sábado, 30 de junio de 2012


 Dios Padre, rico en misericordia
Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda







"Dios rico en misericordia" (Ef 2,4) es el que Jesucristo nos ha revelado como Padre. Siguiendo las enseñanzas del Concilio Vaticano II y en correspondencia con las necesidades particulares de los tiempos en que vivimos, una exigencia de no menor importancia en estos tiempos críticos y nada fáciles, me impulsa a descubrir una vez más en el mismo Cristo el rostro del Padre, que es "misericordioso y Dios de todo consuelo" (2Cor 1,3). Efectivamente, en la Constitución Gaudium et spes leemos: "Cristo, el nuevo Adán..., manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y descubre la sublimidad de su vocación": y esto lo hace "en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor" (GS,22).
La mentalidad contemporánea, quizá en mayor medida que la del hombre del pasado, parece oponerse al Dios de la misericordia y tiende a orillar de la vida y arrancar del corazón humano la idea misma de la misericordia...
Ante sus conciudadanos en Nazaret, Cristo hace alusión a las palabras del profeta Isaías: "El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ungió para evangelizar a los pobres, me envió a predicar a los cautivos la libertad, a los ciegos la recuperación de la vista; para poner en libertad a los oprimidos, para anunciar un año de gracia del Señor" (Lc 4,18). Estas frases son su primera declaración mesiánica a la que siguen los hechos y palabras conocidas a través del Evangelio. Cristo se convierte en signo legible de Dios que es amor; se hace signo del Padre, signo visible.
En base a ese modo de manifestar la presencia de Dios que es Padre, amor y misericordia, Jesús hace de la misma misericordia uno de los temas principales de su predicación. Cristo, al revelar el amor-misericordia de Dios, exigía al mismo tiempo a los hombres que a su vez se dejasen guiar en su vida por el amor y la misericordia. Esta exigencia forma parte del núcleo mismo del mensaje del Mesías y constituye la esencia del Evangelio.
El concepto de misericordia tiene en el Antiguo Testamento una larga y rica historia. Israel fue el pueblo de la Alianza con Dios, Alianza que rompió muchas veces. Cuando a su vez adquiría conciencia de su propia infidelidad -y a lo largo de la historia de Israel no faltan profetas y hombres que despiertan tal conciencia- se apelaba a la misericordia. Es significativo que los profetas en su predicación pongan la misericordia, a la que recurren con frecuencia debido a los pecados del pueblo, en conexión con el amor por parte de Dios. La misericordia no pertenece únicamente al concepto de Dios, sino que es algo que caracteriza la vida de todo el pueblo de Israel y también de sus propios hijos e hijas: es el contenido de la intimidad con su Señor, el contenido de su diálogo con Él.






En los umbrales del Nuevo Testamento resuena la misericordia divina... María, entrando en casa de Zacarías, proclama con toda su alma la grandeza del Señor "por su misericordia", de la que "de generación en generación" se hacen partícipes los hombres que viven en el temor de Dios. Al nacer Juan Bautista, en la misma casa su padre Zacarías, bendiciendo al Dios de Israel, glorifica la misericordia que ha concedido "a nuestros padres y se ha recordado de su santa alianza". En las enseñanzas de Cristo mismo esta imagen se simplifica y a la vez se profundiza. Esto se ve quizá con más evidencia en la parábola del hijo pródigo.
Nuestros prejuicios en torno al tema de la misericordia son a lo más el resultado de una valoración exterior. Ocurre a veces que percibimos principalmente la misericordia como una relación de desigualdad entre el que la ofrece y el que la recibe. Consiguientemente la misericordia difama a quien la recibe y ofende la dignidad del hombre. La parábola del hijo pródigo demuestra cuán diversa es la realidad... el hijo pródigo comienza a verse a sí mismo y sus acciones con toda verdad. Para el padre, el hijo se convierte precisamente en un bien... La misericordia... constituye el contenido fundamental del mensaje mesiánico de Cristo y la fuerza constitutiva de su misión.
El mensaje mesiánico de Cristo y su actividad entre los hombres termina en la cruz y la resurrección. Debemos penetrar hasta lo hondo en este misterio pascual si queremos expresar profundamente la verdad de la misericordia, tal como ha sido revelada en la historia de nuestra salvación. El que "pasó haciendo el bien" y "curando toda clase de enfermedades y dolencias", Él mismo parece merecer ahora la más grande misericordia y apelar a ella cuando es arrestado, ultrajado, condenado, flagelado, coronado de espinas, clavado en la cruz y expira entre terribles tormentos. Es entonces cuando merece de modo particular la misericordia de los hombres, y no la recibe.
El misterio pascual es el culmen de esta revelación y actuación de la misericordia divina que es capaz de justificar al hombre, de restablecer la justicia en el sentido salvífico querido por Dios. La cruz de Cristo sobre el Calvario surge como llamada dirigida al hombre a fin de que participe en la vida divina y para que, como hijo pródigo, participe de la verdad y del amor que está en Dios y proviene de Dios.
Pero la última palabra de su mensaje y de su misión mesiánica será pronunciada en aquella alborada cuando las mujeres primero y los apóstoles después, venidos al sepulcro de Cristo crucificado, verán la tumba vacía y proclamarán por vez primera: "Ha resucitado". En esta glorificación del Hijo de Dios habla y no cesa nunca de decir que Dios Padre es absolutamente fiel a su eterno amor por el hombre ya que "tanto amó al mundo -por tanto al hombre en el mundo- que le dio a su Hijo unigénito para que quien crea en Él no muera, sino que tenga vida eterna" (Jn 3,16).
María es la que de manera singular y excepcional ha experimentado -como nadie- la misericordia y también de manera excepcional, ha hecho posible con el sacrificio de su corazón la propia participación en la revelación de la misericordia divina. Nadie como la Madre del Crucificado ha experimentado el pasmoso encuentro de la trascendente justicia divina con el amor: el "beso" dado por la misericordia a la justicia. Sabe su precio y sabe cuán alto es... En ella y por Ella, tal amor no cesa de revelarse en la historia de la Iglesia y de la humanidad. También nuestra generación está comprendida en las palabras de María cuando glorificaba la misericordia de la que "de generación en generación" son partícipes cuantos se dejan guiar por el temor de Dios.
La presente generación se siente privilegiada porque el progreso le ofrece tantas posibilidades, insospechadas hace solamente unos decenios. El hombre ha extendido su poder sobre la Naturaleza y ha adquirido un conocimiento más profundo de las leyes de su comportamiento social. El desarrollo de la informática, las nuevas técnicas de la comunicación, la ciencia biológica y psicológica... aunque este progreso sigue siendo muy a menudo el privilegio de los países industrializados pero no se puede negar que la perspectiva de hacer beneficiarios a todos los pueblos y a todos los países no es una utopía. Pero al lado de esto existen al mismo tiempo dificultades, inquietudes e imposibilidades que atañen a la respuesta profunda que el hombre sabe que debe dar. El desequilibrio fundamental hunde sus raíces en el corazón humano.
A partir del Concilio, las tensiones y amenazas allí delineadas se han ido revelando mayormente y han confirmado aquel peligro que no permiten nutrir ilusiones. Aumenta la sensación de amenaza y la perspectiva de un conflicto que, teniendo en cuenta los actuales arsenales atómicos, podría significar la auto-destrucción parcial de la humanidad. El hombre contemporáneo tiene miedo de que con el uso de los medios inventados por esta civilización materialista, cada individuo, lo mismo que las naciones, puede ser víctima del atropello de otros individuos o sociedades. Los medios técnicos a disposición de la civilización actual ocultan no sólo la posibilidad de una auto-destrucción por vía de un conflicto militar, sino también la posibilidad de una subyugación "pacífica" de los individuos, de sociedades enteras y de naciones por quienes disponen de medios suficientes y están dispuestos a servirse de ellos sin escrúpulos. Se piensa también en la tortura todavía existente en el mundo, ejercida sistemáticamente por la autoridad como instrumento de dominio y de atropello, y practicada impunemente por los subalternos. Todo ello junto a la conciencia de la amenaza biológica...
La Iglesia comparte con los hombres de nuestro tiempo este profundo y ardiente deseo de una vida justa... No obstante, sería difícil no darse uno cuenta de que no raras veces los programas que parten de la idea de justicia en la práctica sufren deformaciones. La experiencia demuestra que otras fuerzas negativas, como son el rencor, el odio e incluso la crueldad, han tomado la delantera a la justicia. En tal caso, el ansia de aniquilar al enemigo, de limitar su libertad y hasta de imponerle una dependencia total, se convierte en el motivo fundamental de la acción. En efecto, es obvio que en nombre de una presunta justicia, se aniquila al prójimo, se le mata, se le priva de la libertad, se le despoja de los elementales derechos humanos...
Debemos también preocuparnos por el ocaso de tantos valores fundamentales de la moral humana, del respeto a la vida humana, del respeto al matrimonio y a la estabilidad de la familia, donde va unida la crisis de la verdad en las relaciones interhumanas. Existe la desacralización que a veces se transforma en "deshumanización": el hombre y la sociedad para quienes nada es "sacro", van decayendo moralmente a pesar de las apariencias.
Con esta imagen de nuestra generación que no cesa de suscitar una profunda inquietud, vienen a la mente las palabras de María que, con la encarnación del Hijo de Dios, resonaron en el Magnificat. La Iglesia debe dar testimonio de la misericordia de Dios revelada en Cristo, profesándola y tratando después de introducirla y encarnarla en la vida de sus fieles y de todos los hombres de buena voluntad. También implorándola frente a todas las amenazas que pesan sobre el horizonte de la humanidad actual.
La Iglesia vive una vida auténtica cuando -como María- profesa y proclama la misericordia y cuando acerca a los hombres a las fuentes de la misericordia de las que es depositaria y dispensadora sobre todo en la Eucaristía y en el sacramento de la penitencia o reconciliación.
El camino que Cristo nos ha manifestado en el sermón de la montaña es mucho más rico de lo que podemos observar en los comunes juicios humanos que consideran la misericordia como un proceso que presupone y mantiene las distancias. Deriva de ahí la pretensión actual de liberar de la misericordia las relaciones interhumanas y sociales y basarlas únicamente en la justicia. La misericordia auténticamente cristiana es la más perfecta encarnación de la justicia y de la igualdad entre los hombres. La misericordia es indispensable para plasmar las relaciones mutuas entre los hombres. Es imposible establecer los vínculos de fraternidad únicamente con la justicia. El amor misericordioso es indispensable entre aquellos que están más cercanos: entre los esposos, entre padres e hijos, entre amigos; es también indispensable en la educación, pero no acaba aquí su término. Pablo VI indicó en más de una ocasión la "civilización del amor" como fin al que deben tender los esfuerzos. En tal dirección nos conduce el Concilio cuando habla repetidas veces de la necesidad de hacer el mundo más humano. El mundo de los hombres puede hacerse cada vez más humano solamente si en todas las relaciones recíprocas introduce el momento del perdón que es la condición fundamental de la reconciliación. Por esto la Iglesia debe considerar como uno de sus deberes principales es el de proclamar e introducir en la vida el misterio de la misericordia, revelado en sumo grado en Cristo Jesús.
La Iglesia considera como deber propio custodiar la autenticidad del perdón y proclama la verdad de la misericordia de Dios revelada en Cristo crucificado y resucitado. La Iglesia tiene el derecho y el deber de recurrir a la misericordia "con poderosos clamores" cuando el hombre contemporáneo no tiene la valentía de pronunciar siquiera la palabra "misericordia". Es pues necesario una ferviente plegaria: un grito al Dios que no puede despreciar nada de lo que ha creado. Al igual que los profetas, recurramos al amor que tiene características maternas y que, a semejanza de una madre, sigue a cada uno de sus hijos, a toda oveja descarriada, aunque hubiese millones de extraviados, aunque en el mundo la iniquidad prevaleciese sobre la honestidad, aunque la humanidad contemporánea mereciese por sus pecados un nuevo "diluvio", como mereció en su tiempo la generación de Noé. Recurramos al amor paterno que Cristo nos ha revelado y recordando las palabras del Magnificat de María, imploremos la misericordia divina para la generación actual. Elevemos nuestras súplicas guiados por la fe, la esperanza y la caridad que Cristo ha injertado en nuestros corazones para gritar, como Cristo en la cruz: "Padre, perdónales porque no saben lo que hacen". Esto es amor a los hombres, a todos los hombres sin excepción o división alguna. La Iglesia debe guiarse por la conciencia de que no le es lícito en modo alguno replegarse sobre sí misma.
Supliquemos por intercesión de Aquella que no cesa de proclamar "la misericordia de generación en generación" y también de aquellos en quienes se ha cumplido las palabras del sermón de la montaña: "Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia" (Mt 5,7).





martes, 22 de mayo de 2012




LA PRESENCIA ACTUANTE DEL ESPÍRITU SANTO
 EN LA IGLESIA


Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda
Las promesas de Cristo se fueron cumpliendo tal como él las había anunciado.  En la cena pascual, momentos antes del comienzo de su pasión, el Señor le promete a sus discípulos enviarles el Espíritu Santo. Abogado. Paráclito. Defensor. Es necesario que Jesús se vaya para que lo envíe. Jesús había sido para sus apóstoles defensor y abogado. Ahora lo será el Espíritu de Dios.
            El Espíritu santo que obró en el seno de la Virgen María la concepción de Jesucristo, obra también en pentecostés, el nacimiento de la Iglesia. Es en ese momento en que el Espíritu se derrama sobre los apóstoles, cuando queda constituida la Iglesia de manera plena. “No le dejaré huérfanos”. Y en verdad, así fue. Desde la ascensión a pentecostés la presencia de maría, la Madre, llena en parte el gran vacío de la ausencia del Señor. En pentecostés cada apóstol se llena del Espíritu Santo. No hay orfandad. Hay presencia divina permanente. La Iglesia estará asistida siempre por el Espíritu Santo. La Iglesia es de Jesús y Jesús es de la Iglesia. No hay separación. No hay alejamiento. No hay ausencias. No puede haberlas.  La Iglesia es el Espíritu Santo, el Espíritu Santo es la Iglesia. Tampoco entre ellos puede concebirse un alejamiento. No puede haberlo.
            La Iglesia es querida por Jesús, fundada por él. La Iglesia es amada por Jesús. Y la ama tanto que le dio y le da su vida. Le dio su vida en sacrificio cruento y reparador. Le da su vida en sacrificio místico, eucarístico. Jesús ama a su Iglesia hasta el extremo. Por amor a la Iglesia, Jesús le promete, le da el Espíritu Santo. Promesa cumplida en pentecostés de una manera plena y definitiva. Desde entonces la Iglesia ha experimentado la presencia del Espíritu de Dios en los momentos ordinarios, en los tiempos difíciles. Todo lo santo que la Iglesia ha realizado en veintiún siglos es obra del Espíritu Santo.
            El Espíritu Santo dio fuerza a los apóstoles para que comenzaran, sin desmayo, la predicación del Evangelio de Jesús. El Espíritu Santo dio valor a los mártires para que entregaran sus vidas en testimonio de amor a Jesús. El Espíritu Santo, iluminó a los Padres de la Iglesia para que expresaran con claridad, exactitud la doctrina de la Iglesia.



            En Pentecostés conmemoramos el aniversario de la fundación de la Iglesia. Es Pentecostés, el día del Espíritu, tiempo del Espíritu Santo.  Pentecostés inicio y permanencia de la comunicación entre el Espíritu Santo y la Iglesia. Es la presencia actuante del Espíritu, un tiempo eclesial de crecer y extenderse. Tiempo apostólico, misionero y vocacional. Tiempo de santidad.


viernes, 18 de mayo de 2012



LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda





            Los que miraban al cielo eran un grupo de excepción. Habían sido espectadores de primera fila del misterio central de la historia de la salvación. Habían asistido y participado en los momentos más importantes de la historia. Sus ojos habían contemplado el rostro dulce y bondadoso de Cristo predicando, sanando, sus ojos miraron, llenos de asombro, de dolor, a Cristo pendiente en la Cruz a las afueras de Jerusalén, también sus ojos, abiertos  desmesuradamente por la emoción, la alegría se habían cruzado con la mirada de Cristo resucitado. Fue un vivir la Pascua de Jesús con la mirada y también con el corazón. El corazón de ellos había latido al unísono, aunque a distancia, con el corazón pascual de Jesús. Un corazón que se entrega en el primer jueves eucarístico, un corazón que se ofrece como testimonio al discípulo incrédulo.
            Sí, habían vivido todos estos momentos, todos esos acontecimientos, con profundidad, con tensión, con oscuridad, con certeza. Ahora están allí, mirando al cielo, a la nube, que les había quitado la vista del Señor. Estaban mirando al cielo, esperando… Pero no eran horas de espera. Ya no verían más al Señor tal como le habían visto hasta entonces. El Señor se iba y volvería con una presencia diferente. Presencia real, en verdad, presencia viva, presencia cálida, presencia eficaz, presencia afectiva, pero no una presencia experimentable con los sentidos.
            No existen ojos que le vean, como los ojos apostólicos. No habrían manos que le toquen como las de Tomás el incrédulo. Ni el oído humano escuchará ya la voz cálida del Maestro como la escuchó María junto a la puerta del sepulcro la mañana de la resurrección. El Señor estará presente. Su presencia nos exigirá la fe. Presente para los que tienen fe.
            La fe no mira hacia arriba esperando ver aparecerse al Señor. La fe cree que está presente, vivo, real y verdadero en medio de nosotros. A Cristo hay que mirarlo dentro, al lado. En comunión personal y en comunión comunitaria. Quedarse mirando al cielo, de brazos cruzados, esperando a ver qué pasa, quedarse en una actitud de inercia, es olvidar el papel que como discípulos nos toca desempeñar en la extensión del Reino.
            Con la Ascensión del Señor la historia no ha terminado. Se cierra, sí, un capítulo y al mismo tiempo se abre una nueva época. El Señor ya no estará como antes. Estará de otra manera. No esperemos pues, lo que no tiene que pasar. No nos quedemos mirando al cielo.
            Nos quedamos mirando al cielo si somos superficiales, si no ahondamos en el misterio de Amor que se celebra en cada Eucaristía. Allí está Él, el Señor, para compartirse y repartirse. Hemos puesto muchas veces un marcado énfasis en la parte social, el ornato, la parte  exterior de la celebración eucarística, sin muchas veces saborear el misterio de comunión y participación que desborda cada celebración eucarística.
            Nos quedamos mirando al cielo si en nuestro corazón hay tanta vanidad que aspira al oropel y a los honores, a la alabanza y a los títulos, al dinero, al poder. Hay que mirar a la tierra para ver lo transitorio y vano de todo eso y cómo debemos aspirar a los valores más altos y absolutos.
            Nos quedamos mirando al cielo, porque en nuestros periódicos venezolanos leemos, cada vez con mayor frecuencia, que existe en nuestra tierra el predominio de la violencia y la impunidad. Porque falta la justicia y la paz que tanto anhelamos. Nos toca trabajar a todos por el establecimiento de los valores del reino.
            Nos quedamos mirando al cielo, que en la tierra hay muchos problemas graves sin solución que demanda nuestro compromiso, nuestra entrega. La carestía de la vida que hace más difícil la vida a las clases más marginales, el desempleo, corrupción, los secuestros, el narcotráfico, la violencia y muchos más…
            Cuando nos empeñamos en trabajar para hacer un mundo un poco mejor, Dios nos asiste y capacita para se factores de cambios, para realizar obras de bien. Es comprometidos y trabajando como lograremos el cambio, no nos quedemos mirando al cielo. Jesús está encarnado en la tierra. Cristo está entre nosotros. Nos necesita aquí. No nos quedemos mirando al cielo.

lunes, 7 de mayo de 2012

Miremos al interno del Corazón de María




           
MIREMOS AL INTERNO DEL CORAZÓN DE MARÍA

Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda






En treinta años de vecindad de María en Nazaret, ni un gesto de María que indicara a los vecinos su verdadero rango, su fenomenal categoría de Madre de Dios, de Reina del cielo y del mundo. La humildad de María.
            Esa absoluta carencia de orgullo, de vanidad, de la más mínima intención de aparentar, de ser estimada de los demás, es algo que no podemos comprender en una mujer…ni en un hombre.
            Todos somos tan innata, y estúpidamente vanidosos, que la mitad de nuestras actitudes todas se reducen a aparentar que somos más de lo que somos. Nos pasamos la vida tratando de aparentar que somos más importantes, indispensables, que nadie nos puede sustituir. ¡Vanidad de vanidades!
            María de Nazaret. María Madre de Dios, con sus vestidos no mejores que la de las demás; con sus gestos sencillos, mucho más sencillos que los de los demás del pueblo. María que, en treinta años, no ha tenido un solo gesto para demostrar “que Ella  es más que las demás”.  Podríamos imaginarnos: ¡Cuántas veces la Virgen se dejó superar por sus vecinas en todo lo que era vestidos, estilo de casa, muebles! Cuando en la tertulia, las vecinas alardeaban de que conocían y trataban con gente rica y prestigiosa de Jerusalén, María escuchaba tranquila sin tratar de aparentar o vanagloriarse  de lo que ella podía conocer.
            María nunca dijo a sus vecinas que se le había aparecido el ángel del cielo. Tampoco le dijo a ninguna íntima “en secreto” que Ella era madre siendo Virgen.
            Cuando el ángel le reveló que era escogida por el Altísimo entre todas las mujeres, no se le ocurrió marchar a Cafarnaúm a verse con la modista. No quiso “venir a más”. Sabía que era Señora de los cielos y la tierra, pero no le importaba que las vecinas la sorprendieran fregando con el delantal viejo, ni que la viera el pueblo entero llevando el balde de la basura hasta el barranco. Nunca aprendió María a distinguir bien cuáles son esas cosas que no pueden hacer las señoras, esas cosas que sólo pueden hacer las sirvientas.
            María no lo aprendió nunca porque, el día en que Dios hizo la Señora, Ella dijo que era la sirvienta del Señor.
            Después de ser Madre de Dios, María sigue remendando y poniéndose el mismo vestido, empuñando la misma escoba, fregando las mismas ollas, yendo al mismo lavadero a lavar la ropa, hablando y sonriendo a las mismas personas de antes.
            La Madre de Dios sigue disfrazada de aldeana, de pueblerina de Nazaret para que aprendamos nosotros, los comediantes que siempre nos disfrazamos de más en la vida. Nosotros los eternos payasos, con nuestras máscaras y nuestros gestos honorables.
            El caminar de María fue un caminar constante por una calle oscura. Ella no salió a pasear a la calle mayor del mundo. Esa difícil renuncia a ser admirada, estimada o envidiada. Ella iba derecha a su maravilloso destino por la calle oscura. No salió a la calle mayor ni para hacer propaganda del cristianismo. No era su misión. Sólo un día fue detrás de Cristo por la calle mayor. Pero ese día la calle mayor era la calle de la amargura.
            Nosotros disimulamos nuestros defectos. María disimula sus grandezas. María, durante treinta años, tratando de ocultar que es Madre de Dios y Reina de los cielos y la tierra. María, con el vestido usado de los días de labor. La mujer del carpintero. Simplemente una vecina más de Nazaret. ¡Qué gran modelo de la humildad encarnada!
           
            

miércoles, 2 de mayo de 2012

María: Respuesta Perfecta al Amor de Dios





MARÍA: RESPUESTA PERFECTA AL AMOR DE DIOS

Pbro. Angel Yván Rodríguez Pineda








            A la luz de la Anunciación, se pueden ir recorriendo los demás misterios de María, pasando por la cruz, hasta la resurrección, la Iglesia, la Asunción. En ellos se describe el itinerario que Dios ha hecho recorrer a una persona a la que ha comunicado su vida.
            María es  una simple criatura, a la que se le ha comunicado el conocimiento de Dios; y a partir de eso no cesa de avanzar y buscar en eso nuevas etapas. Como el salmista, puede también ella decir: ¡Descúbreme tus caminos! O como la esposa de los Cantares (2,16 a 3,5): ¡Vuelve! El amado se ha entregado a ella, pero ella no le guarda de otro modo que siguiéndole buscando: es de noche, está sola, le busca; recorre las calles y las plazas y no le encuentra.  Los místicos, entre ellos San Juan de la Cruz, han descrito, sirviéndose de estas imágenes, este incesante caminar de la Bienaventurada Virgen María.
            La vida en Nazaret, es la vida en el quehacer cotidiano, es lo humano, lo natural, donde debe buscarse a Dios en primer lugar. Nada trasparenta el misterio que encierra. Esta es la vida de la Iglesia en humildad, no como se manifiesta a través de los apóstoles (vida pública), sino como vive su existencia diaria a través de los creyentes. Simplemente existe. El Espíritu late en ella en esta forma escondida. Algo se desprende de ella que nos transforma, sin que nada se note. Es la cualidad descrita en la carta a los Hebreos capítulo once, que hemos recibido con la existencia y vivimos en la fe. (Heb.11).
            Este vivir cotidiano no es rutinario, porque se vive en presencia del Padre y en el Espíritu Santo. Algo se va realizando secretamente bajo la acción de la Palabra que es “como lámpara que brilla en un lugar oscuro hasta que el día comience a clarear” (2 P 1,19). Es el tiempo de la espera. Es un caminar en la noche bajo la luz de la fe. Es la presencia continua de lo que verdaderamente es. Abre tus ojos. Esta ley “no está más allá de tus posibilidades ni fuera de tu alcance…., está muy cerca de ti, está en tu boca y en tu corazón para que las pongas en práctica” (Dt 30,11-14).
            La virginidad es el clima en que María vive su propio misterio. No por ignorancia o por temor a la naturaleza del hombre y la mujer. Sí así fuese ¿qué sentido tendría su matrimonio con José? Lo que aquí hubo fue una decisión libre de su corazón, según la palabra de Cristo (Mt 19,10-11), consecuencia de la presencia del Reino de los cielos.
            La virginidad que vive María es signo de que ya se ha cumplido el Reino de los cielos. Como si en ella el amor que hay en el corazón de toda persona tendiese no sólo a personalizarse, sino a universalizarse. En Cristo Jesús, dice San Pablo, ya no hay varón ni mujer, ni judío, ni griego, ni esclavo, ni libre (Col 3,11. Gal 3. 28). Lo que equivale a decir: en Cristo ya no hay más que seres libres, que consienten en el amor  que mutuamente se otorgan. La humanidad –hombre y mujer a la vez- ha llegado a la plenitud de su madurez.
            Todo verdadero amor tiende a virginizarse  (Teilhard). Lo importante en esta materia no es tanto la realidad carnal como la tensión del corazón que se dirige a Dios y deja que en él se desarrolle todo amor. “Solo aquella alma es verdaderamente casta, cuando  se dirige hacia Dios incesantemente” (San Basilio).
            Que el Sí incondicional de la Virgen María a los planes de Dios, sea nuestro mejor modelo a seguir en la extensión de los valores del reinado de Dios en nuestros campos apostólicos que nos tocan vivir.

           
            

lunes, 9 de abril de 2012

EL HOMBRE NUEVO: CRISTO RESUCITADO



EL HOMBRE NUEVO: CRISTO RESUCITADO

Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda




            ¿Por qué la cruz es victoriosa? No por sí misma, sino por aquel que la ha llevado, Jesús consigue en ella la victoria sobre el odio, origen de muerte. Él lo vivió todo, incluso la muerte, en el amor. Viviendo el amor hasta el extremo, acaba por incorporarse al Padre, desde el mal que se había sumergido. Él es primer hombre que pasa de la muerte a la vida, porque ha amado. Sólo el amor, cuando se llama Dios hecho hombre, triunfa de todo. Después de él, también nosotros somos transformados: pasados de la muerte a la vida. Porque amamos. Entonces la gloria transfigura su humanidad. La vida nueva es la vida en el amor y la justicia. Es imperecedera.
            Viviendo en Cristo Resucitado, podemos recuperar nuestras vidas, nuestra vocación y puesto en el mundo, sin la vivencia de ser seres resucitados, nuestra vida, nuestros planes y proyectos humanos son sólo una ruina. Debemos descubrir en Cristo Resucitado las fuentes de la verdadera libertad, la cual consiste en amar a Dios sobre todas las cosas. El Resucitado se convierte en el hombre perfecto y en él toda la humanidad es conducida a Dios.
            En Cristo Resucitado, la experiencia espiritual termina su proceso. La Pascua concluye el proceso de salir de sí, que comenzó en el inicio de los días de conversión y cambio de la cuaresma que hemos vivido. Cristo Resucitado se nos presenta como el modelo que ha logrado vivir en su humanidad la vuelta de todas las cosas a Dios en una libertad verdadera. Nosotros nos revelamos en él, logrando con él, mediante su cruz, elevar las cosas hacia Dios. El impulso del Espíritu suyo en nosotros continua. A través de la Iglesia, presente, Cristo hace entrar en la gloria a los que le pertenecen.
            Alegría, unidad, espíritu apostólico, amor fraterno, sentido de Iglesia, éstos son los frutos de autentica experiencia de la Pascua en Cristo Resucitado. La Resurrección es el punto culminante que ilumina todo, la vida, la historia personal, el pasado y el presente. Iluminados por la gracia de la Pascua, Cristo nos sale al encuentro por todas partes. Es también la Resurrección una presencia nueva imposible de poder captar la comunidad de vida en el Espíritu.
            

domingo, 18 de marzo de 2012

SI QUIERES LA PAZ DEFIENDE LA VIDA


SEMANA POR LA VIDA 2012
“SI QUIERES LA PAZ DEFIENDE LA VIDA”






Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda
            Durante los días 18 al 25 de marzo de los corrientes estamos celebrando la semana por la Vida; cuyo objetivo es lograr que nuestra sociedad reconozca y defienda el valor de la vida humana desde el momento de la concepción hasta la muerte natural.
            El departamemento de Pastoral Familiar e Infancia de la CEV, nos ha sugerido como lema para el 2012: “Sí quieres la Paz defiende la Vida”, el cual encierra todo un rico contenido de la preservación de la vida y el  don de la paz deseada por todo cristiano en el momento actual.
            El acto de la creación es una manifestación del corazón amoroso de Dios. Él, que es amor, como lo dice el apóstol San Juan, no pudo contenerlo en sí mismo y lo manifestó fuera de Dios en la creación. Ella por tanto, no es otra cosa sino la expresión del mucho amor que había en Dios. Y con esta surge la manifestación eximia de la vida, todo lo creado, el hombre, como corona de la vida y del amor de Dios. Al final el acto creador, nos relata el hagiógrafo: “Vio Dios todo lo que había creado, y era muy bueno”. La verificación de Dios confirma la bondad del Dios Creador.
            No se puede negar la belleza de los niños recién nacidos, de los gestos de la madre amorosa que cuida con esmero a su recién nacido, de las expresiones amorosas de los esposos que se han jurado amor eterno, de los destellos amorosos de la naturaleza, de los infinitos y variados matices del azul del cielo, de los intensos rojos y amarillos de la puesta del sol, de la oscuridad iluminada por la hermosura de la luna, de la infinita variedad de flores y frutos que dan hermosura singular a todos los sitios, de la inmensa variedad de especies que surgen como compañeros y sustento de toda la humanidad… Todas las expresiones de Vida son realmente hermosas y llenan al hombre de sentido.
            Es el hombre el que le da sentido a la belleza resplandeciente de la naturaleza. Todas esas cosas fueron creadas  para que él las disfrutara y usara de ellas racionalmente; para que les diera su puesto y las defendiera con esmero. La belleza de la vida no queda nunca postergada, aun cuando en ocasiones, aparentemente, ésta pueda ser escondida.
            ¿Qué podríamos decir de la belleza de la vida cuando en ella experimentamos dolores o conflictos? ¿Son tantas las veces en las que asistimos horrorizados al espectáculo del hombre que se convierte en el peor enemigo de aquello que el mismo debería defender con fuerza? ¿En eso está también reflejada la belleza de la vida?

            Nuestra respuesta es rotunda: ¡Sí¡ En esa aparente fealdad del mundo, en esa realidad que en apariencia es negativa, también se expresa la belleza de la Vida¡ En esas condiciones donde es probada la fidelidad de los hombres. Y surgen heroicamente quienes se esfuerzan magisterialmente por hacer, que, incluso en esas condiciones exteriormente malas, surja siempre victoriosa y triunfante la Vida, tal como lo quiere Dios.
            Es hermoso asistir a los esfuerzos de la madre por dar lo mejor de sí a su hijo, aparentemente inútil por alguna condición física que lo hace minusválido; o el del médico que se desvive por recuperar la salud del enfermo terminal o por disminuir sus sufrimientos; a los ambientalistas que luchan por defender a las especies en peligro de extinción; a los pacifistas que buscan sembrar la paz y la armonía en su entorno; a pesar de la desidia de aquellos a quienes le corresponde… Son innumerables los testimonios de hombres y mujeres que, luchando por una Vida mejor, en contra de condiciones inhumanas muchas veces, nos dicen que Dios no se ha olvidado de recordarles que la Vida es y seguirá siendo siempre bella y que vale la pena seguir luchando incansablemente en su favor.
            Estamos asistiendo con mucha tristeza a la época en la que la vida ha recibido mayores heridas. Nunca como hoy se ha atentado contra la vida en el propio vientre de la madre. Hasta se pretende aprobar una ley asesina que despenalice el aborto en nuestra patria, caracterizada siempre por ser tradicionalmente defensora de la vida.  Se ha pretendido también eliminar a los enfermos, los más desvalidos y necesitados de protección. En esa misma ley se aboga por la eutanasia como remedio “saludable y piadoso” para eliminar el sufrimiento de los enfermos. En vez de luchar contra las causas, se pretende eliminar el efecto, eliminando al enfermo, como si fuera un estorbo para la sociedad, pues ya es improductivo. Hemos caído en el más ateo de los existencialismos.
            Nunca como hoy se hiere a la vida promoviendo la violencia entre hermanos, fomentando el odio que llega incluso al asesinato, haciendo reinar la intolerancia que busca la eliminación de quienes no piensan como uno; suscitando guerra fratricidas (todas lo son) haciendo que los hombres levanten sus manos para asesinar a sus hermanos, colocando por encima la vida de cualquier un carro, el dinero, o incluso un par de zapatos.
            Nunca como hoy hemos asistido a la destrucción de la naturaleza que trae como consecuencia que el hombre destruya su propio hábitat, creando condiciones  absolutamente negativas para su propio bienestar.  
            El Dios de la Vida, con todas estas heridas a su Creación, es también herido en su más íntimo amor por lo creado. Dios no quiere que las cosas creadas, mucho menos, el hombre y la mujer, vivan condiciones de destrucción. Dios ha creado al hombre y a la mujer para que sean felices, no para vivir en la desgracia o la opresión. En nuestros tiempos, justamente, se nos está llamando a engrosar la fila de aquellos que desean defender la vida con su propia sangre. Siguiendo el ejemplo de Jesús que, para lograr darnos vida, entregó la suya en la Cruz, cada hombre y cada mujer de nuestra sociedad debe entender que  la suya es importante para defender la vida.
            Se trata, como dijo el Beato Juan Pablo II, de crear la “ecología humana”, es decir, de buscar las mejores condiciones naturales para que la vida de los hombres se desarrolle con normalidad, en los mejores climas posibles, para que sea de verdad bella, como Dios quiere que lo sea. Cada hombre y cada mujer de nuestra sociedad debe convertirse en “guardián de la Vida”, procurando que nunca sea herida, que en ella se den las mejores condiciones para su desarrollo y promoción, que haya cada vez más personas que se conviertan en defensores de las condiciones que la favorezcan.
            Y estos esfuerzos serán bendecidos por Dios, pues el Ama la Vida que nos dio. Y siempre serán acompañados por su  Madre, Madre de Dios y de la Vida de los hombres, Reina y Madre de todo lo creado.
            Que cada celebración de esta nueva jornada de la semana por la Vida, nos conduzca a encontrar más y mejor la Paz tan anhelada y un Amor inestimado por la Vida en Dios y su progreso humano y espiritual.