lunes, 9 de abril de 2012

EL HOMBRE NUEVO: CRISTO RESUCITADO



EL HOMBRE NUEVO: CRISTO RESUCITADO

Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda




            ¿Por qué la cruz es victoriosa? No por sí misma, sino por aquel que la ha llevado, Jesús consigue en ella la victoria sobre el odio, origen de muerte. Él lo vivió todo, incluso la muerte, en el amor. Viviendo el amor hasta el extremo, acaba por incorporarse al Padre, desde el mal que se había sumergido. Él es primer hombre que pasa de la muerte a la vida, porque ha amado. Sólo el amor, cuando se llama Dios hecho hombre, triunfa de todo. Después de él, también nosotros somos transformados: pasados de la muerte a la vida. Porque amamos. Entonces la gloria transfigura su humanidad. La vida nueva es la vida en el amor y la justicia. Es imperecedera.
            Viviendo en Cristo Resucitado, podemos recuperar nuestras vidas, nuestra vocación y puesto en el mundo, sin la vivencia de ser seres resucitados, nuestra vida, nuestros planes y proyectos humanos son sólo una ruina. Debemos descubrir en Cristo Resucitado las fuentes de la verdadera libertad, la cual consiste en amar a Dios sobre todas las cosas. El Resucitado se convierte en el hombre perfecto y en él toda la humanidad es conducida a Dios.
            En Cristo Resucitado, la experiencia espiritual termina su proceso. La Pascua concluye el proceso de salir de sí, que comenzó en el inicio de los días de conversión y cambio de la cuaresma que hemos vivido. Cristo Resucitado se nos presenta como el modelo que ha logrado vivir en su humanidad la vuelta de todas las cosas a Dios en una libertad verdadera. Nosotros nos revelamos en él, logrando con él, mediante su cruz, elevar las cosas hacia Dios. El impulso del Espíritu suyo en nosotros continua. A través de la Iglesia, presente, Cristo hace entrar en la gloria a los que le pertenecen.
            Alegría, unidad, espíritu apostólico, amor fraterno, sentido de Iglesia, éstos son los frutos de autentica experiencia de la Pascua en Cristo Resucitado. La Resurrección es el punto culminante que ilumina todo, la vida, la historia personal, el pasado y el presente. Iluminados por la gracia de la Pascua, Cristo nos sale al encuentro por todas partes. Es también la Resurrección una presencia nueva imposible de poder captar la comunidad de vida en el Espíritu.
            

domingo, 18 de marzo de 2012

SI QUIERES LA PAZ DEFIENDE LA VIDA


SEMANA POR LA VIDA 2012
“SI QUIERES LA PAZ DEFIENDE LA VIDA”






Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda
            Durante los días 18 al 25 de marzo de los corrientes estamos celebrando la semana por la Vida; cuyo objetivo es lograr que nuestra sociedad reconozca y defienda el valor de la vida humana desde el momento de la concepción hasta la muerte natural.
            El departamemento de Pastoral Familiar e Infancia de la CEV, nos ha sugerido como lema para el 2012: “Sí quieres la Paz defiende la Vida”, el cual encierra todo un rico contenido de la preservación de la vida y el  don de la paz deseada por todo cristiano en el momento actual.
            El acto de la creación es una manifestación del corazón amoroso de Dios. Él, que es amor, como lo dice el apóstol San Juan, no pudo contenerlo en sí mismo y lo manifestó fuera de Dios en la creación. Ella por tanto, no es otra cosa sino la expresión del mucho amor que había en Dios. Y con esta surge la manifestación eximia de la vida, todo lo creado, el hombre, como corona de la vida y del amor de Dios. Al final el acto creador, nos relata el hagiógrafo: “Vio Dios todo lo que había creado, y era muy bueno”. La verificación de Dios confirma la bondad del Dios Creador.
            No se puede negar la belleza de los niños recién nacidos, de los gestos de la madre amorosa que cuida con esmero a su recién nacido, de las expresiones amorosas de los esposos que se han jurado amor eterno, de los destellos amorosos de la naturaleza, de los infinitos y variados matices del azul del cielo, de los intensos rojos y amarillos de la puesta del sol, de la oscuridad iluminada por la hermosura de la luna, de la infinita variedad de flores y frutos que dan hermosura singular a todos los sitios, de la inmensa variedad de especies que surgen como compañeros y sustento de toda la humanidad… Todas las expresiones de Vida son realmente hermosas y llenan al hombre de sentido.
            Es el hombre el que le da sentido a la belleza resplandeciente de la naturaleza. Todas esas cosas fueron creadas  para que él las disfrutara y usara de ellas racionalmente; para que les diera su puesto y las defendiera con esmero. La belleza de la vida no queda nunca postergada, aun cuando en ocasiones, aparentemente, ésta pueda ser escondida.
            ¿Qué podríamos decir de la belleza de la vida cuando en ella experimentamos dolores o conflictos? ¿Son tantas las veces en las que asistimos horrorizados al espectáculo del hombre que se convierte en el peor enemigo de aquello que el mismo debería defender con fuerza? ¿En eso está también reflejada la belleza de la vida?

            Nuestra respuesta es rotunda: ¡Sí¡ En esa aparente fealdad del mundo, en esa realidad que en apariencia es negativa, también se expresa la belleza de la Vida¡ En esas condiciones donde es probada la fidelidad de los hombres. Y surgen heroicamente quienes se esfuerzan magisterialmente por hacer, que, incluso en esas condiciones exteriormente malas, surja siempre victoriosa y triunfante la Vida, tal como lo quiere Dios.
            Es hermoso asistir a los esfuerzos de la madre por dar lo mejor de sí a su hijo, aparentemente inútil por alguna condición física que lo hace minusválido; o el del médico que se desvive por recuperar la salud del enfermo terminal o por disminuir sus sufrimientos; a los ambientalistas que luchan por defender a las especies en peligro de extinción; a los pacifistas que buscan sembrar la paz y la armonía en su entorno; a pesar de la desidia de aquellos a quienes le corresponde… Son innumerables los testimonios de hombres y mujeres que, luchando por una Vida mejor, en contra de condiciones inhumanas muchas veces, nos dicen que Dios no se ha olvidado de recordarles que la Vida es y seguirá siendo siempre bella y que vale la pena seguir luchando incansablemente en su favor.
            Estamos asistiendo con mucha tristeza a la época en la que la vida ha recibido mayores heridas. Nunca como hoy se ha atentado contra la vida en el propio vientre de la madre. Hasta se pretende aprobar una ley asesina que despenalice el aborto en nuestra patria, caracterizada siempre por ser tradicionalmente defensora de la vida.  Se ha pretendido también eliminar a los enfermos, los más desvalidos y necesitados de protección. En esa misma ley se aboga por la eutanasia como remedio “saludable y piadoso” para eliminar el sufrimiento de los enfermos. En vez de luchar contra las causas, se pretende eliminar el efecto, eliminando al enfermo, como si fuera un estorbo para la sociedad, pues ya es improductivo. Hemos caído en el más ateo de los existencialismos.
            Nunca como hoy se hiere a la vida promoviendo la violencia entre hermanos, fomentando el odio que llega incluso al asesinato, haciendo reinar la intolerancia que busca la eliminación de quienes no piensan como uno; suscitando guerra fratricidas (todas lo son) haciendo que los hombres levanten sus manos para asesinar a sus hermanos, colocando por encima la vida de cualquier un carro, el dinero, o incluso un par de zapatos.
            Nunca como hoy hemos asistido a la destrucción de la naturaleza que trae como consecuencia que el hombre destruya su propio hábitat, creando condiciones  absolutamente negativas para su propio bienestar.  
            El Dios de la Vida, con todas estas heridas a su Creación, es también herido en su más íntimo amor por lo creado. Dios no quiere que las cosas creadas, mucho menos, el hombre y la mujer, vivan condiciones de destrucción. Dios ha creado al hombre y a la mujer para que sean felices, no para vivir en la desgracia o la opresión. En nuestros tiempos, justamente, se nos está llamando a engrosar la fila de aquellos que desean defender la vida con su propia sangre. Siguiendo el ejemplo de Jesús que, para lograr darnos vida, entregó la suya en la Cruz, cada hombre y cada mujer de nuestra sociedad debe entender que  la suya es importante para defender la vida.
            Se trata, como dijo el Beato Juan Pablo II, de crear la “ecología humana”, es decir, de buscar las mejores condiciones naturales para que la vida de los hombres se desarrolle con normalidad, en los mejores climas posibles, para que sea de verdad bella, como Dios quiere que lo sea. Cada hombre y cada mujer de nuestra sociedad debe convertirse en “guardián de la Vida”, procurando que nunca sea herida, que en ella se den las mejores condiciones para su desarrollo y promoción, que haya cada vez más personas que se conviertan en defensores de las condiciones que la favorezcan.
            Y estos esfuerzos serán bendecidos por Dios, pues el Ama la Vida que nos dio. Y siempre serán acompañados por su  Madre, Madre de Dios y de la Vida de los hombres, Reina y Madre de todo lo creado.
            Que cada celebración de esta nueva jornada de la semana por la Vida, nos conduzca a encontrar más y mejor la Paz tan anhelada y un Amor inestimado por la Vida en Dios y su progreso humano y espiritual.


miércoles, 7 de marzo de 2012

LA RECONCILIACIÓN ES TRIUNFO DEL AMOR



LA RECONCILIACIÓN ES TRIUNFO DEL AMOR

Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda





“En  nombre de Cristo os pedimos que os reconcilien con Dios” (2Cor 5, 20).
Estas palabras dirigidas por el Apóstol San Pablo a la comunidad de los Corintios, revelan su deseo de que retornen a Dios por el camino de la reconciliación. Haberse apartado de Dios  resulta el peor de los negocios que una persona, una comunidad, pueda hacer en su vida.
            La necesidad de rectificar la desviación del camino, y buscar la presencia de Dios, solo se puede lograr por la vía de la reconciliación perfecta, la cual podemos entenderlo metafóricamente como la posibilidad de desandar el camino, el desafío de no tener miedo de volver al amor de Dios. El glorioso destino del hombre reside en el poder misericordioso de Dios. No es otra cosa que encontrar a Dios por medio de Cristo reconciliador. Es a través de Cristo, en la reconciliación, como recibimos la salvación de Dios. ¿Y qué es la Salvación para nosotros? ¿Cómo entenderla y valorarla? ¿Cómo buscarla y adquirirla? Si al deternos ante estas preguntas le encontramos importancia y significación en nuestras vidas; ¿por qué no tratar de responderlas con seriedad u hondura? Es necesario hacerlo porque Cristo nos reconcilió consigo y nos encargó el servicio de reconciliar. Primero somos reconciliados con Él;  se ha establecido entre Cristo y nosotros el vínculo de la amistad, de la pertenencia; nos pertenece y le pertenecemos. Esta amistad, esta pertenencia, se fundamenta en los lazos de naturaleza sobrenatural.
            Son la caridad y la gracia las que realizan la unión. En Cristo, una caridad sin límites que lleva a entregar su sangre, su vida. La reconciliación que Cristo realiza es fruto de la entrega generosa de su vida por nosotros. “Donde abundó el pecado, allí sobreabundó la gracia... Oh feliz culpa que ha merecido tal Salvador”. Cristo realiza la reconciliación rompiendo las cadenas, disolviendo las ataduras, venciendo a la muerte del pecado, al demonio.
            La reconciliación es una victoria, un triunfo. El triunfo del Amor. La reconciliación es obra del amor, obra de la misericordia. El fruto de la reconciliación es el perdón. Cristo quiere reconciliarnos, ´perdonarnos; transformarnos en nuevas criaturas. Cristo quiere que regresemos a Dios.
            La voz solemne de San Pablo se apoya en el nombre de Cristo para buscar la reconciliación de los Corintios. Hoy, durante el tiempo de Cuaresma, la voz solemne de la liturgia de la Iglesia quiere buscar el mismo apoyo para pedir a todos los bautizados la misma actitud de retorno a Dios. Hoy, en nuestros oídos resuena, con la misma fuerza y solemnidad, las misma palabras del Apóstol a cada uno en particular: “En nombre de Cristo os pido que os reconciliéis con Dios”.
Dejémonos reconciliar con Dios. La cuaresma nos invita pues a fijar nuestra mirada en el Padre de toda misericordia, el Dios rico en piedad y compasión, cuyas entrañas se conmueven cuando cualquiera de sus hijos, alejado por el pecado, retorna a Él y confiesa su culpa.  ¡Mirad al Padre que nos bendijo en Cristo con el perdón de los pecados! ¡Mirad a quien es la fuente inagotable de la misericordia y que, a través de la Iglesia, nos suplica el retorno a Él! ¡Dejaos reconciliar con Dios! El abrazo que el Padre dispensa a quien, habiéndose arrepentido, va a su encuentro, será la justa recompensa por el humilde reconocimiento de las culpas propias y ajenas, que se funda en el profundo vínculo que une entre sí a todos los miembros del Cuerpo místico de Cristo.


            

sábado, 18 de febrero de 2012

SIENTO TU DOLOR, EL CUAL ES MI DOLOR.......



Siento tu dolor, el cual es mi dolor…….



Siento tu dolor, agudo en mis ojos.
Siento tu dolor, que corre por mis venas.
Siento el dolor que esconde tu mirada.
Siento tu dolor y brotan lágrimas secas
Buscando tú presencia
y sólo encontrarán tu ausencia.
Siento tu dolor y escucho tus palabras.
Siento tu dolor y el frío que desgarra.
Siento tu dolor y sigo tu experiencia.
Siento tu dolor y apago mi mirada,
mis ojos más se cierran
para jamás perder tu esencia.
Veo tu rostro sin conocerlo,
siento el vacío en mis entrañas,
somos dos almas
en la distancia y en soledad.
Cierra tus ojos, escucha mi voz,
estoy contigo y no detendré
el grito angustiado
por denunciar tu soledad.
Me hiere tu soledad.
Siento tu dolor, mi canto te acompaña.
Siento tu dolor, disfrazarás el llanto.
Siento tu dolor, tú muestras la sonrisa.
Siento tu dolor, compartiré tu cruz,
que es la misma que ayer,
que debes soportar con fuerza.
Estar junto a ti me ha hecho cambiar,
volver a empezar, saber esperar,
dar sombra a mis miedos,
tirarme de bruces al sol.
Y tu dolor me ha hecho cambiar,
estar cerca de ti, estar cerca de Dios,
curar mis heridas, tirarme de bruces al sol
Saber que estás ahí, reanima soledades.

viernes, 10 de febrero de 2012

El compromiso Político del cristiano


           
EL COMPROMISO POLÍTICO DEL CRISTIANO
Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda



                 Mi Reino no es de este mundo (Jn 18,36)  ¿Qué quiso decirnos Jesús con estas palabras?  Se han dado tantas y diversas interpretaciones.  Pero, ¿qué entendemos nosotros,  cristianos católicos, al  cucharlas?
            El mensaje que nos trae Jesús es ante todo un mensaje de amor y de esperanza.  Un mensaje de apertura a un más allá, infinito e inconmensurable,  cuyo resplandor, los años, no le han robado el sentido y el eco comprometedor con el que Jesús lo pronunció. Poseen un autentico sentido y contenido en la vida de nosotros los cristianos de hoy. Estas mismas palabras de Jesús,  se nos presentan como la gran oportunidad de hacer algo por Aquel que todo lo hizo por nosotros, entregar su vida en la cruz como expresión de Amor.

            Y ¿qué podemos hacer por Él? Se nos juzgará por lo que hemos hecho por los hombres, por los pequeños de este mundo.  Por cada semejante nuestro “por el cual ha muerto Jesucristo” (1 Cor 9, 11).  Es palabra de Jesús.  La ofrenda del cristiano a Jesucristo a través de sus hermanos es algo vivo y por tanto multicolor y multiforme, como son los caracteres  y los temperamentos de los hombres.  Desde la Santísima Madre de Jesús  hasta el cristiano más reciente de nuestros días, la diversidad de la entrega a los hombres no cesa de enriquecerse con nuevas variedades.  La  cual más sincera, más ingeniosa, más sensata, más total, posee  un denominador común a todas: “ofrenda a Jesucristo”.  Si ésta falta, la entrega, sea cual sea, no tiene sentido ni sabor cristiano.  En esta “ofrenda a Jesucristo”, lo único que cuenta es su calidad, no su forma externa.  La ofrenda en sí es secundaria.

A algunos los llama concretar su ofrenda en la oración y en el culto.  A otros a cuidar de los enfermos, a enseñar, a predicar, a redimir esclavos, a auxiliar a los leprosos, a profetizar.  De cualquier  forma que sea, digamos con San Pablo, lo importante, lo único importante es que Cristo sea glorificado en esta ofrenda.  Entonces, ¿la política es campo del cristiano?  Política en el sentido histórico de modo de vivir de una comunidad grande o pequeña, ¿por qué no?

Estaba hambriento… estaba sediento…  estaba desnudo… estaba enfermo… estaba encarcelado… y me ayudasteis.  Y la ayuda, no fue sólo una esperanza espiritual.  Está bien claro.  Me disteis de comer… de beber… me  visitasteis.  Luego el cristiano no puede sentirse indiferente en el gobierno de los pueblos, en la suerte de las muchedumbres de pobres  el cristiano no puede sentirse indiferente ante la explotación del hombre por el hombre, ante la injusticia social, ante el racismo, y sobre todo, ante los gobiernos que envenenan el alma de sus gobernados para empobrecer su dignidad humana y manejarlos más fácilmente a su antojo.

En el compromiso del cristiano en la acción cívica hay tres notas importantísimas que resaltar, y que, ellas solas, colorean su actividad y entrega.

La primera, y la más importante, es que el cristiano hace lo que hace porque ve en sus hermanos, los hombres, la imagen de Jesús.  Él y sólo Él representa el móvil inicial y el fin de su entrega.  No defiende teorías ni banderas.  Ama al que le amó y lo hace a través de los hombres.  Las consecuencias prácticas de este espíritu de servicio son continuas y definidoras.

            La segunda está en la parábola evangélica de los talentos y en la otra que empleó Jesús para explicar el sentido de la palabra “prójimo”.  Vamos  a detenernos un momento en este tema.  La politización de las masas está muy de moda actualmente.  El mensaje de Jesús nunca ha podido ser calificado como  demagógico.   Nada menos demagógico que los propósitos que se escucharon.  Porque la esencia del mensaje evangélico es una llamada personal.  Muy pocos cristianos están llamados a misiones públicas, universales, nacionales.  Hay algunos, los que recibieron diez talentos, y estarán obligados a dar cuenta a su Señor de cómo los hicieron rentables.  Todos estamos llamados a ver en nuestro prójimo a Jesús.  Todos hemos recibido un talento al menos.  Y de éste tendremos que dar cuenta a nuestro Señor.  Todos estamos llamados a ser luz del mundo.  Unos en el fondo de su austera celda, en un pobre reclinatorio de vieja madera, vestidos de toscos hábitos.  Otros en la cumbre de la sociedad, entre ostentaciones de esplendor y grandeza.  Entre unos y otros, una muchedumbre inmensa intermedia.  Pero todos “luz” reflejada del que es “Luz del mundo”.  Este es el talento que tenemos que hacer fructificar para que a la hora de las cuentas, nuestro Amo y Señor, no nos arroje de su presencia.  Un talento al menos que hemos recibido, seguro.  Trabajemos con él.  Si alguno siente que Dios le fio cinco o diez, que dé gracias a Dios, que se ponga en sus manos y suba a lo alto de la montaña para que su luz se difunda más lejos.

            La tercera nota específica, y no la menos importante, está implícita en la idea de que el cristiano es un testigo vivo de Jesús.  En consecuencia, nuestro testimonio “al dar”, al procurar  el bienestar de los demás, ha de ser no sólo dar por Jesucristo, como decíamos más arriba, sino un “dar” de Jesucristo.  No es que el pan, o la capa, o el agua que da el cristiano tengan que ser diferente de la que da un no cristiano, es algo mucho más importante.  Somos testimonio, testigos de Jesucristo.  Por tanto nuestro comportamiento ha de seguir su línea, su diseño, su figura.  Dos pasos importantes en ellos.

            El primero “dar” sin quitar nada.  Muchos de los revolucionarios teóricos o prácticos de nuestros días dieron (o pretendieron dar) quitando.  Y quitaron lo más rico: lo que da el Evangelio.  Sí que proclaman la repartición de riquezas, las mejores condiciones de trabajo, la mayor justicia social, pero al mismo tiempo roban al hombre lo más querido y esencial en su vida de hombres: Dios, la familia, la bondad, la dignidad humana.  Muy caro les sale a estos pequeños recoger el pan final que les brindan esas manos llenas de pretensión y mentira.  A final de cuentas tienen más pan, quizás, pero con el cuello sucio.  Pan sin sentir el amor del buen Padre que les dio la vida, pan sin esperanza del mañana, pan manchado de odio a otros hermanos, de envidias, de deseos de venganza.  Están empobrecidos.

            El estilo del cristiano no puede parecerse a éste.  Su acción social o política debe estar impregnada de la personalidad de Jesús.  Dar, dar, dar, pero sin quitar nada.  Dar con la bondad del Maestro.  Dar con la mansedumbre con que lo haría El.  Dar no sólo lo justo, sino más, sin rebajar a los más pobres, sin hacerse levantar estatuas ni besar las manos, dar como se lo daríamos a Jesús.

            El segundo paso es dar pan y algo más.  Del mismo Maestro que recibimos la orden de “dar” son estas palabras: “No sólo de pan vive el hombre…”.  Tenemos en nuestro bagaje de cristianos algo muy superior al pan.  Algo que debe acompañar al pan pero con un valor más nutritivo mucho más elevado.  Es el amor  de Cristo.  Dar con amor de Cristo y dar amor de Cristo.

            El que da un pedazo de pan tirándolo a los pies del mendigo, da pan pero no da amor.  El que acerca el pan a las manos temblorosas del necesitado y cura sus llagas, como lo hicieron tantos cristianos, éste dio pan, amor de Cristo y amor a Cristo.  “Tuve hambre y me disteis de comer…”.  Es sólo este último el que ha dado de verdad un alimento que sofoca el hambre del ser humano llamado a ser hijo de Dios y por el que Jesucristo murió.  Recordemos las palabras de Jesús a la mujer samaritana. “El que beba del agua que yo le daré, ya no tendrá más sed”.  Este es el alimento que Jesús daría.  ¿Y no somos nosotros sus seguidores e imitadores, tanto en el campo privado como en el campo social o político?

Con frecuencia se oyen críticas contra la Iglesia de Jesús, por no oponerse vigorosamente a la autoridad política constituida.  Los más extremistas llegan a renegar de su madre la Iglesia, (la que les acogió, la que les formó, la que les puso en contacto con Jesucristo), porque ésta no predica claramente “la sublevación del proletariado”.  Parece como si reprocharan a Jesús el no habernos incitado a caminar juntos a la conquista del poder, a la insubordinación a las autoridades, al engaño y la trampa con los ministerios públicos, al desprecio de los gobernantes, al odio y al insulto hacia los representantes del orden político social.

Para los que dirigen la sociedad o para los que están sometidos a esa dirección o gobierno, los valores supremos del cristianismo son los mismos.  En este punto, el lenguaje del mensaje cristiano no cambia.  Unos y otros están representados en el mismo lado del denario que presentaron a Jesús.

miércoles, 1 de febrero de 2012

¿Qué meta?¿Qué camino?





¿Qué meta? ¿Qué camino?
Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda




            Todo hombre consciente, reflexivo se propone una meta y escoge un camino para llegar a ella. ¿Qué sería del empresario sin unos planes objetivos para su empresa? ¿Qué sería del investigador sin programa?¿Qué sería de un político sin proyecto? Y el pintor, el poeta, el escritor, el enamorado sin un motivo que oriente su inspiración.

            Cuando un hombre fija su camino no hace sino responder  consciente o inconscientemente a su vocación. Se dirige a lo que se siente llamado. Pero es necesaria esta llamada para ponerse en marcha.
            Cristo sintió esa llamada, marcó el camino y lo recorrió hasta el final sin desfallecer. San Lucas nos presenta en su evangelio a Cristo como un camino. Cristo lo recorre constantemente para alcanzar la gran utopía del Reino de Dios. Un Reino que se hace diariamente, en cada acontecimiento que sucede en el trascurso del camino. En Lucas, Cristo va siempre “camino de Jerusalén”. En ese lugar se desarrollará el acontecimiento más importante de la humanidad, la Redención del hombre. Es la meta de Cristo. Es la culminación de su obra. Es el fundamento de su vocación. Camina hacia la entrega, hacia el sacrificio, hacia la oblación, hacia la muerte. Esa es la vocación, morir por todos. La vida de un solo justo, para dar vida al mundo.
            San Lucas describe espléndidamente ese camino de Cristo en su Evangelio. En la fidelidad a su vocación, nos ha salvado. Pero nos ha dejado con mucha claridad las señales del camino que debemos recorrer los cristianos. Si el cristiano es discípulo de Cristo, debe recorrer el camino que Cristo recorrió. Querer su misma meta. Y usar los mismos medios que Él usó para llegar al final del plan.
            Seguir ese camino sugiere una gran decisión y un gran esfuerzo. Si en nuestra vida adulta hemos elegido a Cristo de modo reflexivo, hemos elegido ser cristianos, ¿Lo hemos elegido para toda la vida, en la alegría, en la tristeza, en el dolor, en la dicha? Para ese camino de fidelidad necesitamos, a fin de no desfallecer, el oxígeno de la oración. Solo así, podremos llegar a la cumbre. Hoy en este mundo de la velocidad, del ruido, de la era tecnológica, de la arrogancia, del hedonismo, tenemos mayor necesidad de una vida de oración más profunda y fuerte. Debemos orar insistentemente. Hablar con Dios para pedirle hasta de modo “impertinente” que nos de su mano, que nos haga oír su voz, que viva cerca de nosotros.

            Debemos alejarnos de la tentación diaria de la indiferencia, de la abulia, de la vida acomodaticia y fácil que buscamos tantas veces. Jesús espera que oremos por encima de cualquier sensación de fracaso, de tropiezo o frustración. Su deseo es que seamos hombres y mujeres de oración constante, en la que se clama ante la vida: justicia, solidaridad, paz. Más allá del ruido, de la prisa, de la competitividad, de los logros, fracasos, no olvidemos que en la intimidad de nuestro ser, Dios está esperando que le dediquemos unos minutos de nuestra vida para que le digamos con absoluta sencillez lo que pensamos, nuestros anhelos, nuestros temores, sufrimientos y gozos. Porque eso es orar; y cuando se ora el camino se hace más corto y placentero.

jueves, 26 de enero de 2012

Beato Mosén Sol




UN DESEO PERENNE DEL BEATO MOSÉN SOL:
 SACERDOTES Y NADA MÁS QUE SACERDOTES
Pbro. Ángel Yván Rodríguez P





                El Beato Manuel Domingo y Sol, Mosén Sol, concibió su propia vida como una vida sacerdotal y  no de ninguna otra manera. Y para los suyos quiso el mismo estilo, el mismo testimonio de la persona que se ha consagrado enteramente al Señor.  Tan asertivas y repetidas suenan sus palabras sobre este particular: “Sacerdotes y nada más que sacerdotes, y santos”. No concibe él posible que el sacerdote no busque, con todas las ayudas de Jesús y con todo su querer, la santidad. No quiere otra clase de sacerdotes. El origen de esta exigencia, que forma parte visible de la voluntad de Don Manuel, se encuentra en Jesús y el apóstol San Pablo: “Esta es pues la voluntad de Dios, vuestra santificación”.
            San Pablo afirma que Dios nos ha elegido a los sacerdotes para la salvación, no por nuestros méritos o cualidades sino por el amor que Él  nos tiene. Jesús elige a unos sacerdotes sin cualidades excepcionales y los envía como representantes personales para predicar su mensaje y continuar la lucha contra el pecado, la enfermedad, la muerte. Cuando el sacerdote llena su corazón y su ser de la presencia divina del Espíritu Santo, es cuando se empieza a ser sacerdote auténtico, tal como lo quiere el Señor, porque entonces el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado. Y entonces él actuará en nosotros para que todas nuestras obras sean hechas con santidad.
            Don Manuel conocía muy bien la teología del sacerdocio y por eso, por la gran responsabilidad que éstos tenían en el ejercicio de su ministerio, tuvo desde el principio, en su propia vida de seminarista y durante toda su vida sacerdotal, una gran estima por el mismo sacerdocio, pero con la permanente condición de que buscaran la santidad, de que fueran santos.
            Es verdad que los sacerdotes tienen como vocación específica la dedicación al apostolado y, sobre todo, al ministerio de la Palabra de Dios. Ya sabemos que todo bautizado es por vocación un apóstol. Pero el apostolado del sacerdote está unido al de Cristo de una manera esencialmente diferente.
            El sacerdote si es representante de los hombres ante Dios, es también representante de Dios para con los hombres. Dios tiene el derecho de elegirse sus representantes. Hablará por sus labios, dispensará sus dones a través de sus manos, concederá por su medio sus misericordias a los hombres. Eligió en la antigüedad a los padres de familia, a los primogénitos de Israel y, más tarde, a las tribus de Leví y a la familia de Aarón. Ahora elige aquí y allá a los que quiere, según sus designios de sabiduría y de amor.
            La sublime misión del sacerdote en el mundo, se resume en que es elegido a favor de los hombres. Debe ser su bienhechor no tanto en el orden natural (material), sino más bien en lo sobrenatural (espiritual). No tanto en las cosas que se refieren a la tierra como en las que se refieren al cielo. Si se preocupa de las necesidades de la vida física de sus hermanos será siempre para facilitarles el desarrollo de la vida espiritual y la conquista de la vida eterna. Si no sigue esta norma, se excede en su misión; y si el pueblo pretende otra cosa de él, demuestra no haber entendido la santidad de su misión.
            Todo este conjunto de verdades teológicas referentes al sacerdocio, tan bien conocidas y vividas por el Beato Mosén Sol, eran objeto de su máxima preocupación en lo que toca al sacerdocio, a los sacerdotes y a toda su tarea ministerial. Y, por supuesto, desde el comienzo del discernimiento vocacional, en la época del Seminario, les advertía una y otra vez, sin cansarse nunca, que todo ello debía ser precedido y acompañado por el deseo profundo, intenso y auténtico de ser santos. El querer ser santos constituía para el Beato Mosén Sol la señal más propia de la vocación al sacerdocio. Y si en algunos este deseo brillaba por su ausencia, la causa era por carencia de auténtica vocación. E, inmediatamente, una y otra vez, sin cansarse, invitaba a éstos a dejar el Seminario porque el sacerdocio no era para ellos. Así, reiteramos que, para Mosén Sol, un signo auténtico de la vocación sacerdotal era el deseo claro y vivo de ser santos. El sacerdocio exige la santidad; la reclama. La voluntad hacia el sacerdocio, debe ser una sola y misma cosa con la santidad. Y lo que es uno (aunque de diferentes componentes), no debe separarse; al contrario, se complementan estos componentes, ayudándose entre sí.
Un santo, que sea sacerdote, será un buen sacerdote, será un sacerdote santo.