viernes, 1 de marzo de 2024

 

¿Qué significa rezar: “padre nuestro”?



 

– Descubrimos “en germen” las grandes realidades del Cristianismo: La Paternidad de Dios, Jesucristo, el Espíritu Santo, el reino, la gracia, nuestra filiación divina, la fraternidad, el perdón…

 – Experimentamos de alguna manera la presencia del Padre que nos ama, y nos estremecernos al saber que es el mismo Padre que está en los cielos, el Dios trascendente y soberano, el que nos ha incorporado por puro amor y gracia a su familia…

– Sentimos en el alma la presencia de Jesús, el Hijo de Dios, gracias al cual somos hijos de Dios en Él, con Él y por medio de Él.

– Percibimos de algún modo la acción del Espíritu Santo, que “nos hace exclamar: ¡abba, Padre!” (Rm 8,15) y nos guía hacia la Casa del Padre.

 – Nos sentimos vinculados a la familia de los hijos de Dios, compartiendo y haciendo nuestras las alegrías y las penas, las esperanzas y sufrimientos de todos para aliviarlos y liberarlos de todo lo que los hace sufrir.

 – Descubrimos la dignidad de ser hijos del Padre, la responsabilidad de vivir nuestra filiación divina y la misión de construir la fraternidad en el mundo. –

 Nos sentimos vacilantes como un niño, al pronunciar “abba” y, al mismo tiempo, seguros porque este abba nos quiere, nos ha tomado de la mano y podemos apoyarnos en Él.

 – Sentimos la certeza ante la duda, la fe ante la incertidumbre, la alegría consoladora de la Resurrección ante la amenaza sombría de la muerte.

 – Pedimos perdón de nuestros pecados al Padre que nos ama y nos perdona, y nos comprometemos a perdonar y construir un mundo reconciliado, fraterno, agradable y humano, en el que desaparezcan para siempre las guerras, la violencia…

¡Que no la recemos por mera costumbre! ¡Qué oremos siempre con confianza y gozo!


martes, 30 de enero de 2024

 


QUE LA LUZ DE CRISTO ILUMINE NUESTROS CORAZONES.

 


En esta liturgia todo habla de la luz. Es paradójico. Para nosotros los creyentes, la luz tiene un valor profundo. Todo comienza con la palabra de Jesús cuando dijo: “Yo soy la luz del mundo”. Para comprender, entonces, lo que estamos celebrando y su significado para nuestras vidas, debemos volver a la Palabra de Dios que ilumina nuestro camino y lo sostiene en su búsqueda de la verdad.

 

Desde la primera página de la Biblia, en el libro del Génesis, hasta el último libro, el Apocalipsis, nos vemos colocados ante la luz. El primer acto del Creador es separar la luz de las tinieblas: “La tierra estaba informe y vacía; la tiniebla cubría la superficie del abismo, mientras el espíritu de Dios se cernía sobre la faz de las aguas. Dijo Dios: «Exista la luz». Y la luz existió. Vio Dios que la luz era buena. Y separó Dios la luz de la tiniebla” (Gén 1,2-4). Al final de la historia y del mundo, cuando existirá la nueva creación, el Apocalipsis nos dice: “La ciudad no necesitará del sol ni de la luna que alumbre, pues la gloria del Señor la iluminará, y su lámpara será el Cordero. Y las naciones caminarán a su luz” (Ap 21,23-24).

 

De la luz física, se pasará a la luz que no conoce el ocaso: la de Dios mismo que es luz. Entre el principio y el fin del mundo, se encuentra nuestra vida, tensada entre la oscuridad del pecado y la luz del amor. No hay alternativa: nuestra vida es una elección continua entre vivir en la luz y huir de las tinieblas. Consideremos porqué en nuestro lenguaje común cuando una persona nace se dice: “¡Ha dado a luz!”. Instintivamente relacionamos la luz con la vida y las tinieblas con la muerte. Por lo demás, no es casualidad que los médicos aseguren que una de las cosas que sufren los niños cuando son pequeños es el miedo a la oscuridad. La oscuridad anula el sentido de la orientación. En medio de la oscuridad no sabemos dónde nos encontramos, tenemos que ir a tientas para tomar valor y salir lo más rápido posible hacia la luz. La experiencia de la oscuridad permite tipificar el valor de la luz. A la luz, en efecto, todo se aclara; todo toma forma; percibimos los colores y reconocemos la dirección a seguir… en definitiva, sabemos lo que significa vivir en la luz y en las tinieblas.

En la lectura del Evangelio hemos escuchado las palabras del viejo Simeón que se refiere a Jesús, presentado en el templo, como “luz para alumbrar a las naciones”. Es la misma expresión utilizada por el evangelista Juan al principio de su Evangelio, y que escuchamos el día de Navidad: «La luz verdadera vino al mundo, la que ilumina a todo hombre» (Jn 1,9). En Jesús, hijo de Dios, la luz es la vida. En él descubrimos que ya no hay ninguna diferencia: luz y vida se identifican. El que quiera la vida y desee vivir en la luz, debe entonces creer en el Hijo de Dios.

 

Jesús hablaba a menudo de la luz. Pero vuelven a la mente por su especial significado las palabras con las que asegura: “Yo soy la luz del mundo. El que me sigue, no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12). Nos encontramos ante una enseñanza profunda por la cual Jesús no sólo revela quién es, sino que al mismo tiempo nos muestra el camino que estamos llamados a seguir. Para entender bien estas palabras del Señor, necesitamos conocer el contexto en el que fueron pronunciadas, porque de esta manera entenderemos mejor su significado. Jesús se encuentra en Jerusalén para la fiesta de los tabernáculos. En esa ocasión, se colocaban cuatro candelabros de oro sobre las murallas del templo, que podían contener sesenta y cinco litros de aceite cada uno. La luz que emanaban iluminaba toda Jerusalén: no había lugar en la ciudad que no quedara iluminado. Jesús se remite a este hecho, pero lo amplía: él es la luz del mundo entero, no sólo de Jerusalén. En la vida de Jesús, todo habla de la luz.

 

Pensemos en el milagro del ciego de nacimiento, que le permite a Jesús afirmar una vez más que él es la luz. De nuevo es el evangelista Juan quien narra que Jesús, justo a la salida del templo, se encuentra con un hombre ciego de nacimiento. Sus palabras son muy significativas: “Mientras es de día tenemos que trabajar en las obras del que me ha enviado; cuando llega la noche, nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, yo soy la luz del mundo” (Jn 9, 1-4). Mientras en el mundo esté, el mundo podrá ver la luz y tendrá la vida. Por cierto, no en vano toda la narración de este milagro pone en primer plano el contraste entre creer y no creer. El evangelista quiere enseñarnos que quien no cree, está ciego; no ve. No sabe adónde ir y no puede tener una vida autónoma, así que no es libre. No sólo eso. En la narración también se nos habla de muchos otros que presencian el milagro, pero que no quieren creer. También son ciegos y no pueden explicar lo que ha sucedido. La conclusión de la historia del milagro es hermosa porque nos permite comprender su significado profundo. Jesús encuentra el ciego sanado y le pregunta: “«¿Tú crees en el Hijo del hombre?» Él respondió: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?» Jesús le dijo: «Le has visto. Es el que está hablando contigo». A lo que él contestó: «Creo, Señor.» Y se postró ante él. Entonces dijo Jesús: «Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos»” (Jn 9,35-39). Estas últimas palabras son verdaderamente dramáticas y nos hacen pensar a nuestro tiempo.

 

Debemos preguntarnos: ¿Jesús sigue siendo la luz de este mundo? ¿O es la cultura que respiramos, y que a menudo nos engaña a nosotros y a muchas de las personas con las que nos encontramos, la que está decidida a excluir a Dios de la propia vida? A menudo vemos a más y más personas que ya no sienten la ausencia de Dios como una carencia y privación para sus vidas. Se tiene la ilusión de ser libres e independientes porque hemos abandonado a Dios y a la fe; y no nos damos cuenta de que estamos cayendo cada vez más en nuevas formas de esclavitud y violencia, donde el más fuerte o el más astuto piensa que tiene el derecho de imponer su visión de la vida sin mayor respeto por los demás. Nos vemos casi que obligados a guardar silencio; forzados a observar impotentes la violencia cotidiana hecha de prepotencia, sólo porque se ha abandonado la fe. ¡En qué gran ilusión vive el hombre de hoy que no quiere creer! Cree que no necesita a Dios, y en cambio se ha perdido a sí mismo. Donde no hay Dios, no es cierto que el hombre subsista. Cuando Dios desaparece, entonces el hombre también se vuelve huérfano y deja de saber quién es realmente.

 

            No podemos olvidar, de hecho, que los cristianos, desde el día de nuestro bautismo, nos hemos convertido en hijos de la luz. La fiesta de la Presentación del niño Jesús en el templo recuerda de muchas maneras la fiesta de nuestro bautismo. Cuando el Papa Sergio I en el siglo VII instituyó la fiesta que hoy celebramos, introduciendo la procesión con velas, pensaba justamente en hacer recordar a los cristianos su bautismo. El día del bautismo, en efecto, se entrega una pequeña vela a los padres para que la enciendan del cirio pascual, que es un signo de Cristo resucitado. El sacerdote dice las palabras: “Recibid la luz de Cristo. A vosotros, padres y padrinos, se os confía acrecentar esta luz. Que vuestros hijos, iluminados por Cristo, caminen siempre como hijos de la luz. Y perseverando en la fe, puedan salir con todos los santos al encuentro del Señor.” ¡Qué hermoso sería si esa vela se conservara siempre en nuestra casa, para acompañarnos y recordarnos cada vez que la miramos, que somos hijos de la luz!

 

Ser hijos de la luz, sin embargo, no es una jactancia ni una presunción, es una tarea y una responsabilidad que se nos confía. En efecto, estamos llamados a ser testigos de la luz que viene de la fe y que ha dado sentido a nuestra vida. No podemos escapar de esta misión que el mismo Jesús ha confiado a sus discípulos y, personalmente, a cada uno de nosotros. La luz que estamos llamados a hacer brillar es la esperanza que debemos ofrecer al mundo de hoy. No podemos esconder nuestra fe dentro de nuestras iglesias o vivirla sólo dentro de nuestras comunidades. Quien ha encontrado Cristo debe comunicarlo. Si realmente hemos encontrado al Señor Jesús, que ha cambiado nuestras vidas, entonces lo único que podemos hacer es compartir esta gran alegría con todos. Aquí comienza la nueva evangelización. Así descubrimos que somos verdaderamente hijos de la luz.

 

Mantengamos la mirada fija en la Virgen María, bajo la advocación de Nuestra Señora de la Candelaria. Que su luz brille siempre sobre nosotros y nos sintamos confiados, sereno y protegidos por su amparo maternal. Que todos acrecentando la luz de Cristo, iluminemos a nuestros hermanos.

 Mantengamos siempre alzadas nuestras lámparas, asegurémonos de que la luz pueda resplandecer y juntos, al calor que emana de la llama, reavivemos los corazones de las personas que encontramos con un testimonio de fe y amor que haga brotar la esperanza.

Que viva la Luz de Cristo… ¡ Que viva!...

Que viva nuestra Señora de la Candelaria…¡ Que viva!...


viernes, 3 de noviembre de 2023

 






El recuerdo de un ser querido nos alegra el corazón…

Recordar en nuestra oración a nuestros difuntos ofrece paz en el corazón

 

Hoy la Santa Madre Iglesia de todo el mundo conmemora los fieles difuntos. Las Misas que celebramos hoy son oraciones para pedirle perdón a Dios en nombre de todos nuestros hermanos y hermanas difuntos. Esto es especialmente para aquellos que todavía están en el Purgatorio y necesitan la misericordia de Dios.

Debemos pausar un momento para preguntarnos, ¿por qué orar por los muertos, cuando la carta a los hebreos dice que: “Después de la muerte viene el juicio” (Heb 9:27). Cuando hay un refrán que dice: “No hay arrepentimiento en la tumba.” ¿Esto no significa que estamos perdiendo tiempo aquí? ¡No, no lo estamos perdiendo tiempo!

Como católicos, creemos en la comunión de los Santos. Esta comunión o compañerismo incluye a los Santos de la iglesia triunfante, la Iglesia militante y la Iglesia sufriente. Por lo tanto, estamos en una comunidad en la que podemos ayudarnos mutuamente a través de nuestras oraciones. La iglesia que sufre en el Purgatorio necesita purificación para finalmente alcanzar su destino eterno.

El libro de  2do.Macabeos atestigua que Judas Macabeo, jefe de Israel, hizo una colección. “Así que, ofrecieron un sacrificio de expiación por los pecados de los que habían muerto en batalla. Orar por los muertos para que sean liberados de sus pecados, es una acción santa y adecuada “(Mac 12:46).

Según la enseñanza católica, orar por los vivos y los muertos (especialmente, las almas en el Purgatorio) es la séptima obra espiritual de la misericordia. Sin embargo, mientras que la doctrina del Purgatorio está bien fundamentada y plausible, debemos esforzarnos arduamente por la santidad y la perfección para entrar directamente al cielo al final de nuestra vida terrenal.

¿Nuestra vida termina en la muerte? El libro de la sabiduría responde a esta pregunta: “Las almas de los justos están en las manos de Dios, y ningún tormento les alcanzará. Las personas tontas, que no tienen fe, pensaron que todos se acabó para ellos. Pero los justos están en paz.” Mientras estaban vivos, eran víctimas de los pecados, el egoísmo y la injusticia. Ahora están en manos de Dios. En las manos de un padre que es amor y que está dispuesto a perdonarlos.

Ahora están en las manos de Dios, quien los protegió a lo largo del camino de esta vida terrenal. Ahora, están donde, “no habrá tormento, donde habrá inmensa felicidad, descanso, luz, paz e inmortalidad. Allí, Dios mismo enjugará todas sus lágrimas. Allí no habrá más llanto o muerte (Ap. 21, 3-4).

Así que, unidos en la oración, pidamos a nuestro Señor Jesucristo, que murió y resucitó, que los lleva a su reino, donde todos reuniremos un día con ellos para vivir para siempre.

¡La paz sea con ustedes!


viernes, 27 de octubre de 2023

 


HOMILIA DE LA FIESTA DEL BEATO DR. JOSÉ GREGORIO HERMANDEZ

“UN HOMBRE AUTENTICO TIENE COMO IDEAL MORAL HACER EL BIEN EN EL HOMBRE”  (Frase del Beato Dr. José Gregorio Hernández)

 

            Nos hemos reunido en esta tarde como comunidad  orante, para festejar entorno al banquete de la Eucaristía, la vida y estela de bien de nuestro Beato Dr. José Gregorio. Hoy hacemos comunitariamente una acción de gracias por un año más de su vida (156 años) y a la vez encomendamos a su intercesión nuestra patria, nuestra diócesis,  nuestra comunidad parroquial  y a todos los enfermos que piden su sanación física y espiritual.

            Hoy en su memoria litúrgica alzamos una acción de gracias a Dios, por el regalo de un laico ejemplar nacido en nuestras tierras venezolanas, modelo de vida integra en lo humano, espiritual y profesional. Toda su vida siempre estuvo al servicio de los demás. Nunca se cansó de hacer el bien y demostrar solícitamente la práctica de la Caridad. Hizo de su vida un Evangelio vivo, demostró con sus obras que se vive para los demás, entendió que en el más necesitado estaba la verdad encarnada del Cristo vivo.

            Un hombre que nació y creció en nuestro pueblo, que siempre vivió para agradar a Dios. Su historia personal nos demostró que la mejor escuela de santidad se cultiva en el seno familiar. Grabado quedó en su corazón la enseñanza de la caridad y los deberes para con Dios. Demostró que la santidad se vive en lo ordinario de la vida y en el cumplimiento de los deberes como profesional. Hombre de ciencia y modelo de un ejercicio profesional inspirado por Dios. Fue el buen samaritano para todo aquel que Dios, le colocó en su camino. “Cada mañana ofrecía a Dios su vida, su profesión y su encuentro con Jesús en la Eucaristía”. Nos demostró que el sufrir es una ocasión com-padecer por el amor de Cristo.

            Lo titulamos como el médico de los pobres…porque fue un hombre bueno, un autentico testimonio de caridad, solidaridad y fe en Cristo…No se quedo en lo imposible..la santidad le llevó a la creatividad de instrumentos para buscar soluciones…Ante la situación mísera del los tiempos de entonces se ingenio el llamado cepillo de los pobres..una bolsa común de la cual los enfermos podían con toda libertad y responsabilidad para sus medicinas y alimentos..

            Su muerte paralizó toda la ciudad, se funeral y sepelio fue de ríos de gentes.. “ ha muerto el médico de los pobres”… Hoy podemos decir: Si el grano de trigo no cae y muere nunca dará su fruto…José Gregorio vivo en el Señor, trabajo en su viña, planto el valor del evangelio en muchos. Y hoy seguimos recogiendo los frutos de sus entrega de santidad y entrega generosa.

            Damos infinitas gracias por modelos de vida y santidad en la Iglesia. José Gregorio un modelo para los laicos, para los profesionales de la medicina, para los que buscan a Dios y encuentran una mano extendida solo por el Amor de Dios. Que su modelo de santificación haga mella en nuestros compromisos  como cristianos comprometidos. Que hoy siga elevando a nanos llenas su  intercesión por tantos necesitados, por tantos enfermos de nuestra patria, por la paz del mundo entero.

            Ayudamos José Gregorio a trabajar como comunidad por un mundo más humano,  más justo y fraterno. Que entendamos desde la vida del beato José Gregorio que al cielo no se llega solo. Sino las manos llenas de vidas y nombres a los cuales pudimos hacer el bien.

            Que viva la Iglesia….que viva nuestro beato José Gregorio…Que viva…..

 

 


jueves, 13 de julio de 2023

 






EL DON DE LA FE EN LA COMUNIDAD PARROQUIAL

Una comunidad parroquial es una comunidad de Fe, o mejor dicho es la comunidad que vive de la Fe, la experimenta y la comparte. Pero ¿Qué es la fe?, ¿Cómo vive la FE una Comunidad Parroquial?, qué hacer cuando la FE, en medio de una crisis puede llegar a perderse? De entrada, no son preguntas fáciles de responder, pero en este tiempo de Crisis es importante aclarar el significado de la FE para no dejar de compartirla, pero sobre todo para no perderla.

¿Qué es la FE?

La FE es una Virtud Teologal que nos conecta con Dios. “La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven” (Hb 11,1).

La fe es un don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por él, “Para dar esta respuesta de la fe es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda, junto con el auxilio interior del Espíritu Santo, que mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede a todos gusto en aceptar y creer la verdad” (DV 5). La fe es un don gratuito que Dios hace al hombre.

La fe es un acto personal: la respuesta libre del hombre a la iniciativa de Dios que se revela. La FE por lo tanto es la respuesta del Hombre a la Revelación de Dios, con el auxilio del Espíritu de Dios.

¿Cómo vive la FE una Comunidad Parroquial?

Pero la fe no es un acto aislado. Nadie puede creer solo, como nadie puede vivir solo. Nadie se ha dado la fe a sí mismo, como nadie se ha dado la vida a sí mismo.

l creyente ha recibido la fe de otro, debe transmitirla a otro. Nuestro amor a Jesús y a los hombres nos impulsa a hablar a otros de nuestra fe. Cada creyente es como un eslabón en la gran cadena de los creyentes.

Yo no puedo creer sin ser sostenido por la fe de los otros, y por mi fe yo contribuyo a sostener la fe de los otros. La Iglesia (presente en cada cristiano y en cada Comunidad Parroquial) es la primera que cree, y así conduce, alimenta y sostiene mi fe. La Iglesia es la primera que, en todas partes, confiesa al Señor. La FE se vive a través de los Sacramentos en una Comunidad Parroquial.

¿Qué hacer cuando la FE, en medio de una crisis puede llegar a perderse?

El Catecismo de la Iglesia Católica en el número 162 nos dice:

La fe es un don gratuito que Dios hace al hombre. Este don inestimable podemos perderlo; S. Pablo advierte de ello a Timoteo: “Combate el buen combate, conservando la fe y la conciencia recta; algunos, por haberla rechazado, naufragaron en la fe” (1 Tm 1,1819). Para vivir, crecer y perseverar hasta el fin en la fe debemos alimentarla con la Palabra de Dios; debemos pedir al Señor que la aumente (Cf. Mc 9,24; Lc 17,5; 22,32); debe “actuar por la caridad” (Ga 5,6; Cf. SST 2,14-26), ser sostenida por la esperanza (Cf. Rom 15,13) y estar enraizada en la fe de la Iglesia.

 

El Catecismo en este número nos da unas pautas para vivir en comunidad nuestra Fe, y estas pautas nos pueden ayudar a conservar la Fe en tiempos de Crisis; son cinco cosas que podemos realizar para vivir, hacer crecer y preservar la FE:

Alimentarla con la Palabra de Dios. Hoy más que nunca debemos recurrir a la Palabra de Dios. Estudiar, meditar, orar con la Palabra de Dios nos dará la fuerza para vivir la crisis.

Pedirle al Señor que aumente nuestra Fe. De manera sencilla pero confiada podemos pedir al Señor nos aumente la Fe como lo suplicaron muchos personajes que aparecen en la Palabra de Dios. Esto lo podemos hacer a través de oraciones comunitarias.

Actuar por la caridad. Cuando la Fe es compartida se acrecienta, el compartir con los más necesitados fortalece nuestra Fe. A través de actos de caridad por medio de las Obras de Misericordia fortalece nuestra Fe.

Ser sostenida por la Esperanza. Es elevarnos, confiar en los bienes futuros, saber que el mal, la enfermedad, la crisis no tienen la última palabra. Tener la certeza de que tenemos un Dios que es Poderoso y que él no nos da más allá de lo que pueden soportar nuestras fuerzas. Saber que Dios es Padre.

Estar enraizada en la Fe de la Iglesia. Tener la certeza de que nos estamos solos, que somos familia y que toda una Iglesia con su historia nos respalda. Debemos en estos momentos estar más unidos a la Iglesia que es nuestra Madre.

Conclusión

La Fe explica lo que la razón no puede explicar. La Fe sana lo que la medicina no ha podido sanar. La Fe espera lo que humanamente ya no se puede esperar. La Fe alcanza lo que con nuestra fuerza no podemos alcanzar.

Los que tienen Fe se mantienen en pie cuando otros se derrumban, encuentran caminos cuando a otros se les cierran, avanzan mientras otros retroceden, tiene fuerza para seguir luchando cuando otros aceptan la derrota, tienen esperanza y creen en la Eternidad cuando otros piensan que la muerte es el final de todo. Volver a la Fe es dejar que un rayo de luz penetre en nuestras sombras, nos devuelva la esperanza. Es reconocer nuestros límites y aceptar que necesitamos ser protegidos, ya que somos capaces de creer, sobre todo creer en Dios que es Creador, Padre, Amigo y Hermano. ¡Qué importante es la Fe!


viernes, 16 de junio de 2023

 



 

SAGRADO CORAZÓN DE JESUS

Celebra hoy la Iglesia la solemnidad del Sagrado corazón de Jesús. En este día nos invita a penetrar, a ahondar más, en el misterio del amor de Jesús. Hay verdades sencillas, que se captan en su plenitud con una sola mirada, de un vistazo. Otras son como piedras preciosas, rubíes o diamantes, que presentan muchas facetas, muchas caras. La fiesta que hoy celebramos, el Sagrado Corazón de Jesús, pone en el centro una de esas verdades que pueden ser contempladas desde distintos puntos de vista: la verdad, la realidad del amor sin medida, infinito, de Dios a los hombres. Cuando hablamos de amor sin medida queremos decir que es inabarcable, y por eso incomprensible. Nos sobrepasa por entero. Cuando nos parece que estamos agotando la comprensión de esa verdad, se presentan ante nuestros ojos nuevas y preciosas vetas de una mina por explorar.

Al reflexionar sobre el amor de Dios a los hombres, puede que alcancemos a descubrir algo de su grandeza y hermosura, pero sin que sea suficiente para que nos mueva a una gratitud y alabanza sin medida. ¡El amor de Dios está tan por encima de nuestra comprensión! Como dice San Pablo en la carta a los Romanos se puede encontrar a alguien dispuesto a morir por un amigo o por un hombre justo; pero ¡dar la vida por quien es nuestro enemigo y nos ha ofendido gravísimamente muchas veces! ¡Alegrarse más por la oveja perdida y recuperada que por las noventa y nueve que han permanecido en el redil! De todos modos, meditar en el amor de Cristo, Dios como el Padre y hombre como nosotros, hace que su amor humano-divino nos aparezca más cercano, más inteligible: es el amor de un corazón de carne como el nuestro.

El amor de Cristo, hombre como nosotros, repito, se nos revela más comprensible: entendemos el amor de un hijo que en Caná de Galilea escucha la petición de su madre; el amor que llora la muerte de un amigo del alma; el amor de un judío, buen hijo de su pueblo, que solloza ante la perspectiva de la destrucción de la gran ciudad de Jerusalén; el amor que se conmueve ante la generosidad de una anciana que pone todo su tesoro, apenas unas monedillas, en el cepillo del templo; el amor que acoge las lágrimas arrepentidas de la mujer pecadora, el que se rinde ante la petición de un ciego, de un paralítico, de un leproso. Es el amor del Corazón misericordioso de Jesús.

Conociendo el amor que Dos nos tiene, nos será más fácil abrir el corazón, hacer partícipe a Jesús de nuestras preocupaciones, de nuestras ilusiones y esperanzas, de nuestros intereses y proyectos; resultará más fácil pedir perdón de nuestras faltas, sin sentirnos humillados por ellas y privados de esperanza.

Agradezcamos a Dios el don de su amor infinito. Es lógico que la medida de la gratitud la determine la magnitud de la gracia recibida. Percibir con mayor claridad la altura, la anchura y la profundidad del amor de Dios, nos llevará a hacer de nuestra vida un continuo canto de acción de gracias. El amor de Dios nos rodea y penetra, se hace visible en innumerables detalles a lo largo del día. No dejemos de mostrarnos agradecidos al reconocerlos.

Y con la gratitud, el desagravio por nuestro pecados que han herido el corazón amabilísimo del Salvador. El desagravio que primero es reconocimiento de nuestras faltas y pecados, y luego se traduce en el acto o los actos con los que se quiere aliviar a la persona amada, en este caso al Corazón sacratísimo de Jesús, reparar su sufrimiento, compensar lo que nosotros u otros hecho mal. El mayor acto de desagravio es la Santa Misa. A la máxima ofensa corresponde la máxima compensación, y nada más grande y precioso podemos ofrecer que la Santa Misa. Asistamos pues con piedad y devoción. Amén.

 



miércoles, 31 de mayo de 2023

 





María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá

En el evangelio de hoy Lucas nos narra cómo tras el encuentro de María con el ángel Gabriel, se pone en camino, con prontitud, a una ciudad de Judá a casa de Zacarías. El episodio de la visita de María a Isabel está narrado según el modelo que aparece en 2 Sam 6,2-16 sobre el traslado del arca. En ambos relatos se suceden las manifestaciones de gozo, David y todo Israel “iban danzando delante del arca con gran entusiasmo”(v.5), y como el niño en el seno de Isabel “empezó a dar saltos de alegría”(v. 41.44). María percibe la invitación a salir de sí misma, de su ciudad, aponerse en camino para que se reconozca la noticia de ser portadora de la Gloria de Dios, de su Presencia.

 

Lucas le da gran importancia al saludo que María dirige a Isabel (es mencionado tres veces Lc 1,40.41.44) y las reacciones que provoca: el niño salta de gozo en el seno de Isabel y ella misma queda llena del Espíritu Santo. Lo anunciado se está cumpliendo. El salto de gozo es para Lucas expresión del gozo de los tiempos mesiánicos. María a su vez, es saludada en su nueva condición: Bendita entre las mujeres y “madre de mi Señor”. Isabel la proclama “bendita entre las mujeres” a causa de su fe en contraste con la incredulidad de su marido, Zacarías. El título de “la madre de mi Señor” (v.43) hace referencia a aquel a quién Dios ha constituido Señor y Mesías. Y todo esto es en cuanto a creyente, figura de una verdadera discípula. Ser discípula implica servir al Salvador, ponerse al servicio de la palabra de vida, una vida que brota, y que es reconocida en el seno de una estéril.

 

María es llamada también bienaventurada, dichosa por ser creyente. Ella ha creído como Abraham. La fe le da la palabra y la movilidad. María es discípula y se pone al servicio de su Hijo; su voz, su saludo transforma a Isabel y suscita la alegría de los últimos tiempos. Y es en este momento cuando María proclama su Magníficat.

 

El cántico está ambientado en la casa de Zacarías (Lc 1,40) y constituye la respuesta de María a las palabras de Isabel. Los protagonistas son respectivamente María y el Señor. En el centro de la escena está solo ella, la madre-sierva del Señor, toda dirigida hacia Él. El movimiento de los vv. 46-50 se refieren solamente a María, mientras el segundo movimiento (vv. 51-55) se alarga al escenario más amplio de la historia humana, abarcando todo un pueblo (Israel) y a todas las generaciones.

 

El canto de María es ahora el canto de los pequeños y de los pobres. Es Yahvé el que ha hecho proezas, ha dispersado a los soberbios, ha derribado a los poderosos, ha exaltado a los humildes, ha colmado de bienes a los hambrientos, ha despedido a los ricos y ha auxiliado a Israel. En el Magníficat se da una relación temporal de pasado, presente y futuro. La intervención divina celebrada por María cumple aquello que Dios había anunciado a nuestros Padres. Aquello que Dios ha cumplido en el pasado, aquello que él cumplirá en el futuro y aquello que ha comenzó a obrar en María. Lucas presenta a los pobres como aquellos que dependen en todo de Yahvé y gritan a El en su aflicción. María proclama por anticipado el Evangelio. Ella queda inserta entre los “abatidos del país”, entre los pobres. Todo lo que ha sucedido en la humilde esclava de Dios, se torna canto, alegría, se convierte en felicitación por todas las generaciones y es a su vez motivo de esperanza para el pobre, el que sufre, el que se lamenta.

 

La memoria pascual que testimonia Lucas de la historia de María está caracterizada por la fe, ella es figura y modelo de la fe de la Iglesia. María protagonista de la Historia de la salvación tiene dentro del evangelio de Lucas un papel fundamental como discípula del Señor.