lunes, 30 de julio de 2012


             
LA PALABRA DE DIOS: UN MEDIO EFICAZ PARA
DISCERNIR SU VOLUNTAD
Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda





En todas las cosas, el Señor Jesús es nuestro perfecto modelo. Si deseamos conocer la voluntad de Dios, basta con considerarle a él para aprender las mejores lecciones. Verdaderamente Él pudo decir: “El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado”; “He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad” (Sal. 40:8; Hb. 10;9).
¿Es posible hacer la voluntad de Dios en la tierra, allí donde la voluntad del hombre se opone con orgullo a la de Dios, donde la rebelión, la confusión y la corrupción progresan por todas partes? La única respuesta positiva está en Aquel que fue aquí el humilde varón de dolores. Fue fiel, obediente y consagrado a la voluntad de Dios en cada detalle de su vida de fe. El punto culminante de esta obediencia fue la cruz: allí él mismo se ofreció en sacrificio para que Dios sea glorificado en la salvación de innumerables pecadores.
La voluntad de Dios en sus designios:
¿Podemos conocer la voluntad de Dios? En muchas cosas, ¡sin duda que sí! Pero no podemos conocerla de forma absoluta, salvo cuando se halla revelada en las Escrituras. Así, “según el puro afecto de su voluntad” hemos sido predestinados a esta inmensa bendición de ser adoptados por Dios mismo como sus hijos (Ef. 1,5). Del mismo modo, en lo que respecta a la Iglesia, “Dios ha colocado los miembros cada uno de ellos en el cuerpo, como él quiso” (1Cor. 12,18). La Palabra de Dios nos revela muchas otras grandes bendiciones divinas que han sido dadas a los creyentes, y Dios nos dice que su voluntad las decretó para nosotros. Tenemos buenos motivos para regocijarnos en las riquezas de su gloria y de su gracia, y en la inefable hermosura de la voluntad de un Dios salvador.

Su voluntad con respecto a los principios de nuestra conducta:
En su Palabra, Dios también nos hace conocer su voluntad acerca de muchos asuntos relativos a nuestra vida diaria. Sobre este asunto, nos da una seguridad absoluta. La pregunta es: ¿Encontramos nuestro gozo en esta voluntad de Dios para dirigir nuestra conducta? Por ejemplo, está escrito: “La voluntad de Dios es vuestra santificación; que os apartéis de fornicación” (1Ts. 4,3). Numerosos otros pasajes nos enseñan claramente qué clase de conducta es justa y conveniente. Leámoslos a menudo, y meditémoslos, de manera que nos resulten familiares. Sobre todos estos asuntos podemos conocer cuál es la voluntad de Dios, puesto que Él la declara expresamente. Pero eso no lo es todo.
El Señor Jesús conocía la voluntad de Dios, y mucho más que esto, la cumplía. Tengamos cuidado con esta palabra salida de sus labios: “El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios” (Jn. 7,17). Si deseamos conocer la voluntad de Dios, preguntémonos en primer lugar con seriedad: ¿por qué razón queremos conocerla? ¿Es para saber si nos conviene, si satisface nuestros deseos? ¿O es porque realmente deseamos hacerla, cueste lo que cueste? Dios conoce profundamente nuestros motivos. Cuando los rescatados de Israel, justamente después de la deportación a Babilonia, se acercaron a Jeremías para pedirle que se informara de la voluntad de Dios, podían decir atrevidamente que escucharían la Palabra de Dios (Jr. 42:5,6). Pero hicieron errar sus propias almas, estando dispuestos a obedecer sólo si la voluntad de Dios correspondía a su propio pensamiento (v. 20-21). Si no tenemos la honesta intención, el deseo real, de cumplir la voluntad de Dios, nunca conseguiremos una firme convicción en cuanto a la enseñanza de la Palabra de Dios. Por el contrario, si queremos hacer su voluntad —como dice el Señor— tendremos claridad en cuanto a la doctrina, es decir la enseñanza de la Palabra, la cual tomará toda su fuerza para conducirnos.


Su voluntad con respecto a nuestra vida personal:

No obstante, nuestras vidas experimentan numerosas circunstancias para las cuales Dios no ha declarado explícitamente su voluntad en las Escrituras y que, sin embargo, son motivos de preocupación para nosotros. Pensamos en las circunstancias de la vida diaria, que no se expresan en términos de bien y de mal, sino que implican decisiones de nuestra parte: ¿Es necesario comprar o alquilar una casa? ¿Es necesario mudarse, y adónde? ¿Qué automóvil comprar? ¿Es preciso hacer tal visita, ayudar a tal persona? etc. Algunos creyentes se muestran muy seguros en tales casos, y afirman sin vacilación que están convencidos de que la voluntad de Dios es que hagan esto o aquello. Pero, ¿no es presunción afirmarlo? ¡Es poner una gran confianza en sus propias capacidades de discernimiento!
He aquí un versículo muy útil para que aprendamos a tener una adecuada percepción de la voluntad de Dios: “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Rm.12,2). Lo importante no es solamente conocer la voluntad de Dios, sino discernir el valor práctico. ¿Cómo es posible? Del lado negativo: no conformándonos a este mundo. Y del lado positivo: siendo transformados por la renovación de nuestro entendimiento. Los principios del mundo, para una sabia decisión, son la conveniencia, el beneficio, el bienestar, etc. La vivencia que la voluntad de Dios ofrece es buena, agradable y perfecta.
Cuanto más familiar nos sea la Palabra de Dios, tanto más ella nos ayudará en las decisiones que hemos de tomar. Aprendiendo a conocer la voluntad de Dios en las grandes cosas, adquiriremos el discernimiento para las pequeñas. Y a menudo, mientras leemos las  Sagradas Escrituras, Dios nos hace descubrir enseñanzas que se aplican exactamente a las circunstancias por las cuales nuestros corazones han sido puestos a prueba delante de Él.
Cuando se nos presenta un problema que requiere una pronta respuesta por sí o por no, dejemos a la luz divina sondear profundamente nuestros corazones para saber si verdaderamente estamos dispuestos a aceptar lo que el Señor nos mostrará, sea sí o sea no. Entonces podemos presentarlo delante de Él con la seguridad de que guardará nuestro corazón en paz a propósito de la decisión a tomar. También puede permitir que no experimentemos ninguna paz con respecto al camino que no es según su voluntad. Aun entonces, no afirmaremos que conocemos su voluntad en cuanto a ese asunto, sino confiaremos en que Él ve que verdaderamente deseamos hacer su voluntad.
Si nuestra incertidumbre perdura por algún tiempo, más bien pensemos que el Señor lo permite para producir en nosotros una más real dependencia de él. Esto nos lleva a orar de manera más apremiante y a leer más su Palabra para encontrar en ella Su pensamiento. En la mayoría de los casos, se servirá de ella para mostrarnos el camino: ella se impondrá a nuestros corazones y nos dará el conocimiento de su voluntad. Permanezcamos pues tranquilos en la apacible confianza de que el Señor nos guiará. Lo que conviene al creyente, es una fe de niño.
Estemos seguros de que podemos contar plenamente con el Señor para ser guiados en el buen camino. Esto está muy lejos de la confianza en sí mismo, y muy lejos también de la impaciencia que actúa en un momento de pánico. En la ejecución de sus planes, Dios obra todas las cosas con determinación y también con calma. La confianza en él nos dará también sosiego y tranquilidad.
Deseemos conocer la voluntad de Dios. Más aún, ¡deseemos hacerla! Experimentaremos que es buena, agradable y perfecta

viernes, 20 de julio de 2012


CONTRA LA PEREZA: DILIGENCIA

Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda





 “Vé a la hormiga, oh perezoso, mira sus caminos, y sé sabio” (Proverbios 6:6)
¡Nadie admite fácilmente que le falta energía o que es perezoso! Sin embargo, Dios conoce mejor que nosotros mismos nuestras predisposiciones y tendencias. Su Palabra, y especialmente el libro de los Proverbios, contienen varias exhortaciones dirigidas al perezoso. ¡Tal vez suenen con fuerza a algunos de nosotros!
¿No nos sucede que a veces nos dejamos tentar por el abandono? Cierto, la pereza no siempre se manifiesta claramente. Puede llevar varias máscaras; pero la Palabra de Dios las revela.
•          Demora o remisión: Se deja para más tarde las obligaciones sin interés o fastidiosas; pero es simplemente una forma de pereza. Para eso, las buenas excusas no faltan: “El perezoso no ara a causa del invierno” (Proverbios 20:4); prefiere remitir ese trabajo para una estación más apropiada.
•          Excusas: Cuando se trata de deberes difíciles o desagradables, encontramos excusas. “Dice el perezoso: El león está en el camino; el león está en las calles” (Proverbios 26:13).
•          Lista  falsa de prioridades; Primero emprendemos las cosas fáciles y agradables, y luego las más difíciles; como el hombre que sigue a los ociosos en lugar de labrar su tierra (Proverbios 28:19).
•          Falta el tiempo: Nunca tenemos tiempo para lo que no queremos hacer, aunque malgastamos mucho para las cosas inútiles. “También el que es negligente en su trabajo es hermano del hombre disipador” (Proverbios 18:9).
•          Sin don: «¡No puedo cumplir esta tarea, no estoy capacitado para ella!» Presentando esta excusa, muchos se preguntan cuáles son los dones que el Señor les confió, en lugar de hacer simplemente lo que él les pone en el camino.
Recordemos las palabras del apóstol Pedro, al principio de su segunda epístola. Nos instiga a la diligencia en nuestra vida cristiana.
“Vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor. Porque si estas cosas están en vosotros, y abundan, no os dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo... Por lo cual, hermanos, tanto más procurad hacer firme vuestra vocación y elección; porque haciendo estas cosas, no caeréis jamás” (2 Pedro 1:5-10).
En Lucas 19:12-27, la parábola de las minas muestra que el celo que tenemos por el Señor, y para cumplir las tareas que nos confía, será recompensado en su tiempo. ¿No tenemos todos el deseo de oír que nos diga: “Está bien, buen siervo; por cuanto en lo poco has sido fiel, tendrás autoridad sobre diez ciudades”? Entonces, tomemos a pecho su orden: “Negociad entre tanto que vengo” (v. 17, 13).

sábado, 14 de julio de 2012

Hombres sin fe




HOMBRES SIN FE
P.Angel Yvan Rodriguez Pineda





         ¡Qué triste es ver a muchos hombres sin fe que, al no creer en el amor de Dios, van buscando seguridad en adivinos para que les lean el futuro o les hagan su carta astral para poder así controlar el futuro y poder defenderse de las fuerzas del mal! Sin embargo, no creen en el poder de Dios ni el poder de la oración y sus vidas van cada día más a la deriva, como barcos sin rumbo en medio de las tormentas y dificultades de la vida.

Es lamentable ver cómo proliferan en las grandes ciudades modernas, especialmente del primer mundo, los adivinos, los brujos y toda clase de sectas filosóficas, orientales o de cualquier otro tipo, que tratan de vender la idea de la felicidad a tantos millones de hombres, que están vacíos por dentro. Al no tener fe, quizás tienen una vaga idea de Dios, caminan a oscuras y, cuando tienen problemas, tratan de solucionarlos con amuletos o leyendo los horóscopos.



Incluso, cuando tienen enfermedades, van buscando igualmente mediums o curanderos, que los convencen de sus bondades y, de esta manera, los convierten en clientes fijos. Pero su corazón, alejado de Dios, no puede disfrutar de la auténtica felicidad, que sólo Dios puede dar. Muchos de nuestros contemporáneos ya no creen en milagros ni quieren oír hablar de la providencia de Dios. Para ellos creer en la providencia sería creer que Dios, un ser tan importante, se rebajara para estar pendiente de nuestros pequeños asuntos de cada día, pues creen que tiene cosas más importantes en qué pensar. Ellos no pueden entender que un Dios tan omnipotente e infinito pueda tener tiempo para cuidar de los pajaritos y de las flores del campo. Ellos creen que es suficiente con que este Dios, tan grande y majestuoso, se preocupe del cuidado de los astros y del ir y venir de los planetas y de las estrellas.



Para ellos todo lo que sucede en nuestro mundo se debe a las causas segundas, como dicen los filósofos, es decir, simplemente, a la relación de causa-efecto de las fuerzas naturales. No pueden creer que este Dios pueda ser tan humano y cariñoso como para cuidar de los mínimos detalles de sus hijos. Ellos no pueden entender ni podrán entender nunca a un Dios humano como Jesús, que amaba a los niños y curaba a los enfermos. Nunca podrán entender que Dios se rebaje hasta el punto de cuidar nuestra vida y guiarnos, personalmente, hacia el bien y la felicidad.



Por eso, nosotros debemos hacer un acto de fe en el amor de Dios y en su providencia. Dios no sólo cuida de los pajaritos, sino también de los más pequeños de los seres humanos. Como dice Jesús: Mirad de no despreciar a ninguno de estos pequeñitos, porque, en verdad, os digo que sus ángeles ven de continuo en el cielo el rostro de mi Padre celestial... La voluntad de vuestro Padre, que está en los cielos, es que no se pierda ninguno de estos pequeñitos (Mt 18, 10-14). No temas, rebañito mío, porque vuestro Padre se ha complacido en daros el reino (Lc 12,32). Hasta los cabellos de vuestra cabeza los tiene contados (Lc 12,7). Sí, existe la providencia de Dios, porque Dios nos ama.





LA PROVIDENCIA DE DIOS



         La providencia de Dios es el cuidado y solicitud que Dios tiene sobre todas sus criaturas, procurándoles todo lo que necesitan. El Catecismo de la Iglesia Católica dice que la solicitud de la divina providencia… tiene cuidado de todo, desde las cosas más pequeñas hasta los más grandes acontecimientos del mundo y de la historia (Cat 303). Pero Dios no da solamente a sus criaturas la existencia, les da también la dignidad de actuar por sí mismas, de ser causas y principios unas de otras y de cooperar así a la realización de su designio. (Cat 306). Los hombres, cooperadores a menudo inconscientes de la voluntad divina, pueden entrar libremente en el plan divino no sólo por sus acciones y oraciones, sino también por sus sufrimientos. Entonces, llegan a ser plenamente colaboradores de Dios y de su Reino (Cat 307). Especialmente, la oración cristiana es cooperación con su providencia y su designio de amor hacia los hombres (Cat 2738).



La providencia de Dios es el amor de Dios en acción. Por eso, lo que ocurre en nuestra vida no es fatalismo determinado por el curso de los astros o de las estrellas como dice la astrología. La vida del hombre no depende de un destino ciego o de la casualidad. No estamos abandonados a nuestra suerte por un creador que se ha olvidado de nosotros; sino todo lo contrario, nos guía con amor en cada uno de nuestros pasos, como un Padre, que vigila los pasos vacilantes de su hijo pequeño.



         Felizmente para nosotros, el amor y la misericordia de Dios es más grande que nuestros errores y pecados, y siempre nos da la oportunidad de rectificar el camino. Pero debemos entender que Dios no es un dictador despiadado, que nos obliga a seguir su camino a buenas o a malas. Dios quiere el amor de sus criaturas y el amor sólo es válido, cuando se ama en libertad. Ciertamente, Dios es omnipotente, pero su omnipotencia no es para destruir y matar, sino para construir, amar y hacer felices a los hombres. Su omnipotencia es omnipotencia de amor y sólo puede hacer lo que le inspire su amor hacia los hombres.



Hablar, pues, de la providencia de Dios significa hablar del amor de Dios. Creer en su amor significa creer que tiene el control de todos los detalles que nos suceden y de todo lo que pasa en el universo entero. Sí, Dios rige los astros del firmamento, guía el curso de los planetas y controla la rotación de la tierra. Vela sobre la hormiga que trabaja en su granero, cuida a los insectos que pululan por el aire y sobre cada gota de agua del océano. Ninguna hoja de árbol se agita sin su permiso, ni una brizna de hierba muere sin Él saberlo, ni los granos de arena movidos por el viento. Vela con solicitud sobre las aves y los lirios del campo. En una palabra, creer en su amor providente significa creer que Él cuida de los pasos de cada estrella, de cada ser humano, de cada átomo…, porque su amor omnipotente  mueve y da vida a todo lo que existe.



         Por eso mismo, hablar de providencia es hablar de seguridad y de tranquilidad existencial, sabiendo que alguien todopoderoso vela sobre nosotros. Y que, por tanto, ningún enemigo, por poderoso que sea, y ninguna fuerza maligna puede hacernos daño, porque nuestro Padre Dios está siempre vigilante. Y, si permite que nos sucedan cosas negativas y que nos toque alguna fuerza del mal, lo hace por nuestro bien.



Santa Teresita del Niño Jesús habla de la providencia de Dios con relación a las distintas vocaciones y dice: Durante mucho tiempo estuve preguntándome a mí misma por qué Dios tenía preferencias, por qué no todas las almas recibían las gracias con igual medida... Me preguntaba por qué los pobres salvajes, por ejemplo, morían en gran número sin haber oído siquiera pronunciar el nombre de Dios... Jesús se dignó instruirme acerca de este misterio. Puso ante mis ojos el libro de la naturaleza y comprendí que todas las flores creadas por él son bellas, que el brillo de la rosa y la blancura de la azucena no le quitan a la diminuta violeta su aroma ni a la margarita su encantadora sencillez... Comprendí que, si todas las flores pequeñas quisieran ser rosas, la naturaleza perdería su gala primaveral, los campos ya no estarían esmaltados de florecillas... Lo mismo acontece en el mundo de las almas, que es el jardín de Jesús. Él ha querido crear santos grandes, que pueden compararse a las azucenas y a las rosas; pero ha creado también otros más pequeños, y éstos han de contentarse con ser margaritas o violetas, destinadas a recrearle los ojos a Dios, cuando mira al suelo. La perfección consiste en hacer su voluntad, en ser lo que Él quiere que seamos. (1)


La providencia de Dios se ocupa de cada flor del campo y de cada alma en particular, como si no hubiera nadie más en el universo. Todo su amor es para cada uno y vela por cada uno en particular. Podríamos decir que la providencia de Dios dirige a todos y cada uno hacia el amor. Somos flores de jardín de Dios, luces de su divino resplandor, hijos de su gran familia, herederos de su reino, y nos ama a cada uno con todo su infinito amor.



1  Historia de un alma, MA fol 2 y 3.

sábado, 30 de junio de 2012


 Dios Padre, rico en misericordia
Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda







"Dios rico en misericordia" (Ef 2,4) es el que Jesucristo nos ha revelado como Padre. Siguiendo las enseñanzas del Concilio Vaticano II y en correspondencia con las necesidades particulares de los tiempos en que vivimos, una exigencia de no menor importancia en estos tiempos críticos y nada fáciles, me impulsa a descubrir una vez más en el mismo Cristo el rostro del Padre, que es "misericordioso y Dios de todo consuelo" (2Cor 1,3). Efectivamente, en la Constitución Gaudium et spes leemos: "Cristo, el nuevo Adán..., manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y descubre la sublimidad de su vocación": y esto lo hace "en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor" (GS,22).
La mentalidad contemporánea, quizá en mayor medida que la del hombre del pasado, parece oponerse al Dios de la misericordia y tiende a orillar de la vida y arrancar del corazón humano la idea misma de la misericordia...
Ante sus conciudadanos en Nazaret, Cristo hace alusión a las palabras del profeta Isaías: "El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ungió para evangelizar a los pobres, me envió a predicar a los cautivos la libertad, a los ciegos la recuperación de la vista; para poner en libertad a los oprimidos, para anunciar un año de gracia del Señor" (Lc 4,18). Estas frases son su primera declaración mesiánica a la que siguen los hechos y palabras conocidas a través del Evangelio. Cristo se convierte en signo legible de Dios que es amor; se hace signo del Padre, signo visible.
En base a ese modo de manifestar la presencia de Dios que es Padre, amor y misericordia, Jesús hace de la misma misericordia uno de los temas principales de su predicación. Cristo, al revelar el amor-misericordia de Dios, exigía al mismo tiempo a los hombres que a su vez se dejasen guiar en su vida por el amor y la misericordia. Esta exigencia forma parte del núcleo mismo del mensaje del Mesías y constituye la esencia del Evangelio.
El concepto de misericordia tiene en el Antiguo Testamento una larga y rica historia. Israel fue el pueblo de la Alianza con Dios, Alianza que rompió muchas veces. Cuando a su vez adquiría conciencia de su propia infidelidad -y a lo largo de la historia de Israel no faltan profetas y hombres que despiertan tal conciencia- se apelaba a la misericordia. Es significativo que los profetas en su predicación pongan la misericordia, a la que recurren con frecuencia debido a los pecados del pueblo, en conexión con el amor por parte de Dios. La misericordia no pertenece únicamente al concepto de Dios, sino que es algo que caracteriza la vida de todo el pueblo de Israel y también de sus propios hijos e hijas: es el contenido de la intimidad con su Señor, el contenido de su diálogo con Él.






En los umbrales del Nuevo Testamento resuena la misericordia divina... María, entrando en casa de Zacarías, proclama con toda su alma la grandeza del Señor "por su misericordia", de la que "de generación en generación" se hacen partícipes los hombres que viven en el temor de Dios. Al nacer Juan Bautista, en la misma casa su padre Zacarías, bendiciendo al Dios de Israel, glorifica la misericordia que ha concedido "a nuestros padres y se ha recordado de su santa alianza". En las enseñanzas de Cristo mismo esta imagen se simplifica y a la vez se profundiza. Esto se ve quizá con más evidencia en la parábola del hijo pródigo.
Nuestros prejuicios en torno al tema de la misericordia son a lo más el resultado de una valoración exterior. Ocurre a veces que percibimos principalmente la misericordia como una relación de desigualdad entre el que la ofrece y el que la recibe. Consiguientemente la misericordia difama a quien la recibe y ofende la dignidad del hombre. La parábola del hijo pródigo demuestra cuán diversa es la realidad... el hijo pródigo comienza a verse a sí mismo y sus acciones con toda verdad. Para el padre, el hijo se convierte precisamente en un bien... La misericordia... constituye el contenido fundamental del mensaje mesiánico de Cristo y la fuerza constitutiva de su misión.
El mensaje mesiánico de Cristo y su actividad entre los hombres termina en la cruz y la resurrección. Debemos penetrar hasta lo hondo en este misterio pascual si queremos expresar profundamente la verdad de la misericordia, tal como ha sido revelada en la historia de nuestra salvación. El que "pasó haciendo el bien" y "curando toda clase de enfermedades y dolencias", Él mismo parece merecer ahora la más grande misericordia y apelar a ella cuando es arrestado, ultrajado, condenado, flagelado, coronado de espinas, clavado en la cruz y expira entre terribles tormentos. Es entonces cuando merece de modo particular la misericordia de los hombres, y no la recibe.
El misterio pascual es el culmen de esta revelación y actuación de la misericordia divina que es capaz de justificar al hombre, de restablecer la justicia en el sentido salvífico querido por Dios. La cruz de Cristo sobre el Calvario surge como llamada dirigida al hombre a fin de que participe en la vida divina y para que, como hijo pródigo, participe de la verdad y del amor que está en Dios y proviene de Dios.
Pero la última palabra de su mensaje y de su misión mesiánica será pronunciada en aquella alborada cuando las mujeres primero y los apóstoles después, venidos al sepulcro de Cristo crucificado, verán la tumba vacía y proclamarán por vez primera: "Ha resucitado". En esta glorificación del Hijo de Dios habla y no cesa nunca de decir que Dios Padre es absolutamente fiel a su eterno amor por el hombre ya que "tanto amó al mundo -por tanto al hombre en el mundo- que le dio a su Hijo unigénito para que quien crea en Él no muera, sino que tenga vida eterna" (Jn 3,16).
María es la que de manera singular y excepcional ha experimentado -como nadie- la misericordia y también de manera excepcional, ha hecho posible con el sacrificio de su corazón la propia participación en la revelación de la misericordia divina. Nadie como la Madre del Crucificado ha experimentado el pasmoso encuentro de la trascendente justicia divina con el amor: el "beso" dado por la misericordia a la justicia. Sabe su precio y sabe cuán alto es... En ella y por Ella, tal amor no cesa de revelarse en la historia de la Iglesia y de la humanidad. También nuestra generación está comprendida en las palabras de María cuando glorificaba la misericordia de la que "de generación en generación" son partícipes cuantos se dejan guiar por el temor de Dios.
La presente generación se siente privilegiada porque el progreso le ofrece tantas posibilidades, insospechadas hace solamente unos decenios. El hombre ha extendido su poder sobre la Naturaleza y ha adquirido un conocimiento más profundo de las leyes de su comportamiento social. El desarrollo de la informática, las nuevas técnicas de la comunicación, la ciencia biológica y psicológica... aunque este progreso sigue siendo muy a menudo el privilegio de los países industrializados pero no se puede negar que la perspectiva de hacer beneficiarios a todos los pueblos y a todos los países no es una utopía. Pero al lado de esto existen al mismo tiempo dificultades, inquietudes e imposibilidades que atañen a la respuesta profunda que el hombre sabe que debe dar. El desequilibrio fundamental hunde sus raíces en el corazón humano.
A partir del Concilio, las tensiones y amenazas allí delineadas se han ido revelando mayormente y han confirmado aquel peligro que no permiten nutrir ilusiones. Aumenta la sensación de amenaza y la perspectiva de un conflicto que, teniendo en cuenta los actuales arsenales atómicos, podría significar la auto-destrucción parcial de la humanidad. El hombre contemporáneo tiene miedo de que con el uso de los medios inventados por esta civilización materialista, cada individuo, lo mismo que las naciones, puede ser víctima del atropello de otros individuos o sociedades. Los medios técnicos a disposición de la civilización actual ocultan no sólo la posibilidad de una auto-destrucción por vía de un conflicto militar, sino también la posibilidad de una subyugación "pacífica" de los individuos, de sociedades enteras y de naciones por quienes disponen de medios suficientes y están dispuestos a servirse de ellos sin escrúpulos. Se piensa también en la tortura todavía existente en el mundo, ejercida sistemáticamente por la autoridad como instrumento de dominio y de atropello, y practicada impunemente por los subalternos. Todo ello junto a la conciencia de la amenaza biológica...
La Iglesia comparte con los hombres de nuestro tiempo este profundo y ardiente deseo de una vida justa... No obstante, sería difícil no darse uno cuenta de que no raras veces los programas que parten de la idea de justicia en la práctica sufren deformaciones. La experiencia demuestra que otras fuerzas negativas, como son el rencor, el odio e incluso la crueldad, han tomado la delantera a la justicia. En tal caso, el ansia de aniquilar al enemigo, de limitar su libertad y hasta de imponerle una dependencia total, se convierte en el motivo fundamental de la acción. En efecto, es obvio que en nombre de una presunta justicia, se aniquila al prójimo, se le mata, se le priva de la libertad, se le despoja de los elementales derechos humanos...
Debemos también preocuparnos por el ocaso de tantos valores fundamentales de la moral humana, del respeto a la vida humana, del respeto al matrimonio y a la estabilidad de la familia, donde va unida la crisis de la verdad en las relaciones interhumanas. Existe la desacralización que a veces se transforma en "deshumanización": el hombre y la sociedad para quienes nada es "sacro", van decayendo moralmente a pesar de las apariencias.
Con esta imagen de nuestra generación que no cesa de suscitar una profunda inquietud, vienen a la mente las palabras de María que, con la encarnación del Hijo de Dios, resonaron en el Magnificat. La Iglesia debe dar testimonio de la misericordia de Dios revelada en Cristo, profesándola y tratando después de introducirla y encarnarla en la vida de sus fieles y de todos los hombres de buena voluntad. También implorándola frente a todas las amenazas que pesan sobre el horizonte de la humanidad actual.
La Iglesia vive una vida auténtica cuando -como María- profesa y proclama la misericordia y cuando acerca a los hombres a las fuentes de la misericordia de las que es depositaria y dispensadora sobre todo en la Eucaristía y en el sacramento de la penitencia o reconciliación.
El camino que Cristo nos ha manifestado en el sermón de la montaña es mucho más rico de lo que podemos observar en los comunes juicios humanos que consideran la misericordia como un proceso que presupone y mantiene las distancias. Deriva de ahí la pretensión actual de liberar de la misericordia las relaciones interhumanas y sociales y basarlas únicamente en la justicia. La misericordia auténticamente cristiana es la más perfecta encarnación de la justicia y de la igualdad entre los hombres. La misericordia es indispensable para plasmar las relaciones mutuas entre los hombres. Es imposible establecer los vínculos de fraternidad únicamente con la justicia. El amor misericordioso es indispensable entre aquellos que están más cercanos: entre los esposos, entre padres e hijos, entre amigos; es también indispensable en la educación, pero no acaba aquí su término. Pablo VI indicó en más de una ocasión la "civilización del amor" como fin al que deben tender los esfuerzos. En tal dirección nos conduce el Concilio cuando habla repetidas veces de la necesidad de hacer el mundo más humano. El mundo de los hombres puede hacerse cada vez más humano solamente si en todas las relaciones recíprocas introduce el momento del perdón que es la condición fundamental de la reconciliación. Por esto la Iglesia debe considerar como uno de sus deberes principales es el de proclamar e introducir en la vida el misterio de la misericordia, revelado en sumo grado en Cristo Jesús.
La Iglesia considera como deber propio custodiar la autenticidad del perdón y proclama la verdad de la misericordia de Dios revelada en Cristo crucificado y resucitado. La Iglesia tiene el derecho y el deber de recurrir a la misericordia "con poderosos clamores" cuando el hombre contemporáneo no tiene la valentía de pronunciar siquiera la palabra "misericordia". Es pues necesario una ferviente plegaria: un grito al Dios que no puede despreciar nada de lo que ha creado. Al igual que los profetas, recurramos al amor que tiene características maternas y que, a semejanza de una madre, sigue a cada uno de sus hijos, a toda oveja descarriada, aunque hubiese millones de extraviados, aunque en el mundo la iniquidad prevaleciese sobre la honestidad, aunque la humanidad contemporánea mereciese por sus pecados un nuevo "diluvio", como mereció en su tiempo la generación de Noé. Recurramos al amor paterno que Cristo nos ha revelado y recordando las palabras del Magnificat de María, imploremos la misericordia divina para la generación actual. Elevemos nuestras súplicas guiados por la fe, la esperanza y la caridad que Cristo ha injertado en nuestros corazones para gritar, como Cristo en la cruz: "Padre, perdónales porque no saben lo que hacen". Esto es amor a los hombres, a todos los hombres sin excepción o división alguna. La Iglesia debe guiarse por la conciencia de que no le es lícito en modo alguno replegarse sobre sí misma.
Supliquemos por intercesión de Aquella que no cesa de proclamar "la misericordia de generación en generación" y también de aquellos en quienes se ha cumplido las palabras del sermón de la montaña: "Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia" (Mt 5,7).





martes, 22 de mayo de 2012




LA PRESENCIA ACTUANTE DEL ESPÍRITU SANTO
 EN LA IGLESIA


Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda
Las promesas de Cristo se fueron cumpliendo tal como él las había anunciado.  En la cena pascual, momentos antes del comienzo de su pasión, el Señor le promete a sus discípulos enviarles el Espíritu Santo. Abogado. Paráclito. Defensor. Es necesario que Jesús se vaya para que lo envíe. Jesús había sido para sus apóstoles defensor y abogado. Ahora lo será el Espíritu de Dios.
            El Espíritu santo que obró en el seno de la Virgen María la concepción de Jesucristo, obra también en pentecostés, el nacimiento de la Iglesia. Es en ese momento en que el Espíritu se derrama sobre los apóstoles, cuando queda constituida la Iglesia de manera plena. “No le dejaré huérfanos”. Y en verdad, así fue. Desde la ascensión a pentecostés la presencia de maría, la Madre, llena en parte el gran vacío de la ausencia del Señor. En pentecostés cada apóstol se llena del Espíritu Santo. No hay orfandad. Hay presencia divina permanente. La Iglesia estará asistida siempre por el Espíritu Santo. La Iglesia es de Jesús y Jesús es de la Iglesia. No hay separación. No hay alejamiento. No hay ausencias. No puede haberlas.  La Iglesia es el Espíritu Santo, el Espíritu Santo es la Iglesia. Tampoco entre ellos puede concebirse un alejamiento. No puede haberlo.
            La Iglesia es querida por Jesús, fundada por él. La Iglesia es amada por Jesús. Y la ama tanto que le dio y le da su vida. Le dio su vida en sacrificio cruento y reparador. Le da su vida en sacrificio místico, eucarístico. Jesús ama a su Iglesia hasta el extremo. Por amor a la Iglesia, Jesús le promete, le da el Espíritu Santo. Promesa cumplida en pentecostés de una manera plena y definitiva. Desde entonces la Iglesia ha experimentado la presencia del Espíritu de Dios en los momentos ordinarios, en los tiempos difíciles. Todo lo santo que la Iglesia ha realizado en veintiún siglos es obra del Espíritu Santo.
            El Espíritu Santo dio fuerza a los apóstoles para que comenzaran, sin desmayo, la predicación del Evangelio de Jesús. El Espíritu Santo dio valor a los mártires para que entregaran sus vidas en testimonio de amor a Jesús. El Espíritu Santo, iluminó a los Padres de la Iglesia para que expresaran con claridad, exactitud la doctrina de la Iglesia.



            En Pentecostés conmemoramos el aniversario de la fundación de la Iglesia. Es Pentecostés, el día del Espíritu, tiempo del Espíritu Santo.  Pentecostés inicio y permanencia de la comunicación entre el Espíritu Santo y la Iglesia. Es la presencia actuante del Espíritu, un tiempo eclesial de crecer y extenderse. Tiempo apostólico, misionero y vocacional. Tiempo de santidad.


viernes, 18 de mayo de 2012



LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda





            Los que miraban al cielo eran un grupo de excepción. Habían sido espectadores de primera fila del misterio central de la historia de la salvación. Habían asistido y participado en los momentos más importantes de la historia. Sus ojos habían contemplado el rostro dulce y bondadoso de Cristo predicando, sanando, sus ojos miraron, llenos de asombro, de dolor, a Cristo pendiente en la Cruz a las afueras de Jerusalén, también sus ojos, abiertos  desmesuradamente por la emoción, la alegría se habían cruzado con la mirada de Cristo resucitado. Fue un vivir la Pascua de Jesús con la mirada y también con el corazón. El corazón de ellos había latido al unísono, aunque a distancia, con el corazón pascual de Jesús. Un corazón que se entrega en el primer jueves eucarístico, un corazón que se ofrece como testimonio al discípulo incrédulo.
            Sí, habían vivido todos estos momentos, todos esos acontecimientos, con profundidad, con tensión, con oscuridad, con certeza. Ahora están allí, mirando al cielo, a la nube, que les había quitado la vista del Señor. Estaban mirando al cielo, esperando… Pero no eran horas de espera. Ya no verían más al Señor tal como le habían visto hasta entonces. El Señor se iba y volvería con una presencia diferente. Presencia real, en verdad, presencia viva, presencia cálida, presencia eficaz, presencia afectiva, pero no una presencia experimentable con los sentidos.
            No existen ojos que le vean, como los ojos apostólicos. No habrían manos que le toquen como las de Tomás el incrédulo. Ni el oído humano escuchará ya la voz cálida del Maestro como la escuchó María junto a la puerta del sepulcro la mañana de la resurrección. El Señor estará presente. Su presencia nos exigirá la fe. Presente para los que tienen fe.
            La fe no mira hacia arriba esperando ver aparecerse al Señor. La fe cree que está presente, vivo, real y verdadero en medio de nosotros. A Cristo hay que mirarlo dentro, al lado. En comunión personal y en comunión comunitaria. Quedarse mirando al cielo, de brazos cruzados, esperando a ver qué pasa, quedarse en una actitud de inercia, es olvidar el papel que como discípulos nos toca desempeñar en la extensión del Reino.
            Con la Ascensión del Señor la historia no ha terminado. Se cierra, sí, un capítulo y al mismo tiempo se abre una nueva época. El Señor ya no estará como antes. Estará de otra manera. No esperemos pues, lo que no tiene que pasar. No nos quedemos mirando al cielo.
            Nos quedamos mirando al cielo si somos superficiales, si no ahondamos en el misterio de Amor que se celebra en cada Eucaristía. Allí está Él, el Señor, para compartirse y repartirse. Hemos puesto muchas veces un marcado énfasis en la parte social, el ornato, la parte  exterior de la celebración eucarística, sin muchas veces saborear el misterio de comunión y participación que desborda cada celebración eucarística.
            Nos quedamos mirando al cielo si en nuestro corazón hay tanta vanidad que aspira al oropel y a los honores, a la alabanza y a los títulos, al dinero, al poder. Hay que mirar a la tierra para ver lo transitorio y vano de todo eso y cómo debemos aspirar a los valores más altos y absolutos.
            Nos quedamos mirando al cielo, porque en nuestros periódicos venezolanos leemos, cada vez con mayor frecuencia, que existe en nuestra tierra el predominio de la violencia y la impunidad. Porque falta la justicia y la paz que tanto anhelamos. Nos toca trabajar a todos por el establecimiento de los valores del reino.
            Nos quedamos mirando al cielo, que en la tierra hay muchos problemas graves sin solución que demanda nuestro compromiso, nuestra entrega. La carestía de la vida que hace más difícil la vida a las clases más marginales, el desempleo, corrupción, los secuestros, el narcotráfico, la violencia y muchos más…
            Cuando nos empeñamos en trabajar para hacer un mundo un poco mejor, Dios nos asiste y capacita para se factores de cambios, para realizar obras de bien. Es comprometidos y trabajando como lograremos el cambio, no nos quedemos mirando al cielo. Jesús está encarnado en la tierra. Cristo está entre nosotros. Nos necesita aquí. No nos quedemos mirando al cielo.

lunes, 7 de mayo de 2012

Miremos al interno del Corazón de María




           
MIREMOS AL INTERNO DEL CORAZÓN DE MARÍA

Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda






En treinta años de vecindad de María en Nazaret, ni un gesto de María que indicara a los vecinos su verdadero rango, su fenomenal categoría de Madre de Dios, de Reina del cielo y del mundo. La humildad de María.
            Esa absoluta carencia de orgullo, de vanidad, de la más mínima intención de aparentar, de ser estimada de los demás, es algo que no podemos comprender en una mujer…ni en un hombre.
            Todos somos tan innata, y estúpidamente vanidosos, que la mitad de nuestras actitudes todas se reducen a aparentar que somos más de lo que somos. Nos pasamos la vida tratando de aparentar que somos más importantes, indispensables, que nadie nos puede sustituir. ¡Vanidad de vanidades!
            María de Nazaret. María Madre de Dios, con sus vestidos no mejores que la de las demás; con sus gestos sencillos, mucho más sencillos que los de los demás del pueblo. María que, en treinta años, no ha tenido un solo gesto para demostrar “que Ella  es más que las demás”.  Podríamos imaginarnos: ¡Cuántas veces la Virgen se dejó superar por sus vecinas en todo lo que era vestidos, estilo de casa, muebles! Cuando en la tertulia, las vecinas alardeaban de que conocían y trataban con gente rica y prestigiosa de Jerusalén, María escuchaba tranquila sin tratar de aparentar o vanagloriarse  de lo que ella podía conocer.
            María nunca dijo a sus vecinas que se le había aparecido el ángel del cielo. Tampoco le dijo a ninguna íntima “en secreto” que Ella era madre siendo Virgen.
            Cuando el ángel le reveló que era escogida por el Altísimo entre todas las mujeres, no se le ocurrió marchar a Cafarnaúm a verse con la modista. No quiso “venir a más”. Sabía que era Señora de los cielos y la tierra, pero no le importaba que las vecinas la sorprendieran fregando con el delantal viejo, ni que la viera el pueblo entero llevando el balde de la basura hasta el barranco. Nunca aprendió María a distinguir bien cuáles son esas cosas que no pueden hacer las señoras, esas cosas que sólo pueden hacer las sirvientas.
            María no lo aprendió nunca porque, el día en que Dios hizo la Señora, Ella dijo que era la sirvienta del Señor.
            Después de ser Madre de Dios, María sigue remendando y poniéndose el mismo vestido, empuñando la misma escoba, fregando las mismas ollas, yendo al mismo lavadero a lavar la ropa, hablando y sonriendo a las mismas personas de antes.
            La Madre de Dios sigue disfrazada de aldeana, de pueblerina de Nazaret para que aprendamos nosotros, los comediantes que siempre nos disfrazamos de más en la vida. Nosotros los eternos payasos, con nuestras máscaras y nuestros gestos honorables.
            El caminar de María fue un caminar constante por una calle oscura. Ella no salió a pasear a la calle mayor del mundo. Esa difícil renuncia a ser admirada, estimada o envidiada. Ella iba derecha a su maravilloso destino por la calle oscura. No salió a la calle mayor ni para hacer propaganda del cristianismo. No era su misión. Sólo un día fue detrás de Cristo por la calle mayor. Pero ese día la calle mayor era la calle de la amargura.
            Nosotros disimulamos nuestros defectos. María disimula sus grandezas. María, durante treinta años, tratando de ocultar que es Madre de Dios y Reina de los cielos y la tierra. María, con el vestido usado de los días de labor. La mujer del carpintero. Simplemente una vecina más de Nazaret. ¡Qué gran modelo de la humildad encarnada!