viernes, 2 de diciembre de 2011

LA FORMACIÓN DE LA CONCIENCIA DE LOS LAICOS

FORMACIÓN CRISTIANA DE LA CONCIENCIA DE LOS LAICOS
                                                                      



                                                                                                                                                                                           
 Pbro. Ángel Yván  Rodríguez Pineda

En la conciencia del Pueblo de Dios hay que desarrollar, hoy, el sentido de  responsabilidad y una voluntad generosa de contribuir a la formación de los laicos, que sean capaces de realizar una síntesis fecunda entre fe y vida, y, a su vez, capaces para comprometerse en el servicio apostólico de anunciar el Evangelio y transformar a la sociedad. Se hacen, por lo tanto, necesarias unas nuevas estructuras organizacionales, pastorales, catequísticas y especializadas. La Christifideles Laici, si bien afirma la importancia del crecimiento personal en los valores humanos no desarrolla la idea de cultivar una pedagogía espiritual de crecimiento. Tal pedagogía espiritual de crecimiento deberá tener su origen en el Espíritu e inspirarse y realizarse mediante formas asociativas que fomenten el sentido serio y definido de la apuesta del valor formativo de nuestros laicos.

La formación espiritual implica respeto por la persona que se forma y reciprocidad en la formación; teniendo en cuenta que cada persona es distinta frente al formador y; por tanto, éste deberá saber captar con sensibilidad la necesidad y el valor innovador de la formación en el formando.

La acción apostólica, sirve como fuente de verificación y, a su vez, demostración del carácter de profundidad, de la calidad de la formación de nuestro laicado comprometido. Ante el desbordante relativismo moral es urgente, más que nunca, despertar nuevamente la conciencia de una formación integral, permanente y objetiva del laicado.

Junto a estas y a otras muchas deformaciones sociales, ideológicas y hasta políticas, la voz de la Iglesia representada por sus Pontífices, no ha dejado de insistir en la necesidad de la formación permanente. Así lo expresan las propias palabras del Cardenal Ratzinger aquella mañana antes de ser elegido como Papa el 18 de abril del 2005 en la homilía “Pro Eligendo Pontífice:” ¡Cuántos vientos de doctrina hemos conocido durante estos últimos decenios! ¡Cuántas corrientes ideológicas, cuántos modos de pensamientos…! La pequeña barca del pensamiento de muchos cristianos ha sido zarandeada a menudo por estas olas, llevándola de un extremo a otro: del marxismo al liberalismo, hasta el libertinaje; del colectivismo al individualismo social; del ateísmo a un vago misticismo religioso, del agnosticismo al sincretismo, etc. Cada día nacen nuevas sectas y se realiza lo que dice San Pablo sobre el engaño de los hombres, sobre la astucia que tiende a inducir a error (cfr. Ef 4, 14). A quien tiene una fe clara, según el Credo de la Iglesia, a menudo se aplica la etiqueta del fundamentalismo. Mientras que el relativismo, es decir, dejarse llevar a la deriva por cualquier viento de doctrina parece ser la única actitud adecuada en los tiempos actuales. Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida sólo el propio yo y sus antojos. Nosotros, en cambio, tenemos otra medida: El Hijo de Dios, el Hombre Verdadero. Él es la medida del verdadero humanismo. No es “adulta” una fe que sigue las olas de la moda y la última novedad: adulta y madura es una fe profundamente arraigada en la amistad con Cristo. Esta amistad nos abre a todo lo que es bueno y nos da el criterio para discernir entre lo verdadero y lo falso, entre el engaño y la verdad.”

Esta afirmación se fundamenta y sostiene en lo que el Magisterio de la Iglesia, a lo largo del tiempo, nos ha enseñado en sus distintos documentos: Constitución Dogmática Gaudium et Spes, la Declaración Gravissimum Educationis, el Catecismo de la Iglesia Católica, la Carta Encíclica Veritatis Splendor, Documento de Santo Domingo y Documento de Aparecida, entre otros.

Por lo antes expuesto y evidenciado en el contexto vital y la necesidad espiritual de un tipo de hombre postmoderno, se hace apremiante que en la formación de la conciencia cristiana nuestros pastores y nuestro laicado sepan distinguir en qué consiste la espiritualidad laical y la formación espiritual:
·         La primera consiste en buscar un modo de vivir cristianamente en ciertas situaciones del mundo actual y contextualizar ante los desafíos del mundo su vivencia cristiana;
·         La segunda es vivir de acuerdo al modelo de Cristo, el Señor, por el que sea capaz de conocer a Dios y a su plan salvador; adhiriéndose a Él y desde Él transformar el mundo y sus estructuras.

“En la formación de la conciencia, la Palabra de Dios es la luz de nuestro caminar; es preciso que asimilemos en la fe y la oración, y la pongamos en práctica. Es preciso también que examinemos nuestra conciencia atendiendo a la cruz del Señor. Estamos asistidos por los dones del Espíritu Santo, ayudados por el testimonio o los consejos de otros y guiados por la enseñanza autorizada de la Iglesia.” (CI 1785)

El tema de la conciencia ha sido muchas veces estudiado desde la perspectiva bíblica, en cuanto éste refleja las preocupaciones mas inevitables del espíritu humano, consideradas a la luz de la fe de un Dios que ofrece su amistad y su Reinado.

En el Antiguo Testamento la palabra conciencia es expresada con distintos vocablos como son:
ü  Corazón (1Sam 24, 6; 1Sam 26, 10; Jer 17, 1)
ü  Sabiduría (Prov 9, 1; 1Re 11, 28; Sab 8,7)
ü  Espíritu (Ez 36, 26-27)

Estos vocablos también están presentes y ocupan un lugar importante en el Nuevo Testamento; sin embargo, son relevantes, en cuanto a la formación de la conciencia los Escritos Paulinos, en los cuales se menciona de manera mas frecuente el término conciencia.


El término conciencia aparece:
§  Ocho veces en la Primera Carta a los Corintios (1Cor 8, 7; 10, 12; 10, 25-29)
§  Tres veces en la Segunda Carta a los Corintios (2Cor 1, 12; 4, 2; 5, 11)
§  Tres veces en la Carta a los Romanos (Rm 2, 15; 9, 1; 13, 5)
§  Cinco veces en la Carta a los Hebreos (Hb 9, 14; 10, 2-22; 13, 18).

Para San Pablo la conciencia es un juicio moral que es común a todos los hombres (2Cor 4, 2). Es por tanto, que la concepción neo testamentaria ofrece algunos rasgos decisivos para la concepción de lo que es la conciencia cristiana y, específicamente, en cuanto a su formación; así nos lo recuerda San Pablo en el siguiente texto: “Que todos los cristianos –todos los hombres- tienen el deber de formar su conciencia: examinándose a sí mismos (1Cor 11, 28; 2Cor 13, 5; Gal 6, 40) tratando siempre de descubrir la voluntad de Dios (Rm 12, 2; Ef 5, 10) ponderando en cada ocasión qué es lo que se debe hacer (Fil 1, 10). Con la ayuda del Espíritu y la comunidad misma, los cristianos han de esforzarse por una “conciencia” buena e irreprochable (Hch 23, 1; 24, 16)”.

Según la Enseñanza Paulina, el cristiano perfecto es aquel que vive una fe sin convivencia con la herejía y con el engaño. Aquel que vive y actúa con una conciencia buena y perfecta y, además, goza de una fe perfecta; de ahí que la fe es una condición indispensable para una conciencia moralmente bien formada. Conciencia y fe son un don y una realidad que se reflejan mutuamente en el actuar cristiano. El indicativo de la fe orienta el imperativo moral (1Tim 1, 5).

En resumen, podemos sostener que en la concepción bíblica de la conciencia y su formación, ésta adquiere matices vivos y sugerentes. Se encuentra en efecto enraizada en un contexto de religiosidad, de apertura al Dios de la Salvación y de la Gracia, de la coherencia y el compromiso, del testimonio y de la vida; de la vivencia profundamente cristocéntrica de la vida, del diálogo comunitario, de la serena prudencia y discernimiento ante los valores que han de ser realizados en una determinada situación.

Actuar en conciencia y poseer una adecuada formación de la conciencia, hace al hombre libre y al cristiano un reflejo de la verdad misma del hombre y más en concreto, de la verdad del hombre revelada en Cristo; de ahí que la actuación en conciencia sea para el cristiano comprometido inseparable a la vivencia de la fe y de la caridad. Es por esto que es de suma importancia la formación de la conciencia cristiana; lo cual implica en el laico comprometido, la vivencia de lo esencial y fundamentalmente cristiano.

La misión de la Iglesia es la formación de la conciencia de los fieles, de modo que, cada uno, responsablemente se juegue ante Dios su propio destino. Es por tanto, que la formación de la conciencia del cristiano debe alcanzar un triple objetivo:
·         La personalización,
·         Verdad, y,
·         La rectitud.

La personalización: Personalizar la conciencia consiste en que ésta vertebre sobre sí toda la riqueza espiritual del ser cristiano. Si la conciencia es como el “alma”; educar la conciencia significa que ocupe el puesto central que le corresponde. No es un elemento añadido a la educación de la persona, a la espiritualidad o estilo de vida cristiana; sino una síntesis que ha de llevar a cabo con la verificación de su actuar. Ser hombre de una “gran conciencia” es el título con que la sabiduría popular elogia al hombre cabal, con testimonio de vida y testificación crística de lo que vive y cree. Es decir, en el ámbito cristiano corresponde a la santidad. Un hombre santo, es en definitiva el hombre de recta y delicada conciencia.

Verdad: Es la coherencia vital entre el pensar y el obrar. Es la rectitud de la acción y la palabra (Jn 8, 32).

La rectitud: No basta que el hombre asuma responsablemente sus actos, sino que los lleve a cabo con rectitud. La adquisición de una conciencia recta supone la posesión de criterios morales cristianos. Para ello se requiere conocer lo preceptuado y el advenir de los deberes que han  de cumplir en todos los campos y planos de la vida. La rectitud de la conciencia se determina cuando se está dispuesto a cumplir la voluntad de Dios. Para un dirigente cristiano, la adquisición de la conciencia recta es imprescindible el conocimiento teórico de la doctrina moral cristiana.

La formación de los fieles laicos en cuanto a su conciencia tiene como objetivo fundamental el descubrimiento cada vez mas claro de la propia vocación y la disponibilidad siempre mayor para vivirla en el cumplimiento de la propia misión; es decir, en la calidad de la formación se dará el fruto de la misión (ChL 58).

Una de las ideas fundamentales de la espiritualidad cristiana es la dimensión dinámica de la vivencia cristiana: El llamado a la santidad.

La vida cristiana es camino, crecimiento y maduración progresiva, continua y armoniosa. Esta perspectiva encuentra su fundamento en el valor vital del Evangelio, y se manifiesta en la posibilidad concreta de crecer en la comunión y en la fecundidad apostólica.

La persona y la libertad son indispensables en el misterio de la relación cristiana. Somos interpelados en nuestra libre e irrepetible personalidad. La fe que no se personaliza y la vida que no se asume con responsabilidad Evangélica, están marcadas por la fragilidad de lo colectivo, de lo social, de lo ideológico y lo novedoso.

La adhesión a Dios, mediante la fe es siempre personal e insustituible. Nadie puede reemplazar a otros en sus libres adhesiones y en sus procesos de desarrollo. La vocación cristiana, si se asume con plena responsabilidad, se descubre llena de gérmenes vitales que poseen un dinamismo capaz de hacer madurar plenamente la fe y configurarse con Cristo según la voluntad del Padre y bajo la guía del Espíritu Santo.

En esta perspectiva la formación de la conciencia cristiana es un llamado a crecer de un modo integral y sólidamente espiritual, bajo una óptica de personalismo cristiano, de posibilidades novedosas y de fuerza de espíritu –pero a su vez también es posibilidad para superar las debilidades-. Para realizar plenamente el proyecto del laicado maduro e insistir en la tarea de su formación permanente; es necesario que sea una prioridad en la vida de cada cristiano, en los programas de las Iglesias locales y, por ende, en nuestro Movimiento.

Para la adecuada formación de la conciencia del laico cristiano es necesario evitar la improvisación y el marcado carácter espontáneo; reforzando la vitalidad de itinerarios de formación que converjan entre el valor del Evangelio y el compromiso apostólico.

Entre los medios disponibles para acompañar la formación de la conciencia se encuentran:

Ø  La escucha fiel de la Palabra de Dios y del Magisterio Oficial de la Iglesia, con la finalidad de permanecer siempre vinculados a la fuente de la fe y de la vida cristiana.
Ø  La oración filial y constante que, en relación íntima con la Palabra que se escucha, ofrece respuestas personalizadas a Dios, vuelve consciente hacia Él la propia existencia, discierne su voluntad mediante la Gracia del Espíritu Santo, a imitación de Cristo Orante, Maestro y Modelo de oración.
Ø  La dirección espiritual, que es el medio personalizado de confrontación permanente y diálogo con la Iglesia; a través del ministro de la Iglesia autorizado y capacitado como una mediación en la que obra el Espíritu del Señor e impulsa a la edificación del Reino; ayudando a captar concretamente las exigencias de los estados vocacionales.
Ø  El discernimiento espiritual, para entender e invertir generosamente los talentos que se han recibido, al servicio de Dios y su Reino, en las situaciones concretas actuales que requieren una entrega generosa de donación.
Ø  La unidad de vida, en la formación de la conciencia quiere expresar la globalidad y la riqueza de los distintos aspectos de la vida cristiana; descubriendo así el eje central de su vida y su compromiso. El laico formado demostrará que su dimensión humana, espiritual, familiar y profesional, ha logrado la unidad de vida en cuanto es reflejo encarnado de una vida interior serena y pacífica, la armonía teórica y práctica entre fe, vida y cultura; y la unión sin dualismos de lo humano y lo divino.
Ø  El testimonio y la coherencia, puede ayudar a descubrir la profundidad de la conciencia moral, como experiencia del Dios que resuena en lo hondo del alma, como un Dios al mismo tiempo tremendo y fascinante. Así como dice la expresión Paulina: “es la evidencia de la autenticidad, de la conversión y la verdad de lo que se vive.” 
Ø  La sinceridad, es el “conócete a ti mismo” de los griegos que tiene perenne actualidad, no es fácil conocer las auténticas razones que motivan la acción del hombre. De aquí que una actitud que deje en evidencia motivos ocultos, confesables o no, es una predisposición para la educación de la conciencia cristiana.
Ø  La lectura, que ofrece criterios claros en cuanto a la Doctrina, el Magisterio y la espiritualidad es una fuente de conocimiento y de formación. De aquí la importancia del estudio de los libros de Doctrina Católica que ayuda al creyente a adquirir criterios morales adecuados. A este respecto cabe recordar que la ignorancia es la causa mas común y generalizada de la mala formación de la conciencia. Como reza el dicho popular conocido: “Católico ignorante futuro protestante”. 

El ejercicio de la formación de la conciencia moral, es a su vez un don y una tarea, una gracia que nos urge pedir al Dios vivo, como uno de los dones mas preciados de su Espíritu y una tarea que es necesaria emprender individual y comunitariamente, para que “nada ni nadie pueda separarnos del Amor de Cristo.” (cfr. Rm 8, 35).























FUENTES CONSULTADAS:
o   Carta Encíclica Veritatis Splendor
o   Catecismo de la Iglesia Católica
o   Declaración Gravissimum Educationis
o   Documento Concilio Vaticano II: Constitución dogmática de la Iglesia Gadium et Spes.
o   Exhortación apostólica postsinodal Christifideles Laici
o   IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe Santo Domingo
o   V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe Aparecida


miércoles, 31 de agosto de 2011

EL APOSTOLADO DE MARÍA: LA EVANGELIZACIÓN




EL APOSTOLADO DE MARÍA: LA EVANGELIZACIÓN

Pbro. Angel Yván Rodríguez Pineda




            El tercer evangelista nos dice reiteradamente que “María guardaba todas estas palabras meditándolas en su corazón”. Pero esas palabras no las guarda eternamente allí para ella sola. María fue sembradora de la divina palabra. No permaneció callada y silenciosa. Su apostolado consistió también en sembrar la semilla del Evangelio. Hay una página del libro sagrado que se conocen  con el nombre del “Evangelio de la infancia” y que otros dan el nombre de “Evangelio de María”, que antes de ser escritas fue semilla guardada en el limpio granero del corazón de María.
            Fue ella quien sacó esa semilla de su virginal granero para sembrarlo en los apóstoles y en los cristianos de la primitiva comunidad de palestina, almas abundantes regadas por la gracia de Cristo. De los apóstoles y de la comunidad pasó a las páginas de los evangelios. Cada vez que se lee o explica el “Evangelio de la infancia”, María sigue sembrando la semilla evangélica, sigue realizando el apostolado de la palabra.
            Pero la acción apostólica de la Virgen María no puede reducirse sólo al “Evangelio de la infancia” con ser este muy importante. La Virgen María, además del apostolado de la palabra, realiza el apostolado del ejemplo o del testimonio y el apostolado de la oración. La acción apostólica la continúa María siempre que reflexionamos en su vida y seguimos sus ejemplos. Siempre ella ruega por la Iglesia y por sus hijos.
            María, la Madre del Señor, es la discípula perfecta de Jesús y por eso su vida se convierte para nosotros en modelo de vida cristiana. Modelo de fe, porque vivió en la fe y creyó que para Dios nada es imposible. Modelo de amor porque vivió en medio del pueblo y se solidarizó con su dolor. Porque tuvo hambre y sed de justicia. María fue la discípula perfecta de Jesús, porque fue mujer fuerte que conoció en carne propia la pobreza, el sufrimiento, el trabajo, la persecución y el destierro. Porque muchas cosas, como nos pasa a nosotros, no las entendió. Pero las guardó en su corazón y poco a poco en el correr de su vida fue descubriendo lo que Dios quería de ella. Por ser Madre y discípula perfecta de Jesús, es madre nuestra en el orden de la gracia (LG 61); y nuestro modelo en el seguimiento de Jesús.
            María, Madre de Dios ha sido y será la luz de la evangelización de nuestros pueblos: María es, según Evangelii nunciandi (81) “estrella de la evangelización siempre renovada”.
            El documento de Puebla (282) señala con claridad y firmeza, que: “en nuestros pueblos, el Evangelio ha sido anunciado, presentado a la Virgen como su realización más alta. Desde los orígenes en su aparición y advocación de Guadalupe, María constituyó el gran signo, de rostro maternal y misericordioso, de la cercanía del Padre y de Cristo, con quienes ella nos invita a entrar en comunión”. Y en la práctica se confirma su presencia y su acción, tanto, que es maravilloso notar cómo la piedad mariana con frecuencia fue el vínculo de unión entre cristianos que carecían de asistencia cristiana.
            La Virgen María, como modelo en nuestra espiritualidad tiene un carisma propio. Lo cual obedece al lugar único de María en el acontecimiento de Cristo: “Ella es el punto de enlace del cielo con la tierra. Sin María, el evangelio se desencarna, se desfigura y se transforma en ideología, en un racionalismo espiritualista” (DP 301). Entonces el imperativo evangelizador señala con naturalidad a esta función mariana: “Esa Iglesia, que con nueva lucidez y decisión quiere evangelizar en lo hondo, en la raíz, en la cultura del pueblo, se vuelve a María para que el evangelio se haga más carne, más corazón de América Latina” (DP 303)
           

viernes, 12 de agosto de 2011

NUESTRA VIDA REFLEJADA EN LA ORACIÓN


  


  NUESTRA VIDA REFLEJADA EN LA ORACIÓN

Pbro. Angel Yván Rodríguez Pineda




          Una buena definición de la oración podría ser ésta: ver la vida a fondo. Expliquemos los términos. Por vida, entendemos el conjunto de las relaciones humanas, desde el tipo de relación más sencilla a nivel individual hasta las formas más complicadas en el ámbito de lo social, lo económico o lo político. No se trata, por tanto, de la vida en el sentido meramente biológico, claro está, sino de la vida en su conjunto de relaciones de dependencia o de dominación de unos hombres frente a otros, de unos grupos con respecto a otros. Así solemos decir que “la vida es un engaño”; o que “hay que ver cómo se ha puesto la vida”; aludiendo a que las relaciones humanas no son sinceras o son demasiado artificiales; o nos referimos a que la gente lo está pasando mal porque quienes tienen y pueden se aprovechan más de la cuenta de los que no tienen o pueden defenderse.

          Por otra parte, ver todo eso a fondo es verlo, no tal como aparece, sino tal como es. Esta distinción entre “lo que aparece” y lo que “es “tiene su razón de ser en que si miramos las cosas con cierta profundidad, enseguida nos damos cuenta de que la vida consiste en un entramado complicadísimo de relaciones de dominación y dependencia de unos frente a otros: unas veces será la dominación descarada y por la fuerza; otras veces, la dominación que proviene del dinero y el prestigio; y en pocos casos, la dominación que se engendra a partir del falso amor. De todo lo cual resultan las infinitas dependencias que los hombres padecemos y sufrimos: la dependencia del débil frente al poderoso; la dependencia del pobre frente al rico, la dependencia del ignorante frente al sabio; o también la dependencia del falsamente querido frente al que le quiere mal, porque de sobra sabemos que en esto del amor ocurre con frecuencia que se esconda lo que se pretende: retener y dominar, absorber y poseer, más que dejar y permitir al otro que sea el mismo, estar en posesión de su propia iniciativa y de su propia libertad.

          Vista así las cosas, el fondo de la vida se sitúa al nivel de la libertad. Lo que es lo mismo que decir que el problema de la vida es el problema de la auténtica libertad. No de la libertad que consiste en hacer cada uno lo que quiere, sino de la libertad que consiste en no atarse a nada ni a nadie. Desgraciadamente, mucha gente suele pensar que la libertad consiste en hacer cada uno lo que quiere; pero a lo mejor resulta que lo que quiere es seguir encadenado a su propio capricho, a su propia necesidad de dominar a otros o dejarse dominar por las exigencias sociales o por los imperativos de cada situación. Es claro que en esos casos no tenemos a un hombre libre, sino a un esclavo. Y de sobra sabemos que, desde este punto de vista, la vida está plagada de esclavos. Es más, se puede afirmar, sin género de duda, que la vida está montada sobre la esclavitud. Porque queremos esclavizarnos, no podemos pasar sin esclavizarse, por eso la vida es como es y las cosas están como están. El día que renunciemos a seguir esclavizados a los imperativos del dinero o de la política, a las exigencias sociales o a los convencionalismos del momento –por poner algunos ejemplos- ese día asistiremos a la revolución más insospechada. Porque ese día comprenderemos prácticamente dónde está el fondo de la vida o, dicho de otra manera, ese día empezaremos a ver la vida a fondo.

          Estoy casi seguro de que muchas personas de oración se sientan desorientadas o, incluso, desconcertadas de que en un libro acerca de la oración se hable de estas cosas. ¿Qué tiene todo esto que ver con la vida de oración y el crecimiento espiritual? ¿A qué viene hablar de estos problemas cuando de lo que se trata es de rehacer la vida de oración? Hasta tal punto la oración se ha distanciado de la vida, que es perfectamente comprensible que haya personas que se sienten turbadas o hasta escandalizadas de que en los libros de vida espiritual se aborden directamente estos temas.

          Hacer oración es hablar con Dios, en el encuentro del alma sola con el Señor solamente. De ahí que traer estas cosas a la oración puede parecer, cuando menos, distractivo, si no es que se llega a considerarlas como elemento directamente perturbador y relajante. Se piensa que las preocupaciones de la oración deben flotar siempre por encima de las preocupaciones de la vida, en una especie de región artificial en la que sólo tienen cabida las consideraciones espirituales y los motivos del alma alejada del mundo. Baste echar la mano a cualquier libro de meditación para convencernos de que lo que vamos diciendo refleja el concepto que generalmente tenemos de la oración.

          Ahora bien, una oración y, en general, una vida de oración concebida de esta manera no podrá sino desencadenar unas consecuencias que debemos tener muy en cuenta. En primer lugar, se requeriría de condicionamientos ambientales: instalaciones, ubicación de esas instalaciones, un horario de trabajo, una economía, en general, una organización de la vida que permitiese transcurrir el tiempo sin preocupaciones distractoras. En un segundo lugar, todo eso configuraba, por lo general, a las personas espirituales de tal manera que crecían en un auténtico sentido crítico ante los verdaderos y serios problemas que determinan decididamente la vida de los hombres y de la sociedad. De ahí la cantidad -demasiado considerable- de personas muy espirituales que no han tenido, o no tienen, el debido sentido crítico de los acontecimientos que se desarrollaron en los ámbitos de la cultura, la economía, la política o simplemente de la religión, mientras la vida y el mundo siguen su camino y las fuerzas del mal se imponen por todos lados, o hasta se sirven de nuestra ingenuidad para el logro de sus intereses malsanos.

          Sería falso y hasta calumnioso echar la culpa de estas cosas a la oración en sí misma, como si ella fuese responsable de que los que la practicamos carezcamos del debido sentido crítico de la vida o estemos especialmente dificultadas para ver la vida a fondo. Pero, para entendernos debidamente, debemos hacer tres observaciones fundamentales que nos pueden ayudar a entender cómo hacer de la oración una experiencia de revisión a fondo de nuestra vida.

          En primer lugar y, ante todo, es evidente que  puede darse verdadera y profunda oración en personas que carecen de sentido crítico ante los acontecimientos de la vida y la sociedad. La experiencia lo confirma así. Y no tenemos derecho a negar el valor y la autenticidad de la oración de tantas personas de buena voluntad que han vivido y viven quizás ingenuamente en su fe sin complicarse con las problemáticas de la crítica social, cultural o política. Por otra parte, no debemos olvidar que la oración consiste esencialmente en el encuentro y el diálogo del hombre con Dios, sean cuales sean los condicionamientos culturales y mentales de la persona que ora.

          En un segundo lugar, debemos dejar también bien asentado que puede darse, y de hecho se da, un sentido profundamente crítico en personas que ni hacen oración ni siquiera tienen fe. Los hombres más lucidamente críticos de la sociedad y de la cultura no han surgido, por lo general, de los monasterios y de los centros de oración, sino de los ámbitos del pensamiento y la acción, allí donde se han gestado los problemas y de donde se ha tenido que enfrentarse a esos problemas y a las situaciones más punzantes.

          En tercer lugar, - y llegamos con esto al fondo del problema- parece cada día más importante tener muy en cuenta la profunda coincidencia que existe entre el dinamismo del sentido crítico ante la vida, por una parte, y el dinamismo que es propio de la oración, por otra parte. No queremos afirmar con esto que el sentido crítico por sí mismo, el hecho de percibir con claridad y objetividad los intereses del dinamismo que juegan la cara decisiva en la vida de la sociedad y de los hombres, sea en sí oración. Semejante afirmación sería extravagante, claro está.  Tampoco queremos decir que la oración tenga que ser necesariamente un ejercicio de reflexión crítica sobre la vida. Lo que sí queremos reiterar es que, si miramos a fondo y comparamos lo que significa la oración y lo que es una reflexión auténticamente crítica, descubrimos con sorpresa la convergencia profunda existente entre esos dos movimientos del espíritu humano (dinamismo de la oración y dinamismo de toda reflexión verdaderamente crítica).

          Para comprender más profundamente lo anterior, se debe tener en cuenta que la oración puede ser de alabanza, acción de gracias, súplica o reflexión sencillamente. Todo eso referido a Dios como ser personal. Pero, de una manera u otra, referido también al mundo, en cuanto que el mundo procede de Dios y en cuanto que todo lo que acontece en el mundo tiene algo que ver con Dios. En consecuencia, el creyente alaba a Dios por las maravillas divinas que se manifiestan en la creación y en la vida de los hombres; y da gracias al Señor por los incesantes beneficios que el mundo recibe de Él; a la vez que acude suplicante al Padre del cielo en las situaciones apuradas o simplemente en todos los momentos en que la esperanza cristiana tiene algo que decir y, finalmente, reflexiona desde su fe acerca del sentido y del alcance de la palabra de Dios, que nos hace descubrir no sólo a Dios sino también al mundo y la vida. Todo esto es oración y va necesariamente asociado a la oración cristiana.

          Ahora bien, todo esto nos confirma que la oración cristiana tiene en si misma un dinamismo y una orientación según los cuales se hace constantemente presente al mundo y a sus situaciones todas. Es decir, la oración cristiana no es una evasión de la vida, sino una presencia a la vida, mirada en profundidad, para ver en ella la acción y la intervención de Dios, en los acontecimientos buenos y en los adversos, en los peligros y en las alegrías, en los triunfos y en las derrotas. La oración cristiana no es una mirada superficial a la vida, tal como puede parecer, sino una mirada a la vida tal como es, en cuanto que ella es el ancho campo de la acción de Dios. Evidentemente esta manera de comprender la oración supone un correctivo a nuestras concepciones superficiales de lo que es orar. Orar no es alejarse de la vida, a no sé qué región artificial en la que sólo se elaboran consideraciones “espirituales” que tienen muy poco que ver con lo que es la trama de la existencia humana.

          Orar es comprender y captar la vida a fondo. Y por eso, orar es comprender, en cada momento y en cada situación, lo que es y lo que lleva consigo la alienación de la libertad humana, en la opresión que lleva consigo tantas veces la política, la economía, la propaganda, la tiranía de unos hombres frente a otros, la dominación de la tecnocracia y, en general, todos aquellos factores verdaderamente decisivos de lo que es, de hecho, la existencia de los mortales. Una oración que no esté consciente de todas estas cosas y que no tiene nada que ver con ellas, ¿dónde se sitúa? ¿A qué se refiere? ¿Qué es lo que cree y qué es lo que espera? ¿Qué ama y qué busca?

          Ver la vida a fondo es ver en ella la presencia de Dios como único absoluto. Como el último absoluto que necesariamente revitaliza todo lo que no es Dios en sí mismo. Por eso, ver la vida a fondo es poner  cada cosa en su sitio. Y es ver el sentido exacto que tiene todo lo humano: el sentido que tienen nuestras ideas sobre Dios; y nuestros proyectos religiosos; y nuestros sistemas de organización; ver el sentido que tiene la política de los hombres y la cultura y el dinero; ver lo que es el sufrimiento, el fracaso y el triunfo: ver lo que valen las leyes incluso religiosas, lo que vale el compromiso de cada persona, su religiosidad y su misma oración. Cuando somos capaces de relativizar todas las cosas, para comprenderlas en función del único que las trasciende enteramente, y cuando, por consiguiente, situamos a la persona y su libertad en el sitio que le corresponde, entonces empezamos a ver la vida a fondo, en definitiva: empezamos a hacer la verdadera oración.

jueves, 28 de julio de 2011

COHERENCIA ENTRE ORACIÓN Y VIDA



 COHERENCIA ENTRE LA ORACIÓN Y LA VIDA
 Pbro. Angel Yván  Rodríguez Pineda



            La oración es una expresión y una manifestación de la vida cristiana. Lo verdaderamente importante y decisivo es la existencia del creyente en su totalidad; una existencia en la que la oración juega un papel fundamental, pero un papel relativo al todo. Por tanto, desde este punto de vista, se puede afirmar  casos en la que se habla mucho de oración y vida espiritual, pero  esa oración y esa espiritualidad no son coherentes, hasta en el mínimo detalle, con el evangelio de Jesús. Habrá que decir también que resulta también sospechosa una vida en la que se habla mucho de compromiso y de acción, pero en la que la oración no ocupa un puesto fundamentental. Decididamente, lo verdaderamente importante es la totalidad de la combinación en nuestra existencia: vida y oración; oración y vida. Si esa existencia es auténticamente cristiana, en ella habrá compromiso y habrá oración, cada cosa en su sitio, ocupando el puesto y la importancia que le corresponden.

            Pero, ¿cuál es ese puesto y dónde hay que situar esa importancia? Para responder a  estas preguntas, es necesario recordar que tanto el compromiso cristiano como la oración cristiana se sitúan en un nivel de mediaciones humanas, las cuales intervienen necesariamente entre Dios y los hombres. El hombre no tiene, ni puede tener, acceso directo e inmediato a Dios. Pero Dios trasciende absolutamente todo lo humano. El hombre accede a Dios a través de la fe y, por consiguiente, a través de las expresiones fundamentales de su fe: el compromiso de su amor creyente y la oración en sus múltiple expresiones. Por lo que no debemos olvidar que existe siempre el peligro de “absolutizar” esas mediaciones, pensando que si hacemos oración, ya por esto sólo tenemos a Dios, o porque nos comprometemos, ya poseemos a Dios. No olvidemos que Dios no se identifica con ninguna de esas cosas, que son, a fin de cuentas, productos de nuestra actividad humana, por más que en ella intervenga la acción de la gracia y la fuerza del Espíritu Santo. Ni nuestra oración es Dios; ni tampoco nuestro compromiso. Por banal que parezca esta afirmación, se hace necesario recordarla, para evitar equívocos que constantemente se dan en las vidas de muchas personas de indudable buena voluntad.

            Entonces, vuelve la pregunta de antes: ¿qué puesto ocupa la oración en nuestra vida de creyentes y cuál es su importancia? Como respuesta establecemos las proposiciones siguientes:

•          Lo que verdaderamente une al hombre con Dios es la caridad, entendida en toda su amplitud, como amor a Dios y como amor al prójimo, de tal manera que el amor a los hermanos es el criterio que los hombres tenemos para medir la sinceridad de nuestro amor a Dios.

•          El hombre religioso se ve siempre amenazado de engañarse con su piedad, en cuanto que las manifestaciones de su religiosidad pueden actuar como una especie de ceguera que le impida ver lo lejos que está de Dios, si no vive de acuerdo con las exigencias de la caridad hasta sus últimas consecuencias.

•          La sola caridad no basta, porque la fe que impulsa a amar, impulsa también a orar. Por lo tanto, habrá que preguntar a una persona, que afirma amar mucho pero que ora poco, si este amor es el amor que los cristianos tienen que poner en práctica en el mundo.

•          Lo decisivo, por consiguiente, es la coherencia en la totalidad de la existencia: coherencia entre el amor y la oración; pero un amor que se exprese de tal manera que llegue a mostrarse como lo fundamental y que, a la vez, que se manifieste en la oración.

En consecuencia,  hay que concluir que toda posible forma de oración es relativa con respecto a esta coherencia en su totalidad. Lo importante es que la oración no llegue a alienar nunca a nadie, ni a superponerse a nadie. Lo que equivale a afirmar que cada persona debe ser soberanamente libre para encontrar sus formas peculiares de oración. Formas que sean coherentes con el todo, para que ni la oración sea un engaño; ni el compromiso sea una evasión.

            Según las proposiciones anteriores, al evaluar nuestro nivel de coherencia entre la oración y la vida, nos pueden surgir algunos desalientos y, por qué no, muchas frustraciones. Pero lo importante no es quedarnos sólo en la evaluación triunfalista o pesimista, sino comenzar un camino serio que dé avance a nuestros procesos personales en la unión con Dios y la consolidación espiritual como creyentes. Podemos enunciar seguidamente los criterios que nos ayudarán en este sentido:

•          Un avance en el camino de la oración apostólica: Existe claramente una forma de oración a la que podemos llamar oración apostólica. Una oración que está radicalmente condicionada, no por unas consideraciones de tipo abstracto, meditaciones sacadas de libros o de las puras ideas, sino que brota de la vida y del contacto con las personas concretas que tenemos que tratar y con las que tenemos que convivir como auténticos apóstoles de Jesucristo. Siempre que el Apóstol San Pablo nos habla de la oración personal, de cómo él, en concreto, hacía oración, las referencias y las motivaciones no se localizan en torno a unas ideas, sino en torno a situaciones concretas y a personas también muy concretas. No eran los criterios o los principios abstractos lo que le llevaban a la oración; San Pablo oraba porque se preocupaba de los hombres, porque quería a los hombres. Jamás se advierte una tensión entre su dedicación a la obra apostólica y al ministerio, por una parte, y su fidelidad a Dios, por otra.

•          Fuente y cause de nuestra vida de oración: Sabemos bien que el origen absoluto de nuestra oración radica en el ser de Dios. A Él va dirigida y desde Él se mueve nuestra entrega por los valores de su Reino. Conscientes de esto, en nuestra vida la oración brota del interés enorme del hombre de acción apostólica ante la vida misma de las comunidades o ante los problemas concretos de determinadas personas. Se trata de un ejercicio del amor que sentimos ante las comunidades y hacia las personas.

•          Intensidad y frecuencia de nuestra vida de oración: La intensidad de nuestra vida de oración llega a tal punto que habrá que inventar palabras para darla a entender. Y hasta se llega a la redundancia en las expresiones sobre la frecuencia con que la hacemos y pedimos que se haga. El hecho de que San Pablo hable prácticamente en todas su cartas, y de una manera tan machaconamente insistente del tema de la oración apostólica, el hecho de que utilice además expresiones que puedan dar la impresión de un hombre exagerado, nos está comunicando el puesto y la importancia que el Apóstol daba a la oración en el conjunto de la existencia cristiana, más en concreto, en el conjunto de la vida apostólica.

•          Nuestra experiencia de discípulos de Jesucristo: La raíz profunda de nuestras, vivencias afectivas, de nuestra entrega apostólica, de nuestra felicidad, debe afianzarse en la fe misma en Cristo Jesús. Esto quiere decir que la fuente de las alegrías y de los deseos más intensos nace de la vivencia original de la fe en el Señor. La fe, en este caso no queda localizada en la región o mundo de las ideas, como una categoría mental, sino que es expresión de una vivencia afectiva que surge y se expresa espontáneamente con una frecuencia y una intensidad que llama poderosamente la atención.

            En una vida así concebida y llevada, se unifica el quehacer apostólico y la actividad con la unión con Dios. En realidad, la distinción entre la unión con Dios y el trabajo apostólico no consiste sino en una pobre elucubración de nuestra manera imperfecta, demasiado imperfecta, de ver el reino de Dios. Las exigencias del reino se orientan hacia Dios y hacia el hermano, de tal manera que es falso pensar que cuando se ama más y es mayor el compromiso con uno de esos elementos, se va a amar menos y va a ser menor el compromiso con el otro. El apostolado, el falsamente llamado apostolado, puede ser una simple acción humana, en el sentido que, bajo la etiqueta de una acción evangélica, lo que el supuesto apóstol pretende, en el fondo, es una realización personal. En este punto, como en otras tantas cosas, se hace necesario purificar nuestra sinceridad. Solamente hay verdadera acción evangélica, cuando se busca el logro del evangelio, que es Cristo mismo en el bien del hombre.

            No se trata de suprimir en nuestra vida la oración que se expresa en forma de contemplación, de adoración o de simple presencia en nuestra pura fe. ¡No! Pero eso no basta como fórmula de oración para un hombre comprometido tanto con la oración como con los demás hombres. Ni basta, ni es la oración que le define como apóstol. Y es claro que esto es igualmente aplicable al sacerdote, al religioso y al laico. Solamente habría que hacer una excepción quizás, si es que hay que hacerla, en el caso de aquellas vocaciones especiales que en la Iglesia pueden ser llamadas a la pura contemplación, a la vida monástica, eremítica o de clausura.

            Por otra parte, cuando para un hombre la vida se va convirtiendo, poco a poco, en una sucesión ininterrumpida de deseos y alegrías que, de una manera o de otra, vienen provocados por la realización de la fe en las personas con las que se relaciona y a las que se ha consagrado su trabajo; cuando esos deseos y esas alegrías se traducen en oración, y esto de tal manera que se hace una experiencia inefable, entonces, cabe pensar que empieza a existir un verdadero apóstol.

Por lo demás, en esta oración, así entendida, se da el criterio de constatación y de convencimiento más seguro de que el apostolado no puede ser una evasión de la propia intimidad ni del propio vacío personal, en el caso del hombre que es incapaz de quedarse consigo mismo, a solas con Dios. Ni es tampoco una especie de sucedáneo para llenar el ansia de realización personal que humanamente tiene todo hombre en este mundo. No se trata de ahogar este impulso de realización humana, sino de trascenderlo. Y el vértice de esa trascendencia coincide exactamente con el momento en que el dolor y la alegría del creyente se convierten en insumo de oración

viernes, 22 de julio de 2011

LA ORACIÓN: EXPERIENCIA DE FE

LA ORACIÓN: EXPERIENCIA DE LA FE
Pbro. Ángel Yván Rodríguez P- 




          Cuando tratamos de argumentar en pro de la oración, solemos concebirla como un ejercicio -todo lo necesario que se quiera-, pero a fin de cuentas un ejercicio más en la vida del creyente. Al plantear así el problema  cometemos un error de base. Este error consiste en plantear el problema de la oración desde el terreno de la religiosidad; es decir como un ejercicio de la piedad personal que busca en Dios solución y respuesta. Ahora bien, lo específicamente cristiano no se basa en la en la religiosidad, sino en la fe.

Hay, por consiguiente, en la oración cristiana una originalidad que la especifica y la distingue radicalmente de cualquier otra experiencia religiosa. Al afirmar esto, no se trata de distinguir un cristianismo sin religión, ni siquiera se pretende decir que en la oración no se dé una expresión de nuestra piedad hacia Dios. Pero, debemos tener siempre presente que en la oración de un cristiano tiene que haber siempre un elemento decisivo que la especifica y la distingue de la oración que pueda hacer cualquier otro hombre religioso; este elemento es la fe. Esta oración, por consiguiente, es oración cristiana en cuanto es expresión de la propia fe del creyente.

Por otra parte, esta conexión entre la fe y la oración es hasta tal punto intensa, que podemos afirmar sin titubeos que hay vida de fe en la medida en que hay vida de oración. Es decir, que la oración es la expresión de la intensidad de la fe en una persona. Oración y fe son dos realidades que se aclaran y expresan mutuamente.

Afirmar que somos libres para orar puede dar la impresión de ser una ironía o una inconsciencia. Extraña libertad, por cierto. Añadida todavía a la fatiga y a la tensión nerviosa de la vida moderna y la falta de tiempo que alegamos continuamente, ¿qué libertad es esa, se preguntarán los que han renunciado a la complejidad y a la aridez de ese esfuerzo interior, cuando la vida moviliza todas nuestras fuerzas y nos invita a existir apasionadamente?

Sin embargo, ¿qué pasaría si fuera verdad que la oración puede ser en nuestras vidas de hombres ese acto eficaz que crea una situación nueva?, y ¿qué ocurriría si fuera un aprendizaje de silencio que nos hiciera entrar igualmente en un mundo nuevo? ¿Y qué tal si más que nunca, en nuestro mundo secularizado, fuéramos capaces de orar, libres y responsables de nuestra oración?

A muchos de nosotros, tanto si nos hemos aventurado a orar, como si no lo hemos hecho, la oración nos parece una experiencia extraña. Tal vez no nos imaginamos que la oración es, al mismo tiempo, simplemente humana y totalmente obra de Dios. Acudimos a la oración como a una actividad a parte y de manera personal. Pero entonces ¿quién es él que ora? No parece que seamos nosotros mismos. Y, como no vamos a orar por necesidad, o por deber, no acabamos nunca de descubrir que es Cristo el que ora en cada uno de nosotros. Para abrir el camino a la oración y encontrar la fuente de agua viva –Cristo-, preguntémonos de nuevo, antes que caigamos en vicios y nos lleguen los prejuicios, si es verdad que es muy posible orar, y por qué es posible.

1.       ¿Cómo orar?

          Ora el hombre; pero con todo el hombre.

          El tener un método de orar puede siempre ayudarnos, pero sólo hasta cierto punto. Ciertamente es importante comprender que nunca hacemos en la oración más de lo que hacemos cada día espontáneamente o con esfuerzo. Traigamos a la mente esas experiencias comunes y cotidianas de nuestra vida.

Cuántas veces, por ejemplo, nos sucede que, después de un trabajo intenso y de un torbellino de actividades, al respirar a fondo y desperezarnos, encontramos así -aun cuando solo sea por un momento-, un poco de distensión y de calma. En ese intervalo breve de descanso, ¿habrá algo más que interrupción de actividad y algo más que un volver la hoja de un deber cumplido? No. En ese sencillo regresar hacia nosotros mismos, podemos percibir un rumor, un fluir tenue de agua que corre, nuestro yo, tan inasible pero percibido como entretejido con los demás o, al contrario, nos encontramos para tomar una resolución sobre una idea nueva o una que teníamos ya. Eso realmente nos moviliza y repercute en nuestro espíritu; evoca otros datos, otras convicciones y los reordena; o rompe y reestructura nuestro modo de tomar la realidad y sugiere comportamientos nuevos.

          A veces lo que hacemos es rumiar una idea acariciada, un tema cien veces desarrollado. ¿Nos aburrirnos al hacerlo? Al revés, eso nos conforta y nos reanima. Otras veces, un simple objeto, un espectáculo, un rostro, una situación, nos aparece como algo significativo de lo real, algo que está más allá y que, sin embargo, es real; existe y nos entrega un sentido de la profundidad que está bajo la superficie. Hay vida, y hay hombre.

Y el hombre que recuerda ¿se dispersa o se concentra? Se distiende y se recoge a la vez al darse cuenta de su continuidad interna y surge, de esa zambullida, más consciente de la existencia de una profundidad que de ordinario no llega a habitar plenamente. Y hay más: por algo que acabamos de ver, de oír, repentinamente no somos más que alegría, indignación, agradecimiento, asombro, simpatía, enorme tristeza; sorprendidos por la vida, por los otros, para no hablar de otros momentos en que esos sentimientos brotan en nosotros sin causa conocida.

También leemos mucho y de prisa, si queremos estar al día. Pero hay lecturas que nos sirven de alimento, porque el hombre en su historia y en su actualidad, en su vida medio alocada con lo que ella vale; con sus promesas no cumplidas, aunque tal vez jamás negadas, está ahí, frente a nosotros; a cada página, nos sale al encuentro, y nos detenemos momentáneamente para gozar de esa presencia reveladora de nosotros mismos, siempre diferentes de lo que creíamos y los otros siempre tan semejantes a nosotros.

También la manera como nos dirigimos a los otros, al decirle “Tú”, en intimidad y respeto, o con angustia, ¿no es a veces como una oración? Entonces, no estamos solos, sino vinculados entre nosotros. (y/o vinculados a Cristo). ¿Que sitio ocupa Él en nuestro corazón? ¿Cómo llegamos a pensar en Él? y ¿cómo podemos continuar pensando en Él?




jueves, 14 de julio de 2011

PEDAGOGIA DE LA FE

     Pedagogía de la Fe


 Pbro. Ángel  Yván  Rodríguez  P
.
          Existe una crisis de adolescencia espiritual cuyo comienzo y símbolo, cuyo esbozo y promesa se manifiesta en la crisis psicológica de nuestra pubertad. Pero la transformación  y evolución que, de un niño, hacen un hombre, están regidas por determinismos psicofisiológicos: se llevan a cabo a lo largo de unos cuantos años. La crisis, en cambio, exige nuestra intervención inteligente y libre para llevarse a cabo; y no todos somos capaces de colaborar eficazmente en nuestra propia maduración.

          ¿Qué de adolescentes prolongamos y aún de niños tenemos en las cosas del Espíritu? La misma sagrada Escritura nos recuerda la necesidad de crecer: “Cuando era niño, hablaba como niño, sentía como niño, razonaba como niño. Al hacerme hombre dejé todas las cosas de niño” (1Cor. 13,11). San Pablo, nos recuerda aquí la ley del crecimiento de toda la vida cristiana.

          ¿Cómo discernir, pues, lo que es comportamiento espiritual infantil  -y que debe rechazarse- de lo que es propiamente maduro, viril, femenino, evangélico? Sólo por un adecuado ejercicio del tacto espiritual, fruto sin duda de la vida de gracia y educación espiritual, podemos crecer en nuestra intimidad con Dios. El secreto de la pedagogía de crecimiento, nos ha sido revelado en una escena evangélica: el episodio del joven rico. Veamos como actúa el Señor y procuremos asimilar su pedagogía en cuanto al crecimiento espiritual, en cuanto que hace pasar a los cristianos de la infancia “carnal” a la actitud adulta “espiritual”.

          “Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener la vida eterna? Atentos únicamente a su rechazo y a su partida, calumniamos ordinariamente a este joven acusándolo de falta de generosidad. Sin embargo, su pregunta sería incomprensible si no hubiese sido profundamente generoso. Cristo lo atraía, lo seducía; él observaba ya todos los mandamientos y quería hacer de su vida algo grande. No era un mediocre. Jesús no lo hubiese mirado con amor si no hubiese visto en él esa riqueza. Pero todavía era un niño, sensible, impresionable, impulsivo e irreflexivo en su sincero entusiasmo. Cualquiera de su edad –los evangelistas nos dejan inciertos–, espiritualmente era todavía joven y no un hombre. No se había desprendido de la infancia. Algunos signos que no dejan lugar a duda han sido retenidos por el relato evangélico: su precipitación al caer a los pies de Jesús, su pregunta ingenua: ¿Qué he de hacer….? Su seguridad cuando declara ser fiel a todos los mandamientos…. Para transformar esta generosidad de niño, en generosidad de adulto, ¿Qué va a hacer Cristo?

          Tres veces, Jesús se enfrenta a su entusiasmo, y lo obliga a criticarse. Al desconocido, que desde el principio se atreve a llamarlo “Maestro bueno”, responde: ¿Por qué me llamas bueno?  Sólo Dios es bueno”. Al adolescente que sueña con una vida grande, con hazañas singulares, responde: “Guarda  los mandamientos”. ¿Cuáles?, responde el joven. Quizás hay algunos que no los conoce todavía, reservado a los perfectos. Los mandamientos ordinarios, válidos para todos, responde Jesús: “No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, honrarás a tu padre y madre….”. Desconcertado, el joven no se desanima y responde con seguridad: Todo eso lo he observado cuidadosamente desde mi infancia. Jesús le dice finalmente: “Te falta una cosa: ve vende todo lo que tienes y dalo a los pobres; y tendrás un tesoro en el cielo. Luego ven y sígueme”. (Mc 10, 17-22).

       Respetuoso de la libertad de su interlocutor, Cristo no lo trata como niño, sino como hombre. No alaba su sensibilidad, sino cautiva su entusiasmo, confía en él y lo hace, por un llamado a un libre don, responsable de su propio crecimiento. Poco importa el fracaso inmediato, la triste partida de joven. Esta fuga no es una negación lúcida y decidida: es signo de que Jesús ha encontrado un niño, cuya sensibilidad, generosa a pesar de todo, se ha asustado frente a la pobreza real y sin escapatoria. Pero Jesús ha puesto en este corazón una inquietud que puede ser decisiva en la evolución de una crisis que, sin duda, ha precipitado la entrevista. El resultado inmediato interesa poco a Cristo, que reconoce la lentitud de las maduraciones humanas.

          Este episodio nos revela la verdadera actitud que hay que tomar frente a las reacciones de una sensibilidad generosa. No se trata de halagarla o despreciarla, sino de superarla. Cualquier crisis de adolescencia espiritual se resuelve con una superación de la sensibilidad; desconfiamos de ella y nos olvidamos que es el punto de partida de la evolución espiritual. Y a la inversa, ¿No corremos el riesgo muchas veces de exaltarla peligrosamente, viendo sobre todo un fácil entusiasmo?

          Con frecuencia ignoramos la verdadera medida de nuestra generosidad. El egoísmo que la cubre nos persuade de que no podemos superar nuestra mezquindad cotidiana.  Necesitamos que un soplo de ideal venga a sacudirnos, a despertarnos de nuestro sopor y adormecimiento. Pero ese entusiasmo no tiene lugar cuando se trata de traducir en resoluciones concretas el impulso que ha suscitado. La libertad, que no sufre violencia y pide determinarse en la calma, tiene entonces la palabra.

          El problema planteado es grave. Pues, si no podemos ignorar ni despreciar la sensibilidad, sin la cual nada grande se realiza, no hay derecho para apoyarse en ella y utilizarla como una especie de embargo de las conciencias. La vida espiritual es finalmente docilidad inteligente y libre a la gracia, no saltos repentinos de generosidad entusiasta. La sensibilidad es una preciosa sirvienta, pero una mala ama.

          Muchos de nuestros buenos cristianos, laicos comprometidos o sacerdotes, conocen lo que podemos llamar las crisis periódicas de desaliento. Y esos niños grandes, generosos, pero guiados todavía por su sensibilidad, piden ante todo -en los retiros o encuentros de crecimiento espiritual- que les devuelvan un entusiasmo que, en sus vidas y honduras espirituales, fue siempre ilusorio. Se les ha mantenido en la adolescencia. Se recurrió demasiado a su sensibilidad. No se les enseñó a reflexionar, a estar atentos a la voz de Dios, receptivos a su gracia y capaces de obrar como adultos.

          A ese tipo de cristianos adolescentes, que reclaman la renovación de impulso y entusiasmo, debemos tener el valor de hablarles con franqueza y decirles: No se queden mirando sólo a la sensibilidad cuántica de lo espiritual, eso es glotonería y hasta egolatría espiritual y el más sutil egoísmo en su exquisita prudencia.

          Ciertas depresiones espirituales son necesarias para conocerse a sí mismo; el impulso que parece irresistible está siempre, más o menos, gravado en la ilusión. La desolación, dicen los maestros espirituales, es escuela de verdad; solo a través de la noche llegan los místicos a la verdadera unión con Dios.

          La pedagogía del Señor –como lo prueba su actitud frente al joven rico- consiste en poner la verdad en los corazones generosos, con el fin de liberarlos de sus infantilismos. En los tiempos de crisis se opera el verdadero discernimiento y se llevan a cabo, si el alma es consciente, los progresos decisivos. Solo el Señor puede provocar la crisis; a nosotros nos toca utilizarla para hacer reflexiones, suscitar el compromiso verdaderamente libre y personal, desprendido de las ilusiones y los entusiasmos. ¿No vamos a veces, al revés de esta corriente divina, excitando a los espíritus generosos que convendría, más bien, sanar de sus entusiasmos fáciles?

          En un retiro, el principio es importante: –es necesario que los ejercitantes comiencen con generosidad-, pero el final cuenta más todavía. Después de algunos días en que el alma ha vivido en una atmósfera necesariamente sobrecalentada, la salida del retiro puede parecer una caída brutal, una recaída en la rutinaria realidad cotidiana. Unos más sentimentales tomarán entonces una actitud de abstención y soportarán con disgusto las ocupaciones monótonas, los deberes austeros de las existencias sin brillo; ¡conocerán la nostalgia del Tabor! Otros, más clarividentes y más críticos, se preguntarán si el retiro ha sido una ilusión, un sueño, una evasión piadosa. De todas maneras, el retiro habrá suscitado un doloroso choque entre la vida y la fe.

          La finalidad de un retiro, por el contrario, es hacer posible la reflexión; ayudar a descubrir la belleza sobrenatural de la vida cotidiana y poner en el corazón de los ejercitantes el gusto tranquilo y lúcido del compromiso ante Dios y la vida. En consecuencia, la fe dará sentido a las tareas ordinarias y cotidianas y, a la vez, hará sentir el valor para el establecimiento del Reinado de Dios. Sería grave que los ejercicios espirituales provocasen un mero entusiasmo, que decepcionaría en un futuro cercano, convirtiendo la generosidad en timidez, escepticismo y amargura, mientras que la verdad sin ilusión generaría desesperanza y desánimo.

          ¡Temible es el predicador que se confía a su elocuencia! La palabra del enviado de Cristo no pone su confianza ni en la elocuencia ni en la lógica (Cf 1Cor. 1,17-25 y 2, 1,1-15). Es un testimonio que, por su verdad, despojada de artificio y prestigio, permite al oyente escuchar la palabra del único Maestro. Y la palabra interior, en cambio, da testimonio de la verdad del testigo. La elocuencia, si no procede de una emoción sincera y espontánea, constituye un abuso de confianza; impide la reflexión al oyente y mantiene la fe bajo el nivel del infantilismo espiritual.

          La pedagogía de la fe es, pues, inseparable de una pedagogía de la sensibilidad. A través de sus múltiples reacciones, atractivos y repugnancias, se manifiesta y se discierne poco a poco la voluntad de Dios.

 El deber no es ya un imperativo arbitrario o una broma, sino un sentirse llamado y lleno de confianza hacia Dios, que nos invita a asemejarnos al Amado “no de palabras ni con la boca, sino con obras de verdad” (Cf Juan 3,18). Dios quiere que aprendamos a amar como Él nos ama, y Él nos da la fuerza puesto que “nos amó primero”, (Cf Jn 4,19); no hay otro mandamiento sino el amor.

Aprender a amar descubriendo, a través y más allá de los impulsos generosos de la sensibilidad, el llamado de la conciencia, el deber, es aprender a creer en Dios, a creer en Jesucristo, el Hijo Único del Padre.


miércoles, 6 de julio de 2011

ESTRÉS EN NIÑOS Y ADOLESCENTES




ESTRÉS EN NIÑOS Y ADOLESCENTES
Pbro. Ángel Yván Rodríguez P.



            A pesar de que se ha relacionado el estrés con los adultos –más del 15% de la población sufre de algún trastorno de ansiedad a lo largo de la vida-, parece que no solo es inherente a los mayores. Los últimos datos disponibles señalan que entre 6% y un 20% de los niños y adolescentes de 9 a 17 años también padecen de ansiedad.
            En la patología mental diagnosticada, después de los trastornos de comportamiento, como sucede en los adultos, el estrés es más frecuente en niñas que niños. Además, alrededor de la mitad de los niños y adolescentes afectados sufren un segundo trastorno de ansiedad u otro trastorno mental o de comportamiento, como la depresión. Estos males pueden desarrollarse junto con otros problemas de salud físicos  que necesitan tratamiento.
            Los expertos aseguran que el  9% al 15% de los menores, entre 7 y 11 años, que acuden a las consultas de atención primaria, reúnen criterios de trastornos de ansiedad  generalizada, separándolos por: estrés postraumático, fobias y trastorno obsesivo compulsivo.
            Los resultados de investigaciones señalan una gran estabilidad diagnóstica para trastornos como la fobia, ansiedad social y estrés postraumático. Por el contrario, esta estabilidad disminuye en los casos de ansiedad generalizada y el trastorno de pánico. Los expertos apuntan que estos dos últimos son más difíciles de diagnosticar.
            Aunque todos los niños sienten ansiedad y temor en algún momento de su vida –al separarse de sus padres cuando aún son pequeños, por un examen, cuando aprenden a dormir a oscuras-, si esta inquietud interfiere en su vida cotidiana es necesario consultar con un especialista. Es el experto quien debe discernir entre los miedos que son inherentes a determinadas etapas evolutivas del niño y otros problemas que son trastornos en sí.
            Sufrirlos, sin tratamiento, devalúa la calidad de vida de los niños y adolescentes. Algunos estudios asocian, incluso, la ansiedad en edades precoces a depresión y a trastornos de conducta. La ansiedad sin tratamiento provoca baja autoestima, deterioro en las relaciones interpersonales, deficiente rendimiento escolar, falta de atención y mayor consumo de sustancias tóxicas.  Señalan, además, que sufrir ansiedad en la infancia es un factor de riesgo, que aumenta las posibilidades de desarrollar trastornos mentales en la edad adulta.
            Si los padres, responsables o allegados, detectan algún síntoma repetitivo relacionado con la ansiedad, deben acudir a una consulta para que el médico determine qué ocurre y, si fuera necesario, remitir al niño (niña o adolescente), por lo menos, a un especialista en salud mental. Sólo si se consigue un diagnóstico adecuado de esta enfermedad, se podrá comenzar el tratamiento apropiado.