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domingo, 29 de diciembre de 2019




CONTEMPLAR LA TERNURA DE DIOS.

Pbro. Ángel Yván  Rodíguez Pineda


Apreciados Fieles de la comunidad:
            La vigilia de hoy nos prepara para vivir intensamente el misterio que esta noche la liturgia de la Iglesia católica nos invita a contemplar con ojos de fe.  Fijemos muestra mira en el misterio del pesebre y reavivemos aquel glorioso momento en el que nació nuestro Salvador. Y al contemplarlo ¿Que observamos?...
            “El pesebre está rodeado de silencio. El rostro de la Virgen Madre es completamente expresivo que dispensa palabras para trasmitir que acaba de dar a luz a quien cambiara la historia. El padre no dice nada, asombrado está pues de la decisión de Dios de haberlo elegido para cuidar al Rey de Reyes. Los pastores están todavía tratando de entender por qué el Ángel había hecho un anuncio importante a la nada de ellos. Y fijemos la mira al centro de todo..Encontramos a un niño, a un ser dependiente, inocente que encarna nada más y nada menos al Salvador a la humanidad”
            Algunos aspectos nos podrían ayudar a dar vida a lo contemplado y así acercarnos más a la bondad de Dios hecho carne,  les quisiera compartir solo algunos que nos ayuden espiritual y humanamente a que esta noche no sea una noche más, si no una autentica Noche Buena de Navidad:
1.      Podemos imaginar con cuánta preparación interior, con cuanto amor esperó María aquella hora: Hoy con certeza reafirmamos la grandeza humana y espiritual de María, la elegida de Dios, el primer sagrario donde se posó la grandeza de Dios y se hizo carne. Grande fue el corazón para esperar contra toda esperanza. Mujer libre de prejuicios y falsos obstáculos. En la Virgen esta el modelo creyente, cierto y autentico de una Fe inquebrantable ante la adversidad. Para el que cree con fe encarnada nada es imposible. Fortaleza interior para hacer vida el Amor de Dios.  María mujer de Fe encarnada; Ayúdanos Virgen Madre a saber esperar los grandes momentos de nuestra salvación.

2.      Grande el Corazón de San José y varón de hermosas virtudes concedidas por Dios a un corazón humilde: Quiso Dios fiarse en la humildad de un carpintero para escogerle como padre putativo de su Hijo. Mucho sabia Dios del hombre escogido. Hombre de probada virtud y de fe inquebrantable ante la prueba. Su mirada y su silencio son gesto de asombro y a la vez admiración por lo que contemplan sus ojos en la persona del Dios encarnado. Su silencio en una acción de gracias por la mucha asistencia de Dios, del eco encarnado pronunciado por el Ángel: “ José no temas, porque el niño que lleva María en su vientre es el Hijo de Dios”. Certeza única del corazón abandonado en la acción de Dios, fortaleza en Dios para disipar las dudas que la vida ofrece. Solo en un corazón confiado en Dios se cumple su obra. “ Ayúdanos San José para superar nuestros miedos cuando la fe se nos debilita”

3.      Contemplemos con gozo a Dios Niño, hecho Hombre: En la inocencia de un recién nacido en un pesebre se manifiesta nuestra salvación.   Ya Dios no está lejos. No es desconocido. No es inalcanzable a nuestro corazón. Se ha hecho niño por nosotros y así ha disipado toda ambigüedad. Dios no solo tomó aspecto humano, si no que se encarno.. siente y vive con los sentimientos humanos, comprende nuestra vida y sus distintos momentos de la historia. Para Él ningún sentimiento humano es lejano, ningún hombre es extranjero, es su presencia en medio del nosotros el que nos hace sentir en casa, en su presencia. Nos observa a todos como sus hijos amados. Hoy su Amor nos manifiesta que su gran Amor no excluye a nadie. 

Al contemplar el misterio central de la Natividad, comprendemos que Jesús ha venido para cada uno de nosotros y en él nos ha hecho hermanos. De ésta razón esencial del misterio de la navidad  se deriva el compromiso de superar las diferencias y los recelos, los prejuicios e indiferencias, derribar las barreras, eliminar las contraposiciones que nos dividen. Que reine la paz, la concordia y la justicia para cada uno de nosotros, para cada familia, para cada anciano y sobre todo en el corazón ilusionado del joven y la inocencia de los niños. Que su Amor en esta noche se manifieste en el que más necesita de su Amor, en el más solo y abandonado, y en más olvidado, en el que sufre a causa de la injusticia, el que ha emigrado y lucha por un mejor porvenir. Que su presencia cubra con el don de la paz y asistencia a toda la humanidad. Que hoy nos sintamos renovados en el Amor de Dios. Que esta noche al reunirnos en torno al pesebre y desearnos una Feliz Navidad sea al menos un momento espiritual, en el cual  evidenciemos un autentico encuentro del Dios con nosotros. Ya no es un Dios lejano. Que el Amor de Dios entre y renueve nuestros corazones. Que hoy El Dios con nosotros   reconstruya el corazón de cada uno y establezcamos profundos vínculos de paz y reconciliación.

Oración Comunitaria

Dios Padre Bueno, te damos gracias por tu bondad, pero también te pedimos; Muestra tu poder. Erige en el mundo el dominio de tu verdad, de tu amor;  el reino de justicia, de amor y de paz.

FELIZ NAVIDAD.



 ADORACIÓN DE LA IMAGEN DEL NIÑO JESÚS

  1. MONICIÓN AL PRESENTAR LA IMAGEN: 
Hoy  día de Nochebuena, tenemos en medio de nosotros la imagen del niño Dios, centro de nuestra celebración y gozo espiritual. Vamos a encender estos cirios, los cuales nos harán pensar en su presencia de claridad en medio de nosotros y a la vez darle gracias  a Dios por habernos enviado a su Hijo Jesucristo.
  1. Preces comunitarias de acción de gracias:
-          Gracias Padre, que nos amaste que nos diste el regalo de tu hijo Jesús…  Señor, te damos gracias.
-          Gracias Padre por haberte hecho niño para salvarnos…Señor, te damos gracias.
-          Gracias Jesús, por haber traído al mundo el amor de Dios.. Señor, te damos gracias.
-          Gracias Jesús, por enseñarnos que el Amor de Dios no excluye a nadie y enseñarnos a amarnos los unos a los otros.  Señor, te damos gracias.
-          Gracias Virgen Madre, por haber aceptado ser la Madre de Jesús.. María, te damos gracias.
-          Gracias San José,  por cuidar de Jesús y María…San José , te damos gracias.
  1. ORACION COMUNITARIA:
Unidos como comunidad eclesial y agradecidos por la bondad de Dios unamos nuestras manos y recemos juntos con fe viva la oración que Cristo nos enseño:  Padrenuestro…..
Y agradecidos con María, Virgen y Madre de Jesús digamos: Dios te Salve Maria…….
Y esperanzados en una única fe y esperanza viva, alabemos la gloria de Dios… Gloria al  Padre……
  1. Oración Final: Gracias Padre por esta noche de Paz, noche de Amor, que Tú nos has dado  a tu Hijo, te pedimos nos bendigas y habites en nuestros corazones. Calca tu vida y tu ejemplo en nuestras vidas. Y danos tu bondad para seguir con alegría amándote y sirviéndote.
Que viva el Niño Jesús…. ¡Que viva ¡
Que Reine su Amor entre nosotros… ¡Que reine¡
Que su Amor sea encarnado en nuestros prójimos… ¡Que así sea¡






jueves, 4 de diciembre de 2014




Navidad, tiempo de luz y esperanza

Pbro. Angel Yván Rodríguez Pineda





Las calles, las tiendas, las casas, todo se llena de luces por Navidad. ¿Cuál es el verdadero significado de tanta luz? Para muchos es sólo un reclamo comercial a fin de estimular el consumo, más ahora en una época de crisis económica. Para otros es un mero símbolo de una celebración dominada por el paganismo y el hedonismo en el que, a lo sumo, se celebra la «fiesta de la familia». Es triste comprobar cómo la inmensa mayoría de niños y jóvenes, pero también muchos adultos desconocen por completo el verdadero sentido de las luces navideñas. Para los cristianos la respuesta es clara: recordamos el nacimiento de «Aquel que es la luz del mundo» (Jn. 1:9), la luz por excelencia que alumbra las tinieblas de vidas vacías y sin sentido, la luz que acaba con la oscuridad y el dolor de tantas relaciones rotas, de tantas heridas por el egoísmo del corazón humano, de tantas infidelidades y miserias.
Esta luz simboliza, por tanto, esperanza, una esperanza resumida en el mensaje navideño por excelencia: «Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz...». Adviento es tiempo de esperanza, pero no es una mera esperanza humanista en que las cosas irán mejor en el mundo y en mi vida el año próximo, una esperanza que no va más allá del horizonte humano. Cristo, Aquel en quien no hay oscuridad alguna, nos ofrece vida abundante aquí y ahora (Jn. 10:10), pero la esperanza de la Navidad apunta sobre todo al futuro, tiene una dimensión que se remonta por encima de las circunstancias presentes y con los ojos de la fe contempla un paisaje pletórico de gozo y de consuelo.
Veamos algunos aspectos de este paisaje que constituyen las razones de nuestra esperanza. ¿Qué esperamos? El apóstol Pedro lo describe como una «herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros» (1 P. 1:4). A la luz de la enseñanza de Pablo (2 Co. 4:14-5:8) esta herencia contiene, entre otras, tres grandes realidades:
•La promesa de una reunión futura: el cielo como una gran fiesta
•La promesa de una casa futura: el cielo como una mansión («morada»)
•La promesa de una recompensa: la corona de gloria, de justicia y de vida

La promesa de una reunión futura: el cielo como una gran fiesta
«...sabiendo que el que resucitó al Señor Jesús, a nosotros también nos resucitará con Jesús y nos presentará juntamente con vosotros» (2 Co. 4:14).

«Después de esto miré, y he aquí una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas, que estaban delante del trono y en la presencia del Cordero» (Ap. 7:9).
La esencia del cielo estriba en una relación bidimensional: con Dios y con Cristo primero, pero también con nuestros hermanos y hermanas que componen la gran familia de Cristo. Nuestra vida en el cielo no será una experiencia individual. El contemplar esta dimensión comunitaria es uno de los ingredientes más preciosos de nuestra esperanza. En el Nuevo Testamento el cielo se describe como la gran reunión de todos los santos, todos los que creyeron en Jesucristo. Esa gran reunión será tan feliz y gozosa que se compara a un banquete de bodas. Sí, el banquete de bodas del Cordero: «Y el ángel me dijo: Escribe: Bienaventurados los que son llamados a la cena de las bodas del Cordero» (Ap. 19:9).
Por tanto, la Navidad es un recuerdo, un memorial, pero es sobre todo un anticipo de gloria, la aurora de una luz que alcanzará su cenit esplendoroso en el día del banquete de las Bodas del Cordero, el Hijo amado cuyo nacimiento recordamos estos días.
La promesa de una casa futura: el cielo como una mansión
«Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos. Y por esto también gemimos, deseando ser revestidos de aquella nuestra habitación celestial» (2 Co. 5:1-2).
San Pablo compara la vida en la tierra a una tienda de campaña; es frágil, puede deshacerse fácilmente. Sin embargo, muchas personas hoy viven de espaldas a esta realidad: pensamos que la muerte no nos ha de llegar nunca. ¡Cuán a menudo la muerte viene de forma inesperada, «como ladrón en la noche»! Ciertamente, nuestra vida en esta tierra es muy frágil, y nos pueden llamar a abandonar la «tienda» inesperadamente, en cualquier momento.
Esta morada sólida, eterna e incorruptible contrasta con la precariedad de nuestro frágil cuerpo que se «va desgastando de día en día». ¡Ciertamente es mejor vivir en una casa así que en una tienda de campaña! Por ello Pablo expresa su preferencia: «mas quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor» (2 Co. 5:8).
El propio Señor Jesús nos prometió esta morada futura en los cielos: «En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis» (Jn. 14:1-3). ¡Resulta difícil leer estas palabras sin emocionarse! Recordemos el contexto de tribulación en el que se pronunciaron: la muerte de Jesús estaba muy cerca. Nuestro Señor tenía en mente un propósito claro: consolar a sus discípulos y prepararlos para los tristes acontecimientos que se avecinaban. Jesús anticipa el duelo de sus amigos y fortalece su esperanza con la maravillosa promesa de las «moradas» o «mansiones» celestiales en la casa del Padre. Por ello les dice «no se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí» (Jn. 14:1). Un gran consuelo nos embarga cuando contemplamos esa nueva casa.






La resurrección de Jesús, garantía de nuestra esperanza

«Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente» (Jn. 11:25-26).
Ésta es una de las frases más trascendentales que Jesús pronunció. Él se convierte en la garantía de nuestra propia resurrección porque él mismo resucitó de los muertos. Notemos que la doble promesa de esta frase, «vivirá... no morirá», implica no sólo que sobreviviremos, sino que resucitaremos; no se trata de una mera inmortalidad del alma, sino de la resurrección del cuerpo.

El fundamento y la seguridad de nuestra esperanza descansan, por tanto, en la resurrección corporal de Cristo. Porque, en palabras de Pablo, «si Cristo no ha resucitado, vana es entonces nuestra fe» (1 Co. 15:17). Esta esperanza triple en una reunión, una mansión y una recompensa futuras iluminan cualquier sombra de dolor, llanto o clamor en estos días de Adviento y nos llevan a exclamar «...mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo» (1 Co. 15:55-56). Éste es el mejor regalo de la Navidad, no hay otro mayor.

viernes, 13 de diciembre de 2013




La Navidad, un cántico de salvación

 Pbro.Angel Yvan Rodríguez Pineda 
 
 Nada mejor para celebrar la Navidad con un espíritu verdaderamente cristiano que acudir al testimonio de los que vivieron de cerca el gran acontecimiento del nacimiento de Jesús. En este sentido, el himno de Zacarías (Lc. 1:67-80) es no sólo una de las profecías más hermosas del Nuevo Testamento, sino también una síntesis formidable del auténtico sentido de la Navidad. Tras recuperar su capacidad de hablar, Zacarías entona un cántico majestuoso que rezuma el gozo de la salvación que Dios trae a su pueblo.

El clímax de este benedictus lo encontramos en los versículos 76 a 79 donde el lenguaje se hace claramente profético y Zacarías, lleno del Espíritu Santo, enumera las grandes bendiciones que Jesús iba a traer al mundo. Cuatro grandes «regalos» introducidos por la conjunción para:

Salvación: «para dar a su pueblo conocimiento de salvación» (Lc. 1:77)

Es el primer y más importante aspecto de la Navidad. Constituye la esencia de la venida de Jesús al mundo y es el eje alrededor del cual giran las otras tres bendiciones, consecuencia de esta salvación. Para comprender el significado de la Navidad hay que entender qué significa esta salvación que Jesús iba a traer al mundo.

Posiblemente Zacarías, como buen judío, pensaba en una salvación social, patriótica, la liberación de los enemigos de su pueblo, el final de una etapa de esclavitud con los males e injusticias que ello acarreaba. Es el concepto humano de salvación que muchas personas tienen también hoy. Hacen una lectura humanista de la Navidad donde Jesús es recordado, sí, pero sólo como un ejemplo a seguir, un modelo de compromiso social; para ellos la salvación consiste en erradicar los grandes males que nos afligen: hambre, pobreza, injusticia social, etc.

Sin embargo, la salvación de Jesús era mucho más profunda que una liberación social: era una liberación personal antes que colectiva, tenía un sentido moral antes que humanista, buscaba cambiar el corazón antes que cambiar el mundo. La esencia de la encarnación de Jesús no fue mostrarnos el camino a una sociedad más justa, la manera cómo hacer de este mundo un lugar mejor para vivir. Todo esto, como veremos después, es la consecuencia pero no la finalidad de la salvación. No es posible erradicar los males de la sociedad si antes no eliminamos la suciedad de nuestro corazón. Como el Señor Jesús mismo señaló, el problema del hombre -lo que le contamina- no está en su entorno, sino dentro de su corazón (Mr. 7:18-20). El Evangelio es un poderoso mensaje de transformación social, pero solo en la medida en que antes nos transforma a cada uno de nosotros. No podemos transformar si antes no somos transformados.

Este carácter primariamente personal e íntimo de la salvación nos viene indicado por la palabra conocimiento. Zacarías habla de «conocimiento de salvación». Para los hebreos, conocer no era tanto estar informado, saber -un conocimiento puramente cognitivo o mental-, sino experimentar; es un conocimiento vivencial que requiere apropiación, hacerlo mío. Así es exactamente con el «conocimiento de salvación»: requiere conocer a Jesús de forma personal. Es un encuentro con profundas implicaciones existenciales. Va a afectar mi vida en tres aspectos que constituyen las otras grandes bendiciones de la Navidad mencionadas en el cántico.

Perdón: «para el perdón de sus pecados»

El primer paso para conocer -apropiarse de– la salvación está en el perdón de pecados. Difícil paso en un mundo donde todo está permitido y el concepto mismo de pecado es ridiculizado como algo obsoleto. Vivimos en una sociedad con la conciencia cada vez más cauterizada: hoy nada es pecado. Incluso conductas claramente reprobables se explican y justifican por condicionantes sociales -»el ambiente me llevó a ello»-, genéticos o psicológicos. ¡Se habla incluso del gen del adulterio o de la infidelidad! Esta racionalización del pecado no es, sin embargo, un fenómeno moderno: El pueblo de Israel ya era experto en tal conducta de tal modo que Dios tiene que advertirle: «He aquí yo entraré en juicio contigo porque dijiste: No he pecado» (Jer. 2:35)

 

En este ambiente de anestesia moral conviene recordar que el pecado principal del ser humano no está tanto en el mal que le causa al prójimo, sino en el bien que no le hace a Dios (glorificarle, darle gracias, reconocerle). No son nuestros actos de ofensa al prójimo sino nuestras actitudes de omisión hacia Dios lo que origina el catálogo de faltas y pecados tal como nos enseña Romanos 1:18-32. La patología moral de nuestro carácter -el egoísmo, la vanidad, el orgullo, la agresividad, la envidia, etc.- nacen de nuestro alejamiento de Dios. De ahí la necesidad de la Navidad: Jesús abre el camino para acercarse de nuevo al Padre. El perdón no conlleva sólo la remisión de una culpa, sino el restablecimiento de una relación, una relación rota que es restaurada. El mensaje del Evangelio y de la Navidad es el mensaje de la reconciliación del hijo pródigo que vuelve a la casa de su padre después de vivir su vida. Este reencuentro es fuente inefable de alegría y de paz.

Luz: «para que brille su luz...» (Lc. 1:78)

El conocimiento de salvación implica también experimentar -apropiarse de- la luz de Cristo. Es el tercer gran regalo de la Navidad. Con su salvación, Jesús trae no sólo liberación del pecado -el perdón- sino luz, un sentido y una perspectiva nueva ante la vida. Como diría más tarde el apóstol Pablo, «las cosas viejas pasaron, he aquí todas son hechas nuevas» (2 Co. 5:17). La salvación de Jesús nos abre la ventana a un paisaje distinto que nos ilumina y, a la vez, hace de nosotros «luz del mundo». ¡Gran privilegio y gran responsabilidad! En realidad, Jesús no sólo nos trae luz, sino que él mismo es la luz del mundo como tan bellamente expone Juan en el prologo de su Evangelio: «El Verbo era la luz verdadera que alumbra a todo hombre...» (Jn. 1:9)

El cántico es muy enfático al afirmar que esta luz va dirigida a los que «están sentados en tinieblas y en sombra de muerte» (Lc. 1:79). Son las tinieblas de una vida vacía, vidas rotas, hundidas en la frustración y la desesperanza, vidas golpeadas por el dolor y el sufrimiento; o vidas llenas de actividad, pero vacuas de sentido, que son como «cisternas rotas que no retienen el agua» (Jer. 2:13). La luz de Cristo es el faro potente que ilumina no sólo con su mensaje de liberación y esperanza, sino con su misma presencia a nuestro lado, el Emmanuel, el Dios encarnado que ha prometido estar con nosotros «todos los días hasta el fin del mundo» (Mt. 28:20). Es la luz que irradia «vida abundante» como prometió el Señor mismo (Jn. 10:10).

Paz: «para encaminar nuestros pies por caminos de paz» (Lc. 1:79)

La última consecuencia de la salvación es la paz. La paz es inseparable del perdón y es la consecuencia natural de una vida llena de luz. Son interdependientes como los eslabones de una cadena. Ahí tenemos todos los ingredientes que le dan a la Navidad su sentido más pleno, el que proféticamente cantó Zacarías. No se trata, en primer lugar, de la paz entre los hombres, la ausencia de guerras y conflictos, algo así como un alto el fuego universal. Ante todo es paz con Dios, la paz que proviene del perdón divino: «Justificados pues por la fe tenemos paz para con Dios» (Ro. 5:1). La restauración de la relación con el Creador lleva a la paz con uno mismo y a buscar la paz con los demás. No podemos invertir el orden: la paz en nuestras relaciones sólo será posible si estamos en paz con nosotros mismos y ello sólo es posible cuando estamos en paz con Dios.

Necesitamos recordar que la paz de Jesús -»mi paz os dejo, mi paz os doy» (Jn. 14:27)- no consiste en la ausencia de problemas sino en la capacitación divina para afrontar y superar estos problemas. Por ello Jesús les aclara a sus discípulos: «yo no os la doy como el mundo la da». Poco después les recuerda que en Cristo tenemos la victoria porque él ha vencido al mundo y ahí radica la fuente de nuestra paz más profunda: «Estas cosas os he hablado para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis aflicción, pero no temáis, yo he vencido al mundo». La paz del creyente no es la ausencia de aflicción, sino la presencia de Cristo en medio de esta aflicción.

Todas estas bendiciones -el gran regalo de la Navidad- nos llegan «por medio de la entrañables misericordias de nuestro Dios, por las cuales nos visitó un amanecer del sol desde lo alto» (Lc. 1:78). Sí, la Navidad es un grandioso cántico de salvación, la salvación que viene de conocer a Jesús de forma personal y que nos proporciona perdón, luz y paz. ¿No es éste el mejor regalo  de Navidad para nuestro mundo doliente?