martes, 17 de septiembre de 2013



EVANGELIZAR EN TIEMPOS DE INCREENCIA

Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda




 

            Estamos hoy ante una profunda crisis de fe, ante una pérdida del sentido religioso y espiritual del hombre de hoy, realidad ésta que nos ubica delante de un gran desafío como Iglesia. Este diagnóstico dado por el Papa Emérito Benedicto XVI, nos obliga a responder a una pregunta que no es nueva: ¿Sigue siendo la fe la posibilidad más radical y humana para el hombre, justo en un momento en el que parece alcanzar sus deseos más mundanos y secularizado?

            Más allá  de la respuesta, lo que nos debe interesar es la pregunta misma por esa posibilidad misma de la fe, lo cual nos permitirá descubrir la situación nueva que vivimos: La increencia como mentalidad dominante y una sociedad donde lo que se cuestiona precisamente, es la fe en Dios.

            La crisis de fe es cultural. No es una actitud determinada contra ella, sino una atmosfera que ha logrado conformar una mentalidad de esta época, que ofrece una mentalidad desvinculada de valores, de reglas, de normas objetivas, y que invita ha rechazar todo lo que supone un límite de deseos momentáneos. Pero este tipo de propuestas, en lugar de conducir a la verdadera libertad, lleva a la persona a ser esclava de sí mismo y de sus bajos instintos libertinos.

            Podemos decir que no hay un problema  de herejías doctrinales, sino de indiferencia existencial entorno a la fe y a su forma explícita de confesión eclesial. La cultura y el andamiaje social sobre el que estaba asentada la fe cristiana como un conjunto unitario o base común, se ha roto.

            Ahora es un momento nuevo. La cultura y la sociedad, sin ser pre-cristianas, ya no son decididamente cristianas, sino post-cristianas y hasta anti-cristianas.

            Algunos siguen siendo tradicionalmente cristianos, pero de hecho viven en medio de una sociedad como si no lo fuesen, dejan esta realidad exclusivamente para el ámbito de lo privado y familiar, sin convicción ni decisión para que esta forma de vida impregne la vida cotidiana en el ámbito donde se juegan las decisiones fundamentales.

            En este contexto cultural, es donde se nos plantea el desafío de la Nueva Evangelización, es una invitación propicia para que todo dirigente del MCC, se sienta interpelado ante el llamado de ser inexcusable ante el firme deseo de Dios para con el hombre.

            Con esta apreciación de la realidad no quisiera dejar la impresión de negatividad o desaliento, sino todo lo contrario. Conocer la realidad y asumirla nos ofrecerá la posibilidad de enfrentar esta problemática y prepararnos adecuadamente bajo un sentido integral de lo humano y lo espiritual.

            Evangelizar la increencia, es hacer vida el mandato mismo de Cristo de proclamar el Evangelio a todo hombre. Un interpelación que ha de resonar en toda nuestra acción apostólica como dirigentes del MCC; es decir discernir a corazón abierto delante del mismo Cristo; si estamos haciendo lo que Él quiere que hagamos, o si estamos acostumbrados solo con predicar a los más cercanos.

            Evangelizar la increencia es dar vida a unas cuantas inquietudes del mismo mandato evangelizador que nos ha propuesto Cristo: ¿Cómo puede el Evangelio ser noticia y noticia buena para nuestras comunidades cristianas? ¿Cómo anunciar a Cristo a hombres y mujeres que, habiendo oído hablar de Él, hoy le dan la espalda? ¿Cómo hacer creíble el Evangelio a personas que después de haberlo escuchado lo rechazan? ¿Cómo presentar la fe cristiana a quienes no parecen necesitarla?. En definitiva, ¿Cómo anunciar y ofrecer al hombre de hoy el Evangelio de la vida y la salvación de Jesucristo de tal manera que pueda ser acogido, vivido y experimentado ya desde ahora, dentro de los límites y fragilidad de nuestra existencia, como promesa de Vida Eterna?

            Que María Madre del Primer Evangelizador, que, con el testimonio de su fe en la Palabra de Dios y su actitud de servicio, supo llevar la Buena Nueva de su Hijo a su prima Santa Isabel, inspire y sostenga nuestra tarea evangelizadora.

Caracas 13 de Septiembre 2013

Festividad de San Juan Crisóstomo, Obispo y Doctor de la Iglesia

I Taller Nacional de Dirigentes  del MCC

           

viernes, 26 de julio de 2013






 

EL EJERCICIO DE LA TOLERANCIA
 
Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda
 
 
 

 

“Cuando me hice miembro de la iglesia, mi círculo era muy grande… porque incluía a todos aquellos que, como yo, habían creído. Estaba feliz con la idea de que los creyentes eran muchos. Pero, siendo del tipo observador, pronto aprendí que muchos creyentes cometían errores. Yo sólo podía tolerar dentro de mi círculo a quienes, como yo, hicieran lo correcto acerca de todos los puntos de doctrina y en la práctica. Algunos hicieron lo malo y pecaron. ¿Qué podía hacer yo? Tracé mi círculo otra vez… dejando fuera a publicanos y pecadores y, dentro conmigo, a los rectos y humildes. Luego escuché rumores malos acerca de algunos de estos. Noté que algunos poseían una mente terrenal y que sus pensamientos continuamente eran sobre cosas mundanas. Mi deber, para salvar mi reputación, fue volver a trazar mi círculo… dejando dentro sólo aquellos que tenían reputación de poseer una mente espiritual. Me di cuenta que sólo mi familia y yo habíamos quedado dentro del círculo. Tenía una buena familia, pero para mi sorpresa, mi familia finalmente estuvo en desacuerdo conmigo. Yo siempre estoy en lo correcto. Un hombre debe sostenerse firme en sus creencias. Así que con determinación férrea, volví a trazar mi círculo… quedándome solo.” Anónimo.


Si creemos que todos los demás deben comportarse en forma impecable, como Cristo, invariablemente nos quedaremos solos, como la persona de la historia, por la sencilla razón de que nadie ha llegado, ni en el pasado ni en el presente, a la estatura de Cristo; ni llegará nadie en el futuro. Y déjeme decirle, esperando que no se ofenda, que eso lo incluye a usted.


Como nadie es perfecto, es importante comprender la cualidad de la tolerancia.

 

Comencemos por la definición del diccionario:


Tolerancia = Permitir los puntos de vista, prácticas y creencias de los demás. Ser libre de prejuicios. Grado de variación permisible de un estándar. En medicina, tolerancia es la habilidad de resistir el daño que produce la exposición a una droga o virus. En mecánica, tolerancia es el grado en el que una máquina puede funcionar fuera de las condiciones ideales.


Todos nos desarrollamos de manera individual y sucede que, en este proceso, cometemos errores y fallamos frecuentemente. Nadie recorre la misma senda que otro en la vida. Por lo tanto, los puntos de vista, prácticas y creencias serán también diferentes, ya no de cultura a cultura, o de país a país, sino de persona a persona. Tolerancia, entonces, es la cualidad que apoya al individuo, a pesar de las faltas de su carácter, y no permite que las fallas se interpongan en el desarrollo de una relación. La persona de la historia se quedó sola porque no permitió ni siquiera los puntos de vista de su propia familia.


Sin embargo, debemos tener cuidado de no abusar del concepto. No es conveniente perdonar todas las fallas en el carácter o rebajar los estándares de comportamiento en nombre de la tolerancia; eso es comprender erróneamente la tolerancia; muchas personas recurrirán a ella para saltarse los valores morales. Tolerancia es, quizá, permitir que nuestros hijos elijan colores que no combinan en su vestuario, pero nadie nos puede tachar de intolerantes por no permitirles vivir en promiscuidad.


La tolerancia no es rebajar los altos estándares morales para hacer que los demás se sientan más a gusto, sino que consiste en mantener los altos estándares y motivar a los demás a desarrollar un carácter aceptable sin rechazarlos cuando fallen. No se trata de perdonar el fracaso, sino de comprender que el fracaso es necesario en la vida de todos y que es inevitable en el crecimiento.


¿Cuál es el límite para conocer lo que es permisible aceptar y lo que no se puede tolerar?  La respuesta la podemos encontrar en la Biblia:
 

Lo que nos dice la Sagrada Escritura:


“No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo obedezcáis en sus apetitos; ni tampoco presentéis vuestros miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos y vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia” (Rm 6, 12-13).


Es claro entonces que no podemos permitir el pecado, pero podemos alentar a las personas que los cometen a que se arrepientan, sin rechazarlas por sus fallos.


Regresando a lo que sí es tolerancia, debemos tener cuidado de no juzgar. Nadie nos erigió en jueces y carecemos de la autoridad moral (recuerde que todos somos pecadores) para dictar una sentencia. ¿Le molestan las ideas de los demás muy fácilmente? ¿Le estorban las peculiaridades y características de los demás? ¡Cuidado! Quizá le esté faltando algo de tolerancia. Recuerde que tendemos a ser muy tolerantes con los propios errores y críticos con los de los demás. Jesús dijo: "¿Por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano y no reparas en la viga que está en tu propio ojo?” (Lucas 6, 41).


Veamos un ejemplo en el hogar. Existe un miembro de la familia que no recoge sus posesiones (de hecho las deposita en los lugares más inapropiados) y esto irrita a los demás miembros de la familia. ¿Conoce a alguien así?: quien no deja las cosas en su lugar; tiene su cuarto en completo desorden; no colabora con los deberes familiares o lo hace de mal modo y sin cuidado, etc. ¿Qué debe hacer un padre? Antes de responder, recuerde que una explosión de mal carácter no ayuda al crecimiento, lo atrofia. El niño/adolescente que atestigua la violencia verbal de sus padres, terminará contestando eventualmente de la misma manera. Un padre debe responder con palabras suaves pero firmes y claras de que se recoja el desorden o se realice la tarea.


Otro punto delicado acerca de la tolerancia es no usarla para evitar conflictos. Unos padres que aceptan que sus hijos hagan lo que desean, podrán quizá presumir de ser tolerantes, pero sin duda están renunciando a lograr el crecimiento de sus hijos.


Resumiendo, tolerancia es permitir puntos de vista, aceptando al individuo, no sus fallas, entendiendo que hay diferentes grados de madurez y diferentes rutas para lograrla.

martes, 7 de mayo de 2013



JESÚS VUELVE A SU GLORIA

Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda
 

                Al final del evangelio de Marcos leemos: “Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios Padre” (Mc.16,19). Mateo termina el suyo con la aparición en el monte de Galilea. Dice a sus discípulos: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos”… (Mt. 28,18-20).  El apóstol San Juan  se detiene en el relato de las apariciones para presentarnos a Jesús como “dador de Espíritu”, y “Señor”. Una vez resucitado, envía a los suyos, por medio de María Magdalena, este mensaje: “Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios”( Jn.20,17).

                El que más claramente habla de la ascensión es Lucas, quien termina su primer libro con estas palabras: “Los sacó hasta cerca de Betania y, alzando sus manos, los bendijo. Y mientras los bendecía se separó de ellos y fue llevado al cielo” (Lc.24,50-51). El comienzo de su segundo libro nos describe el acontecimiento con mayor hecho.

                Existe una relación intima entre la resurrección de Jesús y su ascensión al cielo, como la hay también entre estas y la pasión y muerte del Señor. Son cuatro los momentos de un mismo drama y acción misteriosa; escenas diversas de un único acontecimiento: El paso de Jesús de este mundo al Padre”. (Jn13,1).

                Se trata de una verdadera ascensión. Este es el sentido que da Lucas al largo viaje de Jesús a Jerusalén cuando dejaba decididamente su ministerio en galilea. Inicia su relato con estas palabras. “Como se iban cumpliendo los días de su ascensión, Él afirmó su voluntad de ir a Jerusalén”. (Lc. 9,51).

                Jesucristo entró en su gloria en el momento mismo de la resurrección. (Lc.24,26). En realidad la ascensión nada añadió a la gloria del Resucitado. Más convenía a los discípulos presenciar aquella nueva y definitiva manifestación gloriosa para alcanzar el significado profundo de su exaltación. “ Dios ha exaltado a su Siervo Jesús” ( Hech. 3,13; Jn,3,14).

                Al mismo tiempo, la subida de Jesús al cielo era para ellos el final de una gozosa experiencia que el maestro les proporcionó durante aquel lapso de tiempo para confirmarlos en la fe y encender en sus corazones la esperanza y el amor.

                Jesús ha entrado al cielo “por nosotros como precursor” (Heb. 6,20). Por eso su figura nos señala la dirección en nuestro caminar. Y nos libra a un tiempo de todo triunfalismo humano, porque el que subió es el mismo que bajo. (Ef. 4, 9-10; Lc .14,11).


martes, 30 de abril de 2013



SAN JOSE OBRERO:

 UN ESPECTÁCULO DE SANTIDAD

Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda

Fiesta instituida por Pío XII el 1 de mayo de 1955, para que -como dijo el mismo Pío XII a los obreros reunidos aquel día en la Plaza de San Pedro - "el humilde obrero de Nazaret, además de encarnar delante de Dios y de la Iglesia la dignidad del obrero manual, sea también el próvido guardián de vosotros y de vuestras familias".
 



San José, descendiente de reyes, entre los que se cuenta David, el más famoso y popular de los héroes de Israel, pertenece también a otra dinastía, que permaneciendo a través de los siglos, se extiende por todo el mundo. Es la de aquellos hombres que con su trabajo manual van haciendo realidad lo que antes era sólo pura idea, y de los que el cuerpo social no puede prescindir en absoluto. Pues si bien es cierto que a la sociedad le son necesarios los intelectuales para idear, no lo es menos que, para realizar, le son del todo imprescindibles los obreros. De lo contrario, ¿cómo podría disfrutar la colectividad del bienestar, si le faltasen manos para ejecutar lo que la cabeza ha pensado? Y los obreros son estas manos que, aun a través de servicios humildes, influyen grandemente en el desarrollo de la vida social. Indudablemente que José también dejaría sentir, en la vida de su pequeña ciudad, la benéfica influencia social de su trabajo.

            Sólo Nazaret -la ciudad humilde y desacreditada, hasta el punto que la gente se preguntaba: "¿De Nazaret puede salir alguna cosa buena?"- es la que podría explicarnos toda la trascendencia de la labor desarrollada por José en su pequeño taller de carpintero, mientras Jesús, a su lado, "crecía en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres".

            En efecto, allí, en aquel pequeño poblado situado en las últimas estribaciones de los montes de Galilea, residió aquella familia excelsa, cuando pasado ya el peligro había podido volver de su destierro en Egipto. Y allí es donde José, viviendo en parte en un taller de carpintero y en parte en una casita semi excavada en la ladera del monte, desarrolla su función de cabeza de familia. Como todo obrero, debe mantener a los suyos con el trabajo de sus manos: toda su fortuna está radicada en su brazo, y la reputación de que goza está integrada por su probidad ejemplar y por el prestigio alcanzado en el ejercicio de su oficio.

            Es este oficio el que le hace ocupar un lugar imprescindible en el pueblo, y a través del mismo influye en la vida de aquella pequeña comunidad. Todos le conocen y a él deben acudir cuando necesitan que la madera sea transformada en objetos útiles para sus necesidades. Seguramente que su vida no sería fácil; las herramientas, con toda su tosquedad primitiva, exigirían de José una destreza capaz de superar todas las deficiencias de medios técnicos; sus manos encallecidas estarían acostumbradas al trabajo rudo y a los golpes, imposibles de evitar a veces. Habiendo de alternar constantemente con la gente por quien trabajaba, tendría un trato sencillo, asequible para todos. Su taller se nos antoja que debía de ser un punto de reunión para los hombres -al menos algunos- de Nazaret, que al terminar la jornada se encontrarían allí para charlar de sus cosas.

            José, el varón justo, está totalmente compenetrado con sus conciudadanos. Éstos aprecian, en su justo valor, a aquel carpintero sencillo y eficiente. Aun después de muerto, cuando Jesús ya se ha lanzado a predicar la Buena Nueva, le recordarán con afecto: "¿Acaso no es éste el hijo de José, el carpintero?", se preguntaban los que habían oído a Jesús, maravillados de su sabiduría. Y, efectivamente, era el mismo Jesús; pero José ya no estaba allí. Él ya había cumplido su misión, dando al mundo su testimonio de buen obrero. Por eso la Iglesia ha querido ofrecer a todos los obreros este espectáculo de santidad, proclamándole solemnemente Patrón de los mismos, para que en adelante el casto esposo de María, el trabajador humilde, silencioso y justo de Nazaret, sea para todos los obreros del mundo, especial protector ante Dios, y escudo para tutela y defensa en las penalidades y en los riesgos del trabajo.

lunes, 25 de marzo de 2013




TRES EXPRESIONES DE FE REALIZADOS EN LA ULTIMA CENA

Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda
 
 

            Sin reserva alguna, al contemplar todo lo acontecido durante la realización de última cena de Jesucristo junto a sus apóstoles podemos afirmar categóricamente que cada momento de su desarrollo es una expresión de Fe, un arrebato de Amor por parte de Jesús hacia su pueblo y un ejemplo a seguir en nuestra condición de discípulos. Claramente la Institución del sacramento de la Eucaristía, el Sacerdocio y mandamiento del Amor son sacramentos que sostienen y dan perpetuidad a nuestra fe como seguidores de Cristo.

            La Eucaristía legado de Fe y Amor:

            Los evangelistas, todos a una, destacan el relato de la última cena, celebrada por Jesús horas antes de su prisión y entrega. En el trascurso de la misma, el Señor hizo algo extraordinario y misterioso. (Mt.26,17-29; Mc. 14,12-25; Lc.22,1-20; Jn 13).

            El evangelista San Juan empieza su relato con esta indicación: “ Antes de la fiesta de pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”(Jn.13,1).

            San Lucas, a su vez, recoge las palabras de Jesús al sentarse a la mesa: “Con ansia he deseado comer esta pascua con vosotros antes de padecer, porque os digo que ya no comeré más hasta que halle su cumplimiento en el reino de Dios” (Lc.22,15).

            La actitud y los gestos de Jesús muestran claramente que Él sabe adónde va. Quiere cumplir la voluntad del Padre. El siervo está a punto para el sacrificio. La cena pascual estaba encuadrada por cuatro copas de vino rituales, de las cuales la tercera, llamada “copa de bendición” era la más importante. Pasaba de mano en mano. Comían el cordero asado, los panes ázimos y unas hierbas amargas. Todo tenía su significado profundo relacionado con la historia de la liberación del pueblo, que recordaba durante el banquete. La bendición y acción de gracias eran entonadas con el salmo 112 al 114, los cuales expresan la Gloria de Dios, a Dios como el único Dios verdadero, y el Himno pascual.

 

            Jesús se atuvo al ritual perpetuado. Más al realizarlo introdujo una novedad importante: “ Tomó pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: esto es mi cuerpo, que va a ser entregado por vosotros. Hacer esto en memoria mía. De igual modo tomó, después de cenar, el cáliz, diciendo: Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que va a ser derramada por vosotros” (Lc.22,19-20)

            La acción de Jesucristo cambiaba profundamente el significado de la cena pascual. El rito judío alcanzaba con ella su plenitud y daba paso a un nuevo régimen de relaciones entre Dios y los hombres.  Para nosotros, la Cena del Señor es recuerdo vivo de aquella última celebrada por Jesús en la tierra, en la que instituyó el sacramento de la Eucaristía, por el cual da a comer a los suyos su cuerpo y su sangre, entregados al sacrificio para la redención de todos los hombres.

            Jesucristo, ha dejado a su Iglesia el sacramento de su cuerpo y sangre como el centro y culmen. Así nos lo afirma San Agustín: “ La Eucaristía es misterio de amor, símbolo de unidad, vínculo de caridad”.

            El sacerdocio y el Mandamiento del Amor.

            Jesús, el Mesías verdadero (Mt. 11,2-6) es el apóstol y Sumo sacerdote de nuestra confesión (Heb. 3,1); es decir, nosotros confesamos que Jesucristo es sacerdote. Misterio este que ha sido revelado por Dios y nos es asegurado por el testimonio de la Iglesia. (LG. 5,10,21). Mediador entre Dios y el pueblo, el sacerdote ejerce su oficio como ministro del altar. En el altar se depositan las ofrendas, en el altar se consumen las víctimas, sustrayéndolas así al dominio del hombre para entregarlas a Dios. El cual responde a la entrega con bendición y sus gracias abundantes. (Lev.1,7).

            El ministerio sacerdotal está ordenado, fundamentalmente, al sacrificio, acto central del culto divino. “ Porque todo sumo sacerdote, tomado entre los hombres, está puesto a favor de los hombres, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados”(Heb.5,1). Todas las funciones salvíficas de Jesucristo están centradas en su sacerdocio. La encarnación, la muerte y la glorificación del Hijo de Dios son tres etapas de un mismo acontecimiento toda ella sacerdotal. Jesucristo es sacerdote desde siempre y para siempre El sacerdote de la nueva alianza es único. El Sumo Sacerdote de la alianza nueva, Jesucristo, realizó de una vez para siempre su sacrificio, ofreciéndose a sí mismo sobre el altar de la cruz como rescate por todos. (heb.7,27. Gal.1,4. 1Tim.2,6). En la plegaria Eucarística, que se hace conforme al canon romano, el sacerdote, en presencia de la Víctima santa, ora al padre en estos términos: “ Te ofrecemos Dios de Gloria y majestad, de los mismos dones que nos has dado, el sacrificio puro, inmaculado y santo; pan de vida eterna y cáliz de eterna salvación. Dirige tu mirada serena y bondadosa sobre esta ofrenda; acéptala como aceptaste los dones del justo Abel, el sacrificio de Abrahan, nuestro padre en la fe, y la oblación pura de tu sumo sacerdote Melquisedec”.

            La inocencia, la mansedumbre, la humildad y la obediencia de Jesucristo hacen de su entrega sacerdotal el único sacrificio agradable. Gracias a Él, suben al cielo todas las alabanzas y oraciones y descienden todas las bendiciones, cuando un hombre consagrado al sacerdocio y actuando “in persona Cristi” celebra a diario la Sagrada Eucaristía.

            “Que todos sean uno..Yo en ellos y tu en mí para que sean perfectamente uno y el mundo crea que tú me has enviado”. (Jn. 17,21-23). Tal es la suprema aspiración de Jesús respecto a los hombres. Fruto de toda obra personal de Jesús es el Amor y la unidad, signo definitivo de la verdad de Dios- Sin unidad, Amor y servicio, lo demás signos de cualquier cristiano y su obra apostólica carecen de eficacia. En último tpermino, la vida del rebaño está condicionada por el cumplimiento del mandamiento nuevo de Jesús. La unidad es fruto del amor. (Jn.13,34; 1Jn. 2,8).

                       

COMTEMPLAR CON FE AL CRISTO CRUCIFICADO

Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda
 
 

            Ante un Mesías destinado al fracaso y a la muerte, se escandalizaron los oyentes de Jesús. Cristo Crucificado siempre será “escándalo y locura”. A los mismos discípulos resultaba inaceptable este nefasto destino de su Maestro. (Mt. 9,32; Mt.16,22; Lc-9,45). Pero precisamente este Cristo es “fuerza y sabiduría de Dios” (1Cor. 1,23-24).

            Para la razón humana, la paradoja es indescifrable: El Siervo de Dios ha de alcanzar su victoria por caminos de silencio, expiación y dolor (Is.53).  Para los hombres el tiempo es don de Dios. Don que hemos de emplear en su servicio, realizando al mundo nuestra propia salvación de acuerdo a la voluntad del Creador. (Ecl. 13; Col. 4,5). Lo fue también para Jesucristo, hombre nacido de la Virgen.. Él es el Hijo (Mt.11,27; Jn. 1,18) eternamente abierto a la voluntad del Padre, se hizo hombre para salvar a los hombres, conforme al plan y designios de Dios. Metido en el tiempo para “ser probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado”(Heb. 4,15) no tiene otro alimento que hacer la voluntad del que lo ha enviado y llevar a acabo su obra. (Jn.4,34)

Jesús, en el diálogo constante con su Padre, jamás perdió de vista su misión al encontrarse a diario con los hombres. Las reiteradas alusiones a su hora lo ponen de manifiesto (Jn.2,24; 4,23;7,2-9).

Jesús, cuando se despedía de los suyos para ir a la muerte, Jesús sintetiza toda su carrera en esta forma: “Salí del Padre y he venido al mundo, ahora dejo el mundo y voy al Padre” Jn.16,28). Esta salida (Lc.9,31) este pasar de este mundo al Padre es la acción de total entrega de Cristo en la misión redentora a favor de los hombres; (Jn.13,1). Este momento sublime de su entrega absoluta incluye su pasión y muerte junto con su resurrección y ascensión al cielo. Es el misterio pascual por el que Jesucristo “realizó la obra de la redención humana y la perfecta glorificación de Dios” (SC. 5).

La hora de Jesús es la de su entrega al sacrificio para la redención de todos (Mt,20,28; Jn.7,30). Es la hora de la glorificación de Dios. Jesús lo sabía. Por eso, al entregarse, oró de esta manera: “Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique a ti”…(Jn. 17,1-5). Jesús nació para morir, esta afirmación tiene en su caso un sentido especial y único. En relación con “su hora”, podemos afirmar que todos los momentos de su vida en el mundo estuvieron marcados con el signo de la muerte. Esta viva conciencia de su destino imprimió a su existencia temporal un marcado acento de dolor. En verdad Jesús fue el primero en “llevar la cruz de cada día”(Lc.9,23). Ello explica al mismo tiempo, la admirable unidad que resplandece en su vida. Jesús vivió su vida en plenitud. Sus días fueron plenos. Discurrían bajo la mirada del Padre, de manera profundamente humana (lc.2,52; Jn. 5,19-20).

Contemplar con fe al crucificado nos exige renovar nuestra fe, actualizar nuestra gracia y reactivar el compromiso apostólico de morir cada día a nosotros mismos. El sufrimiento educa al hombre. En la angustia el creyente recuerda a Dios y solicita su asistencia (Jue. 3,7-11; 6,1-10). Es también el dolor signo de predilección. Amigos e instrumentos de Dios acrisolados por el sufrimiento, a imagen del varón de dolores encarnados en Cristo crucificado.

Jesucristo, murió una sola vez para llevarnos a Dios, el justo por los injustos (1Pe 3,18). Como mediador entre Dios y los hombres, llevó a cabo su obra y la perfeccionó por medio del sufrimiento (Heb. 5,8-9). En lugar del gozo que se le proponía, soportó la cruz, sin miedo a la ignominia. Así, abrazado con el dolor, con su amor  lo trasformó, convirtiéndose para nosotros en precio de redención y gloria.

La vida cristiana es comunidad de vida con Jesucristo y participación en sus sufrimientos. “Vivir en Cristo” significa padecer con Cristo para ser con Él glorificado (Rm.8,16-17). Para el discípulo, cuya suerte no puede ser mejor que la de su Maestro (Mt.10,24-25; Jn.15,20), el dolor sigue siendo instrumento de purificación y de expiación por los pecados, llamada constante a la fidelidad. Más por su incorporación al cuerpo de Cristo, sus sufrimientos alcanzan valor de redención. (Col.1,24). De esta manera, lo que fue signo de ira y exigencia de justicia, por obra de Jesucristo se ha convertido para el hombre en motivo de consuelo y bienaventuranza evangélica. En medio de las tristezas del mundo presente, el dolor cristiano es signo de amor y esperanza. (Mt,5,1-12).



MARIA, JUNTO A LA CRUZ DE JESÚS.

UN MODELO INSIGNE DE FE ANTE EL DOLOR DEL CRUCIFICADO

Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda
 
 
 
 

 

            Por dos veces durante el año litúrgico, la Iglesia conmemora los dolores de la Santísima Virgen María el cual lo ubicamos durante la semana de Pasión y el 15 de septiembre bajo la advocación de Nuestra Señora de los Dolores. La profecía de Simeón: “ Y a ti una espada te atravesará el alma” (Lc. 15,35), se actualiza en el recuerdo y la contemplación de la Virgen a los pies del crucificado. Esta imagen de la Virgen a los pies de Cristo crucificado, y la expresión de su firmeza ante tan inmenso dolor, atrajeron poderosamente durante la edad media la piedad del pueblo cristiano; lo cual tiene hoy también un contenido reflexivo en la piedad de hombre actual. María padeció con Jesucristo. Esta su “compasión” toca de cerca al misterio del redentor.

            En los comienzos del misterio profético hizo Jesús su primer signo en Caná de Galilea(Jn.2,1-11). María estaba allí. Su intervención fue decisiva para el milagro. Más la respuesta del Hijo tenía un alcance misterioso: “Mujer, ¿qué tengo yo contigo” Aún no ha llegado mi hora.

            María debió meditar en su corazón esta palabra. Y supo obrar en consecuencia. Desde su discreto ocultamiento durante toda la vida pública de Jesús siguió al Maestro en actitud de humilde discípula, siempre en espera de la nueva llamada del Señor. Y, definitivamente, llegada la hora de Jesús, ella fiel a la cita, otra vez estaba allí. “Junto a la cruz de Jesús estaban su madre….” De nuevo ahora, como en las bodas de Caná, se oyó llamar: “Mujer”. La palabra mujer, guardada con especial fidelidad por el discípulo amado de Jesús, nos facilita el acceso al misterio de la colaboración de María a la obra de Jesucristo en el horizonte del plan divino de la salvación.

            La Virgen María se consagró totalmente a si misma, como la esclava del DSeñor, a la persona y a la obra de su Hijo, sirviendo al misterio de la redención bajo Él y con Él por la gracia del Dios onmipotente. No se mantuvo en  actitud pasiva, no; cooperó activamente a la salvación de los hombres “por la libre fe y por su obediencia” (LG.56). Para esa cooperación, fue educada por Dios al ritmo de los acontecimientos, que ella vivió con plena actitud de Fe y entrega de corazón. Ya desde los primeros pasos de su Hijo – la huida a Egipto, la presentación en el templo, la perdida de Jesús a los doce años, la crucifixión de Jesús- , María se iniciaba en el doloroso aprendizaje. La observación del evangelista San Lucas es luminosa y nos hacen contemplar el temple de María como un modelo de Fe ante el dolor humano: “María por su parte, guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón”. (Lc. 2,19).

            María mujer de Fe, en íntima unión con el “único Mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús” (1Tim.2,5), María ha sido constituida por Dios mediadora de salvación. En tal oficio, su quehacer está subordinado siempre al único Salvador, nuestro Señor Jesucristo (LG. 62).

            Al contemplar el momento de la crucifixión, nos relatan los evangelios: “Y uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza”…En este costado abierto vio San Agustín “la puerta de la vida de donde manaron los sacramentos de la Iglesia”. La Iglesia ha brotado del costado de Cristo. María ideal de la Iglesia, también siendo ella la Madre del Redentor, se nos presenta como modelo de fe en las distintas circunstancias de nuestras vidas.

            Del ccostado de Adán dormido formó Dios a Eva, “madre de todos los vivientes”. María salió también del costado del nuevo Adán, que dormía el sueño de la muerte. Para ser madre de todos los hijos de Dios que viven en Cristo Jesús. Hay en todo esto una maravilla de gracia y de belleza: Sí Jesús es “el fruto bendito de tu vientre”, María es fruto perfecto de la obra redentora de Jesús. Redimida por Jesucristo, es su colaboradora en la obra de la redención.