jueves, 26 de enero de 2023

 


MOSÉN SOL:

UNA CAUDAL DE LA GRACIA DE DIOS PARA EL BIEN DE LA IGLESIA

 



         Los santos, como nosotros, no solo son bautizados, sino también peregrinos. Hablar de algún Santo, Beato, Venerable o Siervo de Dios, es transitar en la historia por todo su peregrinar y estela de bien que la Iglesia reconoce públicamente.

 El peregrinar del santo le exige salir de algún lugar y hacer un  recorrido perfectamente señalado que garantice llegar a una meta perfectamente señalada por los designios de Dios.

            Mosén Sol, aspiró a la santidad con todas sus fuerzas. Y su vida trazó un camino que desembocaría en hechos concretos de su santificación: sus accione, sus encargos dados por Dios, su exigencia y sus obras.

            La santidad concebida por el Beato Mosén sol fue la expresión de su amistad perfecta entre el deseo inspirado por Dios y la ejecución de dicho deseo en acciones concretas.

 Sin equivocación podemos decir que todo el afán apostólico de Don Manuel, fue inspirado por Dios, aceptado por él y confiado en su divina asistencia. Así lo expresaba en sus momentos más acuciantes: “Solo cinco minutos delante de Jesús Sacramentado es fuente de claridad, sosiego y paz interior”

         Hablar de Mosén Sol, es reconocer el Amor a la Eucaristía,  al  sacerdocio y al cuidado y fomento de las vocaciones sacerdotales y laicales. Tres claves que definen su vida y obra al servicio de la Iglesia.

ü  Amor a la Eucaristía: Toda la vida  y  los intereses espirituales de Mosén Sol estaban centrados en Jesús –Eucaristía. Los intereses de Dios como le gustaba tanto definir estaban centrados en su amor (enamorado) en Cristo presente en la Eucaristía. La Eucaristía fuente, presencia de Cristo entre nosotros. Su amor a la Eucaristía, fue hecho testimonio en su corazón. Deseó ser siempre esa lámpara viva encendida en cada sagrario.

ü  Amor al sacerdocio: Lo afirmaba constantemente: El bien de la Iglesia será siempre recibido de un clero Santo. Con afirmada claridad y exigencia a la vida sacerdotal: “ El sacerdote no es un funcionario, sino un testigo de los misterios de Dios,,,(…) Si el sacerdote no proyecta llegar a ser santo, más vale que se haga carbonero”. El sacerdocio para Don Manuel supone la exigencia suprema de la perfección, es decir alcanzar la santidad. Exclamaba continuamente: ¡hay tanta falta de sacerdotes santos en el mundo! Los malos sobran por todas partes…

ü  Fomento de las vocaciones sacerdotales y laicales: Los operarios sabemos que providencial fue, para Don Manuel, el encuentro con el seminarista Ramón Valero.. allí vio claro su ideal: dar pan, amor ilusión y formación a los futuros sacerdotes. Fue un camino que le señalaba a Mosén Sol trabajar en la formación del clero. Lo cual lo cataloga como la llave de la cosecha.

 

Que mensaje nos daría hoy Mosén Sol:

1.      Que busquemos el Amor de Dios en la fuente de la Eucaristía

2.      Ser promotores vocacionales en nuestros ambientes y asistamos a las vocaciones con oración y manutención. Unos oran, otros colaboran, otros los forman.

3.      Cultivar la pida de piedad en la juventud  desde la primera escuela de espiritualidad que es la familia.

4.      Ocúpense que sus sacerdotes seamos santos. Ayúdenles alcanzar la santidad.

 

“No sabemos si estamos destinados a ser rio caudaloso, o si hemos de parecernos a la gota de rocío que envía Dios en el desierto a la planta desconocida. Pero, más brillante o más humilde nuestra obligación es cierta no estamos destinados a salvarnos solos”.

           



martes, 27 de diciembre de 2022

 






En el día de los Santos Inocentes el Papa invita a acoger en Jesús el amor de Dios

El tweet del Papa toma inspiración en su Mensaje Navideño 2017, en el que hacía un repaso de cada rincón del mundo donde sufren los niños

 

En el día en que la Iglesia recuerda a los Santos Inocentes, el Papa Francisco lanza una invitación en su cuenta de twitter: «Acojamos en el Niño Jesús el amor de Dios y esforcémonos para hacer que nuestro mundo sea más humano, más digno de los niños de hoy y de mañana».

El tweet del Papa toma inspiración en su Mensaje Navideño 2017, en el cual afirmaba: «mientras el mundo se ve azotado por vientos de guerra y un modelo de desarrollo ya caduco sigue provocando degradación humana, social y ambiental, la Navidad nos invita a recordar la señal del Niño y a que lo reconozcamos en los rostros de los niños, especialmente de aquellos para los que, como Jesús, ‘no hay sitio en la posada’»

Ver a Jesús en los rostros de los niños que sufren

En el Mensaje de 2017, el Romano Pontífice hacía un repaso de cada rincón del mundo donde sufren los niños, visualizando a Jesús en los rostros de los niños en Oriente Medio, en donde «siguen sufriendo por el aumento de las tensiones entre israelíes y palestinos», o los rostros de los niños de Siria, «marcados aún por la guerra que ha ensangrentado ese país en estos años». O los rostros de los niños de Irak, de Yemen, o de África.  Los de todos los niños de las «zonas del mundo donde la paz y la seguridad se ven amenazadas por el peligro de las tensiones y de los nuevos conflictos», o aquellos de los «tantos niños obligados a abandonar sus países, a viajar solos en condiciones inhumanas, siendo fácil presa para los traficantes de personas».

El Evangelio del Día

El Evangelio del día narra: «Cuando se marcharon los magos, el ángel del Señor se apare­ció en sueños a José y le dijo: ‘Levántate, coge al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, por­que Herodes va a buscar al niño para matarlo’. José se levantó, cogió al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto y se quedó hasta la muerte de Herodes. Así se cumplió lo que dijo el Señor por el profeta: ‘Llamé a mi hijo para que saliera de Egipto’. Al verse burlado por los magos, Herodes montó en cólera y mandó matar a todos los niños de dos años para abajo, en Belén y sus alrededores, calculando el tiempo por lo que había averiguado de los magos. Entonces se cumplió el oráculo del profeta Jeremías: ‘Un grito se oye en Ramá, llanto y lamentos grandes; es Raquel, que llora por sus hijos y rehúsa el consuelo, porque ya no viven’».

 

Comentario al Evangelio

Jesús, desde su nacimiento, fue como una bandera discutida que provocó la adhesión de unos y el rechazo de otros. Herodes, por una parte, y José y María, por otra, encarnan en este relato las dos posturas contrapuestas. La Virgen de Nazaret, aceptando ser su madre, asumió que desde ese momento que toda su vida era relativa a Cristo. Sabía que, a partir de entonces, su existencia estaba en función de aquel de quien era madre. Probablemente, no intuía que el seguimiento de su hijo iba a empezar tan pronto ni que la iba a conducir a un país extranjero.


sábado, 12 de noviembre de 2022

 






LA FAMILIA CATOLICA ESCUELA DE VALORES HUMANOS Y ESPIRITUALES

 

El Papa Francisco ha dicho que ‘la familia es la primera escuela’. Y es que verdaderamente es en la familia donde comenzamos a aprender, donde empezamos a recibir las más valiosas enseñanzas, las que nos formarán para toda la vida. Consideremos algunas.

 

1. Conocerse a sí mismo, y mejorar

En familia todos conocen bien qué cualidades y qué defectos tiene cada uno.

Puede ser, por ejemplo, que un niño se porte angelicalmente en la escuela o en casa de sus amiguitos, pero en su hogar se muestra tal cual es, lo cual permite a sus familiares estimularlo para desarrollar sus cualidades y ayudarlo a superar o al menos dominar sus defectos.

2. Vivir la fe

En familia se aprende a conocer y amar a Dios y a María; a encomendarse al Ángel de la Guarda y a la intercesión de los santos; a empezar a leer la Biblia; a confiar en el valor de la oración, a poner las necesidades propias y ajenas en las manos del Señor; a ofrecérselo todo, a realizar pequeños sacrificios por amor…

En la escuela tal vez se reza, aunque desgraciadamente cada vez menos, pero suele hacerse una oración general. No hay nada como orar en el hogar, en familia, en confianza. Y como dijo en 1958 el famoso padre irlandés, hoy Siervo de Dios, Patrick Peyton, fundador del ‘Apostolado del Rosario en familia’: ‘la familia que reza unida, permanece unida.’

3. Compartir

En familia se aprende a vencer el egoísmo de quererlo o guardárselo todo para uno; se aprende a compartir lo que se es y lo que se tiene. Primero la atención y cariño de los papás; luego los juguetes, la ropa, las golosinas (¿qué comes?, ¿me das?), el propio espacio vital, los conocimientos, las experiencias, los consejos, las risas, las lágrimas…

4. Convivir

En familia se aprende a aceptar a los otros como son. Si un extraño o incluso un amigo te llega a caer mal, tal vez lo puedes dejar de ver y olvidarte de él; no sucede así con los familiares, porque debes convivir diario con ellos, en la misma casa. No queda otra opción que aprender a tener comprensión, tolerancia, paciencia, valorarlos como son y no como uno quisiera que fueran. Y de igual modo se aprende a ceder, a procurar no molestar, a tratar de hacerle la vida agradable a los demás.

5. Perdonar y pedir perdón

En familia se aprende a perdonar a los demás, porque resulta insoportable mantenerse enojado con quien vive en la misma casa; se descubre que el perdón es la única puerta para la paz. Y también se aprende a reconocer cuando se ha lastimado a alguien, y a pedirle perdón.

6. Apoyar

En familia se aprende a ayudar al otro, a solidarizarse cuando tiene una necesidad. A que cuenten contigo y tú cuentes con los demás. Tal vez los hermanos pelean entre sí, pero si uno de ellos necesita algo, sabe que cuenta con ellos incondicionalmente.

7. Amar

En familia se aprende a amar, con un amor “paciente, servicial, que no tiene envidia, que no presume ni se engríe; no es mal educado ni egoísta; o se irrita, no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza co la verdad. Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites…” (1Cor 13, 4-7).

Decía san Juan de la Cruz que, ‘al final de la vida seremos examinados en el amor’.

Es la familia la primera escuela que nos prepara el corazón para ese examen, la que nos enseña la más valiosa lección.


martes, 31 de mayo de 2022

 


PENTECOSTÉS, UN ECO DEL ANUNCIO DEL SEÑOR EN EL CENÁCULO:

“LOS APOSTOLES: RECOGIDOS EN ORACIÓN CON MARÍA, LA MADRE DE JESÚS, BAJO EL ESPÍRITU SANTO PROMETIDO” (Hch.2,4)

 

En Pentecostés el Espíritu Santo se manifiesta a los apóstoles. Es el Espíritu que Jesús había prometido que enviaría del seno del Padre: “Y yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre” (Jn 14,16). La promesa de Jesús “yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20) se cumple en su Espíritu. El Espíritu que se manifiesta en Pentecostés con dones extraordinarios es el mismo Espíritu que se ha revelado en toda la historia de la salvación: desde la creación hasta nuestros días. El Espíritu se manifiesta en el Antiguo Testamento, pero es en Cristo cuando él se muestra en plenitud.

El libro de los Hechos de los Apóstoles manifiesta el asombro de los que presenciaron el acontecimiento de Pentecostés: “La gente se congregó y se llenó de estupor al oírles hablar cada uno en su propia lengua. Estupefactos y admirados”. De esta forma, el Espíritu se manifiesta como el cumplimiento de la profecía: “Derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros jóvenes verán visiones y vuestros ancianos soñarán sueños. Y yo sobre mis siervos y sobre mis siervas derramaré mi Espíritu” (Jl 3,1-5). Desde sus inicios, la Iglesia contempla en ella el cumplimiento de esta promesa.

El Espíritu Santo es el don de Dios para la Iglesia (Hch 2,38). Así, el Espíritu está al servicio de la institución surgida de Cristo, es Él quien la anima, de la misma manera que el alma anima el cuerpo o el agua al manantial (Y. Congar). El don del Espíritu es la entrega amorosa del Padre y del Hijo. Es hablar de la gracia, el amor, la comunión, donación y entrega que Pablo desea para a los Corintios (2 Co 13, 13) y que Dios entrega como don gratuito para nuestra salvación. El don del Espíritu Santo tiene, como todo regalo, a alguien que dona y un destinatario de esta donación. El primero es la Trinidad, el segundo, es todo hombre. ¿Y qué es lo que se dona? La gracia, que es la presencia personal de la tercera persona de la Trinidad, que es el mismo Espíritu del Padre y del Hijo, es decir, el Espíritu Santo.

Desde los comienzos de la vida de la Iglesia, junto con el don, aparecen los dones y los carismas. Los dones son disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para seguir los impulsos del Espíritu Santo (CEC 1830). Carisma, según la RAE, significa en sí un “don gratuito que Dios concede a algunas personas en beneficio de la comunidad”. Mientras que el don es una ayuda para la santificación personal, los carismas son gracias que uno recibe con vistas a la edificación de la Iglesia, para el bien de la comunidad y la construcción del Cuerpo Místico. No están ligados al mérito personal: el Espíritu Santo los distribuye a quien quiere (1 Co 12, 11), para el provecho de la comunidad y no dependen necesariamente de las cualidades del sujeto. En algunos casos suelen ser pasajeros, pero algunos constituyen una cualidad más o menos estable del sujeto (apóstol, profeta, doctor, evangelista, exhortador, palabra de sabiduría, palabra de ciencia, discernimiento de espíritus, sanación, milagros, lenguas).

Muchos hombres los consideran como cosas extraordinarias. Incluso en los últimos siglos la infinidad de estructuras en la Iglesia impedían que se manifestaran en todo su esplendor.

Al convocar el Concilio Vaticano II, Juan XXIII pedía oraciones para lo que él llamó “un nuevo Pentecostés” en la Iglesia. Ha sido Vaticano II, el que abrió ese espacio para que se manifestara con fuerza el Espíritu a través de sus carismas. Los documentos del Concilio hablan de “los carismas” los cuales pertenecen a la naturaleza de la vida ordinaria de la Iglesia, no son cosas extraordinarias, ellos nunca han estado ausentes desde el día de Pentecostés en la Iglesia, ellos pertenecen a la Iglesia. Los carismas de la vida religiosa, de la Hospitalidad, los relacionados al gobierno de la comunidad, para evangelizar, para anunciar la buena nueva de Jesús muerto y Resucitado, etc. Desde esta perspectiva, Pablo VI habla de “un perenne Pentecostés”, es decir, de todos los días. En la eclesiología católica, tenemos una visión de Pentecostés que puede y sucede cada día. La proximidad de la fiesta Pentecostés es el contexto ideal para recordar y repetir constantemente que Pentecostés no es una gracia reservada a algunos, sino que ella es para toda la Iglesia.


lunes, 2 de mayo de 2022

 





Características de la Verdadera devoción a la Virgen María:

 A continuación te presento las cinco características de la verdadera devoción a la Virgen María, el texto  lo hemos extraído del Tratado de la Verdadera Devoción a la Virgen María, atendamos a las palabras de San Luis María Grignon de Montfort y profundicemos de esta forma en el verdadero amor a María.

1 La verdadera devoción a la Virgen María es interior:

Es decir, procede del espíritu y del corazón, de la estima que tienes de Ella, de la alta idea que te has formado de sus grandezas y del amor que le tienes.

2. La verdadera devoción a la Virgen María es tierna:

Segundo, ella es tierna, vale decir, llena de confianza en la Santísima Virgen, como la confianza del niño en su querida madre. Esta devoción hace que recurras a la Santísima Virgen en todas tus necesidades materiales y espirituales con gran sencillez, confianza y ternura, e implores la ayuda de tu bondadosa Madre en todo tiempo, lugar y circunstancia: en las dudas, para que te esclarezca; en los extravíos, para que te convierta al buen camino; en las tentaciones, para que te sostenga; en las debilidades, para que te fortalezca; en las caídas, para que te levante; en los desalientos, para que te reanime; en los escrúpulos, para que te libre de ellos; en las cruces, afanes y contratiempos de la vida, para que te consuele. Finalmente, en todas las dificultades materiales y espirituales, María es tu recurso ordinario, sin temor de importunar a tu bondadosa Madre ni desagradar a Jesucristo.

3. La verdadera devoción a la Virgen María es santa:

Tercero, la verdadera devoción a la Santísima Virgen es santa. Es decir, te lleva a evitar el pecado e imitar las virtudes de la Santísima Virgen, y en particular su humildad profunda, su fe viva, su obediencia ciega , su oración continua, su mortificación universal, su pureza divina, su caridad ardiente, su paciencia heroica, su dulzura angelical y su sabiduría divina. Estas son las diez principales virtudes de la santísima Virgen.

4 La verdadera devoción a la Virgen María es constante:

Cuarto, la verdadera devoción a la Santísima Virgen es constante. Te consolida en el bien y hace que no abandones fácilmente las prácticas de devoción. Te anima para que puedas oponerte a lo mundano y sus costumbres y máximas; a lo carnal y sus molestias y pasiones; al diablo y sus tentaciones. De suerte que, si eres verdaderamente devoto de la Santísima Virgen, huirán de ti la veleidad, la melancolía, los escrúpulos y la cobardía. Lo que no quiere decir que no caigas algunas veces ni experimentes cambios en tu devoción sensible. Pero, si caes, te levantarás tendiendo la mano a tu bondadosa Madre; si pierdes el gusto y la devoción sensibles, no te acongojarás por ello. Porque el justo y fiel devoto de María vive de la fe de Jesús y de María y no de los sentimientos corporales (ver Heb 10,34).

5 La verdadera devoción a la Virgen María es desinteresada:

Quinto, por último, la verdadera devoción a la Santísima Virgen es desinteresada. Es decir, te inspirará no buscarte a ti mismo, sino sólo a Dios en su santísima Madre. El verdadero devoto de María no sirve a esta augusta Reina por espíritu de lucro o interés ni por su propio bien temporal o eterno, corporal o espiritual, sino únicamente porque Ella merece ser servida y sólo Dios en Ella. Ama a María, pero no precisamente por los favores que recibe o espera recibir de Ella, sino porque Ella es amable. Por eso la ama con la misma fidelidad en los sinsabores y sequedades que en las dulzuras y fervores sensibles. La ama lo mismo en el Calvario que en las bodas de Caná.


domingo, 3 de abril de 2022

 




EL PERDÓN NOS SANA Y RECOSTRUYE

(Evangelio Lc. 8,1-11)

Cuando se pone la ley/norma al lado de un pecado concreto, la sentencia adquiere rigor matemático. Pero las cosas cambian cuando al lado de la ley se coloca a una persona concreta. Esto pocas veces lo hacemos. Algunos prefieren «cargarse» a la persona antes que cuestionar la ley, o plantearse si es justa. Les resulta impensable sospechar que quizá la Ley no haya que aplicarla como ellos la entienden. Están deseando «tirar piedras».

                Esta gente que rodea a Jesús, «armada» con una mujer a la que han «atrapado» pecando, se siente representante de la Institución Judía y del mismo Dios, y pretenden ponerle una trampa: A ver si se atreve a decir algo en contra de «lo que está escrito», de sus sagradas leyes (es decir: de Dios). A ver si así deja de una vez de hablar de «misericordia» y de comprensión en el nombre de Dios. Nada de tener manga ancha con los débiles y pecadores. Hay que cumplir lo que ha mandado Moisés.

   Todo está a punto: el delito evidente, los testigos, las piedras en las manos y la Ley que mandaba matar. Jesús: "¿tú qué dices?".

     Pero Jesús no dice, "hace". Y lo primero que hace es callar, dar tiempo al silencio, esperar. Da una oportunidad a los acusadores a ver si son capaces de mirar la situación de otro modo, con calma, con otros ojos, a ver si alguien tiene algo «nuevo» que aportar. Pero es inútil. Todo está muy claro; están seguros de tener razón. Para ellos no hay otro camino. Son un ejemplo de aquel dicho: "Sabes muy bien dónde mirar: por eso no consigues encontrar a Dios". Porque Dios es imprevisible, original, sorprendente. Si crees que entiendes, es señal de que no entiendes nada. Pero a esta mentalidad educada y dependiente de preceptos, normas, leyes, definiciones, juicios y condenas... le resulta casi imposible dar el salto. No saben nada de Dios. Han hecho a Dios a su imagen. Precisamente aquello que está tan prohibidísimo en el primer mandamiento, el más importante: hacerse imágenes de Dios (Éxodo 20, 2-5).

              El Maestro pide a todos aquellos señores con vocación de jueces que dejen de acusar, que no miren a los demás siempre desde arriba, que se pongan al nivel de todo el mundo, que traten de experimentar de algún modo la debilidad de los demás, y que recuerden sus propias incoherencias y pecados. Él mismo optó entrar en nuestro mundo «bajando», poniéndose a nuestra altura, hasta el punto de rebajarse hasta morir en una cruz. Por eso, tal vez, ante estos señores «tan altos», tan prepotentes, tan intransigentes, tan subidos en su verdad y en su cátedra, él se baja, se echa al suelo, donde está tirada la mujer. Sólo desde donde está ella se puede hacer un juicio justo. ¡Pobre del que no se acuerda de esto: más pronto o más tarde terminará lanzando piedras! El que se olvida de sus propios pecados y de la misericordia que han tenido con él, al final no será capaz de resistir la tentación de apedrear a cualquier pecador que se le ponga por delante.

             El diálogo final entre Jesús y la mujer tiene una ternura especial. Ella necesita, por encima de todo, que la reconstruyan: Está destrozada. No ha abierto la boca. Y esta es la tarea que asume el Señor. Como si recordara esas palabras de Isaías que hoy hemos escuchado: «No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo». Lo importante no es lo que ha pasado, sino lo que tiene que brotar, lo nuevo. (Is. 43-18-19). Ella necesita un camino en su desierto, un río en su vida seca.

¿Cómo llegó a tan lastimosa situación? ¿Qué pasaría en su vida de pareja para que haya tenido que ir a buscar cariño a otro sitio? ¿Qué ganamos con apedrearla? Lo que debiera importarles e importarnos es que se rehaga, que se encuentre a sí misma, que sea una persona nueva...

               ¿Hemos visto aquí la «penitencia» que Jesús pone ante un pecado evidente? ¿Hemos visto cómo riñe a la mujer? ¿Hemos visto qué condiciones le pone para perdonarla? Si recordáis la parábola del Hijo Pródigo del domingo pasado: ¿Le echo aquel padre algún  “reproche” al hijo derrochador, desobediente y cabeza loca? ¿Recordamos que le dijera: «vas a tener que demostrar que estás arrepentido»? Incluso le defiende ante el juicio objetivo e implacable de su hermano. Su perdón es sin condiciones, un «regalo», que es lo que significa «per-dón», un gran regalo inmerecido.

             Y es que Dios cuando se encuentra con el pecado, sólo le inquieta una cosa: ¿Qué hacemos para vencerlo? ¿Cómo superarlo? No importa lo que ha pasado, lo que hemos hecho: "Yo tampoco te condeno". Él lo que procura es hacer que surja algo nuevo en nosotros. Porque la peor situación es la desesperanza, el sentirse «malo», superado, humillado, vencido. Así no hay progreso espiritual ni revitalización cristiana ni eclesial, ni salvación. Y el hombre/mujer se pierde.

              Necesitamos escuchar la voz que Dios quiere dirigirnos en nuestro pecado y ante el pecado que descubrimos en los otros: Necesitamos sentirnos nuevos, que se nos abran los caminos. Necesitamos escuchar muchas veces de sus labios: «Yo tampoco te condeno, anda y no peques más», y se nos caerán todas las piedras de las manos.

viernes, 18 de marzo de 2022

 




REFLEJOS DE SAN JOSE EN LA ACTUAL SOCIEDAD


Realmente es sorprendente la ausencia de datos en el Nuevo Testamento de personajes tan importantes en la religiosidad cristiana como la Virgen y San José y mucho más en el caso de éste último. Podemos decir que, excepto en las genealogías (Mt 1,16; Lc 3,23) y en las referencias generales “¿No es éste el hijo del carpintero...?” (Mt 13,55), “...el hijo de José? (Lc 4,22; Jn 6,42), sólo en el evangelio de Mateo, escrito para judíos, se habla un poco de él, y sólo al principio, en la narración de la infancia. Es un género literario muy concreto, que podríamos caracterizar como “catequesis simbólico-teológica”. Por lo tanto, entre la devota imaginación sin límites de la piedad popular y el escepticismo estricto del rigorismo historicista, podemos vislumbrar las sugerentes pinceladas que nos inspira la lectura creyente de esos pocos versículos “mateanos”, en los que aparece “actuando” el bueno de José (Mt 1,18-25; 2,13-15.19-23). Por otra parte, están los poquísimos versículos “lucanos” en los que simplemente se le menciona al lado de María (Lc 2,4.16.48).

Creo que en esos pocos datos podemos admirar a un hombre bueno y justo, “un santo de la puerta de al lado”, como dice el Papa en Gaudete et exsultate, con actitudes muy necesarias en el momento actual.

La primera actitud, que nos presenta Mateo, no puede estar más de actualidad como ejemplo a seguir, en esta sociedad actual, en la que a pesar de estar en pleno siglo XXI, inexplicablemente sigue habiendo prejuicios, actitudes y violencias machistas. En un mundo tan machista, como el de la Palestina del s. I, José descubre que, antes de haber convivido juntos, su prometida está embarazada. Podemos imaginar su sorpresa, disgusto, desilusión..., sin embargo, la actitud es de profundo respeto. Piensa alejarse de ella sin juzgarla, ni mucho menos difamarla. El mensaje en sueños que le tranquiliza y le anima a acogerla en su casa, podríamos interpretarlo como un auténtico discernimiento, en el que se puede escuchar la voz de Dios, la voz del amor, en vez de nuestros impulsos primarios, prejuicios e ideologías.

Después viene esa otra experiencia, también tristemente presente en nuestro siglo XXI, la necesidad de salir de la propia tierra para salvar la vida o buscar una vida digna. José, con su mujer y su hijo, tiene que emigrar a Egipto y otra vez son los mensajes en sueños los que le avisan de la necesidad de huir, como también le avisarán de la posibilidad de volver, e incluso de ir a Galilea, como lugar más seguro que Judea. Más allá de estos sobrios y escuetos versículos, podemos adivinar los múltiples sufrimientos, preocupaciones e incertidumbres, que supone una aventura así, como los podemos ver en tantas personas que los están sufriendo hoy. Y también en esta ocasión podemos ver en esos mensajes en sueños, muchos quebraderos de cabezas, noches de insomnio, pensamientos y reflexiones, hasta llegar a la decisión de emigrar y a la decisión de volver.

En los poquísimos versículos lucanos José sólo es mencionado al lado de su esposa, pero de ese modo es testigo vivencial de experiencias profundas con contrastes sorprendentes: el nacimiento en la miseria y marginación de un niño indefenso, que es presentado por los ángeles como un Salvador, Mesías y Señor. Está claro que es muy diferente lo que ven los ojos de José, de lo que dicen los ángeles.

 José le tocó vivir una experiencia única e irrepetible en la historia de la humanidad, llena de la poesía que reflejaron los sueños de los profetas de Israel y las esperanzas vividas siglo tras siglo por el pueblo. Pero José vivió esa espectacular poesía en la vulgar prosa cotidiana de la vida de la gente pobre y sencilla, con sus temores y esperanzas, penas y alegrías, que no llamó la atención de ningún historiador de entonces, como no llamaría la de ningún periodista de ahora.

Podemos imaginar, con toda la fantasía poética y piadosa que queramos, la vida de la “Sagrada Familia” en Nazaret, pero sólo nos podremos acercar a su realidad auténtica con las actitudes “josefinas” que Mateo y Lucas nos sugieren, tan necesarias en nuestro mundo de hoy: aceptar y respetar la realidad del otro; vivir la prosaica, y a veces difícil, realidad cotidiana con la poesía y la esperanza que da ver y vivir con el corazón; confiar en poder escuchar la voz de Dios, que está presente en nosotros y en nuestras vidas, aunque a veces no entendamos por qué pasan las cosas, es decir, vivir la poesía en la prosa.