lunes, 28 de febrero de 2022

 



SABER LIMPIAR CON EL TESTIMONIO DE PALABRA Y VIDA

Por eso explica Jesús que lo primero que tenemos que reparar y perfeccionar es nuestro modo de mirar y de juzgar. La comparación que usa es bien clara: me tengo que sacar primero la viga de mi ojo antes de pretender sacar la brizna de hierba del ojo de mi hermano. El Papa Francisco insiste a menudo en la sana costumbre de “acusarse uno mismo, en vez de (o antes) de acusar a los demás".

Hay que revisar esa seguridad de que tenemos razón y que todo lo tenemos claro porque nos condicionan muchas voces, que serían como vigas que lo tapan y deforman todo. Por eso, hay que empezar por detectar en mí los afectos, las ideas, los prejuicios, las vendas que pueden cegar o hacer que mi juicio sea equivocado.  No podemos encontrar o discernir el bien y la verdad si, por ejemplo, nos encastillamos en nuestras ideas y posturas previas, en los nuestros, en los que piensan y son como yo (la polarización tan extendida últimamente, la cerrazón, la rigidez). Así no hay discernimiento ni acompañamiento que valga, puesto que somos seres de encuentro, para tener puentes, facilitar diálogos y acuerdos, relativizar posturas cerradas...

Como tampoco podemos buscar  la voluntad de Dios si sólo tenemos en cuenta nuestro bien particular, nuestros gustos y conveniencias, perdiendo de vista o ignorando a los otros, a los que están peor (esos «bienaventurados»...).

Por último, el Maestro presenta el criterio de los frutos. Cada árbol se reconoce por su fruto. No por los bellos ramajes, o por su tamaño, o porque adorna y queda bien. Los higos o los racimos no brotan de cualquier árbol. Si el corazón va sacando el bien, la bondad, el perdón, la solidaridad, la generosidad, la paz, la justicia, la dignidad, el respeto... querrá decir que estamos en el camino correcto. Y se notará hasta en las palabras que salgan de nuestra boca.

Concluyendo:

+ Primero es necesaria la guía y la acción del Espíritu y el empeño de buscar en nuestra vida la voluntad de Dios. En esto no podemos quedarnos atascados: «ya soy bueno», o «no sé qué más debiera hacer».

+ Segundo, son mas necesarios que nunca auténticos maestros de vida que nos ayuden a caminar y a seguir dando fruto incluso en la vejez, estando lozanos y frondosos (así nos ha dicho el Salmo).

+ Tercero: coger la grúa y empezar a quitar tantas vigas de en medio que nos tapan la mirada.

+ Y cuarto: Los frutos. Son lo que vale. No los discursos ni las palabras.

viernes, 4 de febrero de 2022

 



ELEMENTOS  ESPIRITUALES DEL DISCERNIMIENTO

 

 La importancia de la oración.

Discernir es saber distinguir, separar, categorizar, precisar, entre las varias opciones que se nos presentan, lo que más y mejor nos conviene en el aquí y ahora de nuestras existencias. Es un ejercicio que involucra nuestra mente, corazón y voluntad. Dicho ejercicio de discernimiento se llama, además, espiritual precisamente porque se trata de un asunto de gracia, de vida espiritual, es decir, de una relación, de un encuentro profundo con el Espíritu Santo que nos ha sido dado (ver Rom 5,5). El discernimiento cristiano es fruto por tanto de un diálogo abierto y disponible, de una disciplina de oración, de un trato cercano y sincero con la Santísima Trinidad – «Habla, Señor, que tu siervo escucha» (1Sam 3,19-21) .

El Evangelio está lleno de ejemplos de cómo el Señor, en momentos decisivos de su ministerio público acudía a la oración para discernir qué y cuándo obrar. (Así ha elegido a los Doce apóstoles; les ha enseñado el Padre Nuestro; se ha Transfigurado ante ellos; se ha preparado para la Pasión, etc.). En innumerables situaciones Él advertía a sus discípulos «mi alimento es hacer la Voluntad del que me envió [mi Padre] y llevar a cabo su obra» (Jn 4,34). Incluso en los momentos de oscuridad y sufrimiento, cuando el discernimiento se hacía más difícil, el Señor no dejaba la oración: «Oren para que no sucumban a la tentación» (Lc 22,40).

Puede ser que en determinados momentos de nuestra vida, la oración se nos vuelva muy difícil, árida, y que sintamos como si el Señor nos hubiera abandonado. Pero incluso en estas situaciones de prueba, podemos tener la certeza de que el Espíritu Santo aboga por nosotros con gemidos inefables (Rom 8,26) y que para Dios no hay nada imposible (Lc 1,37).

La persistencia en la oración, nuestra generosidad en abrir nuestros corazones a la Santísima Trinidad, produce muchos frutos. Y esa familiaridad con Dios nos permite ir conociendo, poco a poco, al ritmo de la libertad y del amor, su Voluntad para nuestras vidas.

¿Qué medios puedes poner para incrementar tus momentos de oración? Quizás en qué momentos rezarás, cuando planifiques tu día, tu semana…quizá tener una lectura espiritual que te ayude a mejorar tus encuentros con Dios… quizá velar porque tengas momentos de esa buena soledad, en la que puedas entrar en ti mismo (a)?…

 La disponibilidad interior.

 A través de la oración vamos aprendiendo a escuchar al Señor y a descubrir su Plan para nosotros. Pero el momento quizás más importante del discernimiento no sea tanto el escuchar, el conocer lo que el Señor nos pide, sino el aceptarlo de corazón, con plena y libre disponibilidad. El así llamado “joven rico” ha conocido el Plan de Dios para él, pero no lo aceptó (ver Mc 10,21-22). Lo mismo ha sucedido con algunos otros discípulos que se escandalizaron por las palabras “eucarísticas” de Jesús en la Sinagoga de Cafarnaúm (ver Jn 6,61-66).

La disponibilidad de corazón, la docilidad interior, la obediencia, son clave para una relación cada vez más profunda y cercana con el Señor y para permitir que Él, en su Divina Providencia, se sienta en la libertad e incluso en la alegría de revelarnos su Plan. El Señor espera de nosotros una fe madura, responsable; una respuesta sincera como la que hemos podido apreciar en María (ver Lc 1,39) y en José (ver Mt 1,24), por ejemplo.

¿Cómo está tu deseo de hacer la Voluntad de Dios en tu vida? Pídele a Él que te ayude a crecer en este deseo, rezando con fervor el Padre Nuestro.

En ese sentido, la oración del Padre Nuestro se nos presenta como un excelente medio de meditación y disciplina espiritual. No repitamos el “hágase tu Voluntad en la tierra como en el cielo” de manera superficial y aburrida, sino de corazón, con responsabilidad filial.

El Señor no quiere obrar en el mundo sin nuestra libre cooperación.

 Atención a los signos y mediadores

Dios nos habla muchas veces a través de signos. Éstos pueden ser interiores o exteriores.

Normalmente llamamos “signos interiores” a algunas inspiraciones, mociones espirituales que llegan a nuestra conciencia espiritual moviendo nuestro entendimiento, nuestros sentimientos y nuestra voluntad. Son

gracias que el Señor nos concede por medio de la oración o, incluso, a través de nuestra vida ordinaria. Podemos y debemos pedir a Dios en nuestras oraciones que nos mueva el corazón, que nos ilumine la inteligencia, que nos ayude a discernir lo mejor para nosotros en el aquí y ahora de nuestras vidas. ¿Necesitas un empleo? ¿No sabes qué camino tomar? Pídele al Señor que te ilumine. Sé dócil a sus mociones y observa, con fineza interior, los signos interiores que Él, en su generosidad, te pueda estar mandando. ¿Necesitas saber si ésta es la mujer o el hombre de tu vida, si ésta es o no tu vocación? Pídele al Señor. Con confianza. Somos sus hijos.

Además de los signos interiores (que pueden variar de persona a persona, según la gracia que Dios, en su liberalidad, nos concede), existen también los así llamados signos exteriores. Éstos también implican atención

y fineza interior. El Señor nos puede hablar por medio de un paisaje, por objetos muy concretos, por frases oídas en la calle, por encuentros inesperados con personas determinadas, entre otras muchas cosas. Lo más común es que el Señor nos ofrezca algún signo a través de nuestros amigos y familiares más cercanos, a través de personas (mediadores) con más experiencia espiritual que la nuestra, por medio de un Director espiritual, por ejemplo. Para una persona, “despierta” espiritualmente, todo puede ser una ocasión para que Dios se manifieste. Incluso en situaciones inesperadas, como por ejemplo, una horrible pelea en un ataque de ira, de una situación de caída en algún pecado grave, pueden ser ocasión para que el Señor nos enseñe algo que facilite nuestro inmediato discernimiento.

El Señor siempre se quiere comunicar contigo. ¿Estás atento a los signos con los que Él te habla? Detente a pensar unos momentos en tu día y pídele al Señor su luz, para poder ver su acción en tu vida.

martes, 18 de enero de 2022

 




El Discernimiento Espiritual
 

«Habla, Señor, que tu siervo escucha» (1Sam 3,19-21)

El discernimiento cristiano es fruto de un diálogo abierto y disponible; de una disciplina de oración; de un trato cercano y sincero con la Santísima Trinidad.

Levantándose muy de mañana, cuando todavía estaba oscuro, salió,

y se fue a un lugar solitario, y allí oraba”. (Mc 1,35)

Casi al final del primer capítulo de su Evangelio, San Marcos nos narra una escena bastante inusitada. Pedro, agitado, sale en búsqueda de Jesús para presentarle una urgencia: «todos te están buscando» (Mc 1,37b); detalle: Jesús estaba rezando, tranquilo, en la presencia de su Padre, aprovechando el silencio de las primeras horas del día para recomponer sus fuerzas (Mc 1,35). Es muy evidente el contraste entre los dos personajes en cuestión: por una lado, Pedro, ansioso y preocupado, desconcertado por no saber qué hacer con toda aquella gente aglomerada una vez más en la puerta de su casa; por otro, un Jesús sereno y profundamente recogido, dueño de sí mismo, absorto en la oración. La respuesta que el Señor le da a Pedro es aún más extraña: “Él les dijo: Vamos a los lugares vecinos, para que predique también allí; porque para esto he venido”. (Mc 1,38)

Parafraseando: “Pedro, perdóname, pero no voy a ir a tu casa. Sé que hay mucha gente necesitada buscándome, pero ahora mismo tenemos que salir a los pueblos vecinos para predicarles a ellos también el Evangelio”. Imaginemos la sorpresa de Pedro ante la tajante negativa de Jesús. En efecto, lo “normal”, por decirlo de alguna manera, sería que el Señor se levantase de su oración, siguiera a su discípulo y atendiera a la gente necesitada, como además lo había hecho durante toda la noche pasada (ver Mc 1,32-38). Pero no. Jesús ha tomado la “extraña” decisión de irse de inmediato. Como fundamento de su decisión, le dice Jesús a Pedro: «para eso he salido (venido)» (Mc 1,38)[1].

Nos encontramos, ante una clara manifestación de lo que en la espiritualidad cristiana se suele llamar discernimiento espiritual. Todos nosotros somos llamados a tomar decisiones importantes en nuestras vidas: dónde trabajar, dónde estudiar, a qué me voy a dedicar, cuál es mi vocación personal, con quién voy a casarme, dónde servir mejor al Señor, etc. Y no es fácil saber en el aquí y ahora, sobre todo en medio de las urgencias de la vida, cuál es la específica Voluntad de Dios. Hay mucha “bulla” afuera (y también adentro, en nuestro interior) que nos distrae, haciendo que nuestra capacidad para tomar decisiones, de involucrarnos con Dios y los demás, quede no pocas veces comprometida. La respuesta que Jesús le dio a Pedro en aquella insólita mañana, por más “extraña” y aparentemente “inhumana” que fuera, era el fruto de una profunda oración, un momento de discernimiento espiritual junto al Padre en el Espíritu Santo. Es probable que, si dependiera de la mera voluntad humana de Jesús, Él hubiera vuelto a la casa de Pedro y hubiera atendido su urgente pedido. Pero la Voluntad de su Padre era otra: que Jesús fuera a los pueblos vecinos para anunciarles la Buena Nueva. En efecto, Él no vino para eliminar las enfermedades, los dolores de la gente, sino a librarnos del poder del pecado y sus consecuencias.

No se trata de agotar todo el tema aquí, en estas breves líneas, pero quisiera al menos compartirles, a la luz del Evangelio, algunos presupuestos que considero fundamentales para que podamos escuchar mejor a Dios y realizar su Plan.

¿Qué lecciones podemos sacar para nuestras vidas de dicha dura decisión del Señor? ¿Ves la importancia de aprender el arte del discernimiento espiritual?

 


sábado, 18 de diciembre de 2021

 

IV DE ADVIENTO

ENCUENTROS Y ALEGRIAS

 

 


      Si tenemos en cuenta los relatos de los «orígenes de Jesús», tal como nos los describen Mateo y Lucas, podemos darnos cuenta de que la Buena Noticia de la Salvación comenzó con una colección de encuentros.

          En primer lugar el Dios Creador se acerca a una criatura, una mujer, para dialogar con ella, para contar con ella... y ella le responde con aquella misma Palabra de Dios con la que ´Él comenzó el mundo: «hágase».  Y en su seno se hizo la vida.

         Otro encuentro tuvo como protagonista al justo José, en este caso por medio de un sueño. Aquí no hubo palabras, pero sí actitudes y hechos. Ese encuentro lo hizo «padre» de Jesús, esposo de María, miembro y protector de una Sagrada Familia.

           Fue un encuentro gozoso el del Niño de Belén con aquel grupo de pastores que recibió la alegre noticia: «os ha nacido un Salvador», precisamente a vosotros, gente de las «periferias» de Belén. Y ellos se llenaron de alegría y fueron al portal.

          Más adelante tendría lugar el encuentro de aquellos Magos extranjeros llegados de lejos, con intención de doblar sus rodillas, acoger y adorar al Niño y entregarle sus mejores ofrendas.

           Y también el encuentro que hoy nos ocupa: dos mujeres que se encuentran, por iniciativa de una de ellas. El Antiguo Testamento (Isabel y Juan), que había estado preparando el camino al Señor se alegra de la visita de la madre de mi Señor (Nuevo Testamento) y se «saludan» ellas y las criaturas todavía por nacer. Lo que te ha dicho el Señor, se cumplirá. Y efectivamente, el Señor está contigo y será para siempre el Dios con nosotros, todos los días hasta el fin del mundo.

           Lo primero que se le ocurrió a María después del encuentro con el Ángel del Señor, al recibir la  noticia de que su prima Isabel lleva seis meses de embarazo, fue ir a acompañarla, teniendo en cuenta, además, que ya era de edad avanzada, y por lo tanto es casi seguro que no pudiera contar con la asistencia de la «abuela» del bebé que iba a nacer, como solía ocurrir en las familias de aquel entonces. De esta forma, la que acaba de ser visitada por Dios y se ha mostrado a sí misma como servidora (sierva) del Señor, pone inmediatamente en práctica lo que ha dicho, mostrando con su modo de obrar que servir a Dios es ponerse al servicio del prójimo, especialmente del que pueden estar más necesitados.

          María debió recorrer unos ciento cincuenta kilómetros desde Nazaret, en Galilea, al norte de Israel, hasta una pequeña población de Judea llamada Aim-Karem, situada en la montaña, a unos tres kilómetros de Jerusalén. El recorrido solía durar cuatro o cinco días, empleando el medio de transporte más común de aquella época entre los pobres, que era el asno, pues el camello y el caballo eran para los más pudientes. Hay que tener en cuenta que aquellos caminos eran escarpados y más bien peligrosos, pues abundaban los ladrones. Y María estaba embarazada nada menos que del Hijo Dios. Habría sido más que razonable que se quedara recogida en casa, orando, o haciendo sus tareas de siempre. Pero no. Ella pensó, antes que en sí misma, en la necesidad de su pariente Isabel. Y allá que fue.

         Así pues LA PRIMERA CONSECUENCIA de la encarnación del Hijo de Dios fue UN ENCUENTRO, una visita, unos abrazos y una alegría profunda. Tener a Dios con nosotros supone salir de uno mismo hacia las necesidades de los otros.

          Y precisamente las cercanas fiestas de la Natividad las celebramos con múltiples encuentros, aunque no todos sean con la misma profundidad y trascendencia como los que acabamos de comentar. Y más en estos momentos que parece que los echamos más de menos y los necesitamos más que nunca (aunque haya que tener todos los cuidados sanitarios posibles y recomendados). ¿Cómo podríamos hacer que esos encuentros merecieran más la pena, y «cambiaran» algo en nosotros?

         Lo primero antes de cualquier encuentro es ilusionarse, desearlo sinceramente. Prepararse. Si uno acude a regañadientes, forzado, pensando que no le apetece nada verse con... no es nada probable que la cosa resulte bien. El encuentro en sí mismo es UN REGALO. Me encanta la reacción de Isabel ante la visita: ¿Quién soy yo para que me visite...? Se siente halagada y bendecida por aquella mujer que le viene en el nombre del Señor. ¿Quién soy yo para que me visita... o para ir de visita a casa de...?  Me duele pensar que no pocos en estos días no tendrán realmente con quién encontrarse.

     Las personas necesitamos encontrarnos con calma y con gozo. Hay demasiadas prisas que hacen nuestros encuentros cotidianos mas bien «roces» superficiales. No intercambiamos nada, no dejamos en el otro nada de nosotros mismos. Más bien «nos cruzamos».

          Es estupendo que la llegada del Mesías propicie e invite a encontrarnos. Dice una de las oraciones litúrgicas: El mismo Señor que se nos mostrará aquel día lleno de gloria viene ahora a nuestro encuentro en cada persona y en cada acontecimiento, para que lo recibamos. (Prefacio III Adviento). Recibir, acoger, encontrarse con el otro es un signo de la fe. María es buen ejemplo.

     Lo segundo sería revisar lo que llevamos por dentro. Porque eso será lo que transmitamos y contagiemos, incluso aunque no abriéramos la boca. Podemos transmitir paz, serenidad, interés por escuchar y comprender, alegría, confianza, sinceridad, perdón... Otras cosas (¿hace falta enumerarlas?)... pues mejor dejarlas en algún cajón.

           María se pone en marcha «portadora» de buenas noticias. Se siente profundamente gozosa, claro. Sin embargo, no le sobran inquietudes e incertidumbres. Y precisamente eso es lo que quiere compartir con su prima. Lo que llevamos dentro, lo que vivimos, lo que esperamos, lo que soñamos, lo que sufrimos... esos son los mejores temas para hablar. Lo más nuestro, lo más personal: nuestra vida. Aunque es cierto y normal que no con todos lo haremos del mismo modo.

   Por eso - y sería lo tercero- sin acaparar la atención y la conversación. El narcisismo tan propio de estos tiempos, y tan excesivo, nos hace creernos el centro del universo y que los demás giran a nuestro alrededor. Es necesario esforzamos por ponernos en el lugar del otro, «escucharlo» sinceramente. No es adecuado escuchar preparando mi contestación, o mi consejo o mi reproche... Se trata más bien de hacerme cargo del punto de vista y la situación personal y afectiva del otro. Puedo no estar de acuerdo, claro, pero seguramente lo más adecuado sea reposarlo, pensarlo y buscar mejor ocasión para expresarlo... o incluso dejarlo estar.

           María estaba más pendiente de lo que pudiera necesitar su prima, que de sí misma. Estupenda actitud para el encuentro verdadero: el otro es lo más importante. Que se sienta a gusto conmigo, que le eche una mano si fuera lo posible. Que se sienta acompañado y comprendido. Tengo que ser portador de alegría, de paz, serenidad, de cercanía, de amor... Y si no me salen espontáneamente de dentro... puedo pedirlos al Señor que va conmigo... En todo caso SIEMPRE HAY algo de bondad en mí y cosas buenas que ofrecer. Esas... son las que tengo que llevar a mano, en el bolsillo.

Para terminar, recojo unas palabras escritas por el Papa Francisco:

"El Evangelio nos invita siempre a correr el riesgo del encuentro con el rostro del otro, con su presencia física que interpela, con su dolor y sus necesidades, con su alegría que contagia en un constante cuerpo a cuerpo. La verdadera fe en el Hijo de Dios hecho carne es inseparable del don de sí, de la pertenencia a la comunidad, del servicio, de la reconciliación con los otros. El Hijo de Dios, en su encarnación, nos invitó a la revolución de la ternura".

También eso: no estaría nada mal podernos dar algún abrazo sincero de reconciliación. Así la Navidad sería más Navidad. Que yo sea el mejor regalo que puedo llevar hasta los otros. Mi presencia llena del Dios que me habita, me fortalece y me ayuda a salir de mí mismo y ser «para el otro, para los otros». Como María, la Visitadora y servidora de aquella otra bendita mujer

sábado, 11 de diciembre de 2021

 





 III  DE ADVIENTO

RECUPERAR LA AUTENTICA ALEGRÍA

 

 La Iglesia, especialmente en este tercer domingo de Adviento, nos hace una invitación a la alegría. Pero se trata de una alegría distinta, profunda, que puede ser incluso silenciosa. De sobra sabemos que por mucha comida y mucho champán que tomemos, no conseguimos la auténtica alegría. Por muchos regalos que nos hagamos, por mucho papel de colores, muchos belenes y árboles iluminados que pongamos por todas partes... hay que reconocer que a menudo nos está faltando la ALEGRÍA con mayúsculas.

El poco conocido profeta de la primera lectura, de extraño nombre, (Sofonías = «Dios protege») nos ha invitado a la alegría, dándonos varias razones. A saber:

                §  Lo primero es que EL SEÑOR HA CANCELADO TU CONDENA, Dios te ha perdonado definitivamente tus culpas y penas. Porque sí. Desde la raíz.

De sobra sabemos que, aunque no somos mala gente, estamos bastante lejos de vivir como auténticos discípulos de Jesús; estamos lejos de que otros hombres puedan leer el Evangelio en nuestras vidas. De sobra sabemos que nos falta complicarnos mucho más la vida en los asuntos del amor y la justicia, y el cuidado de la creación. En esto nunca hacemos bastante, siempre podemos más y mejor.

Dios nos está colmando continuamente de regalos, de oportunidades, de capacidades... Y más de una ni siquiera la hemos desempaquetado. En la lista de «deudas» con Dios siempre andamos en números rojos. La cercanía de Dios conlleva el ofrecimiento de una paz profunda y a nuestro alcance: nos permite sentirnos profundamente reconciliados, con una nueva oportunidad de ser mejores y vivir más desde Dios y para los otros. Los ángeles de Nochebuena nos anuncian la Paz a los hombres que ama el Señor. Y el Niño será llamado «Príncipe de la Paz». El Adviento es una ocasión estupenda para que saborees esas palabras del profeta, dirigidas expresamente para ti ¡EL SEÑOR HA CANCELADO TU CONDENA!, que por el ministerio de la Iglesia te conceda el perdón y la paz

              §  En segundo lugar: EL SEÑOR HA EXPULSADO A TUS ENEMIGOS.

Tantas veces te han disparado directo al corazón y han hecho diana, y te has sentido sangrar. Te han hecho «nada»... Tantas veces has tenido que agachar la cabeza ante otros más fuertes que te imponían sus ideas, sus criterios, sus costumbres, sus soluciones. ¡Tantas veces te has tenido que refugiar en «el bosque» para ponerte a resguardo! Enemigos de fuera... ¡pero también de dentro!, que son incluso peores, porque es bien difícil huir de ellos, y a menudo te sorprenden con la guardia baja. Esas seducciones, vicios, apegos, complejos, manías y miedos, tentaciones... Pues el Señor los vence, los «expulsa» de ti, los aleja... aunque a ti te toca poner de tu parte, claro. Es la alegría de verse liberado.

              §  En tercer lugar. EL SEÑOR SERÁ REY EN MEDIO DE TI.

 Él puede tomar posesión de ti. No hay ninguna zona oscura de tu vida, de tu corazón, de tu historia, a donde no pueda llegar Él para salvarte. Allí entra él con toda tu fuerza. Es cuestión de hacer silencio, quitar candados y pestillos, y dejarle que vaya pasando en tu oración, en tu Eucaristía... hasta el centro de tu Castillo Interior, a cada rincón, y acomodándolo todo a su gusto. La alegría de tener siempre contigo al Rey Huésped.

              §  Y tal vez la más sorprendente: EL SE GOZA Y SE COMPLACE EN TI, TE AMA Y SE ALEGRA CON JÚBILO.

 Esta es la razón principal de la alegría y de la fiesta. Dios está enamorado apasionadamente de ti. Se ha fijado concretamente en ti para ofrecerte todo su cariño. Te lleva observando desde siempre, hagas lo que hagas, con un cariño impresionante. Te pondrás mil máscaras, te esconderás detrás del activismo y tus ocupaciones y superficialidades, te salpicarás de barro. ¡Es igual, no le importa! Te olvidarás de Él, pero como buen enamorado, Él seguirá buscándote y esperándote. Nos cuesta creerlo, siempre nos vemos poco dignos de que entre en nuestra casa. Pero realmente le importamos, tanto que es capaz de vencer a la mismísima muerte, para poder estar siempre con nosotros. Y cuando uno sabe que alguien le ama de esa manera... se llena de sorpresa y de alegría...

                §  En resumen: EL SEÑOR ESTÁ CERCA.

 Está cerca en Navidad y en cada Eucaristía, hablándote y poniendo en común contigo todo lo que es y puede y le dejes. Está cerca en el hermano y en la comunidad cristiana. Está cerca: en el pobre y en el que sufre. Está tan cerca de ti como tu propio corazón: precisamente ahí. Y entonces se esfuman los temores: su victoria ante cualquier tropiezo, fracaso, dificultad ¡es la nuestra! Si Dios está con nosotros, ¿quién podrá contra nosotros? Nada ni nadie os preocupe; sino que, en toda ocasión, vuestras peticiones sean presentadas a Dios. Tendremos problemas, es obvio, pero los enfrentaremos de otra manera: con esperanza, con serenidad, con equilibrio, con fortaleza. «Y la Paz protegerá y cuidará de nuestros pensamientos y corazones en Cristo Jesús».

Necesitamos esta alegría: es más sencilla, dura más, no cuesta dinero y merece la pena. Cuando esta alegría nos envuelve, podemos planteamos vivir una Navidad de otra manera. Y entonces, ¿Qué hacemos?, podríamos preguntarle al Bautista, o al Evangelio. ¿Cómo vivir una Navidad alegre, distinta?

martes, 7 de diciembre de 2021

 

INMACULADA CONCEPCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

 




La Virgen María, la Madre de Dios, nuestra Madre, es otra de las protagonistas del Adviento, como no podía ser menos. Nos volveremos a encontrar con ella el próximo día 12 de este mes, bajo la advocación de Ntra. Sra. de Guadalupe, muy venerada en el continente americano. Hoy la contemplamos bajo el misterio de su Inmaculada Concepción, recordando su disponibilidad a Dios, su sí a Él, y la puerta que esta aceptación y entrega supuso y supone para todos los creyentes: nada más y nada menos que el nacimiento de nuestro Salvador, que dentro de poco celebraremos.

Dos ideas por si te ayudan a vivir esta jornada de la mano de María.

Si el cristianismo fuera una ideología, una ideología no necesita de una madre. Pero como el cristianismo es fundamentalmente el encuentro con la persona de Jesucristo, para dicho encuentro sí necesitamos de la Madre de “ese” con quien nos queremos encontrar, porque ella nos lleva a su encuentro. Por eso, cada vez que oramos a Dios con María, le estamos diciendo: “María, muéstranos a tu Hijo”. Pídeselo hoy. Pídele a nuestra Madre que te ayude a conocer más a Jesús, para amarlo más y seguirle mejor.

. De las lecturas de hoy, me quedo con el imperativo que el Arcángel le dice a María de parte de Dios: ¡alégrate! Es la primera palabra, es el saludo, es el resumen de todo su mensaje. Alégrate porque eres llena de Gracia, porque el Señor está contigo. El pueblo cristiano tiene la bonita costumbre, que mucha gente mantiene, de rezar el Ángelus a las doce del mediodía, en silencio, interiormente, en medio del trabajo. Y esta bella oración recoge esta secuencia de la Anunciación que hoy meditamos de la mano del evangelista San Lucas.

Deberíamos recordar más a menudo, cuando rezáramos el Ángelus y oráramos con María lo que el Arcángel le mandó: ¡alégrate!; y lo que ella supo vivir incluso en medio de la oscuridad de la incomprensión en el momento más duro de su vida al pié de la cruz. Una alegría interna que la ayudó a esperar y no desesperar, a mantenerse en pié.

Celebrar a María es recordarnos que tenemos una Madre en el camino del seguimiento de Jesús, que no estamos solos. Es recordarnos que la fe es un camino de alegría, porque el Señor está con nosotros. Y cuando lo olvidemos, basta con mirar a la Madre, cómo ella lo vivió; su sí fue plenificado, su confianza no quedó defraudada. Ella nos recuerda que este camino, que esta apuesta es, incluso cuando todo parece perdido en medio de la noche, de ganadores.

¡Inmaculado Corazón de María, ruega por nosotros!

sábado, 4 de diciembre de 2021

 

 


II DE ADVIENTO

QUITAR TODO OBSTÁCULO QUE IMPIDA LA SANTIDAD

 


El eco de la predicación del Bautista llega hasta nosotros en este segundo Domingo de Adviento.  El Precursor, que recibió de Dios la misión de preparar al pueblo elegido para la venida del Salvador prometido, nos renueva también hoy el llamado a la conversión, a disponer los corazones para salir al encuentro del Señor que viene.

Para acoger al Señor es necesario enderezar las sendas torcidas y allanar los caminos.  La buena obra de nuestra reconciliación, iniciada por Dios en cada uno de nosotros, no debe detenerse ni descuidarse ningún día.  Debe avanzar y progresar hasta que alcancemos la plena madurez de Cristo, de tal modo que cada cual pueda repetir con el Apóstol: «vivo yo, más no yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gál 2,20).

La necesaria preparación consiste en “abajar los montes y colinas”, es decir, quitar todo obstáculo del camino que conduce a la santidad, despojarnos de todo lo que retarda o impide la llegada del Señor a nuestros corazones.  Por otro lado, consiste asimismo en “rellenar los valles y abismos”, es decir, en revestirnos de las virtudes que apresuran la llegada del Señor a nuestra casa.

¿De qué debemos despojarnos y de qué debemos revestirnos?  Debo despojarme de la impaciencia con que suelo tratar a algunas personas y revestirme de paciencia y de un trato más afable; debo despojarme del egoísmo y apego a los bienes materiales para revestirme de actitudes de generosidad y desprendimiento; debo despojarme de la búsqueda desordenada de mi propia satisfacción sensual para revestirme de actitudes que custodien la pureza y castidad; debo despojarme de la insensibilidad frente a las necesidades del prójimo y revestirme de la solidaridad concreta; debo despojarme de los chismes, de la difamación, de palabras desedificantes o groseras para revestirme de un silencio reverente y de palabras que busquen siempre la edificación del prójimo; debo despojarme de resentimientos y rencores para revestirme de sentimientos de perdón y misericordia con quien me ha ofendido.

Si de verdad quieres que el Señor venga a ti y permanezca en tu casa, limpia tu corazón de todo aquello que es obstáculo para que Él venga y permanezca en ti, revístete de Cristo mismo cada día, de su justicia, de su caridad, de su paciencia, de todas las virtudes que ves brillar en Él.