay una curiosidad buena, pero también hay una curiosidad inútil y una curiosidad indis­creta, peligrosa y hasta con frecuencia fatal para la vida del alma y nuestro desarrollo social.

Hemos de saber prohibirnos toda ociosidad inútil. Reza el dicho popular que el ocio, es la madre de todos los vicios y desenfrenos. No saber considerar  importante la justa medida de nuestras acciones, es manifestación de nuestro desorden interior.

Seamos modestos también en nuestros juicios. Desconfiemos de esa manía de juz­garlo todo, de criticarlo todo, que es causa de tantos disgustos en la vida de relación con los demás. Debemos guardarnos de eri­girirnos en jueces de nuestros hermanos. «No juzguéis y no seréis juzgados», nos dice Jesús. No juzguemos a nadie, ni para bien ni para mal, a menos que tengamos que hacerlo por obligación de nuestro cargo; y aun en ese caso debemos hacerlo con temor y tem­blor, desconfiando de nuestra manera de ver, que puede no ser la de Dios.

Y para no juzgar indebidamente, no con­sintamos que nuestro espíritu se ponga a ra­zonar sin consideración sobre la conducta de nuestro prójimo. Mucho más sencillo y mucho más so­brenatural es no ver en todos los que nos ro­dean sino instrumentos de la misericordia divina para con nosotros. Entonces, aunque esos instrumentos fueran deficientes ante Dios, seguirían siendo instrumentos de sus designios de misericordia.

Esta es la humildad de espíritu, la verda­dera y profunda humildad que hace que la obediencia sea tan fácil, incluso ante los no creyentes; cuánto más, pues, ante quienes, a pe­sar de sus imperfecciones, en nada ponen tanta solicitud cordial como en que el Reino de Dios venga a nuestras y se encarne en nuestras vidas.

Como consecuencia de la tendencia a la soberbia, que es efecto en nosotros del peca­do original, todos sentimos la tentación, co­mo les pasó a los Apóstoles antes de la Pa­sión del Salvador, de procurarnos los pri­meros sitios y lo que brilla más a los ojos de los hombres. En esto también el papel de la modestia es moderar en nosotros este deseo de grandezas según el mundo, o más bien hacer que las despreciemos como hizo Cris­to, nuestro modelo, para estar apegados sólo a lo que es del agrado del Padre.

¡Qué importa estar aquí o allí, cumplir tal función o tal otra! Ni siquiera ambicio­nemos un mejor puesto en el cielo. Que nues­tro único deseo sea hacer en todo instante la voluntad de Dios y glorificarlo, ahora y en la eternidad, de la manera que a Él le parezca bien.

 Lo que debemos querer es lo que Dios quiere, como El lo quiere y porque El lo quiere.

La modestia, fruto del Espíritu Santo en nuestras vidas, nos inclinará también a confor­mar en todo los afectos de nuestro corazón con los afectos del Corazón de Jesús, y a mo­derar con este fin nuestra sensibilidad y nuestra imaginación.

Las fuerzas de un corazón ávido de amar se desperdician enormemente en afectos desordenados y en amistades frívolas, cuando podría amar grande y santamente con ese amor puro y desinteresado que abrasa al Corazón de Jesús .De esta manera regula la modestia todos los movimientos de nuestra alma.

Pero su acción no queda en eso. Se ex­tiende a toda actividad exterior, a los ojos, a la lengua, a los oídos, a la manera de andar y a los gestos, a la forma de tratar a las perso­nas y a las cosas, al alimento y al descanso, al vestido y al arreglo personal, al juego y a las diversiones; modera toda esa actividad exterior y previene al alma que la posee de todo exceso en uno y otro sentido, de manera que ésta se comporta en todas circunstan­cias no sólo como exige la recta razón, sino como no lo exige radicalmente el Evangelio.

Es evidente que tal perfección, que admi­ramos en los santos, supera las fuerzas de la naturaleza humana abandonada a sí misma y requiere una asistencia continua del Espí­ritu Santo. Por eso, el único modo de conse­guirla es abandonarnos a la acción del Espíri­tu divino; y para eso hacerse cada vez más pequeño. Reconociendo humildemente la propia pequeñez y miseria es como se com­bate a la soberbia y nos disponemos a la ac­ción del Espíritu Santo.

jueves, 18 de octubre de 2012




EL AÑO DE LA FE:
UNA OCASIÓN DE NUEVAS GRACIAS PARA EL CRISTIANO

Pbro. Angel  Yván Rodríguez Pineda





            “La puerta de la fe”, (Heb.14,27), que introduce en la vida de Comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia, está siempre abierta para nosotros.
            Con estas palabras iniciales la Carta Apostólica Porta Fidei, el Papa Benedicto VXI da inicio al Año de la Fe, haciendo al mismo tiempo conmemoración de los 50 años de la inauguración del Concilio Vaticano II, así como los 20 años de la promulgación del Catecismo de la Iglesia católica.
            El año de la fe nos propone: “la exigencia de redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo”(P.F. # 2).
            Vivir el año de la fe nos coloca como desafío espiritual y crecimiento comunitario el procurar una renovada conversión personal permanente al Señor Jesús y el redescubrimiento de nuestra fe viva y comprometida, de modo que todos los miembros de la Iglesia seamos para el mundo actual testigos gozosos, convincentes y esperanzados del Cristo Resucitado.
            Que nuestro compromiso apostólico sea cada vez más creíble, que nuestra conversión sea más auténtica, siendo  más capaces de señalar con nuestro testimonio la puerta de la fe a tantos que están en la búsqueda de la Verdad.
            Hoy el hombre de nuestro mundo lleva dentro de sí una sed del infinito, una nostalgia de la eternidad, una búsqueda de la belleza, un deseo de amor, una necesidad de luz y de verdad, que lo empujan hacia el Absoluto, el hombre lleva dentro el deseo de Dios. Y el hombre sabe,  de algún modo, que puede dirigirse a Dios, que puede rezarle. Sólo en el Dios que se revela encuentra plena realización la búsqueda del hombre. Y aunque el hombre se olvide de su Creador, el Dios vivo y verdadero no deja de llamar al hombre al misterioso encuentro con la oración.
            Que este año de la fe sea una autentica experiencia humana y espiritual mediante el cual nos ocupemos de reavivar nuestra fe como respuesta siempre atenta y convencida a la Palabra de Dios. Una fe que no se desanima, sino que sabe arriesgarse. Una fe que no se esconde, sino que  atestigua públicamente sus convicciones. Una fe que no pierde coraje frente a las dificultades, sino que se hace fuerte y confía en la presencia del Espíritu. Una fe que no se encierra en el individualismo y en lo fácil, sino que se experimenta en la comunidad. Una fe que no se cansa ni cae en la rutina por el pasar de los años, sino que se renueva con entusiasmó y se expone por la calles del mundo para sostener los nuevos evangelizadores.
            Si nuestra fe no se renueva y fortalece, convirtiéndose en una convicción profunda y en una fuerza real de gracias al encuentro personal con Jesucristo, todas las demás reformas y cambio de estructuras serán ineficaces.
            

martes, 9 de octubre de 2012






CONFORMIDAD CON LA VOLUNTAD DE DIOS
Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda



            La perfecta conformidad con la voluntad de Dios es uno de los principales medios de la santificación personal y comunitaria.  Para lograr, en el avance espiritual, el debido discernimiento de la voluntad de Dios debe existir en el cristiano el ejercicio de las virtudes tales como la diligencia, la constancia y la perseverancia absoluta en los propósitos establecidos. La mayor perfección espiritual, siempre será proporcional al esfuerzo ejercitado en la vida humana y espiritual.
            Alcanzar la conformidad humana con la voluntad de Dios es una acción amorosa, entera y entrañable sumisión a los designios que Dios permite, evita hacia el hombre, el mundo, el ambiente natural, nuestros deseos o aspiraciones.  Dicha conformidad no siempre es cómoda o comprensible, en algunas ocasiones es dolorosa, cruel o incomprensible; diatriba ésta que nos exige un abandono total en el discernimiento oportuno que nos propicia el Espíritu mismo de Dios. Discernir es decantar, captar y asumir el paso de Dios en cada acontecimiento; de no ser así, sería solo el ímpetu humano el que marca el rumbo de nuestros acontecimientos.
            Para poder comprender nuestra conformidad humana con la voluntad de Dios, debemos tener presente algunos principios que teológicamente nos pueden ayudar en el crecimiento espiritual. Mencionando algunos podemos citar:
ü  La voluntad de Dios es absoluta, es decir cuando Dios quiere algo sin ninguna condición la realiza por si misma y, cuando es bajo alguna condición, requiere que dicha condición sea acompañada con la oración, el sacrificio y la penitencia,
ü  La voluntad de Dios es ascendente: es cuando Dios quiere que alguna cosa, situación o circunstancia absolutamente considerada, se lleve a cabo bajo las determinaciones propicias que manifiesten su poder.
ü  La voluntad de signo y beneplácito,  es acto interno de la voluntad de Dios, aún no manifestado ni dado a conocer en el momento actual. De ella depende el porvenir todavía incierto para nosotros: sucesos futuros, alegrías y pruebas de breve o larga duración, hora y circunstancias de nuestra muerte. Es así como la voluntad significada en el ser humano constituye el dominio de la obediencia, y la voluntad de beneplácito pertenece al abandono en las manos de Dios.
Los principios descritos, nos iluminan a precisar que el deseo de Dios siempre estará signado por la procura del bien, correspondiéndole al ser humano saber discernir su disposición de captación y aceptación del mismo bajo la capacidad de abandono y acto generoso de amor. En pocas palabras, Dios siempre quiere positivamente lo que hace por si mismo, porque siempre se refiere al bien y siempre está ordenado a su mayor gloria. Por otra parte, Dios nunca quiere positivamente el mal, Dios nunca quiere el mal. Pero su infinita sabiduría sabe sobrevenir en mayor bien el mismo mal que procede del hombre. El mayor mal y el desorden del hombre exaltan la justicia divina de Dios y el cumplimiento de su deseo que es el bien. La justicia divina de Dios recae sobre el reincidente, el soberbio y el que en si mismo cree tener en sus manos los designios de su porvenir y el de la humanidad. ¡Qué mirada tan corta y miope la de aquel hombre que no teme al poder de Dios! Todo el que no teme a Dios, y permanece en su reincidencia y soberbia, no ha logrado discernir la incidencia humana, social o familiar de su depravado e insolente falta ante el poder de Dios.
            El cristiano que desea crecer y avanzar en su crecimiento humano y espiritual en conformidad a la voluntad de Dios, ha de estar diligentemente dispuesto a practicar el abandono en Dios y virtuosamente cumplir los preceptos de Dios, lo cuales le conducirán a la fidelidad de una vida de Gracia.
            Recordando los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola, sería oportuno en nuestros momentos de turbación ante la voluntad de Dios, hacer vida lo que él denominó “la santa indiferencia”, lo cual consiste en no dejarse turbar la quietud del alma por las cosas, las circunstancias o lo momentos de la vida, evitando así los extravíos de nuestros fines e ideales ante el desarrollo de la vida humana y la plenitud de la Gracia. No olvidemos que la santa indiferencia no significa quietismo, adaptación o dejar pasar de largo las cosas. Sino que recuperada la capacidad de discernimiento de lo acontecido, podemos mantener un discernimiento claro, justo y balanceado el por qué y el para qué todo sucede bajo la acción del Dios providente.