lunes, 7 de mayo de 2012

Miremos al interno del Corazón de María




           
MIREMOS AL INTERNO DEL CORAZÓN DE MARÍA

Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda






En treinta años de vecindad de María en Nazaret, ni un gesto de María que indicara a los vecinos su verdadero rango, su fenomenal categoría de Madre de Dios, de Reina del cielo y del mundo. La humildad de María.
            Esa absoluta carencia de orgullo, de vanidad, de la más mínima intención de aparentar, de ser estimada de los demás, es algo que no podemos comprender en una mujer…ni en un hombre.
            Todos somos tan innata, y estúpidamente vanidosos, que la mitad de nuestras actitudes todas se reducen a aparentar que somos más de lo que somos. Nos pasamos la vida tratando de aparentar que somos más importantes, indispensables, que nadie nos puede sustituir. ¡Vanidad de vanidades!
            María de Nazaret. María Madre de Dios, con sus vestidos no mejores que la de las demás; con sus gestos sencillos, mucho más sencillos que los de los demás del pueblo. María que, en treinta años, no ha tenido un solo gesto para demostrar “que Ella  es más que las demás”.  Podríamos imaginarnos: ¡Cuántas veces la Virgen se dejó superar por sus vecinas en todo lo que era vestidos, estilo de casa, muebles! Cuando en la tertulia, las vecinas alardeaban de que conocían y trataban con gente rica y prestigiosa de Jerusalén, María escuchaba tranquila sin tratar de aparentar o vanagloriarse  de lo que ella podía conocer.
            María nunca dijo a sus vecinas que se le había aparecido el ángel del cielo. Tampoco le dijo a ninguna íntima “en secreto” que Ella era madre siendo Virgen.
            Cuando el ángel le reveló que era escogida por el Altísimo entre todas las mujeres, no se le ocurrió marchar a Cafarnaúm a verse con la modista. No quiso “venir a más”. Sabía que era Señora de los cielos y la tierra, pero no le importaba que las vecinas la sorprendieran fregando con el delantal viejo, ni que la viera el pueblo entero llevando el balde de la basura hasta el barranco. Nunca aprendió María a distinguir bien cuáles son esas cosas que no pueden hacer las señoras, esas cosas que sólo pueden hacer las sirvientas.
            María no lo aprendió nunca porque, el día en que Dios hizo la Señora, Ella dijo que era la sirvienta del Señor.
            Después de ser Madre de Dios, María sigue remendando y poniéndose el mismo vestido, empuñando la misma escoba, fregando las mismas ollas, yendo al mismo lavadero a lavar la ropa, hablando y sonriendo a las mismas personas de antes.
            La Madre de Dios sigue disfrazada de aldeana, de pueblerina de Nazaret para que aprendamos nosotros, los comediantes que siempre nos disfrazamos de más en la vida. Nosotros los eternos payasos, con nuestras máscaras y nuestros gestos honorables.
            El caminar de María fue un caminar constante por una calle oscura. Ella no salió a pasear a la calle mayor del mundo. Esa difícil renuncia a ser admirada, estimada o envidiada. Ella iba derecha a su maravilloso destino por la calle oscura. No salió a la calle mayor ni para hacer propaganda del cristianismo. No era su misión. Sólo un día fue detrás de Cristo por la calle mayor. Pero ese día la calle mayor era la calle de la amargura.
            Nosotros disimulamos nuestros defectos. María disimula sus grandezas. María, durante treinta años, tratando de ocultar que es Madre de Dios y Reina de los cielos y la tierra. María, con el vestido usado de los días de labor. La mujer del carpintero. Simplemente una vecina más de Nazaret. ¡Qué gran modelo de la humildad encarnada!
           
            

miércoles, 2 de mayo de 2012

María: Respuesta Perfecta al Amor de Dios





MARÍA: RESPUESTA PERFECTA AL AMOR DE DIOS

Pbro. Angel Yván Rodríguez Pineda








            A la luz de la Anunciación, se pueden ir recorriendo los demás misterios de María, pasando por la cruz, hasta la resurrección, la Iglesia, la Asunción. En ellos se describe el itinerario que Dios ha hecho recorrer a una persona a la que ha comunicado su vida.
            María es  una simple criatura, a la que se le ha comunicado el conocimiento de Dios; y a partir de eso no cesa de avanzar y buscar en eso nuevas etapas. Como el salmista, puede también ella decir: ¡Descúbreme tus caminos! O como la esposa de los Cantares (2,16 a 3,5): ¡Vuelve! El amado se ha entregado a ella, pero ella no le guarda de otro modo que siguiéndole buscando: es de noche, está sola, le busca; recorre las calles y las plazas y no le encuentra.  Los místicos, entre ellos San Juan de la Cruz, han descrito, sirviéndose de estas imágenes, este incesante caminar de la Bienaventurada Virgen María.
            La vida en Nazaret, es la vida en el quehacer cotidiano, es lo humano, lo natural, donde debe buscarse a Dios en primer lugar. Nada trasparenta el misterio que encierra. Esta es la vida de la Iglesia en humildad, no como se manifiesta a través de los apóstoles (vida pública), sino como vive su existencia diaria a través de los creyentes. Simplemente existe. El Espíritu late en ella en esta forma escondida. Algo se desprende de ella que nos transforma, sin que nada se note. Es la cualidad descrita en la carta a los Hebreos capítulo once, que hemos recibido con la existencia y vivimos en la fe. (Heb.11).
            Este vivir cotidiano no es rutinario, porque se vive en presencia del Padre y en el Espíritu Santo. Algo se va realizando secretamente bajo la acción de la Palabra que es “como lámpara que brilla en un lugar oscuro hasta que el día comience a clarear” (2 P 1,19). Es el tiempo de la espera. Es un caminar en la noche bajo la luz de la fe. Es la presencia continua de lo que verdaderamente es. Abre tus ojos. Esta ley “no está más allá de tus posibilidades ni fuera de tu alcance…., está muy cerca de ti, está en tu boca y en tu corazón para que las pongas en práctica” (Dt 30,11-14).
            La virginidad es el clima en que María vive su propio misterio. No por ignorancia o por temor a la naturaleza del hombre y la mujer. Sí así fuese ¿qué sentido tendría su matrimonio con José? Lo que aquí hubo fue una decisión libre de su corazón, según la palabra de Cristo (Mt 19,10-11), consecuencia de la presencia del Reino de los cielos.
            La virginidad que vive María es signo de que ya se ha cumplido el Reino de los cielos. Como si en ella el amor que hay en el corazón de toda persona tendiese no sólo a personalizarse, sino a universalizarse. En Cristo Jesús, dice San Pablo, ya no hay varón ni mujer, ni judío, ni griego, ni esclavo, ni libre (Col 3,11. Gal 3. 28). Lo que equivale a decir: en Cristo ya no hay más que seres libres, que consienten en el amor  que mutuamente se otorgan. La humanidad –hombre y mujer a la vez- ha llegado a la plenitud de su madurez.
            Todo verdadero amor tiende a virginizarse  (Teilhard). Lo importante en esta materia no es tanto la realidad carnal como la tensión del corazón que se dirige a Dios y deja que en él se desarrolle todo amor. “Solo aquella alma es verdaderamente casta, cuando  se dirige hacia Dios incesantemente” (San Basilio).
            Que el Sí incondicional de la Virgen María a los planes de Dios, sea nuestro mejor modelo a seguir en la extensión de los valores del reinado de Dios en nuestros campos apostólicos que nos tocan vivir.

           
            

lunes, 9 de abril de 2012

EL HOMBRE NUEVO: CRISTO RESUCITADO



EL HOMBRE NUEVO: CRISTO RESUCITADO

Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda




            ¿Por qué la cruz es victoriosa? No por sí misma, sino por aquel que la ha llevado, Jesús consigue en ella la victoria sobre el odio, origen de muerte. Él lo vivió todo, incluso la muerte, en el amor. Viviendo el amor hasta el extremo, acaba por incorporarse al Padre, desde el mal que se había sumergido. Él es primer hombre que pasa de la muerte a la vida, porque ha amado. Sólo el amor, cuando se llama Dios hecho hombre, triunfa de todo. Después de él, también nosotros somos transformados: pasados de la muerte a la vida. Porque amamos. Entonces la gloria transfigura su humanidad. La vida nueva es la vida en el amor y la justicia. Es imperecedera.
            Viviendo en Cristo Resucitado, podemos recuperar nuestras vidas, nuestra vocación y puesto en el mundo, sin la vivencia de ser seres resucitados, nuestra vida, nuestros planes y proyectos humanos son sólo una ruina. Debemos descubrir en Cristo Resucitado las fuentes de la verdadera libertad, la cual consiste en amar a Dios sobre todas las cosas. El Resucitado se convierte en el hombre perfecto y en él toda la humanidad es conducida a Dios.
            En Cristo Resucitado, la experiencia espiritual termina su proceso. La Pascua concluye el proceso de salir de sí, que comenzó en el inicio de los días de conversión y cambio de la cuaresma que hemos vivido. Cristo Resucitado se nos presenta como el modelo que ha logrado vivir en su humanidad la vuelta de todas las cosas a Dios en una libertad verdadera. Nosotros nos revelamos en él, logrando con él, mediante su cruz, elevar las cosas hacia Dios. El impulso del Espíritu suyo en nosotros continua. A través de la Iglesia, presente, Cristo hace entrar en la gloria a los que le pertenecen.
            Alegría, unidad, espíritu apostólico, amor fraterno, sentido de Iglesia, éstos son los frutos de autentica experiencia de la Pascua en Cristo Resucitado. La Resurrección es el punto culminante que ilumina todo, la vida, la historia personal, el pasado y el presente. Iluminados por la gracia de la Pascua, Cristo nos sale al encuentro por todas partes. Es también la Resurrección una presencia nueva imposible de poder captar la comunidad de vida en el Espíritu.
            

domingo, 18 de marzo de 2012

SI QUIERES LA PAZ DEFIENDE LA VIDA


SEMANA POR LA VIDA 2012
“SI QUIERES LA PAZ DEFIENDE LA VIDA”






Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda
            Durante los días 18 al 25 de marzo de los corrientes estamos celebrando la semana por la Vida; cuyo objetivo es lograr que nuestra sociedad reconozca y defienda el valor de la vida humana desde el momento de la concepción hasta la muerte natural.
            El departamemento de Pastoral Familiar e Infancia de la CEV, nos ha sugerido como lema para el 2012: “Sí quieres la Paz defiende la Vida”, el cual encierra todo un rico contenido de la preservación de la vida y el  don de la paz deseada por todo cristiano en el momento actual.
            El acto de la creación es una manifestación del corazón amoroso de Dios. Él, que es amor, como lo dice el apóstol San Juan, no pudo contenerlo en sí mismo y lo manifestó fuera de Dios en la creación. Ella por tanto, no es otra cosa sino la expresión del mucho amor que había en Dios. Y con esta surge la manifestación eximia de la vida, todo lo creado, el hombre, como corona de la vida y del amor de Dios. Al final el acto creador, nos relata el hagiógrafo: “Vio Dios todo lo que había creado, y era muy bueno”. La verificación de Dios confirma la bondad del Dios Creador.
            No se puede negar la belleza de los niños recién nacidos, de los gestos de la madre amorosa que cuida con esmero a su recién nacido, de las expresiones amorosas de los esposos que se han jurado amor eterno, de los destellos amorosos de la naturaleza, de los infinitos y variados matices del azul del cielo, de los intensos rojos y amarillos de la puesta del sol, de la oscuridad iluminada por la hermosura de la luna, de la infinita variedad de flores y frutos que dan hermosura singular a todos los sitios, de la inmensa variedad de especies que surgen como compañeros y sustento de toda la humanidad… Todas las expresiones de Vida son realmente hermosas y llenan al hombre de sentido.
            Es el hombre el que le da sentido a la belleza resplandeciente de la naturaleza. Todas esas cosas fueron creadas  para que él las disfrutara y usara de ellas racionalmente; para que les diera su puesto y las defendiera con esmero. La belleza de la vida no queda nunca postergada, aun cuando en ocasiones, aparentemente, ésta pueda ser escondida.
            ¿Qué podríamos decir de la belleza de la vida cuando en ella experimentamos dolores o conflictos? ¿Son tantas las veces en las que asistimos horrorizados al espectáculo del hombre que se convierte en el peor enemigo de aquello que el mismo debería defender con fuerza? ¿En eso está también reflejada la belleza de la vida?

            Nuestra respuesta es rotunda: ¡Sí¡ En esa aparente fealdad del mundo, en esa realidad que en apariencia es negativa, también se expresa la belleza de la Vida¡ En esas condiciones donde es probada la fidelidad de los hombres. Y surgen heroicamente quienes se esfuerzan magisterialmente por hacer, que, incluso en esas condiciones exteriormente malas, surja siempre victoriosa y triunfante la Vida, tal como lo quiere Dios.
            Es hermoso asistir a los esfuerzos de la madre por dar lo mejor de sí a su hijo, aparentemente inútil por alguna condición física que lo hace minusválido; o el del médico que se desvive por recuperar la salud del enfermo terminal o por disminuir sus sufrimientos; a los ambientalistas que luchan por defender a las especies en peligro de extinción; a los pacifistas que buscan sembrar la paz y la armonía en su entorno; a pesar de la desidia de aquellos a quienes le corresponde… Son innumerables los testimonios de hombres y mujeres que, luchando por una Vida mejor, en contra de condiciones inhumanas muchas veces, nos dicen que Dios no se ha olvidado de recordarles que la Vida es y seguirá siendo siempre bella y que vale la pena seguir luchando incansablemente en su favor.
            Estamos asistiendo con mucha tristeza a la época en la que la vida ha recibido mayores heridas. Nunca como hoy se ha atentado contra la vida en el propio vientre de la madre. Hasta se pretende aprobar una ley asesina que despenalice el aborto en nuestra patria, caracterizada siempre por ser tradicionalmente defensora de la vida.  Se ha pretendido también eliminar a los enfermos, los más desvalidos y necesitados de protección. En esa misma ley se aboga por la eutanasia como remedio “saludable y piadoso” para eliminar el sufrimiento de los enfermos. En vez de luchar contra las causas, se pretende eliminar el efecto, eliminando al enfermo, como si fuera un estorbo para la sociedad, pues ya es improductivo. Hemos caído en el más ateo de los existencialismos.
            Nunca como hoy se hiere a la vida promoviendo la violencia entre hermanos, fomentando el odio que llega incluso al asesinato, haciendo reinar la intolerancia que busca la eliminación de quienes no piensan como uno; suscitando guerra fratricidas (todas lo son) haciendo que los hombres levanten sus manos para asesinar a sus hermanos, colocando por encima la vida de cualquier un carro, el dinero, o incluso un par de zapatos.
            Nunca como hoy hemos asistido a la destrucción de la naturaleza que trae como consecuencia que el hombre destruya su propio hábitat, creando condiciones  absolutamente negativas para su propio bienestar.  
            El Dios de la Vida, con todas estas heridas a su Creación, es también herido en su más íntimo amor por lo creado. Dios no quiere que las cosas creadas, mucho menos, el hombre y la mujer, vivan condiciones de destrucción. Dios ha creado al hombre y a la mujer para que sean felices, no para vivir en la desgracia o la opresión. En nuestros tiempos, justamente, se nos está llamando a engrosar la fila de aquellos que desean defender la vida con su propia sangre. Siguiendo el ejemplo de Jesús que, para lograr darnos vida, entregó la suya en la Cruz, cada hombre y cada mujer de nuestra sociedad debe entender que  la suya es importante para defender la vida.
            Se trata, como dijo el Beato Juan Pablo II, de crear la “ecología humana”, es decir, de buscar las mejores condiciones naturales para que la vida de los hombres se desarrolle con normalidad, en los mejores climas posibles, para que sea de verdad bella, como Dios quiere que lo sea. Cada hombre y cada mujer de nuestra sociedad debe convertirse en “guardián de la Vida”, procurando que nunca sea herida, que en ella se den las mejores condiciones para su desarrollo y promoción, que haya cada vez más personas que se conviertan en defensores de las condiciones que la favorezcan.
            Y estos esfuerzos serán bendecidos por Dios, pues el Ama la Vida que nos dio. Y siempre serán acompañados por su  Madre, Madre de Dios y de la Vida de los hombres, Reina y Madre de todo lo creado.
            Que cada celebración de esta nueva jornada de la semana por la Vida, nos conduzca a encontrar más y mejor la Paz tan anhelada y un Amor inestimado por la Vida en Dios y su progreso humano y espiritual.


miércoles, 7 de marzo de 2012

LA RECONCILIACIÓN ES TRIUNFO DEL AMOR



LA RECONCILIACIÓN ES TRIUNFO DEL AMOR

Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda





“En  nombre de Cristo os pedimos que os reconcilien con Dios” (2Cor 5, 20).
Estas palabras dirigidas por el Apóstol San Pablo a la comunidad de los Corintios, revelan su deseo de que retornen a Dios por el camino de la reconciliación. Haberse apartado de Dios  resulta el peor de los negocios que una persona, una comunidad, pueda hacer en su vida.
            La necesidad de rectificar la desviación del camino, y buscar la presencia de Dios, solo se puede lograr por la vía de la reconciliación perfecta, la cual podemos entenderlo metafóricamente como la posibilidad de desandar el camino, el desafío de no tener miedo de volver al amor de Dios. El glorioso destino del hombre reside en el poder misericordioso de Dios. No es otra cosa que encontrar a Dios por medio de Cristo reconciliador. Es a través de Cristo, en la reconciliación, como recibimos la salvación de Dios. ¿Y qué es la Salvación para nosotros? ¿Cómo entenderla y valorarla? ¿Cómo buscarla y adquirirla? Si al deternos ante estas preguntas le encontramos importancia y significación en nuestras vidas; ¿por qué no tratar de responderlas con seriedad u hondura? Es necesario hacerlo porque Cristo nos reconcilió consigo y nos encargó el servicio de reconciliar. Primero somos reconciliados con Él;  se ha establecido entre Cristo y nosotros el vínculo de la amistad, de la pertenencia; nos pertenece y le pertenecemos. Esta amistad, esta pertenencia, se fundamenta en los lazos de naturaleza sobrenatural.
            Son la caridad y la gracia las que realizan la unión. En Cristo, una caridad sin límites que lleva a entregar su sangre, su vida. La reconciliación que Cristo realiza es fruto de la entrega generosa de su vida por nosotros. “Donde abundó el pecado, allí sobreabundó la gracia... Oh feliz culpa que ha merecido tal Salvador”. Cristo realiza la reconciliación rompiendo las cadenas, disolviendo las ataduras, venciendo a la muerte del pecado, al demonio.
            La reconciliación es una victoria, un triunfo. El triunfo del Amor. La reconciliación es obra del amor, obra de la misericordia. El fruto de la reconciliación es el perdón. Cristo quiere reconciliarnos, ´perdonarnos; transformarnos en nuevas criaturas. Cristo quiere que regresemos a Dios.
            La voz solemne de San Pablo se apoya en el nombre de Cristo para buscar la reconciliación de los Corintios. Hoy, durante el tiempo de Cuaresma, la voz solemne de la liturgia de la Iglesia quiere buscar el mismo apoyo para pedir a todos los bautizados la misma actitud de retorno a Dios. Hoy, en nuestros oídos resuena, con la misma fuerza y solemnidad, las misma palabras del Apóstol a cada uno en particular: “En nombre de Cristo os pido que os reconciliéis con Dios”.
Dejémonos reconciliar con Dios. La cuaresma nos invita pues a fijar nuestra mirada en el Padre de toda misericordia, el Dios rico en piedad y compasión, cuyas entrañas se conmueven cuando cualquiera de sus hijos, alejado por el pecado, retorna a Él y confiesa su culpa.  ¡Mirad al Padre que nos bendijo en Cristo con el perdón de los pecados! ¡Mirad a quien es la fuente inagotable de la misericordia y que, a través de la Iglesia, nos suplica el retorno a Él! ¡Dejaos reconciliar con Dios! El abrazo que el Padre dispensa a quien, habiéndose arrepentido, va a su encuentro, será la justa recompensa por el humilde reconocimiento de las culpas propias y ajenas, que se funda en el profundo vínculo que une entre sí a todos los miembros del Cuerpo místico de Cristo.


            

sábado, 18 de febrero de 2012

SIENTO TU DOLOR, EL CUAL ES MI DOLOR.......



Siento tu dolor, el cual es mi dolor…….



Siento tu dolor, agudo en mis ojos.
Siento tu dolor, que corre por mis venas.
Siento el dolor que esconde tu mirada.
Siento tu dolor y brotan lágrimas secas
Buscando tú presencia
y sólo encontrarán tu ausencia.
Siento tu dolor y escucho tus palabras.
Siento tu dolor y el frío que desgarra.
Siento tu dolor y sigo tu experiencia.
Siento tu dolor y apago mi mirada,
mis ojos más se cierran
para jamás perder tu esencia.
Veo tu rostro sin conocerlo,
siento el vacío en mis entrañas,
somos dos almas
en la distancia y en soledad.
Cierra tus ojos, escucha mi voz,
estoy contigo y no detendré
el grito angustiado
por denunciar tu soledad.
Me hiere tu soledad.
Siento tu dolor, mi canto te acompaña.
Siento tu dolor, disfrazarás el llanto.
Siento tu dolor, tú muestras la sonrisa.
Siento tu dolor, compartiré tu cruz,
que es la misma que ayer,
que debes soportar con fuerza.
Estar junto a ti me ha hecho cambiar,
volver a empezar, saber esperar,
dar sombra a mis miedos,
tirarme de bruces al sol.
Y tu dolor me ha hecho cambiar,
estar cerca de ti, estar cerca de Dios,
curar mis heridas, tirarme de bruces al sol
Saber que estás ahí, reanima soledades.

viernes, 10 de febrero de 2012

El compromiso Político del cristiano


           
EL COMPROMISO POLÍTICO DEL CRISTIANO
Pbro. Ángel Yván Rodríguez Pineda



                 Mi Reino no es de este mundo (Jn 18,36)  ¿Qué quiso decirnos Jesús con estas palabras?  Se han dado tantas y diversas interpretaciones.  Pero, ¿qué entendemos nosotros,  cristianos católicos, al  cucharlas?
            El mensaje que nos trae Jesús es ante todo un mensaje de amor y de esperanza.  Un mensaje de apertura a un más allá, infinito e inconmensurable,  cuyo resplandor, los años, no le han robado el sentido y el eco comprometedor con el que Jesús lo pronunció. Poseen un autentico sentido y contenido en la vida de nosotros los cristianos de hoy. Estas mismas palabras de Jesús,  se nos presentan como la gran oportunidad de hacer algo por Aquel que todo lo hizo por nosotros, entregar su vida en la cruz como expresión de Amor.

            Y ¿qué podemos hacer por Él? Se nos juzgará por lo que hemos hecho por los hombres, por los pequeños de este mundo.  Por cada semejante nuestro “por el cual ha muerto Jesucristo” (1 Cor 9, 11).  Es palabra de Jesús.  La ofrenda del cristiano a Jesucristo a través de sus hermanos es algo vivo y por tanto multicolor y multiforme, como son los caracteres  y los temperamentos de los hombres.  Desde la Santísima Madre de Jesús  hasta el cristiano más reciente de nuestros días, la diversidad de la entrega a los hombres no cesa de enriquecerse con nuevas variedades.  La  cual más sincera, más ingeniosa, más sensata, más total, posee  un denominador común a todas: “ofrenda a Jesucristo”.  Si ésta falta, la entrega, sea cual sea, no tiene sentido ni sabor cristiano.  En esta “ofrenda a Jesucristo”, lo único que cuenta es su calidad, no su forma externa.  La ofrenda en sí es secundaria.

A algunos los llama concretar su ofrenda en la oración y en el culto.  A otros a cuidar de los enfermos, a enseñar, a predicar, a redimir esclavos, a auxiliar a los leprosos, a profetizar.  De cualquier  forma que sea, digamos con San Pablo, lo importante, lo único importante es que Cristo sea glorificado en esta ofrenda.  Entonces, ¿la política es campo del cristiano?  Política en el sentido histórico de modo de vivir de una comunidad grande o pequeña, ¿por qué no?

Estaba hambriento… estaba sediento…  estaba desnudo… estaba enfermo… estaba encarcelado… y me ayudasteis.  Y la ayuda, no fue sólo una esperanza espiritual.  Está bien claro.  Me disteis de comer… de beber… me  visitasteis.  Luego el cristiano no puede sentirse indiferente en el gobierno de los pueblos, en la suerte de las muchedumbres de pobres  el cristiano no puede sentirse indiferente ante la explotación del hombre por el hombre, ante la injusticia social, ante el racismo, y sobre todo, ante los gobiernos que envenenan el alma de sus gobernados para empobrecer su dignidad humana y manejarlos más fácilmente a su antojo.

En el compromiso del cristiano en la acción cívica hay tres notas importantísimas que resaltar, y que, ellas solas, colorean su actividad y entrega.

La primera, y la más importante, es que el cristiano hace lo que hace porque ve en sus hermanos, los hombres, la imagen de Jesús.  Él y sólo Él representa el móvil inicial y el fin de su entrega.  No defiende teorías ni banderas.  Ama al que le amó y lo hace a través de los hombres.  Las consecuencias prácticas de este espíritu de servicio son continuas y definidoras.

            La segunda está en la parábola evangélica de los talentos y en la otra que empleó Jesús para explicar el sentido de la palabra “prójimo”.  Vamos  a detenernos un momento en este tema.  La politización de las masas está muy de moda actualmente.  El mensaje de Jesús nunca ha podido ser calificado como  demagógico.   Nada menos demagógico que los propósitos que se escucharon.  Porque la esencia del mensaje evangélico es una llamada personal.  Muy pocos cristianos están llamados a misiones públicas, universales, nacionales.  Hay algunos, los que recibieron diez talentos, y estarán obligados a dar cuenta a su Señor de cómo los hicieron rentables.  Todos estamos llamados a ver en nuestro prójimo a Jesús.  Todos hemos recibido un talento al menos.  Y de éste tendremos que dar cuenta a nuestro Señor.  Todos estamos llamados a ser luz del mundo.  Unos en el fondo de su austera celda, en un pobre reclinatorio de vieja madera, vestidos de toscos hábitos.  Otros en la cumbre de la sociedad, entre ostentaciones de esplendor y grandeza.  Entre unos y otros, una muchedumbre inmensa intermedia.  Pero todos “luz” reflejada del que es “Luz del mundo”.  Este es el talento que tenemos que hacer fructificar para que a la hora de las cuentas, nuestro Amo y Señor, no nos arroje de su presencia.  Un talento al menos que hemos recibido, seguro.  Trabajemos con él.  Si alguno siente que Dios le fio cinco o diez, que dé gracias a Dios, que se ponga en sus manos y suba a lo alto de la montaña para que su luz se difunda más lejos.

            La tercera nota específica, y no la menos importante, está implícita en la idea de que el cristiano es un testigo vivo de Jesús.  En consecuencia, nuestro testimonio “al dar”, al procurar  el bienestar de los demás, ha de ser no sólo dar por Jesucristo, como decíamos más arriba, sino un “dar” de Jesucristo.  No es que el pan, o la capa, o el agua que da el cristiano tengan que ser diferente de la que da un no cristiano, es algo mucho más importante.  Somos testimonio, testigos de Jesucristo.  Por tanto nuestro comportamiento ha de seguir su línea, su diseño, su figura.  Dos pasos importantes en ellos.

            El primero “dar” sin quitar nada.  Muchos de los revolucionarios teóricos o prácticos de nuestros días dieron (o pretendieron dar) quitando.  Y quitaron lo más rico: lo que da el Evangelio.  Sí que proclaman la repartición de riquezas, las mejores condiciones de trabajo, la mayor justicia social, pero al mismo tiempo roban al hombre lo más querido y esencial en su vida de hombres: Dios, la familia, la bondad, la dignidad humana.  Muy caro les sale a estos pequeños recoger el pan final que les brindan esas manos llenas de pretensión y mentira.  A final de cuentas tienen más pan, quizás, pero con el cuello sucio.  Pan sin sentir el amor del buen Padre que les dio la vida, pan sin esperanza del mañana, pan manchado de odio a otros hermanos, de envidias, de deseos de venganza.  Están empobrecidos.

            El estilo del cristiano no puede parecerse a éste.  Su acción social o política debe estar impregnada de la personalidad de Jesús.  Dar, dar, dar, pero sin quitar nada.  Dar con la bondad del Maestro.  Dar con la mansedumbre con que lo haría El.  Dar no sólo lo justo, sino más, sin rebajar a los más pobres, sin hacerse levantar estatuas ni besar las manos, dar como se lo daríamos a Jesús.

            El segundo paso es dar pan y algo más.  Del mismo Maestro que recibimos la orden de “dar” son estas palabras: “No sólo de pan vive el hombre…”.  Tenemos en nuestro bagaje de cristianos algo muy superior al pan.  Algo que debe acompañar al pan pero con un valor más nutritivo mucho más elevado.  Es el amor  de Cristo.  Dar con amor de Cristo y dar amor de Cristo.

            El que da un pedazo de pan tirándolo a los pies del mendigo, da pan pero no da amor.  El que acerca el pan a las manos temblorosas del necesitado y cura sus llagas, como lo hicieron tantos cristianos, éste dio pan, amor de Cristo y amor a Cristo.  “Tuve hambre y me disteis de comer…”.  Es sólo este último el que ha dado de verdad un alimento que sofoca el hambre del ser humano llamado a ser hijo de Dios y por el que Jesucristo murió.  Recordemos las palabras de Jesús a la mujer samaritana. “El que beba del agua que yo le daré, ya no tendrá más sed”.  Este es el alimento que Jesús daría.  ¿Y no somos nosotros sus seguidores e imitadores, tanto en el campo privado como en el campo social o político?

Con frecuencia se oyen críticas contra la Iglesia de Jesús, por no oponerse vigorosamente a la autoridad política constituida.  Los más extremistas llegan a renegar de su madre la Iglesia, (la que les acogió, la que les formó, la que les puso en contacto con Jesucristo), porque ésta no predica claramente “la sublevación del proletariado”.  Parece como si reprocharan a Jesús el no habernos incitado a caminar juntos a la conquista del poder, a la insubordinación a las autoridades, al engaño y la trampa con los ministerios públicos, al desprecio de los gobernantes, al odio y al insulto hacia los representantes del orden político social.

Para los que dirigen la sociedad o para los que están sometidos a esa dirección o gobierno, los valores supremos del cristianismo son los mismos.  En este punto, el lenguaje del mensaje cristiano no cambia.  Unos y otros están representados en el mismo lado del denario que presentaron a Jesús.