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miércoles, 13 de junio de 2018


EL DESCONTROL HUMANO DE LA IRA

Pbro. Ángel Yvan Rodríguez Pineda




La ira, es el enfado, el enojo, el disgusto, la cólera, todos sentimientos de indignación violentos, es la furia contra algo o alguien, es la peor de las molestias, es el trastorno del enojo.
La ira, no solo produce molestias y heridas a quien la recibe, también mucha pena y es alimento del rencor, por tanto es un estado vergonzoso del hombre, esto es la ira, es una pasión indigna.
¿Es posible no sentir ira?, ¿es posible no enojarse?, tal vez no, ya que esta es una emoción de la naturaleza del hombre, pero no tener control sobre la ira, es algo no solo peligroso, es malo, porque este descontrol da lugar al pecado, a la destrucción de las relaciones entre los hombres, la ira descontrolada da origen a la agresión física y verbal, la ira atenta contra el respeto a nuestro prójimo y contra nosotros mismos.
La ira siempre está acompañada de un lenguaje ofensivo e hiriente, y esta puede producir sentimientos de venganzas, por tanto bajo el estado de cólera puedes ser presa fácil del demonio.
La ira es un sentimiento del hombre, que depende del temperamento de la persona y en muchos caso de los patrones de conducta aprendidos en el seno familiar, está muy influenciado por las experiencias de injusticia, es herencia de asuntos dolorosos nunca resueltos, que llevan implícitas situaciones de pesar y sus consecuencias es la incapacidad de perdonar al prójimo, de perdonarnos a nosotros mismos, es así como produce incapacidad de aceptar la voluntad de Dios.
La falta de tranquilidad en el corazón de los hombres, la impaciencia, el descontrol sobre sí mismo, la negativa a aceptar el punto de vista de los demás, alimenta la ira, por tanto es necesario tener conciencia que cada persona tiene derecho a tener diferentes opiniones, y no dejarse llevar por la ira, especialmente si nuestras opiniones no son consideradas.
La ira atenta contra nuestro prójimo, y si decimos que tenemos que respetar a nuestro prójimo, entonces recordemos que los más cercanos están en nuestra propia familia con quien convivimos y ellos no pueden ser consecuencia de nuestra ira, pero tenemos un prójimo aún mas intimo, y ese habita en nuestro corazón y ese es Jesús, y no podemos descargar nuestra ira sobre nuestro propio cuerpo. Es así como reconozcamos con humildad al Señor que tenemos sentimientos de ira, y solicitemos su ayuda para controlarla, pero no para reprimirla y amargarnos porque no podemos desahogarnos, sino para apartarla o liberarla de forma tal que no les provoquemos daño a otras personas.
No confundamos el control sobre este mal sentimiento con reprimir, porque podríamos acumular resentimientos y esto nos va a impedir que tengamos paz interior, es así como en esta situación, pidamos un buen consejo, acudamos a quien nos pueda ayudar a la paz espiritual, y no dejemos de acudir a nuestro Señor, con humildad y disposición, él  nos comprenderá y nos dará la fuerza que necesitamos para ganarle a esta negativa emoción.
La Ira es uno de los siete pecados capitales. Los vicios pueden ser catalogados según las virtudes a que se oponen, o también pueden ser comprendidos en los pecados capitales que la experiencia cristiana ha distinguido siguiendo a S. Juan Casiano y a S. Gregorio Magno (mor. 31,45). Son llamados capitales porque generan otros pecados, otros vicios. Entre ellos soberbia, avaricia, envidia, ira, lujuria, gula, pereza. (CC 1866)
De acuerdo a Santo Tomás (II-II:153:4) “un vicio capital es aquel que tiene un fin excesivamente deseable de manera tal que en su deseo, un hombre comete muchos pecados todos los cuales se dice son originados en aquel vicio como su fuente principal”. Entonces, no es la gravedad del vicio en sí mismo que lo torna en capital sino el hecho que da origen a muchos otros pecados. Estos son enumerados por Santo Tomás (I-II:84:4) como vanagloria (orgullo), avaricia, glotonería, lujuria, pereza, envidia, ira. "El necio da rienda suelta a toda su ira, más el sabio al fin la sosiega" (Proverbios 29:11).
Cuando alguien recibe ofensa o insultos muy graves contra la honra o dignidad, se enfrenta a una situación difícil de controlarse. Lo peor es que si no ha dado una respuesta, pierde la tranquilidad hasta el desagravio.
La Ira, provoca una pasión destructora y es la causante de grandes tragedias. En efecto, son irreparables los males que ha provocado un instante de descontrol y cólera.
Son muchas las familias, amigos, vecinos y compañeros de trabajo, que no han sabido controlar la pasión de la ira y hoy se sienten como verdaderos enemigos.
También son mucho los graves errores que se ha cometido en el mundo, motivado por los impulsos de cólera. Muchos llantos y lágrimas han sido provocados por arrebatos incontrolados. Es así, como la ira tiene una gran fuerza destructora.
Nosotros mismo, sabemos en conciencia, como hemos sido arrastrados por el impulso de la cólera, la rabia o la ira. Y luego también hemos sentido en nuestro corazón indignación por no haber sabido dominar esta pasión. Peor no hemos sentido cuando sabiendo lo mala que es, volvemos a ser dominado por ella.
La ira, no solo nos produce enemistarnos con los demás, también nos produce grandes males a nosotros mismo. El pesar de haber experimentado pasiones de ira, no solo nos produce vergüenza, también dolor.
A todos nos sucede, que al observar a dos personas dominada por la pasión de la ira y enceguecida por los arrebatos, nos decimos que incomprensible una obcecación así. Sin embargo, no siempre somos capaces de ayudar a quien la razón no le deja pensar en la torpeza que está cometiendo.

martes, 1 de noviembre de 2016


Sentido de la pascual semanal.

“Sin Domingo no podemos Vivir”

Pbro. Ángel Yvan Rodríguez Pineda



INTRODUCCION:
Los ADVENTISTA DEL SEPTIMO DIA acusan abiertamente a la Iglesia Católica de haber sustituido la ley de Dios, cuando en el año 321 el emperador Constantino, cambió el día de descanso del sábado por el domingo.
II. EL DIA SABADO EN EL PUEBLO JUDIO
El tercer mandamiento del decálogo dice: “Guardarás el día del sábado para santificarlo” (Deuteronomio 5,12), ya que ese día fue creado el hombre (Éxodo 20,11), y porque Dios confía el sábado como signo de la alianza a favor de su pueblo Israel, cuando fue sacado de la esclavitud en Egipto (Deuteronomio 5,15). El sábado o sabbat (Descanso) era el día consagrado a Yahvé. En el pensamiento hebreo tiene una connotación de “júbilo”, “paz” y “luz”. El sabbat empieza cuando desaparece la última luz del viernes, y dura hasta la puesta del sol del sábado. Se celebra mediante reuniones familiares y una cena especial, con la bendición de la comida y del vino; los judíos cumplidores de la ley mosaica acuden a la sinagoga para la oración y para la lectura de la Torá (Antiguo Testamento).
III.    JESUS Y EL DIA SABADO
En las Escrituras se relatan que Jesús asiste a la sinagoga el día sábado para predicar la “Buena Nueva” (Marcos 1,21; Lucas 4,16), pero con su propia autoridad de Hijo de Dios, le da la auténtica interpretación de este decálogo: “El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado” (Marcos 2,27), “El Hijo del hombre es Señor del sábado” (Marcos 2,28); además realiza varios milagros ese día a pesar de las críticas de los fariseos (Marcos 3,1-6; Lucas 13,10-17; 14,1-6; Juan 5,8-10; 9,13-16). Por esta razón, fue acusado de “quebrantar el día de reposo” (Juan 5,18). 
Cuando El mismo describe los mandamientos al joven rico, los resume de esta manera: “Y Jesús le dijo: -No mates, no cometas adulterio, no robes, no digas mentiras en perjuicio de nadie, honra a tu padre y a tu madre, y ama a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 19, 18-19). Igualmente, el Salvador del mundo al  hablar sobre el día del “juicio final”, antepone las obras de caridad a la observancia del  sábado, y de cualquier otro mandamiento (Mateo 25,31-40). “Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros” (Juan 13,34). 


IV.      LA PLENITUD DEL DOMINGO
Jesús resucita de entre los muertos “el primer día de la semana” (Mateo 28,1; Marcos 16,2; Lucas 24,1; Juan 20,1), las apariciones del Señor resucitado ocurren también en este día (Juan 20,19), incluyendo a los dos discípulos de Emaús, que reconocieron que estaban frente al Señor al “partir el pan” (Lucas 24,13-31). “El primer día de la semana”, significa entonces la nueva creación del hombre, la libertad del poder del mal y de los demonios. Para los cristianos vino a ser el primero de todos los días, la primera de todas las fiestas, el “domingo”. La palabra domingo viene del latín “Dominucus” que significa “lo que pertenece al Señor” (Dominus), es entonces el “Día del Señor” (Dies Domini).
V.         EL DIA DOMINGO EN LA IGLESIA CATOLICA
Ya en tiempo de los apóstoles la comunidad cristiana se empezó a reunir ese día para la celebración de la Eucaristía (Acción de Gracias): “El primer día de la semana nos reunimos para partir el pan” (Hechos 20,7). También se aprovechaba para recoger la limosna para los pobres de Jerusalén: “Cada primer día de la semana, cada uno de ustedes debe apartar algo, según lo que haya ganado…para que lleven a los hermanos de allá la colecta hecha por ustedes” (1 Corintios 16, 1-3).
En los primeros siglos de la existencia de la  Iglesia Católica, también se recalca la importancia del día domingo, mucho antes del año 321, con el emperador Constantino:
-      El libro de la Didajé o “Doctrina de los Apóstoles”, escrito entre los años 90 y 99, dice en el capítulo 14: “Reunidos el día del Señor, tened la Fracción del Pan y la Acción de gracias…”
-      San Ignacio de Antioquia, mártir en el año 107, en su carta a los Magnesianos, aclara: “Los que vivían según el orden de cosas antiguo han pasado a la nueva esperanza, no observan ya el sábado, sino el día del Señor, en el que nuestra vida es bendecida por El y por su muerte”.
-      San Justino mártir, en su primera Apología, dirigida al emperador Antonio Pío, hacia el año 150, relata así la reunión de los cristianos:”Nos reunimos todos el día del sol porque es el primer día (después del sábado judío, pero también el primer día), en que Dios, sacando la materia de las tinieblas, creó al mundo; ese mismo día, Jesucristo nuestro Salvador resucitó de entre los muertos”.
-      Dionisio de Corinto escribió en el año 170:”Hoy observamos el día santo del Señor en que leemos sus cartas”.
-      Victoriano en el año 300, dijo: “En el día del Señor acudimos a tomar nuestro pan dando gracias, para que no se crea que observamos el sábado con los judíos, lo cual Cristo mismo, el Señor del sábado abolió en su cuerpo”.
-      En el reinado del emperador romano Diocleciano, en el año 304, había prohibido a los católicos “so pena de muerte, poseer las Escrituras, reunirse el domingo para celebrar la Eucaristía y construir lugares para sus asambleas”. En Abitene, pequeña localidad en lo que hoy es Túnez, en un día domingo se sorprendió a 49 feligreses celebrando la Eucaristía, fueron llevados a Cartago para ser interrogados por el procónsul Anulino. En particular, fue significativa la respuesta que ofreció Emérito al procónsul, tras preguntarle por qué habían violado la orden del emperador. Le dijo: “Sine dominico non possumus” (Sin el domingo no podemos vivir). Después de atroces torturas, los 49 mártires fueron ajusticiados.

-      El documento apócrifo “La Carta del Domingo”, redactado entre los siglos V o VI, subraya el carácter santo del domingo como exclusividad de los católicos: “El domingo es el día del Señor, porque en él resucitó Cristo de entre los muertos, y en él tuvo lugar la anunciación a María y el bautismo en el Jordán; en él tendrá lugar asimismo el juicio final. También es el día en que Dios creó el universo y en que la Trinidad se apareció a Abraham en figura de los tres ángeles”.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

LOS CONFLICTOS…
8 PISTAS PARA AFRONTARLOS Y SUPERARLOS
Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda



 Si definimos el término desde un punto de vista simple, podemos decir que un conflicto es una situación en la que dos o más personas no están de acuerdo con el modo de actuar de un individuo o un grupo.
 Para que esta situación exista es necesario que exista un desacuerdo que no se haya sabido resolverse. Por ejemplo: Si de una pareja una de las partes desea ir a un lugar de vacaciones y la otra a un lugar diferente hay desacuerdo, si acceden a dialogar y resolver el problema de común acuerdo, entonces el conflicto no se produce, lo contrario, si ninguno da el brazo a torcer, sí.
            El resultado de una situación de conflicto crea en la persona una división interna y hasta cierta amargura existencial…Es necesario concientizar que los conflictos existen para superarlos y sacar alguna enseñanza de vida.
            Algunos consejos para afrontar los conflictos pueden ser los siguientes:
ü  Conservar la calma en todo momento: Ejercitar la virtud de la paciencia, nos hará siempre saber no poner más presión sobre la situación en conflicto y sobre nosotros mismos. Debemos pensar que esto también va a pasar…Procurar la serenidad de alma y cuerpo, ante cualquier desenlace que pueda suceder.
ü  Confiemos que tenemos la capacidad para superar los conflictos: Nos puede ayudar siempre recrearnos en las experiencias positivas y reconfortantes que hemos vivido en ocasiones anteriores. Pensar cómo pudimos logar salir de las situaciones, potenciando así la confianza personal.
ü  Saber afrontar nuestros miedos: Muchas veces por temor nos quedamos paralizados, dejando que las cosas avancen y se agraven sin que decidamos hacer algo para evitarlo... Es oportuno analizar los posibles escenarios que pueden acontecer y buscar algunas maneras de afrontarlos con optimismo y confianza.
ü  Tiempo para meditar y discernir situaciones: Tomarnos el tiempo de analizar situaciones para que logremos así reunir recursos y estrategias que nos puedan ayudar de forma más eficiente y proactiva..
ü  Cambio de perspectiva: Procurar poner algo de distancia entre uno y las situaciones en conflicto. La distancia nos ubica ante el conflicto, lo podemos analizar desde distintos ángulos, lo cual nos permite encontrar posibles soluciones.
ü  Crear una estrategia: Es necesario planificarnos lo cual permite los niveles de actuación acertada. Debemos plantearnos objetivos a corto, mediano y largo plazo.
ü  Mantener una actitud alentadora: No importa lo difícil que nos parezca lo que pueda estar sucediendo, mantener una actitud esperanzadora nos reconforta el ánimo. Pensar que siempre existe alguna solución nos ayuda.
ü  Confianza en Dios: Hacer vida la asistencia continua de Dios en nuestras vidas nos fortalece nuestra espiritualidad. Tener capacidad de ofrenda y colocar los conflictos en la presencia de Dios a través de nuestra oración, sacramentos. Dios nunca nos probará más allá de nuestras fuerzas.





martes, 24 de mayo de 2016




«Mi problema es empezar a orar»
Pbro. Angel Yvan Rodrofuez P



«No tengo nunca ganas de orar, no me apetece». «Yo quisiera orar, pero no puedo». «Siento una pereza intensa, es un sentimiento de reticencia, casi como de rebeldía”. Cuando pienso que he de orar se me hace una montaña y lo voy posponiendo. Encuentro tiempo para todo, para leer el periódico, para ver la televisión, para trabajar, incluso para el  apostolado, pero orar se me hace cuesta arriba».
En un sentido amplio este problema es común a todo creyente. Hay un componente de lucha por la tensión entre nuestra naturaleza espiritual y el hombre viejo. La oración es uno de los principales campos de batalla en el que se desarrolla la lucha de Romanos 7:19: «El bien que quiero no lo alcanzo, y el mal que no quiero, esto hago». El diablo sabe que la oración es una de las estrategias clave del creyente, su hálito vital. No deben sorprendernos sus esfuerzos ímprobos por boicotear esta actividad.
Hay también causas psicológicas que nos ayudan a entender este problema. Ciertos tipos de temperamento, por ejemplo los extravertidos, tienen una dificultad especial para ponerse a orar porque para ellos la oración supone un cambio total de atmósfera. Han de conseguir un ambiente que no les es natural: el recogimiento interior, una relación íntima, el expresar sentimientos. Todo ello hace que estas personas necesiten estímulos externos adecuados para la oración formal.
Asimismo la personalidad influye a la hora de ponerse a orar. Vemos esta dificultad más acentuada en dos situaciones:
•Personalidades perfeccionistas. El perfeccionista tiene una tendencia natural a posponer las cosas. Quiere hacerlo todo tan bien que le cuesta empezar. Sólo cuando ya no hay más remedio encuentra la tensión psíquica necesaria para iniciar su tarea. Espiritualmente su nivel de auto exigencia es tan alto que, para él, nunca es el momento adecuado para orar. Así lo va retrasando hasta conseguir el marco idóneo para una oración excelente, lo cual obviamente casi nunca llega. Sin embargo, cuando logra estos momentos especiales puede orar largamente e incluso le cuesta terminar!
•Personalidades depresivas. Estas personas tienen notables dificultades con cualquier comienzo. Al depresivo le cuesta empezarlo todo. Desde que se despierta hasta que se acuesta, su vida es un batallar continuo contra los inicios. Son como los coches de motor frío; su problema es arrancar.
A veces la dificultad para iniciar la oración tiene raíces muy profundas. Además de la tendencia a posponer ya descrita, el creyente siente algo más intenso, casi como una rebeldía inexplicable. Es una resistencia para la que no encuentra causa lógica. La persona, por lo demás viva espiritualmente, quiere orar, tiene el deseo. La palabra «profunda» nos ayuda a entender este fenómeno que está arraigado en su biografía. Se trata de una reacción contra el deber, contra cualquier tarea que él sienta como una obligación. Un repaso cuidadoso de su infancia suele mostrar una educación rígida, severa, con obligaciones constantes y niveles de expectativa muy altos por parte de los padres. Luego, en la edad adulta, se produce el efecto contrario. Necesita sentirse libre, sin obligaciones, el extremo opuesto de lo que había vivido de niño. Es lo que Paul Tournier llama «la venganza de la naturaleza». Hay una verdadera alergia a cualquier tipo de obligación. Sólo pensar que «he de..., tengo que hacer algo», ya le produce una reacción negativa. Una forma de aliviar este problema es ayudarle a descubrir la oración como un placer y no tanto como un deber.
En ocasiones la situación se complica todavía más cuando ha habido problemas psicológicos en la relación con el padre. La rebeldía, consciente o inconsciente, contra el padre puede dificultar seriamente la fe en general y la vida de oración en particular. Esto es así porque no podemos desligar del todo los conceptos de Padre celestial y padre terrenal. En la medida en que estos creyentes maduran en su conocimiento de Dios, tales problemas se van aliviando, pero al principio de su vida cristiana pueden encontrar muchos paralelos entre la figura de su padre y la de Dios. Si la rebeldía o la frustración caracterizaron la relación con nuestros padres, será fácil desplazar parte de estos sentimientos hacia Dios. De ahí la necesidad de conocer bien el carácter de Dios mediante el estudio de la Biblia porque nos da una base objetiva y nos evita hacernos un concepto de Dios a nuestra imagen y semejanza. En especial, recomendamos el estudio de la figura de Jesús, quien es la «imagen del Dios invisible», como la mejor manera de evitar proyecciones psicológicas, es decir de mezclar nuestros sentimientos y reacciones hacia nuestros padres y hacia Dios.
Será necesario, por tanto, aclarar conceptos en colaboración con un consejero competente. El resentimiento contra los padres puede bloquear nuestra relación con Dios; por ello debemos eliminar todo vestigio de rencor u odio. Es aquí donde el Evangelio tiene un extraordinario valor terapéutico porque es un mensaje de perdón. Y el perdón es el bálsamo que puede cicatrizar las heridas más profundas. No puedes ser cristiano y seguir odiando a tus padres. Si has sido perdonado por Cristo, debes perdonar tú también, tal como nos enseña la oración modelo, el Padrenuestro. El perdón, la paz y la reconciliación no son sólo lecciones teóricas de la doctrina cristiana, sino ingredientes imprescindibles en nuestra conducta como discípulos.
Incidentalmente podemos decir que ahí radica una explicación, por lo menos en parte, de algunos casos de ateísmo. Cuanto más visceral y furibundo sea el ateísmo, tantas más posibilidades de que tenga raíces psicológicas, entroncadas en la biografía de la persona. Desde luego, estos condicionantes emocionales no le eximen de responsabilidad en su rechazo de Dios, pero a nosotros nos ayudan a entender su problemática y, por consiguiente, a encontrar puertas de entrada para una evangelización eficaz y personal.
¿Qué recomendaciones prácticas podemos dar para empezar a orar?
En primer lugar, nunca esperes a tener ganas o a encontrar el momento perfecto. De lo contrario, te pasarás semanas o meses sin una sola palabra de oración. La calidad de la oración no depende tanto de nosotros como de los méritos de Cristo. Con esta idea en mente, al planear tu tiempo de oración no te pongas metas altas: empieza por lo poco y lo sencillo. Es mejor orar cinco minutos cada día que una hora cada tres meses. Cuanto más altas sean las metas que te pongas, tantas más posibilidades de fracasar. Para el Señor es más importante «ser fiel en lo poco» (Mt. 25:21) que teorizar sobre grandes proyectos.
En segundo lugar, busca estímulos adecuados que te faciliten el comienzo de la oración. Veamos algunos ejemplos: a la persona depresiva le va a ser muy útil orar acompañado. La soledad es un enemigo de su carácter: «si alguien está conmigo no me cuesta; en la iglesia, en campamentos, puedo orar con mucha más facilidad». Desde luego, ello no siempre será posible, pero con frecuencia la compañía de un hermano puede ser de gran ayuda para ponerse a orar.
Otra sugerencia: intenta escribir tus oraciones.
 Un ejercicio práctico que recomiendo porque a mí mismo me ha hecho mucho bien es el siguiente: anota dos cosas buenas que te hayan ocurrido durante el día; puede ser una conversación, una noticia, un encuentro con alguien, alguna experiencia agradable, cualquier aspecto que tú hayas vivido como una bendición y que te ha hecho bien. Luego, haz lo mismo con dos motivos de preocupación o ansiedad: un problema, una carga, un disgusto etc. Ahora estás en condiciones de ponerte a orar brevemente. Primero, dale gracias a Dios y gózate por las dos bendiciones del día. Después, preséntale tus preocupaciones, descargando sobre él la ansiedad que te causan: «echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros» (1 P. 5:7). Este ejercicio puede durar desde cinco minutos hasta todo el tiempo que tú quieras, es muy flexible. Lo importante es tener una base sobre la cual dirigirse a Dios porque ello te estimula a iniciar la oración. Si lo haces con regularidad, descubrirás que en un año has alabado al Señor por cientos de bendiciones y habrás desarrollado el hábito vital de descansar en el Todopoderoso en multitud de problemas.





miércoles, 5 de febrero de 2014




LA ESPERANZA CRISTIANA:

 UNA VERDAD ENCARNADA

 

 
Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda
 
 
 
 

 

En Filipenses 3:20 leemos: “Nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo”. Nuestra actitud, pues, debería ser una actitud de vigilia y de espera, puesto que el regreso del Señor es tal vez el acontecimiento más cercano de nosotros.

No cabe duda de que este momento se está acercando con rapidez. Todo anuncia el fin próximo del tiempo en que vivimos; no hemos de esperar «señales», estamos esperando “al Salvador, al Señor Jesucristo”.

Muchos cristianos no tienen más que una vaga idea de la venida del Señor, a pesar de que todo el Nuevo Testamento está lleno de este acontecimiento maravilloso. Y muchos de los que lo conocen lo aceptan como doctrina, sin que tenga influencia en su vida, mientras que todas nuestras acciones tendrían que ser iluminadas por la perspectiva del próximo regreso de nuestro Señor y Salvador.

Este versículo de Filipenses nos traza nuestra línea de conducta. Nuestra ciudadanía —también podemos traducir: nuestra morada— está en los cielos. Somos extranjeros aquí abajo, peregrinos en el desierto, no tenemos que buscar morada ahí donde nuestro Salvador ha estado como extranjero sin albergue; vamos a dejar esta tierra y no debemos pensar en establecernos en este mundo.

¿Nos damos verdaderamente cuenta del hecho de que el Señor puede venir de un momento al otro, y de que seremos transformados para ir al encuentro de nuestro amado Salvador? ¿Ejerce la certidumbre de verle pronto alguna influencia en nosotros, durante nuestro peregrinaje? Tenemos que vigilar sobre nuestros corazones, porque fácilmente son desviados de nuestra esperanza, por todas las cosas de este mundo.

En la Palabra, “esperanza” significa: una certidumbre absoluta. En el hablar ordinario, esta misma palabra contiene un elemento de duda, pero en las Escrituras no hay ninguna duda en cuanto al cumplimiento de la esperanza. Todas las promesas de Dios son en Cristo Jesús; “son en él Sí, y en él Amén” (2 Corintios 1:20). En Hebreos 6:18-19, la esperanza es comparada a un ancla. Un ancla no sirve de nada si no está segura y firme. El ancla de nuestra esperanza no está fijada sobre arenas movedizas, sino allí donde se halla nuestro amado Salvador: en el lugar santísimo.

La esperanza que está delante de nosotros debería ejercer influencia en nuestras vidas de tal modo que, al llegar el Señor, nos halle viviendo para Su alabanza y para Su gloria. Acordémonos de la exhortación que nos dice: “Como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir” (1 Pedro 1:15). Dios es santo, y la santidad corresponde a sus hijos; se debería ver en toda nuestra manera de vivir, en todas nuestras acciones y durante toda nuestra vida.

En el Nuevo Testamento, la esperanza de la venida del Señor reviste cinco aspectos muy distintos. Nos es presentada como:

1.una esperanza bienaventurada,

2.una esperanza alentadora,

3.una esperanza purificadora,

4.una esperanza viva,

5.una esperanza afirmante.

 

Una esperanza bienaventurada

Hallamos la esperanza bienaventurada en Tito 2:11-14: “Aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo”. El versículo 11 nos dice que “la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres”, y esta gracia nos enseña la manera en que hemos de vivir. La gracia lleva el alma a Dios, apartando la impiedad; nos hace entrar en la luz de su presencia y nos hace capaces de vivir de acuerdo con esta luz. Somos exhortados a vivir “sobria, justa y piadosamente” en el presente siglo, donde todo nos es contrario y donde todo está bajo el poder del Maligno.

¡Cuán atentos deberíamos estar para realizar lo que Dios espera que hagamos en nuestra nueva vida! Los redimidos son un pueblo que le pertenece: “Jesucristo, quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras”. Seamos celosos, no para gozar del favor de Dios, sino que, habiendo sido introducidos en su favor, para abundar en las buenas obras que han de seguir. Manifestemos ante él nuestro celo, porque le pertenecemos y porque somos su especial tesoro. Entonces seremos un pueblo bendecido, feliz, y podremos hablar de nuestra bienaventurada esperanza.
 
Una esperanza alentadora

En 1 Tesalonicenses 4:13-18, hallamos la esperanza alentadora. Los creyentes en Tesalónica sabían que el Señor tenía que volver (1:9-10), y le estaban esperando. Sin embargo, creían que iba a venir para establecer su reino, y como algunos de los suyos se habían dormido, se entristecían, pensando que aquellos no verían las glorias de su reino.

Por tal motivo, esta maravillosa carta fue escrita para alentarles, explicándoles su esperanza, y mostrándoles que los que durmieron no estarán frustrados en absoluto. Pablo dice: “Si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él”. Los que durmieron volverán con el Señor cuando venga para establecer su reino; sin embargo, ¿de qué manera sucederá esto? El apóstol revela a los tesalonicenses que “el Señor mismo con voz de mando… descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor”; y agrega: “Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras”.

De esta manera el apóstol les demuestra que no hay motivo para entristecerse. El Señor nos traerá cerca de él a nuestra patria celestial, de donde apareceremos con Él cuando tome su reino. Ésta es una esperanza muy alentadora para los que están en duelo: saber que de un momento a otro podremos estar todos reunidos en la presencia de Aquel que nos amó y que se entregó a sí mismo por nosotros.

Una esperanza purificadora

Hallamos la esperanza purificadora en 1 Juan 3:1-3. Tenemos que ser puros, así como Él es puro. ¡Qué medida para nosotros! Teniendo la esperanza de que va a volver ¿cuál debe ser el resultado? El Señor mismo nos es presentado como ejemplo de pureza, a causa de nuestra esperanza. “Todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro”.

Una esperanza viva

Se nos habla de la esperanza viva en 1 Pedro 1:3-5. Y ¿por qué? porque Aquel sobre quien se funda toda nuestra esperanza, después de haber estado en la cruz y en la tumba, es ahora las “primicias de los que durmieron” (1 Corintios 15:20). Está vivo, en la gloria. Nuestra esperanza, pues, no está muerta, sino viva. Quien está sentado en el trono del Padre no es un Señor muerto, sino un Señor vivo que está esperando con paciencia hasta que todos sus redimidos estén alrededor de él, para su alabanza y para su gloria.

Una esperanza afirmante

Y por fin, en Santiago 5:8, la esperanza nos es presentada como afirmándonos: “Tened también vosotros paciencia, y afirmad vuestros corazones; porque la venida del Señor se acerca”. No se dice que “se acerca” de la misma manera que se habla de un acontecimiento que puede tardar, sino que está muy cerca de nosotros. Somos exhortados a ser pacientes. El Señor está esperando con paciencia a la diestra del Padre. “Tened también vosotros paciencia”.

Cuanto más busquemos en las Escrituras lo que toca a la venida del Señor, tanto más estaremos afirmados, sin vacilar. A veces decimos: «¡Qué gozo! el Señor puede venir hoy», y al día siguiente, o la semana siguiente, ya no pensamos en su venida. Nuestros corazones tienen que estar firmes en esta esperanza. “Vengo en breve”, nos dice el Señor (Apocalipsis 22:20). Vamos a oír su voz, la que nos llamará para que dejemos la tierra, y le veremos cara a cara en la morada que ha preparado para nosotros. Que nuestros corazones estén llenos del gozo y de la plenitud de nuestra esperanza, a fin de que estemos sin cesar esperando ver su rostro.

sábado, 25 de enero de 2014





 

EL TESTIMONIO DE VIDA: UN DESAFIO VIGENTE

Pbro. Ángel  Yván Rodríguez P
 
 
 

 

“Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros, como yo los he amado… Y por este amor reconocerán todos que ustedes son mis discípulos” (Jn 13:34-35)

 

            Cristo nos enseña a evangelizar: a invitar a la gente a estar en comunión con él y a crear una cultura del testimonio a través del amor. Una vida cristiana vivida con caridad y fe es la forma más eficaz de evangelizar. La evangelización testimonia el poder transformador de la Palabra de Dios y la misión de la Iglesia para fortalecer la fe en sus miembros, santificar la sociedad, transmitir esta fe a las generaciones futuras y renovarla en los que la han abandonado.

 

            “El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan o, sí escuchan a los que enseñan, es porque dan testimonio… Será, sobre todo mediante su conducta, mediante su vida, como la Iglesia evangelizará al mundo, es decir, mediante un testimonio vivido de fidelidad a Jesucristo, de pobreza y desapego de los bienes materiales, de libertad frente a los poderes del mundo, en una palabra, de santidad” (EN, 41).

 

            Los creyentes se convierten en agentes de evangelización a través del testimonio de vida y de compromiso con el Evangelio. Los momentos cotidianos, vividos con caridad, fe y esperanza cristiana, dan testimonio a los familiares, amigos, vecinos, colegas y otras personas que han dejado de participar activamente en la vida de la Iglesia. Este testimonio es esencial para acercarse a los demás en el mundo moderno de hoy.

 

            El testimonio de los cristianos, cuya vida está llena de la esperanza de Cristo, abre al Señor los corazones y las mentes de los que los rodean. Esta apertura a Cristo es un momento de conversión (metanoia). Es el momento en el que la vida de una persona se reorienta, cuando -por la gracia- entra en relación con a Cristo y, luego, con la comunidad de los creyentes, la Iglesia. El propósito de la nueva evangelización es dar lugar a la fe y  a la conversión a Cristo. La fe implica una trasformación profunda de la mente y el corazón, un cambio radical de vida.

 

            La nueva Evangelización no pretende invitar a la gente a experimentar solo un momento de conversión sino, más bien, a vivir un proceso gradual y permanente de conversión, vale decir: atraer a todos hacia una relación profunda con Dios; que lleguen a participar en la vida sacramental de la Iglesia, a desarrollar una conciencia madura y sostenga su fe mediante la catequesis permanente de la vida, integrándola en los aspectos de la vida personal. El proceso de conversión y evangelización debe incluir siempre el testimonio de la Iglesia a través del vivir cotidiano de sus miembros.

 

            Que los contextos, situaciones y ambientes culturales de hoy sean aprovechados como grandes desafíos para manifestar una cultura del testimonio cristiano, como siempre una invitación permanente a todos nuestros hermanos y hermanas ausentes para su regreso a la mesa del Señor.

 

lunes, 5 de noviembre de 2012






P.Yván Rodríguez Pineda
 
 
 

La modestia, igual que la mansedumbre, es una virtud muy" humilde, una virtud que el mundo desprecia, pero que es muy queri­da por el Corazón de Jesús. Sin ella, el alma sigue siendo imperfecta, por muy grandes que sean las cosas que haya podido empren­der por la gloria de Dios.

La modestia que nos propone san Pablo, la modestia tal y como se encuentra realiza­da en el alma cristiana totalmente entrega­da a la acción de los dones del Espíritu San­to, y de manera particular a los dones de Ciencia y de Consejo, es una disposición so­brenatural del alma que la inclina a tener en todo la justa medida, y así la defiende de caer en los excesos contrarios.

Somos muy dados a los excesos. Esto es consecuencia, o mejor, es manifestación de ese desequilibrio interior que el pecado ori­ginal produjo en nosotros.

¿Qué vemos en el mundo?... Violentos y débiles, avaros y pródigos, taciturnos y ha­bladores, tímidos y presuntuosos, personas deprimidas por la tristeza y otras exuberan­tes hasta el exceso, agitados e indolentes, apasionados y apáticos, gentes que nos atropellan  con su precipitación y otros que nos exasperan con su lentitud, lujuria desenfrenada y un puritanismo equivocado.

Así, vamos de un exceso al otro, y el que quiere corregirse de un defecto cae con fre­cuencia en el defecto opuesto; así de difícil es estar en el justo medio, que constituye a la virtud en su perfecto desarrollo.

Precisamente el papel de la modestia de la que aquí hablamos es enseñarnos a estar en el justo medio, en la justa medida de to­do, como lo haría nuestro Señor mismo o la Santísima Virgen María, si estuvieran en nuestro lugar. Por eso es como la virtud de las demás virtudes, es su perfección, es lo que las hace perfectas en su orden. Y por eso mismo no se encuentra plenamente de­sarrollada más que en las almas perfectas.

Veamos cómo debe ejercer su influjo en todos los ámbitos de nuestra actividad inte­rior y externa.

La modestia, fruto en nosotros de los do­nes del Espíritu Santo, nos inclinará muy en primer lugar a apreciar como conviene, es decir, sin minimizarlos y sin exagerarlos, los talentos, naturales y sobrenaturales, que Dios ha tenido a bien confiarnos en interés de su gloria y para el bien de la Iglesia; y a usar de ellos solamente con esa doble finalidad y en la medida en que la Providencia divina quiera servirse de noso­tros. El Todopoderoso no tiene necesidad de nuestra colaboración y, cualquiera que sea la obra a la que se digne asociarnos y el pa­pel que desee que cumplamos en el mundo, debemos recordar que solamente «somos servidores inútiles» (Lc.17,10)

La modestia moderará también nuestro deseo de conocer, de curiosidad. En efecto, hay una curiosidad buena, pero también hay una curiosidad inútil y una curiosidad indis­creta, peligrosa y hasta con frecuencia fatal para la vida del alma y nuestro desarrollo social.

Hemos de saber prohibirnos toda ociosidad inútil. Reza el dicho popular que el ocio, es la madre de todos los vicios y desenfrenos. No saber considerar  importante la justa medida de nuestras acciones, es manifestación de nuestro desorden interior.

Seamos modestos también en nuestros juicios. Desconfiemos de esa manía de juz­garlo todo, de criticarlo todo, que es causa de tantos disgustos en la vida de relación con los demás. Debemos guardarnos de eri­girirnos en jueces de nuestros hermanos. «No juzguéis y no seréis juzgados», nos dice Jesús. No juzguemos a nadie, ni para bien ni para mal, a menos que tengamos que hacerlo por obligación de nuestro cargo; y aun en ese caso debemos hacerlo con temor y tem­blor, desconfiando de nuestra manera de ver, que puede no ser la de Dios.

Y para no juzgar indebidamente, no con­sintamos que nuestro espíritu se ponga a ra­zonar sin consideración sobre la conducta de nuestro prójimo. Mucho más sencillo y mucho más so­brenatural es no ver en todos los que nos ro­dean sino instrumentos de la misericordia divina para con nosotros. Entonces, aunque esos instrumentos fueran deficientes ante Dios, seguirían siendo instrumentos de sus designios de misericordia.

Esta es la humildad de espíritu, la verda­dera y profunda humildad que hace que la obediencia sea tan fácil, incluso ante los no creyentes; cuánto más, pues, ante quienes, a pe­sar de sus imperfecciones, en nada ponen tanta solicitud cordial como en que el Reino de Dios venga a nuestras y se encarne en nuestras vidas.

Como consecuencia de la tendencia a la soberbia, que es efecto en nosotros del peca­do original, todos sentimos la tentación, co­mo les pasó a los Apóstoles antes de la Pa­sión del Salvador, de procurarnos los pri­meros sitios y lo que brilla más a los ojos de los hombres. En esto también el papel de la modestia es moderar en nosotros este deseo de grandezas según el mundo, o más bien hacer que las despreciemos como hizo Cris­to, nuestro modelo, para estar apegados sólo a lo que es del agrado del Padre.

¡Qué importa estar aquí o allí, cumplir tal función o tal otra! Ni siquiera ambicio­nemos un mejor puesto en el cielo. Que nues­tro único deseo sea hacer en todo instante la voluntad de Dios y glorificarlo, ahora y en la eternidad, de la manera que a Él le parezca bien.

 Lo que debemos querer es lo que Dios quiere, como El lo quiere y porque El lo quiere.

La modestia, fruto del Espíritu Santo en nuestras vidas, nos inclinará también a confor­mar en todo los afectos de nuestro corazón con los afectos del Corazón de Jesús, y a mo­derar con este fin nuestra sensibilidad y nuestra imaginación.

Las fuerzas de un corazón ávido de amar se desperdician enormemente en afectos desordenados y en amistades frívolas, cuando podría amar grande y santamente con ese amor puro y desinteresado que abrasa al Corazón de Jesús .De esta manera regula la modestia todos los movimientos de nuestra alma.

Pero su acción no queda en eso. Se ex­tiende a toda actividad exterior, a los ojos, a la lengua, a los oídos, a la manera de andar y a los gestos, a la forma de tratar a las perso­nas y a las cosas, al alimento y al descanso, al vestido y al arreglo personal, al juego y a las diversiones; modera toda esa actividad exterior y previene al alma que la posee de todo exceso en uno y otro sentido, de manera que ésta se comporta en todas circunstan­cias no sólo como exige la recta razón, sino como no lo exige radicalmente el Evangelio.

Es evidente que tal perfección, que admi­ramos en los santos, supera las fuerzas de la naturaleza humana abandonada a sí misma y requiere una asistencia continua del Espí­ritu Santo. Por eso, el único modo de conse­guirla es abandonarnos a la acción del Espíri­tu divino; y para eso hacerse cada vez más pequeño. Reconociendo humildemente la propia pequeñez y miseria es como se com­bate a la soberbia y nos disponemos a la ac­ción del Espíritu Santo.

viernes, 2 de diciembre de 2011

LA FORMACIÓN DE LA CONCIENCIA DE LOS LAICOS

FORMACIÓN CRISTIANA DE LA CONCIENCIA DE LOS LAICOS
                                                                      



                                                                                                                                                                                           
 Pbro. Ángel Yván  Rodríguez Pineda

En la conciencia del Pueblo de Dios hay que desarrollar, hoy, el sentido de  responsabilidad y una voluntad generosa de contribuir a la formación de los laicos, que sean capaces de realizar una síntesis fecunda entre fe y vida, y, a su vez, capaces para comprometerse en el servicio apostólico de anunciar el Evangelio y transformar a la sociedad. Se hacen, por lo tanto, necesarias unas nuevas estructuras organizacionales, pastorales, catequísticas y especializadas. La Christifideles Laici, si bien afirma la importancia del crecimiento personal en los valores humanos no desarrolla la idea de cultivar una pedagogía espiritual de crecimiento. Tal pedagogía espiritual de crecimiento deberá tener su origen en el Espíritu e inspirarse y realizarse mediante formas asociativas que fomenten el sentido serio y definido de la apuesta del valor formativo de nuestros laicos.

La formación espiritual implica respeto por la persona que se forma y reciprocidad en la formación; teniendo en cuenta que cada persona es distinta frente al formador y; por tanto, éste deberá saber captar con sensibilidad la necesidad y el valor innovador de la formación en el formando.

La acción apostólica, sirve como fuente de verificación y, a su vez, demostración del carácter de profundidad, de la calidad de la formación de nuestro laicado comprometido. Ante el desbordante relativismo moral es urgente, más que nunca, despertar nuevamente la conciencia de una formación integral, permanente y objetiva del laicado.

Junto a estas y a otras muchas deformaciones sociales, ideológicas y hasta políticas, la voz de la Iglesia representada por sus Pontífices, no ha dejado de insistir en la necesidad de la formación permanente. Así lo expresan las propias palabras del Cardenal Ratzinger aquella mañana antes de ser elegido como Papa el 18 de abril del 2005 en la homilía “Pro Eligendo Pontífice:” ¡Cuántos vientos de doctrina hemos conocido durante estos últimos decenios! ¡Cuántas corrientes ideológicas, cuántos modos de pensamientos…! La pequeña barca del pensamiento de muchos cristianos ha sido zarandeada a menudo por estas olas, llevándola de un extremo a otro: del marxismo al liberalismo, hasta el libertinaje; del colectivismo al individualismo social; del ateísmo a un vago misticismo religioso, del agnosticismo al sincretismo, etc. Cada día nacen nuevas sectas y se realiza lo que dice San Pablo sobre el engaño de los hombres, sobre la astucia que tiende a inducir a error (cfr. Ef 4, 14). A quien tiene una fe clara, según el Credo de la Iglesia, a menudo se aplica la etiqueta del fundamentalismo. Mientras que el relativismo, es decir, dejarse llevar a la deriva por cualquier viento de doctrina parece ser la única actitud adecuada en los tiempos actuales. Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida sólo el propio yo y sus antojos. Nosotros, en cambio, tenemos otra medida: El Hijo de Dios, el Hombre Verdadero. Él es la medida del verdadero humanismo. No es “adulta” una fe que sigue las olas de la moda y la última novedad: adulta y madura es una fe profundamente arraigada en la amistad con Cristo. Esta amistad nos abre a todo lo que es bueno y nos da el criterio para discernir entre lo verdadero y lo falso, entre el engaño y la verdad.”

Esta afirmación se fundamenta y sostiene en lo que el Magisterio de la Iglesia, a lo largo del tiempo, nos ha enseñado en sus distintos documentos: Constitución Dogmática Gaudium et Spes, la Declaración Gravissimum Educationis, el Catecismo de la Iglesia Católica, la Carta Encíclica Veritatis Splendor, Documento de Santo Domingo y Documento de Aparecida, entre otros.

Por lo antes expuesto y evidenciado en el contexto vital y la necesidad espiritual de un tipo de hombre postmoderno, se hace apremiante que en la formación de la conciencia cristiana nuestros pastores y nuestro laicado sepan distinguir en qué consiste la espiritualidad laical y la formación espiritual:
·         La primera consiste en buscar un modo de vivir cristianamente en ciertas situaciones del mundo actual y contextualizar ante los desafíos del mundo su vivencia cristiana;
·         La segunda es vivir de acuerdo al modelo de Cristo, el Señor, por el que sea capaz de conocer a Dios y a su plan salvador; adhiriéndose a Él y desde Él transformar el mundo y sus estructuras.

“En la formación de la conciencia, la Palabra de Dios es la luz de nuestro caminar; es preciso que asimilemos en la fe y la oración, y la pongamos en práctica. Es preciso también que examinemos nuestra conciencia atendiendo a la cruz del Señor. Estamos asistidos por los dones del Espíritu Santo, ayudados por el testimonio o los consejos de otros y guiados por la enseñanza autorizada de la Iglesia.” (CI 1785)

El tema de la conciencia ha sido muchas veces estudiado desde la perspectiva bíblica, en cuanto éste refleja las preocupaciones mas inevitables del espíritu humano, consideradas a la luz de la fe de un Dios que ofrece su amistad y su Reinado.

En el Antiguo Testamento la palabra conciencia es expresada con distintos vocablos como son:
ü  Corazón (1Sam 24, 6; 1Sam 26, 10; Jer 17, 1)
ü  Sabiduría (Prov 9, 1; 1Re 11, 28; Sab 8,7)
ü  Espíritu (Ez 36, 26-27)

Estos vocablos también están presentes y ocupan un lugar importante en el Nuevo Testamento; sin embargo, son relevantes, en cuanto a la formación de la conciencia los Escritos Paulinos, en los cuales se menciona de manera mas frecuente el término conciencia.


El término conciencia aparece:
§  Ocho veces en la Primera Carta a los Corintios (1Cor 8, 7; 10, 12; 10, 25-29)
§  Tres veces en la Segunda Carta a los Corintios (2Cor 1, 12; 4, 2; 5, 11)
§  Tres veces en la Carta a los Romanos (Rm 2, 15; 9, 1; 13, 5)
§  Cinco veces en la Carta a los Hebreos (Hb 9, 14; 10, 2-22; 13, 18).

Para San Pablo la conciencia es un juicio moral que es común a todos los hombres (2Cor 4, 2). Es por tanto, que la concepción neo testamentaria ofrece algunos rasgos decisivos para la concepción de lo que es la conciencia cristiana y, específicamente, en cuanto a su formación; así nos lo recuerda San Pablo en el siguiente texto: “Que todos los cristianos –todos los hombres- tienen el deber de formar su conciencia: examinándose a sí mismos (1Cor 11, 28; 2Cor 13, 5; Gal 6, 40) tratando siempre de descubrir la voluntad de Dios (Rm 12, 2; Ef 5, 10) ponderando en cada ocasión qué es lo que se debe hacer (Fil 1, 10). Con la ayuda del Espíritu y la comunidad misma, los cristianos han de esforzarse por una “conciencia” buena e irreprochable (Hch 23, 1; 24, 16)”.

Según la Enseñanza Paulina, el cristiano perfecto es aquel que vive una fe sin convivencia con la herejía y con el engaño. Aquel que vive y actúa con una conciencia buena y perfecta y, además, goza de una fe perfecta; de ahí que la fe es una condición indispensable para una conciencia moralmente bien formada. Conciencia y fe son un don y una realidad que se reflejan mutuamente en el actuar cristiano. El indicativo de la fe orienta el imperativo moral (1Tim 1, 5).

En resumen, podemos sostener que en la concepción bíblica de la conciencia y su formación, ésta adquiere matices vivos y sugerentes. Se encuentra en efecto enraizada en un contexto de religiosidad, de apertura al Dios de la Salvación y de la Gracia, de la coherencia y el compromiso, del testimonio y de la vida; de la vivencia profundamente cristocéntrica de la vida, del diálogo comunitario, de la serena prudencia y discernimiento ante los valores que han de ser realizados en una determinada situación.

Actuar en conciencia y poseer una adecuada formación de la conciencia, hace al hombre libre y al cristiano un reflejo de la verdad misma del hombre y más en concreto, de la verdad del hombre revelada en Cristo; de ahí que la actuación en conciencia sea para el cristiano comprometido inseparable a la vivencia de la fe y de la caridad. Es por esto que es de suma importancia la formación de la conciencia cristiana; lo cual implica en el laico comprometido, la vivencia de lo esencial y fundamentalmente cristiano.

La misión de la Iglesia es la formación de la conciencia de los fieles, de modo que, cada uno, responsablemente se juegue ante Dios su propio destino. Es por tanto, que la formación de la conciencia del cristiano debe alcanzar un triple objetivo:
·         La personalización,
·         Verdad, y,
·         La rectitud.

La personalización: Personalizar la conciencia consiste en que ésta vertebre sobre sí toda la riqueza espiritual del ser cristiano. Si la conciencia es como el “alma”; educar la conciencia significa que ocupe el puesto central que le corresponde. No es un elemento añadido a la educación de la persona, a la espiritualidad o estilo de vida cristiana; sino una síntesis que ha de llevar a cabo con la verificación de su actuar. Ser hombre de una “gran conciencia” es el título con que la sabiduría popular elogia al hombre cabal, con testimonio de vida y testificación crística de lo que vive y cree. Es decir, en el ámbito cristiano corresponde a la santidad. Un hombre santo, es en definitiva el hombre de recta y delicada conciencia.

Verdad: Es la coherencia vital entre el pensar y el obrar. Es la rectitud de la acción y la palabra (Jn 8, 32).

La rectitud: No basta que el hombre asuma responsablemente sus actos, sino que los lleve a cabo con rectitud. La adquisición de una conciencia recta supone la posesión de criterios morales cristianos. Para ello se requiere conocer lo preceptuado y el advenir de los deberes que han  de cumplir en todos los campos y planos de la vida. La rectitud de la conciencia se determina cuando se está dispuesto a cumplir la voluntad de Dios. Para un dirigente cristiano, la adquisición de la conciencia recta es imprescindible el conocimiento teórico de la doctrina moral cristiana.

La formación de los fieles laicos en cuanto a su conciencia tiene como objetivo fundamental el descubrimiento cada vez mas claro de la propia vocación y la disponibilidad siempre mayor para vivirla en el cumplimiento de la propia misión; es decir, en la calidad de la formación se dará el fruto de la misión (ChL 58).

Una de las ideas fundamentales de la espiritualidad cristiana es la dimensión dinámica de la vivencia cristiana: El llamado a la santidad.

La vida cristiana es camino, crecimiento y maduración progresiva, continua y armoniosa. Esta perspectiva encuentra su fundamento en el valor vital del Evangelio, y se manifiesta en la posibilidad concreta de crecer en la comunión y en la fecundidad apostólica.

La persona y la libertad son indispensables en el misterio de la relación cristiana. Somos interpelados en nuestra libre e irrepetible personalidad. La fe que no se personaliza y la vida que no se asume con responsabilidad Evangélica, están marcadas por la fragilidad de lo colectivo, de lo social, de lo ideológico y lo novedoso.

La adhesión a Dios, mediante la fe es siempre personal e insustituible. Nadie puede reemplazar a otros en sus libres adhesiones y en sus procesos de desarrollo. La vocación cristiana, si se asume con plena responsabilidad, se descubre llena de gérmenes vitales que poseen un dinamismo capaz de hacer madurar plenamente la fe y configurarse con Cristo según la voluntad del Padre y bajo la guía del Espíritu Santo.

En esta perspectiva la formación de la conciencia cristiana es un llamado a crecer de un modo integral y sólidamente espiritual, bajo una óptica de personalismo cristiano, de posibilidades novedosas y de fuerza de espíritu –pero a su vez también es posibilidad para superar las debilidades-. Para realizar plenamente el proyecto del laicado maduro e insistir en la tarea de su formación permanente; es necesario que sea una prioridad en la vida de cada cristiano, en los programas de las Iglesias locales y, por ende, en nuestro Movimiento.

Para la adecuada formación de la conciencia del laico cristiano es necesario evitar la improvisación y el marcado carácter espontáneo; reforzando la vitalidad de itinerarios de formación que converjan entre el valor del Evangelio y el compromiso apostólico.

Entre los medios disponibles para acompañar la formación de la conciencia se encuentran:

Ø  La escucha fiel de la Palabra de Dios y del Magisterio Oficial de la Iglesia, con la finalidad de permanecer siempre vinculados a la fuente de la fe y de la vida cristiana.
Ø  La oración filial y constante que, en relación íntima con la Palabra que se escucha, ofrece respuestas personalizadas a Dios, vuelve consciente hacia Él la propia existencia, discierne su voluntad mediante la Gracia del Espíritu Santo, a imitación de Cristo Orante, Maestro y Modelo de oración.
Ø  La dirección espiritual, que es el medio personalizado de confrontación permanente y diálogo con la Iglesia; a través del ministro de la Iglesia autorizado y capacitado como una mediación en la que obra el Espíritu del Señor e impulsa a la edificación del Reino; ayudando a captar concretamente las exigencias de los estados vocacionales.
Ø  El discernimiento espiritual, para entender e invertir generosamente los talentos que se han recibido, al servicio de Dios y su Reino, en las situaciones concretas actuales que requieren una entrega generosa de donación.
Ø  La unidad de vida, en la formación de la conciencia quiere expresar la globalidad y la riqueza de los distintos aspectos de la vida cristiana; descubriendo así el eje central de su vida y su compromiso. El laico formado demostrará que su dimensión humana, espiritual, familiar y profesional, ha logrado la unidad de vida en cuanto es reflejo encarnado de una vida interior serena y pacífica, la armonía teórica y práctica entre fe, vida y cultura; y la unión sin dualismos de lo humano y lo divino.
Ø  El testimonio y la coherencia, puede ayudar a descubrir la profundidad de la conciencia moral, como experiencia del Dios que resuena en lo hondo del alma, como un Dios al mismo tiempo tremendo y fascinante. Así como dice la expresión Paulina: “es la evidencia de la autenticidad, de la conversión y la verdad de lo que se vive.” 
Ø  La sinceridad, es el “conócete a ti mismo” de los griegos que tiene perenne actualidad, no es fácil conocer las auténticas razones que motivan la acción del hombre. De aquí que una actitud que deje en evidencia motivos ocultos, confesables o no, es una predisposición para la educación de la conciencia cristiana.
Ø  La lectura, que ofrece criterios claros en cuanto a la Doctrina, el Magisterio y la espiritualidad es una fuente de conocimiento y de formación. De aquí la importancia del estudio de los libros de Doctrina Católica que ayuda al creyente a adquirir criterios morales adecuados. A este respecto cabe recordar que la ignorancia es la causa mas común y generalizada de la mala formación de la conciencia. Como reza el dicho popular conocido: “Católico ignorante futuro protestante”. 

El ejercicio de la formación de la conciencia moral, es a su vez un don y una tarea, una gracia que nos urge pedir al Dios vivo, como uno de los dones mas preciados de su Espíritu y una tarea que es necesaria emprender individual y comunitariamente, para que “nada ni nadie pueda separarnos del Amor de Cristo.” (cfr. Rm 8, 35).























FUENTES CONSULTADAS:
o   Carta Encíclica Veritatis Splendor
o   Catecismo de la Iglesia Católica
o   Declaración Gravissimum Educationis
o   Documento Concilio Vaticano II: Constitución dogmática de la Iglesia Gadium et Spes.
o   Exhortación apostólica postsinodal Christifideles Laici
o   IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe Santo Domingo
o   V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe Aparecida